Fabio Vighi: El Dinero Programable y El Colapso Del Lenguaje Político

Presentamos a nuestros lectores una entrevista con Fabio Vighi, autor de The Philosophical Salon, en la que reflexiona sobre las crisis del capitalismo, el declive de Occidente y las profundas contradicciones de un sistema que parece encaminarse hacia su descomposición.
septiembre 29, 2026
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Sobre la instrumentalización de la crisis, el dinero programable y el colapso del lenguaje político: entrevista con Fabio Vighi

El mecanismo funciona de la siguiente manera: la deuda federal de Estados Unidos ha alcanzado ya tal magnitud —38 billones de dólares y en aumento— que cualquier incremento en los costes de financiación se convierte en una amenaza existencial. Para mantener bajos los rendimientos de los bonos, se necesitan compradores. Y para atraer compradores, el dólar debe seguir siendo el único refugio seguro. Para garantizar que el dólar conserve esa condición, es necesario que reine el caos en todas partes o, cuando menos, que exista una amenaza creíble de caos. La escalada de tensiones en Irán encaja perfectamente en este modelo perverso porque, aunque a la larga disminuya el número de compradores extranjeros, terminará propiciando la entrada en escena de la caballería de la Reserva Federal. Los mulás de Teherán desempeñan la misma función que la figura del «terrorista-monstruo» posterior al 11-S: constituyen ese elemento imaginario negativo que mantiene a distancia lo «real» del capitalismo, es decir, la espiral de deuda. Hasta que incluso esta estrategia desesperada y de naturaleza criminal deje de funcionar.

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*Fabio Vighi, autor de The Philosophical Salon

1. Antes de entrar en el contenido de sus últimos artículos, ¿podría hablarnos un poco de su trayectoria? ¿Cómo llegó un académico formado en teoría psicoanalítica y crítica cultural a escribir algunos de los análisis más incisivos sobre banca central, subastas de bonos y mecanismos de refinanciación de la deuda?

La respuesta breve es que, en realidad, nunca me alejé de la teoría psicoanalítica, de la filosofía, de la crítica cultural ni, sobre todo, de la crítica de la economía política. En cierto sentido, lo que he descubierto en los últimos tiempos es simplemente un objeto más urgente para la teoría. Lacan, por ejemplo, me enseñó a seguir el síntoma. Durante los últimos veinte años se me ha hecho cada vez más evidente que el síntoma ha dejado de esconderse en los textos culturales, filosóficos o incluso políticos y ha comenzado, en cambio, a gritarnos desde las páginas financieras.

Empecé entonces a plantearme la siguiente pregunta: ¿y si la banca central fuera el discurso del inconsciente capitalista? ¿Y si los rendimientos de los bonos fueran, en realidad, los significantes-amo que organizan las narrativas y los acontecimientos sobre el escenario mundial? Me pareció que, bajo el capitalismo financiero, la lógica de la gestión de las crisis reproduce la misma estructura que lo «real» lacaniano: siempre regresa a su lugar bajo la forma de un extraño goce obsesivo y exige incesantemente nuevas simbolizaciones —narrativas de emergencia destinadas a ser vendidas al público—.

Si esto es así, desplazarse entre la teoría, la crítica cultural y los mercados de repos no supone un salto interdisciplinario imposible, sino que equivale, más bien, a permanecer dentro de un mismo marco analítico. Por tanto, no abandoné la teoría. Simplemente dejé de presuponer que las finanzas se encontraban en otro lugar.

Conviene aclarar, sin embargo, que la crítica de la economía política —y, en particular, la tradición posmarxista conocida como Wertkritik, o crítica del valor— ocupa desde hace mucho tiempo un lugar central en mi trabajo. Esta tradición nos proporciona las herramientas necesarias para historizar lo ocurrido durante aproximadamente los últimos cincuenta años. El tránsito desde la economía real hacia el capital ficticio —es decir, el ascenso de las finanzas como fuerza dominante— no cayó del cielo; tampoco puede reducirse simplemente a los Gordon Gekko que habitan entre nosotros —en alusión al personaje ficticio del cine—.

