Entrevista: Michael Yates conversa con Gabriel Rockhill
El autor de ¿Quién pagó a los flautistas del marxismo occidental?, Gabriel Rockhill, es profesor de Filosofía en la Universidad de Villanova. Realizó estudios doctorales en la Universidad París 8 y en la Universidad Emory. Académico de reconocida trayectoria, Rockhill ha publicado numerosos trabajos tanto en Estados Unidos como en Francia. Es además editor de la edición en inglés del libro de Domenico Losurdo, Western Marxism: How It Was Born, How It Died, How It Can Be Reborn, publicado por Monthly Review Press. En esta entrevista analizamos su obra Who Paid the Pipers of Western Marxism? (Monthly Review Press, 2025). A continuación, MY representa al entrevistador Michael D. Yates, y GR a Gabriel Rockhill.
MY: Gabriel, quienes somos en la adultez suelen estar profundamente marcados por nuestra infancia. ¿Podrías contarnos dónde y cómo creciste, y de qué manera crees que ello influyó en tu identidad actual?
GR: Crecí en una pequeña granja en una zona rural de Kansas, y desde muy temprana edad el trabajo físico fue una parte inseparable de mi vida. Esto incluía, por supuesto, las labores agrícolas, pero también el trabajo en la construcción. Mi padre es constructor y arquitecto; por ello, cuando no estaba trabajando en la granja, pasaba la mayor parte de mi tiempo fuera de la escuela y del deporte en obras de construcción.
Antes incluso de aprender la palabra “explotación”, ya la había experimentado en carne propia (el trabajo en la granja nunca fue remunerado, y el de la construcción tampoco lo fue al principio). Esto fue, sin duda, uno de los factores que me orientaron hacia una vida intelectual: disfrutaba la escuela como una vía de escape del trabajo físico.
Mi padre siente una profunda pasión por el diseño y su lema es “mano y mente”: para ser un verdadero arquitecto, sostenía, es necesario poseer tanto el conocimiento práctico para construir (la mano) como la capacidad conceptual para diseñar (la mente). En mi juventud sentí una mayor necesidad de formación intelectual, aunque siempre mantuve un fuerte apego al trabajo manual. Con el paso del tiempo, resulta evidente que esta concepción dejó una huella duradera en mí, pues hoy defiendo de manera sistemática lo que denominaría una relación dialéctica entre teoría y práctica.
Mi familia es liberal y se opuso a la guerra de Vietnam; es profundamente crítica de las grandes corporaciones, aunque no puede calificarse estrictamente como anticapitalista o antiimperialista. Dado que mi padre dirigía una pequeña empresa de diseño y construcción y, al mismo tiempo, impartía clases de arquitectura en la universidad, su posición de clase es la de la pequeña burguesía. Sus críticas a la sociedad contemporánea son en muchos aspectos acertadas, y de ellos aprendí mucho sobre cómo la lógica del lucro destruye la tierra y los espacios de vida. No obstante, su resistencia se orienta principalmente contra la captura corporativa y se apoya en parte en una ética del “hazlo tú mismo”, que también influyó en mí. Sin embargo, no adoptan un proyecto político más amplio capaz de trascender la mercantilización generalizada. Su posición de clase y su socialización ideológica marcada por el rechazo al socialismo han sido un obstáculo en este sentido, aunque cabe decir que el prolongado declive de Estados Unidos los ha vuelto más receptivos a estas ideas.
MY: En tu nuevo libro criticas con fuerza a figuras que en otro momento valoraste positivamente, incluidos algunos de tus profesores y mentores. ¿Qué experiencias te llevaron a revisar de manera tan profunda esas valoraciones?
