El tecnorrealismo identifica con fuerza una de las cuestiones más cruciales de la era de la inteligencia artificial: la capacidad del Estado ya no se mide únicamente por el poder militar, la magnitud económica o la organización burocrática. Los datos, la capacidad de cómputo, la infraestructura tecnológica y la capacidad de movilizar todos estos recursos en función de objetivos estratégicos también se han convertido en factores determinantes. El aspecto controvertido de este enfoque es que transforma este diagnóstico acertado en la justificación de una concepción del mundo que establece una jerarquía entre las civilizaciones.
Desde la perspectiva de Türkiye, la cuestión no consiste en adoptar ni rechazar el tecnorrealismo en su totalidad. Es necesario extraer las lecciones de este enfoque en materia de capacidad, pero también cuestionar abiertamente la jerarquía política y cultural que legitima en nombre del poder. Estas dos posiciones no son contradictorias. Por el contrario, la principal tarea que tiene Türkiye ante sí consiste precisamente en ser capaz de establecer esta distinción.
La transformación de la mentalidad de Silicon Valley
Tras el final de la Guerra Fría, se pensaba que el vínculo entre la tecnología y la política se debilitaría progresivamente. El Estado era considerado una estructura burocrática lenta, que obstaculizaba la innovación; se creía que la tecnología terminaría superando las fronteras, las instituciones y los órdenes políticos tradicionales. Durante mucho tiempo, ese fue también el discurso dominante en Silicon Valley: menos Estado, más emprendimiento; menos orientación pública, más dinamismo del mercado.
Hoy, sin embargo, una parte significativa de estos mismos círculos se encuentra en un punto completamente diferente. Las empresas que están en la vanguardia de la carrera por la inteligencia artificial ya no abogan por actuar al margen del Estado, sino por establecer una asociación estratégica mucho más estrecha con él. El informe de la Academia Nacional de Inteligencia denomina a este enfoque «tecnorrealismo». Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no es únicamente un instrumento de competencia económica, sino uno de los componentes fundamentales de la capacidad estatal; y las empresas tecnológicas tampoco son consideradas actores privados externos al poder nacional, sino partes integrantes de este.[1]
Una de las figuras más visibles de esta transformación es Alex Karp, cofundador y CEO de Palantir. The Technological Republic, escrito por Karp junto con Nicholas Zamiska, puede considerarse el manifiesto conceptual del pensamiento tecnorrealista. Su punto de partida es claro: en la era de la inteligencia artificial avanzada, los rivales de Occidente están alcanzando algunas de las capacidades más poderosas de las que han dispuesto desde la Segunda Guerra Mundial; frente a ello, es necesario reconstruir la tradición de cooperación entre el sector tecnológico y el Estado.[2]
Esta visión se sustenta en tres afirmaciones fundamentales. En primer lugar, durante aproximadamente tres décadas, el capital de ingeniería de Silicon Valley se orientó hacia aplicaciones de consumo de bajo impacto, alejándose así de la idea de un «proyecto nacional». En segundo lugar, el debilitamiento de la capacidad de Occidente para generar objetivos comunes lo hizo vulnerable frente a rivales más centralizados, como China. En tercer lugar, la superioridad en inteligencia artificial no puede alcanzarse únicamente mediante la competencia de mercado entre empresas, sino a través de una cooperación entre el Estado y la industria a una escala comparable a la del Proyecto Manhattan.[3]
Lo llamativo aquí no es únicamente la política que se defiende, sino también el lenguaje histórico empleado. El manifiesto de 22 puntos publicado por Palantir evoca deliberadamente el texto que George Kennan redactó en 1947 bajo la firma «X» y que se convirtió en uno de los fundamentos intelectuales de la estrategia estadounidense de contención. Esta similitud no es casual.[4] El mensaje que se pretende transmitir es claro: la inteligencia artificial no constituye una simple competencia industrial, sino un ámbito de confrontación prolongada, ideológica y geopolítica.
Fundamento filosófico: de Girard a la Ilustración Oscura
Interpretar el tecnorrealismo únicamente como una opción política surgida de preocupaciones de seguridad sería insuficiente. Porque detrás de este enfoque existe una visión intelectual más amplia sobre el Estado, el orden, las élites y la voluntad histórica.