Este proceso comenzó en la década de 1970 con la tercera revolución industrial, la de la microelectrónica. La rápida aceleración de la automatización tecnológica significó que comenzaron a desaparecer más puestos de trabajo productivos de los que podían volver a crearse. Este fue el punto de inflexión que condujo a la financiarización neoliberal. En términos sistémicos, se había cruzado el Rubicón —expresión que significa «traspasar un punto de no retorno» y que remite al episodio histórico en el que Julio César, al frente de la XIII Legión, cruzó el río Rubicón en enero del año 49 a. C.—.

El capital ya no podía expandirse mediante la producción de valor real —es decir, basado en el trabajo— y, por consiguiente, se desplazó hacia la especulación financiera, donde lo que se pone a trabajar ya no son los trabajadores productores de mercancías, sino el propio dinero. Hoy, con la cuarta revolución, la de la inteligencia artificial, hemos rebasado definitivamente ese punto de no retorno. Esto significa que el capitalismo ya no puede reproducirse de manera sostenible mediante una producción basada en el trabajo.

Ahora solo consigue mantenerse en pie gracias a las burbujas financieras, los rescates estatales, el aplazamiento permanente del colapso y, por supuesto, el rápido empobrecimiento de las masas, que a su vez exige medidas de control cada vez más autoritarias. Desde una perspectiva sistémica, el capital financiero funciona como un mecanismo compensatorio frente a la caída absoluta de la tasa de beneficio en la economía real.

La situación es extraordinariamente sencilla. Y, sin embargo, no deja de sorprenderme que este hecho fundamental de la modernidad sea sistemáticamente ignorado o relegado a las notas a pie de página en nuestro entorno mediáticamente asediado.

Mi crítica a los filósofos contemporáneos apunta también en esta dirección. Cuando se trata de la «economía», tienden a actuar con excesiva cautela. No quieren ensuciarse realmente las manos. Tienden a considerar que el sistema financiero es sinónimo de «economicismo»; es decir, algo demasiado «vulgar» como para poder relacionarlo con el elevado mundo de las ideas. Y este es, quizá, un grave error, basado en una aceptación desconectada de la realidad de un sistema en proceso de descomposición.

2. Una expresión que aparece de manera recurrente a lo largo de su obra es la «instrumentalización de la crisis»: la idea de que los estados de emergencia no constituyen fallos del sistema, sino su modo fundamental de funcionamiento. ¿Podría explicárselo a nuestros lectores y señalar por qué considera que la intervención en el mercado de repos de septiembre de 2019, meses antes de la irrupción de la Covid, constituye una suerte de Piedra de Rosetta —la antigua estela de granodiorita que permitió a los estudiosos descifrar los jeroglíficos egipcios— para comprender todo lo que vino después?

Normalmente utilizo la expresión más neutral «gestión de la crisis», pero encuentro más audaz hablar de «instrumentalización de la crisis», porque implica reconocer que aquello que denominamos emergencia nunca constituye simplemente una disfunción sistémica; es, por el contrario, el modo de funcionamiento predeterminado del sistema. La verdadera crisis es la condición terminal del capital hiperfinanciarizado, mientras que las emergencias constituyen su sistema de soporte vital.

La convulsión del mercado de repos de septiembre de 2019 es nuestra Piedra de Rosetta porque nos mostró la verdad del «capitalismo de crisis» antes de que comenzara el espectáculo de la pandemia. ¿Qué ocurrió entonces? Los tipos de interés de los repos a un día se dispararon del 2 % al 10,5 %, lo que significaba que el sistema bancario en la sombra se estaba asfixiando bajo el peso de su propio veneno.

¿Fue deliberadamente provocado aquel aumento? Incluso si así hubiera sido —algo que considero altamente probable—, no habría hecho sino reflejar la verdad fundamental del actual sistema, mortalmente enfermo y atrapado en una ciénaga de deuda. Como respuesta, la Reserva Federal tuvo que inyectar cientos de miles de millones de dólares semanalmente para evitar un colapso inmediato.