GR: Cuando ingresé a la universidad en Iowa, pronto advertí que muchos de mis compañeros estaban intelectualmente más avanzados que yo. Habían tenido más tiempo para dedicarse a actividades intelectuales y contaban con una formación formal más sólida que la que yo había recibido en una escuela secundaria rural de Kansas, aunque yo poseía un conocimiento mucho más amplio del trabajo manual y de las comunidades obreras. A menudo me sentía rezagado y asumí que debía formarme de manera autodidacta, especialmente cuando obtuve una beca que me permitió trasladarme a París a mediados de los años noventa para realizar estudios de posgrado.
Apliqué entonces la disciplina adquirida como hijo de agricultores para aprender francés y otras lenguas, así como para estudiar historia de la filosofía y las humanidades en sentido amplio, antes de orientarme de manera más sistemática hacia la historia y las ciencias sociales.
Me sentía atraído por los discursos radicales, pero al mismo tiempo estaba profundamente confundido. Por un lado, hoy resulta claro que buscaba herramientas teóricas para comprender y combatir la explotación y la opresión en sus dimensiones de género, sexualidad y raza, cuestiones que habían sido centrales para mí desde joven. Por otro lado, también me atraían discursos dotados de un alto capital simbólico, sofisticados y prestigiosos, que me situaban en una posición privilegiada por encima del mundo del trabajo físico del que quería escapar, aun cuando seguía trabajando como obrero de la construcción y lavaplatos a tiempo parcial.
Durante mis estudios universitarios llegué a creer que Jacques Derrida era el pensador más radical de su tiempo, una percepción alimentada tanto por su fama en Estados Unidos como por el carácter críptico y complejo de su obra. Al mudarme a París y realizar una maestría bajo su dirección, quedé profundamente impresionado por él y por su círculo. Proveniente de un entorno rural, sin capital simbólico ni formación elitista, me sentía culturalmente insuficiente frente a los círculos intelectuales parisinos.
Sin embargo, impulsado por una combinación de inseguridad de clase y cultural, pero también por una fuerte ética autodidacta y un saludable antiautoritarismo, comencé a detectar contradicciones entre las afirmaciones de Derrida y los textos que interpretaba. Tras un riguroso proceso de verificación empírica que incluyó el estudio de textos originales en alemán, griego y latín advertí que mi director de tesis, al igual que otros pensadores franceses prominentes de su generación, forzaba los textos para hacerlos encajar en un marco teórico preconcebido. Paralelamente, al investigar la historia institucional de la producción y circulación del conocimiento, fui desarrollando un enfoque cada vez más materialista. Como sostengo en mi tesis y en mi primer libro, Logique de l’histoire, la práctica teórica de Derrida fue en gran medida el producto de la historia del sistema material en el que operaba.
Al mismo tiempo, comencé a interesarme de manera creciente por la política global. Como relato brevemente en una sección autobiográfica de Who Paid the Pipers of Western Marxism?, los atentados del 11 de septiembre de 2001 constituyeron un punto de inflexión decisivo. La formación de primera mano que había recibido en la llamada Teoría Francesa incluida la asistencia a seminarios de otras figuras destacadas de esta tradición resultaba claramente insuficiente para comprender la política mundial, y en particular el imperialismo. Dominaba sutilezas discursivas valoradas por la aristocracia intelectual, pero desconocía cuestiones centrales para la mayoría del planeta. La lectura de autores como Samir Amin comenzó a aclarar muchos aspectos, aunque mi desarrollo teórico y político seguía limitado por la centralidad otorgada a autores del marxismo occidental como Slavoj Žižek.
MY: Tanto Losurdo como tú utilizáis el término “marxismo occidental”. ¿Qué significa exactamente? ¿Se trata simplemente de una diferencia geográfica?
