Irán se enfrenta a una crisis del agua de una magnitud inédita. Ríos que durante siglos sostuvieron asentamientos humanos y la agricultura se están secando, mientras que las reservas de aguas subterráneas se extraen a un ritmo muy superior a su capacidad natural de recarga: más del 70 % de los grandes acuíferos se encuentra en situación de sobreexplotación. Según Isa Bozorgzadeh, portavoz del sector hídrico iraní, numerosas llanuras y embalses han alcanzado niveles críticamente bajos. En las últimas dos décadas, los recursos hídricos renovables del país se han reducido en más de un tercio, empujando a Irán al umbral de una escasez absoluta de agua.
Los ciclos de sequía son cada vez más frecuentes y severos; el pasado otoño marcó uno de los periodos más secos de los últimos veinte años en la historia contemporánea de Irán. Durante décadas, las políticas nacionales de desarrollo se sustentaron en la premisa de que los límites ambientales podían superarse mediante la ingeniería y la extracción intensiva de recursos. Hoy, esos límites se reimponen con fuerza, y la escasez de agua se desplaza desde los entornos rurales hacia las grandes ciudades, ejerciendo una presión adicional sobre un sistema político ya tensionado por múltiples desafíos económicos, sociales y de seguridad nacional. La creciente escasez pone de relieve las múltiples intersecciones entre el agua, los medios de subsistencia, la confianza pública y la seguridad del Estado; presiones que se extienden desde las comunidades rurales hasta los centros urbanos y que están configurando la política interna y regional de Irán.
Estas tensiones de largo plazo no son únicamente producto de la variabilidad climática. Reflejan decisiones políticas acumulativas, elecciones de infraestructura y prioridades sociales que han favorecido de manera sistemática una agricultura intensiva en agua, la expansión urbana y el desarrollo industrial. La seguridad nacional de Irán ya no se define solo por ejércitos, armamento o fronteras: depende cada vez más de un elemento mucho más fundamental, el agua. Comprender cómo el país llegó a esta situación resulta crucial, especialmente porque las vulnerabilidades internas se entrelazan con crecientes tensiones regionales en torno a recursos hídricos compartidos.
Cómo Llegó Irán A Este Punto
Si bien las sequías han agravado la situación, diversos estudios e informes oficiales indican que las causas principales están estrechamente vinculadas a políticas públicas y a la infraestructura. El prolongado compromiso de la República Islámica con la autosuficiencia agrícola reforzado además por las sanciones internacionales priorizó la seguridad alimentaria nacional por encima de la sostenibilidad ambiental. Cultivos como el arroz, el trigo y la remolacha azucarera fueron incentivados incluso en regiones inadecuadas desde el punto de vista hídrico. Los precios subsidiados del agua y la energía barata fomentaron el riego excesivo, acelerando el agotamiento de ríos y acuíferos.
Con una tasa de urbanización cercana al 77 %, la expansión urbana e industrial ha intensificado aún más la presión sobre los recursos hídricos. La concesión de licencias a cientos de miles de pozos sin una supervisión adecuada ha llevado la extracción de aguas subterráneas muy por encima de las tasas naturales de recarga. En Teherán, el envejecimiento de infraestructuras centenarias incluido el sistema tradicional de qanats provoca fugas significativas que agravan la escasez incluso en años de precipitaciones normales.
A ello se suman factores extraordinarios. El ministro Ali Abadi ha señalado que interrupciones derivadas de conflictos regionales, como la reciente guerra de doce días con Israel, han incrementado el estrés hídrico de la capital, lo que ha llevado a impulsar planes para trasladar gradualmente funciones administrativas hacia la región de Makrán, a lo largo del golfo de Omán, donde los recursos hídricos son relativamente más abundantes. En algunas zonas, los acuíferos se han agotado hasta tal punto que la subsidencia del terreno se ha vuelto irreversible, dañando carreteras, edificios y tierras agrícolas. Políticas diseñadas para garantizar la resiliencia económica y nacional han terminado, paradójicamente, fomentando la sobreexplotación de los recursos, dejando a Irán extremadamente vulnerable tanto a la variabilidad climática como a fallos sistémicos de infraestructura.