Y entonces, unos meses más tarde, llegó la Covid. De repente, la Reserva Federal pudo hacer de manera abierta, y a una escala gigantesca, aquello que ya había comenzado a hacer de forma encubierta: expansión cuantitativa ilimitada, creación de billones de dólares y respaldo generalizado del sistema.

Lo decisivo es que todo ello se produjo bajo la cobertura de la narrativa de un virus. Los confinamientos no solo legitimaron la orgía de creación monetaria, sino que, al paralizar la economía real, también evitaron el riesgo de que aquel tsunami de liquidez se transformara inmediatamente en hiperinflación.

Por consiguiente, mi tesis es la siguiente: la instrumentalización de la pandemia como crisis —su calendario, su intensidad y su coordinación— terminó sirviendo a un único amo: rescatar y reanimar un sistema financiero que ya agonizaba antes incluso de que se hubiera notificado un solo caso de Covid.

Y ahora observemos la situación actual. La nueva escalada de tensiones con Irán, sumada a la posible reaparición de amenazas víricas —hoy, el hantavirus—, sugiere que las inyecciones monetarias extraordinarias podrían estar a punto de regresar.

El patrón se repite: crisis geopolítica más narrativa de emergencia biológica; una combinación que proporciona la cobertura perfecta para una nueva ronda de despliegue de liquidez. Los nombres cambian, pero la estructura permanece intacta.

La instrumentalización de la crisis es un método.

3. En «Bombas por bonos» usted define la política exterior estadounidense como «control de la curva de rendimientos por otros medios». Es una formulación impactante. ¿Qué significa afirmar que las guerras se libran ahora para mantener bajos los costes de financiación de Estados Unidos, y cómo encaja la escalada en Irán dentro de este modelo?

La expresión «control de la curva de rendimientos por otros medios» posee deliberadamente una resonancia clausewitziana. El capital contemporáneo —posproductivo, financiarizado y basado en la deuda— ha delegado su propia reproducción en el monopolio estatal de la violencia.

El mecanismo funciona de la siguiente manera: la deuda federal de Estados Unidos ha alcanzado ya tal magnitud —38 billones de dólares y en aumento— que cualquier incremento en los costes de financiación se convierte en una amenaza existencial. Para mantener bajos los rendimientos de los bonos, se necesitan compradores. Y para atraer compradores, el dólar debe seguir siendo el único refugio seguro. Para garantizar que conserve esa condición, se necesita caos en todas partes o, cuando menos, una amenaza creíble de caos.

La tensión en Irán encaja perfectamente en este modelo perverso porque, aunque a la larga disminuya el número de compradores extranjeros, terminará propiciando la entrada en escena de la caballería de la Reserva Federal. Independientemente de que funcione o no, los guardianes de la deuda no parecen disponer de un plan B, lo cual constituye una muestra de la célebre falta de imaginación de las supuestas élites y, en términos más generales, de la razón tecnocrática.

La lógica vuelve a ser la siguiente: cada vez que el Tesoro se enfrenta a una subasta complicada —es decir, cuando encuentra dificultades para colocar sus títulos de deuda—, algún «acontecimiento» geopolítico, con una oportunidad temporal notablemente conveniente, eleva la percepción del riesgo en otros lugares. El resultado esperado es una huida de capitales hacia el dólar y una compresión de los rendimientos de los bonos.

Se genera una crisis en el exterior para resolver una crisis interna. Los mulás de Teherán desempeñan la misma función que la figura del «terrorista-monstruo» posterior al 11-S: constituyen ese elemento imaginario negativo que mantiene a distancia lo «real» del capitalismo, es decir, la espiral de deuda. Hasta que incluso esta estrategia desesperada y de naturaleza criminal deje de funcionar.

4. Usted ha sostenido que los ataques israelíes contra Irán en marzo fueron sincronizados con la mayor operación de refinanciación de deuda del Tesoro en la historia de Estados Unidos: aproximadamente 9,6 billones de dólares en un período de doce meses. Para un lector común que nunca haya consultado un calendario de subastas de bonos, ¿cómo debería entenderse la relación entre las bombas que caen en el extranjero y las presiones de refinanciación en el ámbito interno?