GR: El marxismo occidental es una forma específica de marxismo surgida en el núcleo imperial y difundida globalmente a través del imperialismo cultural. La historia del capitalismo ha desarrollado a los países centrales —Europa occidental, Estados Unidos, etc. manteniendo al resto del mundo en una situación de subdesarrollo. Los primeros se apropiaron de los recursos naturales y de la fuerza de trabajo de los segundos a un costo muy bajo, al tiempo que utilizaron a la periferia como mercado para sus mercancías, generando un flujo internacional de valor del Sur global hacia el Norte global. Este proceso dio lugar a lo que Engels y Lenin denominaron una aristocracia obrera en los países centrales: una capa superior de la clase trabajadora mundial cuyas condiciones de vida superan ampliamente las de los trabajadores de la periferia y que se beneficia directa o indirectamente de ese flujo de valor. Esta estratificación implica que sectores de la clase obrera en el centro imperial tienen intereses materiales en la reproducción del orden imperial.
Es en este contexto material donde surge el marxismo occidental. Losurdo rastrea su origen hasta la escisión del movimiento socialista durante la Primera Guerra Mundial, cuando dirigentes del movimiento obrero en Europa apoyaron el esfuerzo bélico e incluso defendieron el colonialismo, alineándose consciente o inconscientemente con los intereses de sus burguesías nacionales. Lenin fue uno de sus críticos más feroces, calificando estas posiciones de revisionistas y antimarxistas y respondiendo con un lema contundente: “¡No a la guerra, sí a la lucha de clases!”.
La orientación del marxismo occidental ha tendido a lo que podría denominarse “anti-antimperialismo”, en la medida en que suele rechazar el apoyo a las luchas de los pueblos del Sur global incluidos aquellos que se definen como socialistas por asegurar su soberanía y emprender vías de desarrollo autónomas. El doble negativo no es casual: en la práctica, esta postura implica una inclinación a apoyar el imperialismo.
Esta tendencia se ha intensificado a lo largo del último siglo. Mientras los revisionistas criticados por Lenin estaban profundamente implicados en la política organizada, muchos marxistas occidentales posteriores se replegaron al ámbito académico, donde su versión del marxismo se volvió dominante. El marxismo occidental está condicionado tanto por la base socioeconómica y el orden imperial mundial como por la superestructura imperial: el aparato político-jurídico del Estado y los dispositivos culturales que producen y difunden ideología. Una parte sustancial de mi último libro se dedica a analizar cómo las superestructuras de los principales países imperialistas promovieron discursos del marxismo occidental como arma ideológica contra la versión del marxismo defendida por Lenin. A través de una investigación exhaustiva sobre la economía política de la producción y circulación del conocimiento, muestro hasta qué punto las clases capitalistas y los Estados burgueses apoyaron de manera directa al marxismo occidental como aliado “anti-antimperialista” en la lucha de clases contra el marxismo antiimperialista propiamente dicho.
Aunque los intelectuales y organizadores están sometidos a fuertes presiones y condicionamientos, no están obligados a obedecerlos de manera mecánica. En Occidente existen muchos marxistas que no son marxistas occidentales, y el objetivo de mi trabajo al igual que el de Losurdo es contribuir a ampliar ese número. Los lectores deben ser alentados a ejercer su propia voluntad para liberarse de las restricciones ideológicas del marxismo occidental.
MY: El título de tu libro ¿Quién pagó a los flautistas del marxismo occidental? sugiere la existencia de fuerzas que “mueven los hilos”. Sin embargo, aclaras que no se trata de afirmar que intelectuales como Adorno o Horkheimer simplemente aceptaron sobornos. ¿Podrías explicar tu análisis teórico sobre la producción de conocimiento bajo el capitalismo y el papel que desempeñan los intelectuales de izquierda en la reproducción de la hegemonía?
GR: La teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, encabezada por figuras como Adorno y Horkheimer, constituye una contribución central al marxismo occidental, y por ello le dedico una sección del libro. Tienes razón al señalar que mi enfoque metodológico rechaza de plano la ideología liberal dominante que opone la libertad individual a cualquier forma de determinismo. La idea de que los intelectuales actúan de manera totalmente autónoma o, por el contrario, son simples marionetas controladas por fuerzas externas, es una simplificación grosera que ignora la complejidad dialéctica de la realidad material.