El interés de Peter Thiel por René Girard y Leo Strauss resulta esclarecedor en este sentido. Las ideas desarrolladas por Girard en torno a la imitación, la competencia y el sacrificio, junto con el énfasis de Strauss en las élites, el orden político y la seriedad de la esfera pública, ayudan a comprender por qué Thiel no concibe la tecnología como un ámbito ordinario del emprendimiento. La tecnología aparece aquí no solo como un medio para producir nuevos productos, sino también como un instrumento capaz de cambiar el rumbo de la historia.[5]
Esta concepción adopta diferentes matices entre las figuras pertenecientes a este mismo entorno. Palmer Luckey y Joe Lonsdale emplean un lenguaje más explícito de «ingeniería patriótica». Marc Andreessen combina el optimismo tecnológico con la idea del crecimiento. Alex Karp, por su parte, plantea la cuestión principalmente en términos de desintegración cultural: la pérdida de la capacidad de Occidente para generar objetivos comunes, el alejamiento de los ingenieros de la responsabilidad pública y la orientación de la capacidad técnica hacia los hábitos cotidianos de consumo en lugar de hacia grandes objetivos.
También es importante que Karp posea una formación intelectual que se extiende hasta su doctorado en teoría social y su interés por la Escuela de Frankfurt. Sus textos deben leerse no solo como el llamamiento de un ejecutivo empresarial orientado hacia la industria de defensa, sino también como un manifiesto político y cultural sobre la pérdida de rumbo del Occidente moderno.[6]
En el extremo más radical y controvertido de este entorno intelectual se encuentra la «Ilustración Oscura» (Dark Enlightenment). Este enfoque, desarrollado por Curtis Yarvin y llevado por Nick Land a un marco teórico más amplio, se opone frontalmente a los principios de igualdad, representación y deliberación pública propios de la democracia liberal.
En el modelo de «neocameralismo» de Yarvin, el Estado no se concibe como una estructura política basada en la voluntad común de los ciudadanos, sino como una empresa propiedad de sus accionistas. El líder, a su vez, es más un CEO dotado de amplios poderes que un representante elegido. En el sistema que denomina «Patchwork», el mundo se divide en pequeñas unidades políticas gobernadas según una lógica empresarial. El principal poder del ciudadano no consiste en participar en el gobierno, sino en poder abandonar un gobierno con el que está insatisfecho. De este modo, el «derecho de salida» sustituye al derecho de participación democrática.[7]
La crítica de Nick Land a la democracia es aún más explícita. Según él, la democracia aleja a las sociedades de sus objetivos civilizatorios a largo plazo al priorizar las demandas del presente sobre las necesidades del futuro.[8] La visión de Peter Thiel de que la libertad y la democracia ya no son necesariamente compatibles también converge, en determinados puntos, con esta línea de pensamiento.
No obstante, aquí es necesario proceder con cautela. Considerar directamente a Thiel, Karp o Andreessen como representantes de la Ilustración Oscura sería una generalización simplista que borraría las diferencias sustanciales existentes entre ellos. El informe también señala las intersecciones entre estas figuras y dicho entorno intelectual, pero procura no situarlas dentro de una misma categoría.[9]
Diagnóstico acertado, receta peligrosa
No sería correcto subestimar la influencia del tecnorrealismo atendiendo únicamente a su dureza ideológica. Su diagnóstico sobre la capacidad del Estado es sólido. En la era de la inteligencia artificial, es evidente que quedarse rezagado en los ámbitos de la defensa, la infraestructura de datos y la inteligencia tendrá consecuencias no solo técnicas, sino directamente políticas. También resulta importante su objeción a la idea de que las tecnologías de consumo puedan resolver, mediante una lógica de plataforma, los problemas más complejos de la sociedad. La idea de que es necesario restablecer el vínculo entre tecnología y bien público merece ser tomada en serio.[10]
El verdadero problema reside en las consecuencias políticas que se extraen de estos diagnósticos acertados.
El primer riesgo consiste en relegar las libertades y el control jurídico en nombre de la seguridad. Aumentar la capacidad del Estado y debilitar las instituciones que limitan el poder estatal no son la misma cosa. Sin embargo, a medida que en el discurso tecnorrealista se intensifica el énfasis en la rapidez, los resultados y la superioridad, el derecho y los mecanismos de control pueden presentarse fácilmente como obstáculos.
El segundo riesgo es el creciente poder de las empresas tecnológicas sobre las decisiones públicas. El hecho de que Alex Karp esté al frente de una empresa que mantiene grandes contratos con organismos de defensa e inteligencia genera aquí un serio conflicto de intereses. La asociación entre el Estado y las empresas que se propone no solo constituye un modelo destinado a aumentar la capacidad nacional, sino que también significa un mercado en expansión para las propias empresas que defienden este modelo.[11]
La tercera cuestión es la subestimación de los procedimientos. La perspectiva tecnorrealista puede formular una crítica justificada contra una burocracia que no produce resultados. Sin embargo, en ámbitos relacionados con los derechos humanos, las libertades y el ejercicio de la autoridad pública, el procedimiento no es un simple detalle que ralentiza las cosas. Es precisamente el procedimiento el que determina quién toma las decisiones, con qué autoridad actúa y cómo pueden corregirse los errores. Dicho de otro modo, la legitimidad no deriva únicamente de obtener buenos resultados, sino también de la manera en que se llega a ellos.
