Gaza no es únicamente el escenario donde Israel ha ejecutado un genocidio durante más de dos años; se ha convertido también en el escenario donde se ensaya el futuro de la política global. Tras los intensos bombardeos, las políticas de asedio y el genocidio sistemático sostenidos con el respaldo institucional de Estados Unidos y el apoyo personal de presidentes estadounidenses como Joe Biden y Donald Trump, el nuevo orden que se intenta imponer en Gaza va mucho más allá de un proceso clásico de “reconstrucción”.
El denominado Board of Peace / Consejo de Paz, anunciado por la administración de Donald Trump, junto con la creación de un gobierno tecnocrático para Gaza, no se presenta como un mecanismo destinado a regular una transición de posguerra, sino como una iniciativa que liquida el espacio político palestino, suspende la soberanía de los palestinos y reconfigura de manera radical la legítima resistencia palestina frente a la ocupación. Este modelo de tutela, aunque se presenta bajo el discurso de instaurar la paz en Gaza, refleja en realidad un enfoque que despolitiza la paz, evita cualquier planteamiento sobre el problema estructural de Israel, relega la justicia a un segundo plano y busca sustituir el orden internacional multilateral por una arquitectura de poder personalizada.
En esta estructura, que ignora instituciones como las Naciones Unidas y sitúa al presidente estadounidense Donald Trump en el centro del proceso, Gaza no constituye una excepción, sino un punto de partida. El modelo que se construye aquí redefine no solo el futuro de los palestinos, sino también la manera en que el sistema internacional intervendrá en sus zonas de crisis. Al mismo tiempo, pone de manifiesto que Estados Unidos, en favor del régimen sionista, está dispuesto a ignorar el propio orden que ha contribuido a crear. En este sentido, el modelo de gobernanza ensayado en Gaza podría anticipar un “nuevo normal” exportable a regiones como Cisjordania, Siria, Líbano o Jordania, especialmente en contextos donde se produzcan operaciones similares a la de la Tormenta de Al-Aqsa y donde la resistencia armada se encuentre profundamente integrada en la sociedad. No obstante, es previsible que sistemas de tutela en los que los legítimos propietarios de la tierra palestina carezcan de voz sean percibidos como una forma alternativa de ocupación y que, frente a ello, la resistencia armada continúe.
Un Nuevo Modelo De Poder Bajo El Nombre De La “Paz”
En sus documentos fundacionales, el Consejo de Paz se define como un mecanismo de construcción de paz “más rápido, más eficaz y orientado a resultados”. Aunque este discurso puede interpretarse inicialmente como una llamada técnica a reformar las instituciones internacionales existentes, en realidad expresa una ruptura mucho más profunda. El énfasis en el supuesto “fracaso” del sistema de las Naciones Unidas se inscribe en la línea del prolongado distanciamiento de la administración Trump respecto al multilateralismo. Sin embargo, el problema no se limita a la burocracia de la ONU o a la lentitud de sus procesos decisorios.
El Consejo de Paz sustituye el derecho internacional y los mecanismos de decisión colectiva por la autoridad concentrada en una sola figura política, al otorgar amplios poderes al presidente de Estados Unidos. El hecho de que las decisiones del Consejo dependan de la aprobación personal de Trump señala una concentración de poder poco habitual en las relaciones internacionales contemporáneas. La paz deja de concebirse como un proceso político negociado, generador de derechos y obligaciones, y pasa a presentarse como una actividad administrativa mediante la cual actores poderosos “gestionan” zonas de crisis. Las causas de la guerra quedan fuera de discusión, mientras que sus consecuencias se reducen a problemas técnicos manejables. Conceptos como ocupación, asedio, desplazamiento forzado y destrucción masiva son despojados de su contexto político y sustituidos por nociones de seguridad, estabilidad y reconstrucción. De este modo, la paz se transforma en una idea de “estabilidad” desvinculada de la justicia, vaciando de sentido las luchas por la soberanía y la autodeterminación propias del mundo poscolonial. En este aspecto, el Consejo de Paz opera menos como un mecanismo de pacificación y más como un instrumento de reproducción de las jerarquías globales de poder.
¿Tecnocracia En Gaza y Para Quién?
De manera paralela al Consejo de Paz, se ha establecido un gobierno tecnocrático de quince miembros destinado a operar en Gaza. Anunciado en Egipto, este gobierno se presenta como una administración transitoria compuesta por tecnócratas palestinos, con énfasis en su competencia técnica, su supuesta desvinculación de Hamas, su carácter incorruptible y su sólida capacidad administrativa. Sin embargo, este énfasis oculta la vaciación deliberada de contenido político de la estructura.