Suelo recurrir a un paralelismo con el concepto de lo «sublime matemático» de Immanuel Kant: aquello cuya magnitud desborda la capacidad de la imaginación para abarcarlo.

Desde esta perspectiva, una refinanciación de 9,6 billones de dólares en doce meses —un 9,6 seguido de doce ceros— no es tanto una cifra como la expresión de una crisis nerviosa. Alguien tiene que comprar esa deuda, y es necesario convencer a los compradores de que el mercado de bonos del Tesoro estadounidense continúa siendo la única opción verdaderamente disponible.

Los ataques israelíes de marzo deberían interpretarse como una señal: Estados Unidos todavía puede proyectar poder, alterar los cálculos energéticos de sus adversarios e intentar controlar la narrativa global del riesgo; lo que sea necesario.

La conexión aquí no consiste en supuestas llamadas telefónicas secretas entre Tel Aviv y las mesas de negociación del Tesoro. Es mucho más estructural. Si todo su modelo económico depende de una demanda permanente de sus títulos de deuda soberana, ni siquiera puede permitirse transmitir la impresión de que se encuentra en retroceso militar.

Por eso, para el Occidente liderado por Estados Unidos, la guerra constituye el instrumento de credibilidad más antiguo. Las bombas que caen transmiten un mensaje a los mercados de bonos: «¡Eh, señores, seguimos siendo la potencia hegemónica! ¡Su capital está seguro aquí!».

5. En su libro La crisis programable, usted explica cómo las stablecoins, las plataformas de intercambio de criptomonedas con cuentas maestras en la Reserva Federal y los dólares digitales programables están siendo transformados silenciosamente en lo que denomina el próximo mecanismo de distribución de la intervención monetaria. ¿Cómo debería entender una persona común esta nueva «infraestructura digital» y por qué es importante la posibilidad de que el propio dinero pueda tener próximamente una fecha de caducidad?

Una persona común debe comprender dos cosas y, después, una tercera que explica las dos anteriores.

En primer lugar, el desplazamiento hacia las stablecoins y las cuentas maestras de la Reserva Federal no constituye una descentralización. Es la Reserva Federal aprendiendo a inyectar liquidez directamente en cada monedero digital, eludiendo las arterias obstruidas del sistema bancario comercial. Esta «infraestructura digital» constituye un mecanismo de transmisión tanto para las futuras operaciones de rescate como, sobre todo, para las futuras tecnologías de control.

En segundo lugar, el dinero con fecha de caducidad —es decir, el dinero digital programable— culmina la transición desde la soberanía sobre el territorio hacia la soberanía sobre el tiempo. Si su dinero tiene fecha de vencimiento, obedecer las reglas deja de ser una cuestión de elección. El Estado no necesita obligarle directamente: puede limitarse a esperar a que sus fondos pierdan todo valor si usted no los gasta de las formas previamente autorizadas. No se trata de una ficción distópica; ya existen programas piloto.

Pero hay algo que no le dirán. Lo que está siendo eliminado es el último vestigio sensible que vinculaba el dinero con el trabajo social. El capital-dinero se está desprendiendo de su «sustancia de trabajo» y, con ello, revela su verdadera naturaleza: un proceso compulsivo de autoexpansión desprovisto de contenido.

En esencia, una stablecoin es un «cero» convertido en programable: un token respaldado por bonos del Tesoro —es decir, promesas respaldadas por otras promesas—, creado mediante autorización y susceptible de ser eliminado mediante una orden. Mientras que se denomina coin a una moneda que posee su propia cadena de bloques, un token es un activo que representa un proyecto, un servicio o una utilidad dentro de una determinada plataforma.

El efectivo, al menos, continúa siendo un instrumento al portador: si lo tiene en sus manos, puede utilizarlo. El dinero digital, en cambio, es condicional. El control se desplaza de la propiedad al permiso.