Dado que mi investigación aborda la historia del Estado de seguridad nacional estadounidense y, en particular, de la CIA, algunos lectores podrían suponer que presento a los intelectuales como títeres manejados desde las sombras. No es así. El libro ofrece una historia material del sistema dominante de producción, distribución y consumo del conocimiento, que constituye el mundo vital general en el que operan los intelectuales. Dentro de este sistema, los intelectuales poseen agencia y toman decisiones, reaccionando de diversas maneras a las recompensas y castigos estructurados por dicho sistema. Existe, por tanto, una relación dialéctica entre el sujeto y el sistema. Este último no es neutral: es una extensión superestructural del orden imperial mundial y recompensa a los sujetos que contribuyen a sus objetivos. En este sentido, los intelectuales anti-antimperialistas no son marionetas, sino agentes que ejercen su voluntad dentro de instituciones materiales en las que el oportunismo suele verse recompensado con el ascenso social.
Para construir una carrera y ascender socialmente en el núcleo imperial, los intelectuales de izquierda deben aprender a navegar el sistema. Saben que el comunismo es inaceptable y que no obtendrán beneficios defendiendo o analizando seriamente el socialismo realmente existente. Si desean mantener una posición de izquierda dentro de las instituciones vigentes, deben respetar e idealmente vigilar el límite izquierdo de la crítica. Los más “radicales” suelen avanzar con mayor rapidez, pues funcionan como mediadores que reconducen a los potenciales radicales hacia el terreno de una política respetable y redefinen lo “radical” en términos de una izquierda no comunista. Todo ello conduce, en última instancia, a una acomodación con el capitalismo e incluso con el imperialismo.
MY: El capítulo más extenso de tu libro está dedicado a Herbert Marcuse, a quien denominas “el pastor radical del marxismo occidental”. Dada su influencia en la Nueva Izquierda de los años sesenta y su relación con Angela Davis, tu crítica ha generado controversia. ¿Por qué decidiste centrarte de manera tan detallada en su figura?
GR: Marcuse es ampliamente reconocido como el miembro más radical de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, y por ello me interesé inicialmente por su obra, que leí con gran atención. Hacia el final de su vida adoptó posiciones que lo situaban claramente a la izquierda de Adorno y Horkheimer. Al mismo tiempo, circulaban rumores persistentes sobre sus vínculos con la CIA y su papel como oposición controlada. Decidí no quedarme en el terreno de la especulación y examiné los documentos mediante solicitudes amparadas en la Ley de Libertad de Información y un extenso trabajo de archivo.
Debo admitir que me sorprendieron los resultados. Tras estudiar investigaciones académicas en alemán, revisar el extenso expediente del FBI sobre Marcuse, consultar archivos del Departamento de Estado y de la CIA, y trabajar en el Rockefeller Archive Center, quedó claro que Marcuse fue poco sincero respecto a su colaboración con el Estado estadounidense. Cooperó de manera regular con la CIA y, como ha demostrado Tim Müller, participó en la elaboración de al menos dos Informes de Estimación de Seguridad Nacional, los documentos de inteligencia de más alto nivel del gobierno estadounidense. Su colaboración no terminó cuando obtuvo su puesto universitario y mantuvo relaciones estrechas con funcionarios actuales y retirados hasta el final de su vida. Además, fue una figura clave en el Proyecto sobre Marxismo-Leninismo de la Fundación Rockefeller, un proyecto transatlántico ampliamente financiado cuyo objetivo era promover el marxismo occidental como alternativa al marxismo-leninismo.