La Escasez De Agua Como Fuente De Malestar E Inequidad
La escasez hídrica amenaza cada vez más la cohesión social y la estabilidad nacional. Las comunidades rurales dependientes del riego han visto secarse sus huertos y reducirse la ganadería, lo que ha impulsado oleadas migratorias hacia ciudades ya sobrecargadas. Estas presiones ambientales erosionan medios de vida tradicionales y alimentan el descontento político, como evidencian las protestas en Isfahán, Juzestán y otras provincias bajo el lema «¡Tenemos sed!» (Ma teshne im!). Los residentes suelen acusar a las autoridades de asignar el agua de forma indebida a usuarios industriales o regiones favorecidas, mientras que las respuestas gubernamentales priorizan con frecuencia el control del orden sobre la resolución de las causas estructurales.
La escasez también profundiza desigualdades regionales y étnicas de larga data. Los trasvases interprovinciales desde Juzestán y Chahar Mahal va Bakhtiari hacia provincias centrales como Isfahán y Yazd han intensificado el resentimiento en las regiones de origen. Comunidades árabes en Juzestán y pueblos bakhtiari y lor en el suroeste perciben estos proyectos como iniciativas al servicio de centros industriales dominados por la mayoría persa, reforzando sentimientos de marginación histórica y exclusión política. Las protestas como las de agricultores en Isfahán en abril de 2025 han derivado en ocasiones en enfrentamientos con fuerzas de seguridad, bloqueos de carreteras y ataques a infraestructuras, ilustrando cómo el estrés hidrológico se entrelaza con identidades étnicas, desigualdades estructurales y relaciones conflictivas entre el Estado y la sociedad.
Vulnerabilidades Urbanas y Rurales
Las áreas urbanas, antaño consideradas relativamente protegidas del estrés hídrico, enfrentan hoy desafíos crecientes. Las grandes ciudades dependen de sistemas interconectados de embalses y acueductos vulnerables tanto a la variabilidad climática como a interrupciones a larga distancia. Teherán, con entre nueve y diez millones de habitantes (hasta quince millones en su área metropolitana), depende en gran medida de embalses de montaña amenazados por la reducción del manto nival y el aumento de las temperaturas.
De forma similar, Mashhad y Shiraz experimentan cortes rotativos que ponen a prueba la paciencia pública, mientras que capitales provinciales en regiones áridas sufren interrupciones totales del suministro. De manera especialmente simbólica, el río Zayandeh-Rud “el río que da vida”, que posibilitó el auge de Isfahán como capital safávida en el siglo XVI y fue durante décadas uno de los principales atractivos turísticos del país, permanece completamente seco desde hace años.
En el ámbito rural, el fracaso del riego acelera el declive: cuando los pozos se secan, las aldeas quedan prácticamente abandonadas. Las generaciones jóvenes migran a las ciudades o al extranjero en busca de empleo, debilitando el conocimiento agrícola tradicional y las redes locales de gobernanza del agua. Estas transformaciones complican la planificación nacional. Durante mucho tiempo, la estrategia hídrica de Irán se basó en la idea de que un amplio sector agrícola podía sostener la soberanía alimentaria. A medida que las tierras agrícolas desaparecen, mantener esta visión se vuelve cada vez más difícil, lo que puede forzar un giro estratégico hacia una mayor dependencia de las importaciones.
La Autosuficiencia Agrícola En Riesgo
La escasez de agua limita de manera fundamental la aspiración iraní de autosuficiencia agrícola. Con ríos menguantes y acuíferos sobreexplotados, el país ya no puede irrigar de forma fiable vastas extensiones agrícolas. Cultivos de alto consumo hídrico compiten por recursos cada vez más escasos, y los rendimientos se tornan impredecibles. Alimentar a una población de unos 92 millones de personas sin recurrir a importaciones resulta cada vez más difícil.