Basta con observar los monederos iraníes: 344 millones de dólares en USDT —una stablecoin— fueron congelados en la red Tron. Permanecen visibles on-chain, pero, en términos efectivos, están inmovilizados. Ya no son dinero. Son un monumento a la ausencia de significado: marcados por el cero y abandonados a su descomposición.

Una stablecoin respaldada por bonos del Tesoro es un cero respaldado por otro cero. Una vez despojado de cualquier vínculo con el trabajo social, el dinero necesita ahora vigilancia y coerción para preservar la ilusión de una sustancia social.

En este sentido, el capitalismo ya ni siquiera pretende presentarse como un sistema basado en la libertad. Revela aquello hacia lo que siempre se orientó: un sistema de administración total que ahora inscribe su propia bancarrota en el código.

La única transición verdaderamente significativa sería abandonar el propio capital-dinero; es decir, avanzar hacia una organización en la que los bienes no se produzcan ni distribuyan con el propósito de acumular capital, sino mediante formas alternativas de coordinación social.

Sin esa transición, buena parte de las denuncias acerca de nuestro deslizamiento hacia un mundo distópico —por justificadas que estén— terminarán adquiriendo un carácter histérico: ruido y furia que no conducen a ninguna parte.

Por consiguiente, la verdadera pregunta es esta: ¿podemos empezar a imaginar una forma de acceder a los medios necesarios para la vida que ya no pase por la tiranía del cero?

6. Usted ha escrito que Europa, en lugar de descarbonizarse, se está rearmando, y que el Pacto Verde ha sido discretamente relegado a un segundo plano porque el gasto en defensa proporciona algo que la industria verde no podía ofrecer: una demanda garantizada. Más allá de los discursos, ¿qué nos revela este cambio acerca de aquello que realmente persigue el proyecto europeo?

El Pacto Verde no ha sido realmente abandonado, sino reorientado hacia una nueva finalidad. El nuevo tono del verde es ahora militar. Ursula von der Leyen hablaba del Pacto Verde como de la llegada de Europa a la Luna; ahora se refiere a la defensa como una necesidad existencial. ¿Por qué? Porque el gasto en defensa ofrece algo que la industria verde no puede proporcionar: demanda garantizada.

Mientras que la transición verde depende de las preferencias de los consumidores, de las señales del mercado y de la competencia de precios, la contratación pública en materia de defensa equivale a que el Estado extienda un cheque en blanco.

¿Qué nos dice esto sobre el proyecto europeo? Nos dice que, bajo los discursos sobre los valores, la justicia climática y la solidaridad social, el verdadero motor es el mismo que opera en todas partes: la búsqueda desesperada de salidas financieras rentables para el capital excedentario.

El rearme se concibe ahora como un paquete de estímulo que no puede fracasar. Es una extraña forma de keynesianismo para una época en la que la economía productiva ha sido desmantelada. Europa no se está rearmando para defender la democracia, ni tampoco únicamente para mantener con vida la fantasía productivista. Europa se rearma porque el impulso proporcionado al sector militar legitima nuevos estímulos económicos y, por tanto, un mayor endeudamiento.

En ambos casos, los estímulos no se filtran hacia abajo, sino que son absorbidos en la cúspide y desplazados hacia arriba. En nuestra era posproductiva, el capital se mueve cada vez más hacia arriba, con una temeridad y un descaro crecientes. Lo único que queda es una retórica ya caduca, incluida toda la narrativa del supuesto «efecto derrame» hacia las capas inferiores de la sociedad.

7. En su artículo «Dentro de la burbuja de la paranoia exitosa», usted recurre al psicoanalista francés Jacques Lacan para diagnosticar nuestra situación actual. Para aquellos lectores que nunca hayan tenido contacto con el pensamiento lacaniano, ¿podría explicar de manera sencilla qué significa «paranoia exitosa» y por qué considera que este concepto define hoy nuestra relación con la tecnología y el capital?

Para comprenderlo debemos regresar a Freud y a Lacan. El caso del presidente Schreber, estudiado por Freud, constituye el ejemplo clásico: un hombre convencido de que estaba siendo transformado en mujer para ser fecundado por Dios, de que unos rayos penetraban en su cuerpo y de que el fin del mundo había llegado.