Aunque conocía bien su antisovietismo y sus inclinaciones anarquistas, no abordé la investigación con una idea preconcebida sobre su papel en la lucha de clases global. Sin embargo, dada la solidez de los hallazgos y su relevancia para mi tesis sobre el anticomunismo estructural de la industria teórica imperial, consideré necesario examinar su trayectoria con detalle, incluyendo su evolución política y la vigilancia del FBI. Su caso ilustra de manera elocuente hasta qué punto un intelectual puede presentarse como radical y, al mismo tiempo, servir en determinadas formas a los intereses imperiales.
Estoy plenamente abierto a la crítica rigurosa y creo firmemente en la socialización del conocimiento. Quien discrepe de mi interpretación tiene la responsabilidad de examinar el conjunto del archivo y ofrecer una explicación más coherente y fundamentada de los hechos. Pero si el rechazo a mi trabajo se basa en presupuestos previos y no en un análisis exhaustivo de la evidencia, no puede considerarse una crítica seria, sino una expresión de dogmatismo.
MY: En la actualidad existen profundas divisiones entre quienes sostienen el marxismo occidental, incluidos muchos socialdemócratas y socialistas democráticos. ¿Cuál es el camino a seguir para transformar radicalmente el mundo?
GR:Hemos llegado a la pregunta decisiva. La teoría se convierte en una fuerza material cuando se apodera de las masas. En muchos sentidos, mi libro examina la reconfiguración de la izquierda en la era de la hegemonía imperial estadounidense. Aunque la segunda mitad se centra en el marxismo occidental, la obra en su conjunto analiza cómo la izquierda ha sido redefinida como una izquierda “respetable”, es decir, “no comunista”, compatible con los intereses del capitalismo e incluso del imperialismo. La historia de cómo los intelectuales han sido orientados en esta dirección es crucial no solo por sí misma, sino porque arroja luz sobre la situación general de la izquierda, gran parte de la cual se encuentra hoy plenamente integrada al sistema.
La tarea fundamental consiste en revitalizar una izquierda auténticamente antiimperialista y anticapitalista. Se trata de un desafío enorme, especialmente frente a las fuerzas que se nos oponen. Pero si fracasamos, la vida humana y muchas otras formas de vida se verá amenazada por la guerra nuclear, la intensificación de la violencia social, el colapso ecológico y otras dinámicas propias del capitalismo contemporáneo.
Para estar a la altura de este desafío, debemos abordar al menos tres cuestiones centrales: la teórica, la organizativa y lo que Bertolt Brecht denominó la “pedagogía de la forma”. En primer lugar, la teoría: el pensamiento contemporáneo ha sido en gran medida despojado de un compromiso serio con el materialismo histórico y dialéctico, desacreditado como obsoleto, dogmático o reduccionista. Peor aún, el marxismo ha sido capturado por fuerzas reaccionarias y oportunistas, transformándose en una mercancía cultural el llamado “marxismo occidental” o “cultural” profundamente anticomunista y conciliadora con el capitalismo. Mientras el culturalismo domina, el análisis de clase es relegado. Este problema no se limita a la academia, pues las organizaciones también han sido penetradas por estas ideologías.
Las otras dos cuestiones —la organización y la pedagogía de la forma son igualmente cruciales. En gran parte del mundo capitalista, las formas partidarias, el centralismo democrático y las organizaciones jerárquicas han sido abandonadas o marginadas. Sin embargo, la izquierda no puede luchar ni vencer sin construir poder colectivo a través de organizaciones disciplinadas capaces de incorporar, educar y empoderar a las personas. Esto requiere formas de comunicación, expresión cultural y organización que conecten de manera efectiva con la gente y la motiven a la acción colectiva.
MY:Muchas gracias por esta entrevista tan esclarecedora.
GR:Gracias a ti por las excelentes preguntas y por todo tu trabajo.
Esta entrevista fue publicada originalmente en Monthly Review.
Michael D. Yates es Director Editorial de Monthly Review Press. Su libro más reciente es The Great Inequality.
Fuente:https://www.counterpunch.org/2025/12/15/an-insider-critique-of-the-imperial-theory-industry/