El problema más grave, sin embargo, es la dimensión del enfoque que abre la puerta a una jerarquía cultural. Al criticar lo que consideran un «pluralismo vacío», Karp y Thiel emplean un lenguaje que puede transmitir la impresión de que algunas sociedades y culturas son más funcionales que otras.[12] Un discurso de este tipo facilita interpretar la superioridad tecnológica no solo como una diferencia de capacidad, sino también como una diferencia de valor entre civilizaciones.
Por esta razón, el tecnorrealismo ha sido asociado en algunas críticas con conceptos como «tecno-fascismo» o «tecno-feudalismo».[13] Aunque estos conceptos son objeto de controversia, el peligro al que apuntan es claro: una concepción del mundo en la que quienes poseen poder técnico no solo son considerados más eficaces, sino también más dignos de gobernar, mientras que las sociedades rezagadas son consideradas naturalmente destinadas a ocupar los peldaños inferiores de la nueva jerarquía.
La crítica del informe se vuelve especialmente contundente en este punto. Cuando la inteligencia artificial deja de ser una posibilidad universal que puede utilizarse en beneficio de la humanidad común y se convierte en un instrumento de dominación, la dependencia de las sociedades que carecen de tecnología puede presentarse no solo como una consecuencia de facto, sino también como una posición que estas sociedades merecen ocupar. La posibilidad de que las comunidades históricamente consideradas «el otro» sean relegadas esta vez a una nueva categoría inferior en función de su capacidad tecnológica constituye el escenario más peligroso del tecnorrealismo.[14]
Por tanto, lo que debe hacerse frente al tecnorrealismo no es rechazar sus advertencias sobre la capacidad del Estado. Lo que realmente se necesita es trazar con claridad la línea que separa un Estado fuerte de un Estado sin límites; una política tecnológica estratégica del dominio empresarial; y una afirmación civilizatoria de una jerarquía entre civilizaciones. La lección que Türkiye debe extraer de este enfoque debe comenzar precisamente aquí.
Türkiye: adoptar la capacidad, rechazar la jerarquía
Precisamente en este punto, la posición de Türkiye adquiere un significado especial. En el pensamiento tecnorrealista, la relación con «el otro» suele configurarse en términos de superioridad y dominación. Las tradiciones civilizatorias plurales de las que Türkiye también forma parte, en cambio, no conciben lo diferente como un elemento que deba ser eliminado o sometido, sino como un interlocutor que debe ser reconocido y con el que es necesario convivir.[15]
Esta diferencia no constituye únicamente una sensibilidad cultural; supone una objeción fundamental a la naturaleza del orden tecnopolítico que se pretende construir. Es necesario aceptar que la modernización y el progreso tecnológico no pueden reducirse a una única forma de civilización y, por tanto, a la experiencia histórica de Occidente. Cada sociedad puede relacionarse con la tecnología a partir de su propio legado histórico, sus necesidades políticas y sus criterios éticos. Esta es también una de las respuestas más contundentes que pueden darse a la jerarquía mundial monocéntrica que el tecnorrealismo parece insinuar.
La distinción fundamental aquí es la que existe entre la razón técnica y la sabiduría. La razón técnica nos dice qué podemos hacer; pero, por sí sola, no puede responder por qué debemos hacerlo, para quién y dentro de qué límites. Estas preguntas requieren un juicio moral. Cuando la capacidad de conocer y de hacer no está guiada por la sabiduría, el progreso puede transformarse fácilmente en dominación.[16]
Sin embargo, limitarse a una objeción moral tampoco protege a Türkiye. Un discurso de valores desconectado de los equilibrios de poder sobre el terreno puede convertirse con el tiempo en un deseo carente de eficacia. El informe señala el retraso experimentado por Türkiye en las tecnologías de energía nuclear como un ejemplo de los costes estratégicos y económicos derivados de no haber construido a tiempo la capacidad tecnológica necesaria. Un retraso similar en el ámbito de la inteligencia artificial podría tener hoy consecuencias mucho más profundas.[17]
Por ello, la opción que tiene Türkiye por delante no consiste en adoptar o rechazar el tecnorrealismo en su totalidad. Lo que debe hacerse es incorporar sus sólidos planteamientos sobre la capacidad del Estado y, al mismo tiempo, rechazar explícitamente el dominio empresarial, la pretensión de superioridad cultural y la concepción jerárquica de la civilización.