Desde el punto de vista clínico, padecía delirios y, sin embargo, escribió unas memorias lúcidas y sistemáticas, desempeñó durante años funciones judiciales y nunca llegó a quedar completamente incapacitado. Su paranoia funcionaba. Le proporcionaba un marco capaz de contener aquello que, de otro modo, habría resultado incontenible.

Lacan mostró que la paranoia no constituye únicamente un derrumbe, sino que puede funcionar como una defensa exitosa frente al propio derrumbe. Para Lacan, James Joyce fue quizá el ejemplo fundamental: su escritura, su «sinthome» —una forma singular de síntoma que sostiene el mundo interior, el goce y el equilibrio psíquico del individuo—, constituía una estructura psicótica que se mantenía en pie. En lugar de derrumbarse ante lo real imposible de simbolizar, Joyce consiguió anudarlo de una manera que, aunque obsesiva y extraña, resultaba funcional.

Ahora mírennos a nosotros. Vivimos dentro de un sistema de creencias llamado tecnocapitalismo que, objetivamente, resulta demencial. Crecimiento infinito. Valor desvinculado del trabajo y circulando como un cero puro. Una inteligencia artificial que promete la salvación mientras desmantelamos el Estado del bienestar. Mercados que ponen precio a la catástrofe como si fuera una oportunidad.

Y, pese a todo, seguimos comprometidos con ello. No nos derrumbamos. Seguimos deslizando la pantalla, invirtiendo, actualizando nuestro software y llamando a todo esto «el futuro».

La manifestación más evidente de esta paranoia colectiva y exitosa es el manifiesto tecnoaceleracionista. «Dejemos que el sistema acelere hasta que colapse o se trascienda a sí mismo»: una invocación deliberada del final disfrazada de estrategia.

Los aceleracionistas abrazan la locura capitalista como si fuera el único camino posible. Es la paranoia reconciliada con su propio objeto. Esta creencia posee un carácter delirante: no puede construirse una política seria sobre el principio de «¡más rápido, más fuerte, bum!». Y, sin embargo, funciona. Circula. Recibe financiación. Atrae a jóvenes brillantes que perciben que algo está profundamente mal, pero que son incapaces de imaginar una salida fuera del marco establecido.

A eso llamo paranoia exitosa: sabemos que el sistema nos está destruyendo, sabemos que su lógica está fracturada y, aun así, seguimos creyendo; no a pesar de las grietas, sino a través de ellas.

El delirio funciona. Y precisamente por eso resulta tan difícil escapar de él.

8. Usted establece una distinción entre la negación («Mejor no saberlo») y el delirio («Todo tiene sentido»), y sostiene que hemos pasado de una a otro. ¿Cómo se manifiesta este cambio en la vida cotidiana y por qué cree que buena parte de la izquierda ha sido absorbida por lo que usted denomina un «sistema delirante socialmente legitimado»?

La negación dice: «Mejor no saberlo». Es una forma de represión activa.

El delirio, en cambio, afirma: «Lo sé, ¡y todo tiene sentido!».

El significado ya viene predigerido, la indignación es canalizada hacia posiciones previsibles y la estructura existente se acepta como el único horizonte posible. El delirio constituye una forma de creer en el sistema y de vincularse a él, por disparatada que pueda ser la fantasía delirante que lo sostiene.

Sostengo que, colectivamente, hemos pasado de la negación al delirio porque negar se había vuelto agotador. No se puede mantener indefinidamente la posición de «mejor no saberlo» cuando el ciclo informativo arroja sobre nosotros una avalancha incesante de información.

Por eso hemos construido elaborados discursos interpretativos que nos permiten sentirnos informados y éticamente posicionados mientras permanecemos funcionalmente paralizados.

La izquierda, en particular, se ha visto atraída hacia narrativas delirantes porque la crítica se ha convertido en una zona de confort. Nombrar los problemas ha pasado a ocupar el lugar de comprender cuál es realmente el problema.