Políticas que en su día priorizaron la producción nacional por razones estratégicas e ideológicas generan hoy tensiones entre los objetivos de seguridad alimentaria y las realidades ecológicas. La creciente dependencia de importaciones de cereales y alimentos básicos expone a Irán a la volatilidad de los mercados globales, agravada por sanciones financieras, presiones diplomáticas y una inflación interna elevada. Estas presiones económicas complican aún más la planificación agrícola, obligando a los responsables políticos a equilibrar autosuficiencia, límites ambientales y costos crecientes.
El Agua Como Instrumento De Poder
La crisis hídrica no se limita al ámbito interno. En Oriente Medio, Asia Central y Asia Meridional, el agua se ha vuelto crecientemente geopolítica. La ausencia de acuerdos internacionales robustos sobre ríos transfronterizos deja la gestión del agua en manos de los Estados ribereños. El cambio climático ha intensificado esta dinámica, ya que el control de las cabeceras fluviales puede traducirse en poder de negociación política. En algunos casos, los Estados han utilizado deliberadamente el agua para presionar a vecinos, obtener ventajas regionales o influir en las condiciones económicas y de seguridad aguas abajo.
La Nueva Geopolítica De Las Cabeceras
Las relaciones entre Irán y Afganistán ilustran cómo los proyectos de desarrollo aguas arriba generan consecuencias estratégicas. Teherán percibe las obras sobre el río Helmand vital para la provincia iraní de Sistán y Baluchistán no solo como iniciativas de infraestructura, sino como expresiones de soberanía afgana. Cada presa amenaza con reducir los flujos hacia Irán, generando tensiones diplomáticas y retórica confrontativa.
Dinámicas similares se observan entre Afganistán y Pakistán en torno al río Kabul, donde se prevé que la demanda futura supere la oferta. Históricamente, el control del agua ha funcionado como instrumento político: restringir el flujo aguas abajo puede servir para extraer concesiones en negociaciones comerciales, de seguridad o fronterizas. En este contexto, la hidrología determina el poder de negociación: quien controla el caudal influye en la política. Por ello, la gestión del agua se ha convertido en un eje central de la “política de buena vecindad” de Irán con sus países limítrofes.
Opciones Menguantes y Dependencia Externa En El Horizonte
Desde 1979, la autosuficiencia ha sido un principio ideológico y de seguridad fundamental para Irán, reforzado por el aislamiento posterior a la Revolución Islámica. Sin embargo, las tendencias actuales sugieren que el país podría no ser capaz de satisfacer su demanda interna sin apoyo externo. Propuestas para importar agua o ampliar la desalinización reflejan una realidad incómoda: la soberanía sobre el agua y los alimentos se está debilitando.
La desalinización se expande en las costas del sur, pero limitaciones de infraestructura, altos costos energéticos y efectos ambientales restringen su escalabilidad. Importar agua desde países vecinos aumentaría la vulnerabilidad geopolítica, otorgando a gobiernos extranjeros una potencial ventaja estratégica. La dependencia externa en agua o alimentos se perfila así como un debate estratégico central.
Brechas De Información y Confianza Pública
Una gestión eficaz requiere transparencia, pero en Irán los datos hídricos suelen clasificarse y no se comparten abiertamente. Las evaluaciones ambientales rara vez se hacen públicas de forma completa, generando incertidumbre. Esta opacidad alimenta la especulación y la desconfianza: comunidades acusan mala gestión o favoritismo regional, circulan rumores sobre extracciones industriales no autorizadas o fallos ocultos de infraestructura. La desconfianza se propaga más rápido que la información fiable.
Irán cuenta con capacidad institucional y experiencia científica para mejorar la gestión del agua, pero el principal obstáculo es político: reconocer la magnitud del deterioro implica renegociar prioridades consideradas durante décadas pilares del poder nacional. No obstante, se han organizado en todo el país actos de oración por el agua a instancias de autoridades religiosas, reflejo de la gravedad percibida del problema.
El Cambio Climático Como Multiplicador
Las presiones climáticas intensifican los desafíos hídricos: temperaturas más altas aumentan la evaporación; la reducción del manto nival disminuye el deshielo primaveral que alimenta los ríos. Las precipitaciones han caído hasta un 85 % en regiones críticas y se han vuelto más impredecibles, complicando la gestión a corto y largo plazo. La siembra de nubes ha producido resultados limitados e inconsistentes. Los fenómenos extremos olas de calor e inundaciones repentinas tensionan aún más la infraestructura urbana y rural, amenazando la productividad agrícola y la seguridad alimentaria.