El gobierno tecnocrático está diseñado con un margen de decisión extremadamente limitado, sometido a supervisión externa y excluido de las cuestiones políticas fundamentales. Temas clave como la soberanía, el estatus de las fronteras, la presencia militar israelí o el derecho de retorno de los refugiados quedan completamente fuera de su ámbito de acción. De este modo, la cuestión palestina se transforma de una lucha histórica y política en un problema administrativo de reorganización. Los palestinos dejan de ser sujetos políticos para convertirse en una población gestionada.
El discurso tecnocrático funciona aquí como una técnica de despolitización. Conceptos como reconstrucción, desarrollo y ayuda humanitaria se movilizan de forma que invisibilizan a los responsables de la destrucción. Sin embargo, la devastación de Gaza no es resultado de errores técnicos, sino de decisiones militares y políticas deliberadas. Toda estructura administrativa construida sin cuestionar estas decisiones reproduce inevitablemente las relaciones de poder existentes. Además, este modelo tecnocrático parece concebido como un proyecto piloto. Un supuesto “éxito” en Gaza podría ser presentado como ejemplo para otras regiones en crisis, convirtiendo a Gaza en un laboratorio de experimentación de nuevas formas de gobernanza global.
¿Quién Gana y Quién Pierde?
El perfil de los actores reunidos en torno al Consejo de Paz y al gobierno tecnocrático previsto para Gaza revela con claridad la lógica subyacente del proyecto. En lugar de diplomáticos y juristas especializados en derecho internacional, destacan empresarios, círculos financieros y figuras políticas asociadas a políticas intervencionistas, como Tony Blair. Esto indica que la paz no se concibe como un objetivo normativo, sino como un proceso gestionable e incluso susceptible de ser mercantilizado. Gaza es percibida menos como un espacio de responsabilidad humanitaria que como un vasto campo de oportunidades económicas en sectores como la reconstrucción, la infraestructura, la seguridad y las finanzas. El genocidio y la destrucción producidos por Israel no aparecen así como una tragedia, sino como un “punto de partida” político y económico.
Los palestinos, claramente, no figuran entre los beneficiarios de este esquema. Para los Estados con fuertes vínculos económicos y de seguridad con Estados Unidos, el Consejo de Paz ofrece una nueva plataforma de protección política y beneficios materiales. En cambio, para los actores comprometidos con el multilateralismo y preocupados por la erosión del derecho internacional, esta estructura representa un avance hacia una política global cada vez más arbitraria.
La invitación a Turquía como miembro fundador resulta significativa por dos motivos. En primer lugar, la exigencia de una contribución de mil millones de dólares a los países invitados pone de relieve que Trump aborda la reconstrucción de Gaza con una lógica mercantil. En segundo lugar, la ausencia de explicaciones sobre cómo y dónde se utilizarían estos fondos coloca a los países invitados ante un dilema de legitimación. Al mismo tiempo, las objeciones de Israel al proceso y a la posible participación de Turquía sugieren que actores como Ankara podrían tener capacidad de influir y transformar el proceso desde dentro. No obstante, la invitación formulada por Trump al presidente Erdoğan y a otros líderes, aunque abre la posibilidad de incidir en el proceso de Gaza, también entraña el riesgo de otorgar legitimidad indirecta a un orden global personalizado y ajeno a la ONU. La tensión entre influir desde dentro y legitimar estructuralmente este modelo constituye un equilibrio delicado que Turquía deberá gestionar con cautela.
Conclusión
A partir del anuncio de los miembros del Consejo de Paz y del gobierno tecnocrático que operará bajo su órbita, puede afirmarse que la posibilidad de que Trump genere una paz para Palestina basada en la justicia y la soberanía es extremadamente limitada. Este modelo institucionaliza una concepción de estabilidad fundada en el control y la supervisión, al despojar la paz de su dimensión política. Cada práctica que hoy se intenta normalizar en Gaza puede aplicarse mañana en otras geografías. Es previsible que este proceso se proyecte sobre Cisjordania y otras zonas donde Israel produce inestabilidad y aplica políticas expansionistas y agresivas. Por ello, Gaza no es únicamente una tragedia palestina; es una poderosa advertencia sobre el rumbo que está tomando la política global.