En un mundo en el que el enfoque tecnorrealista ejerce una influencia creciente, Türkiye puede desarrollar tanto su propia capacidad estratégica como cuestionar, en nombre de los valores que representa, la jerarquía injusta de este orden. Además, estos dos objetivos no son alternativas entre sí, sino elementos complementarios de una misma estrategia.[18]
El tecnorrealismo ofrece una respuesta poderosa sobre cómo se produce el poder, pero no explica dónde deben situarse sus límites. Explica cómo fortalecer al Estado, pero deja abierta la cuestión de cómo proteger al ser humano frente al Estado, la empresa y el algoritmo.
En el próximo artículo nos ocuparemos precisamente de este vacío: abordaremos la objeción tecnohumanista, que sostiene que la verdadera cuestión de la era de la inteligencia artificial no es la capacidad técnica, sino nuestra concepción de qué significa ser humano.
Notas al pie
[1] Academia Nacional de Inteligencia, Debates sobre el orden tecnopolítico en la política mundial y Türkiye, Ankara, julio de 2026, pp. 18-21.
[2] Para un resumen de las ideas expuestas en el informe a partir de la obra The Technological Republic, de Alex Karp y Nicholas Zamiska, véase Academia Nacional de Inteligencia, op. cit., p. 22.
[3] Ibíd., pp. 22-23. La clasificación tripartita se basa en la presentación que hace el informe de los argumentos de Karp y Zamiska sobre la orientación de Silicon Valley hacia las aplicaciones de consumo, la pérdida de objetivos comunes por parte de Occidente y la necesidad de restablecer la cooperación entre el Estado y la industria.
[4] Ibíd., p. 22. La similitud entre el texto del manifiesto de Palantir y el documento de contención firmado por George Kennan con la inicial «X» constituye una valoración del informe.
[5] Ibíd., p. 23. Para la valoración de la relación intelectual de Peter Thiel con René Girard y Leo Strauss.
[6] Ibíd., p. 23. Para los antecedentes académicos de Alex Karp y las posiciones intelectuales de otros actores vinculados al entorno de Palantir.
[7] Ibíd., p. 24. Resumen del informe sobre la concepción del neocameralismo y del «Patchwork» de Curtis Yarvin.
[8] Ibíd., p. 24. La crítica de Nick Land a la democracia se resume a partir de la exposición realizada en el informe.
[9] Ibíd., pp. 24-25. El informe señala las intersecciones entre Thiel, Karp y Andreessen y la Ilustración Oscura, pero subraya que estos actores no deben ser incluidos directamente dentro de una misma categoría.
[10] Ibíd., p. 25. Para los aspectos sólidos del enfoque tecnorrealista en relación con la capacidad del Estado, el vínculo entre tecnología y bien público y sus críticas a las tecnologías de consumo.
[11] Ibíd., p. 25. Para la valoración de los contratos de Palantir en los ámbitos de defensa e inteligencia y de la tensión entre los intereses empresariales y las políticas públicas.
[12] Ibíd., pp. 25-26. Para la valoración que hace el informe de las críticas de Karp y Thiel al pluralismo y de su énfasis en la «funcionalidad» cultural.
[13] Ibíd., p. 26. Las denominaciones «tecno-fascismo» y «tecno-feudalismo» no constituyen una conceptualización original del artículo, sino denominaciones críticas recogidas en el informe.
[14] Ibíd., pp. 36-37. Para la transformación de la tecnología en un instrumento de poder y dominación, la distinción entre culturas «funcionales» y «disfuncionales» y el lugar de las sociedades históricamente marginadas dentro de la nueva jerarquía.
[15] Ibíd., p. 37. Para la valoración del legado civilizatorio plural de Türkiye y de su concepción del reconocimiento del «otro» y de la convivencia.
[16] Ibíd., p. 37. Para la distinción entre razón técnica y sabiduría, así como entre estas y el juicio moral.
[17] Ibíd., p. 37. El uso del retraso de Türkiye en las tecnologías de energía nuclear como ejemplo comparativo en relación con el ámbito de la inteligencia artificial se basa en el informe.
[18] Ibíd., p. 37. Para la valoración de que Türkiye puede desarrollar su capacidad estratégica y, al mismo tiempo, rechazar, en nombre de sus propios valores, el orden tecnopolítico jerárquico.