Irán no puede controlar directamente estas fuerzas climáticas, pero las decisiones políticas determinan cuán devastadores serán sus efectos sobre los medios de vida y la seguridad nacional. Sin estrategias coordinadas de adaptación desde inversiones en infraestructura resiliente hasta prácticas agrícolas sostenibles el cambio climático actúa como multiplicador de vulnerabilidades existentes.
Hidropolítica y Reconfiguraciones Regionales
La escasez de agua moldea cada vez más las relaciones regionales de Irán, influyendo tanto en la cooperación como en la competencia. Los ríos y acuíferos compartidos generan interdependencias que elevan la importancia estratégica de la diplomacia, el comercio y la seguridad. Estas dinámicas ya no reflejan solo disputas locales, sino que configuran alianzas y esferas de influencia.
Irán enfrenta una doble vulnerabilidad: dependencia de las cabeceras y fragilidad aguas abajo. En el este, los desarrollos en Afganistán y Pakistán afectan la disponibilidad en provincias fronterizas iraníes, exigiendo negociaciones cuidadosas. En el oeste, el control de Türkiye sobre recursos compartidos limita la influencia iraní en Irak y Siria, obligando a Teherán a combinar cooperación técnica, diplomacia y herramientas económicas.
Al mismo tiempo, las inversiones de los Estados del Golfo en desalinización, reciclaje y reservas estratégicas crean asimetrías en la seguridad hídrica, intensificando presiones competitivas. La escasez también fomenta cooperación selectiva: marcos multilaterales, proyectos transfronterizos y programas conjuntos de gestión de sequías ganan terreno, aunque la desconfianza histórica y prioridades divergentes dificultan su implementación.
El Agua Como Límite Estratégico
El dilema de la seguridad hídrica de Irán muestra cómo las realidades ambientales reconfiguran prioridades nacionales. Lo que antes parecía manejable es hoy una restricción estructural que afecta simultáneamente a la agricultura, las ciudades y la política exterior.
La escasez altera patrones migratorios, eleva el riesgo de disturbios y erosiona el contrato social. Expertos y activistas ambientales han advertido durante casi dos décadas que la crisis se origina en políticas de largo plazo que se remontan al periodo reformista del presidente Mohammad Jatamí y en la interacción entre decisiones de gobernanza y límites naturales.
Estas presiones obligan a elegir entre autosuficiencia y sostenibilidad, decisiones cargadas de riesgo político. Más allá de sus fronteras, la competencia por ríos compartidos se intensifica, y el acceso a flujos fiables de agua puede determinar resultados económicos y alianzas futuras.
La era en la que Irán podía satisfacer de forma independiente sus necesidades de agua y alimentos ha terminado. La estrategia nacional ya no puede concebirse desafiando los límites hidrológicos, sino construyéndose en torno a ellos. El agua, antaño un insumo del crecimiento, se ha convertido en el límite fundamental que define tanto lo que Irán puede lograr internamente como su posicionamiento en el sistema internacional.
Scott N. Romaniuk
Investigador sénior, Centro de Estudios Asiáticos Contemporáneos, Instituto de Estudios Avanzados Corvinus (CIAS); Departamento de Relaciones Internacionales, Instituto de Estudios Globales, Universidad Corvinus de Budapest, Hungría.
Erzsébet N. Rózsa
Profesora, Universidad Ludovika de Servicio Público; Investigadora sénior, Instituto de Economía Mundial, Hungría.
László Csicsmann
Profesor titular y director del Centro de Estudios Asiáticos Contemporáneos, Instituto de Estudios Avanzados Corvinus (CIAS), Universidad Corvinus de Budapest; Investigador sénior, Instituto Húngaro de Asuntos Internacionales (HIIA).
Fuente:https://www.geopoliticalmonitor.com/irans-water-crisis-a-national-security-imperative/