La crítica de la economía política ha sido sustituida por la crítica de los pronombres y por otras posiciones revestidas de una inversión moral semejante, todas las cuales funcionan perfectamente como estructuras delirantes.

9. En su artículo sobre los archivos de Epstein, usted sostiene que el escándalo no constituye una ruptura dentro del sistema, sino que forma parte del propio mecanismo mediante el cual este logra perpetuarse. Se trata de una afirmación contraintuitiva, puesto que muchas personas consideran estos documentos como una auténtica revelación de la corrupción de las élites. A su juicio, ¿por qué la divulgación fragmentaria y gradual de estas revelaciones, en lugar de amenazar al poder, contribuye en realidad a estabilizarlo?

Me parece que el asunto Epstein forma parte de esa arquitectura delirante a la que me he referido. Precisamente por ello, la publicación fragmentaria y gradual de las revelaciones debe entenderse como una «tecnología conservadora de contención». Si toda la verdad hubiera salido a la luz de una sola vez, quizá habrían ocurrido dos cosas: en primer lugar, la indignación pública podría haberse convertido en algo verdaderamente difícil de gestionar en términos políticos; en segundo lugar, la historia habría llegado a su fin.

La divulgación por entregas, en cambio, garantiza que la indignación permanezca dispersa: siempre presente, pero nunca lo suficientemente concentrada como para exigir una transformación estructural. Además, los archivos producen escándalos para todos. Quedan implicadas élites tanto de la izquierda como de la derecha. El espectáculo adquiere así un carácter bipartidista y, por consiguiente, se vuelve políticamente inoperante.

Se nos invita a dirigir nuestra indignación contra determinados nombres e individuos —Epstein, Maxwell y ciertas personas que aparecen en los registros de vuelo—, mientras que el sistema que los hizo posibles, y que organiza las redes de poder y capital dentro de las cuales semejante depredación puede prosperar, permanece intacto.

Y este es precisamente el punto crucial. En esencia, la revelación estabiliza el sistema porque desvía la indignación desde la estructura hacia los individuos y personaliza la culpa. Experimentamos una catarsis sin transformación: una suerte de homeostasis autocomplaciente que, en última instancia, termina reforzando la propia estructura de poder.

10. Usted escribe que el capitalismo y el abuso sexual están regidos por «la misma lógica depredadora». Es una afirmación deliberadamente confrontativa. ¿Podría desarrollar qué quiere decir con ello y por qué considera que la red de Epstein debería entenderse no como una anomalía dentro del sistema, sino como una especie de símbolo o metonimia del propio sistema?

La intención es, precisamente, obligarnos a confrontar esta cuestión. El capitalismo reduce todas las cosas a activos, es decir, a valor susceptible de ser extraído; a objetos destinados a ser utilizados y posteriormente desechados. El abusador sexual hace exactamente lo mismo: el otro deja de ser un sujeto para convertirse en un objeto, en una mercancía.

Por tanto, la red de Epstein no constituye una anomalía, sino más bien la aplicación de la lógica del capital al cuerpo.

Lo que quiero decir es que las capacidades que producen a un multimillonario exitoso —la capacidad de instrumentalizar a los demás, calcular riesgos y concebir las relaciones como transacciones— se entrelazan de manera inquietante con aquellas que hacen posible el abuso sistemático.

El capitalismo no es simplemente perverso; es, fundamentalmente, psicótico.

Cuando decimos que Epstein era un monstruo, a menudo lo que buscamos es tranquilizarnos a nosotros mismos convenciéndonos de que se encontraba fuera del sistema. Llamarlo monstruo forma parte de nuestra paranoia exitosa: nos permite poner nombre al mal y, al mismo tiempo, preservar la estructura que lo produce.

Pero, en realidad, su red atravesaba los mismos consejos de administración, las mismas fundaciones, las mismas universidades y los mismos círculos políticos por los que circula el capital legítimo. La isla de Epstein, lejos de constituir una excepción, es el reverso oscuro de la sala del consejo de administración una vez despojada de su máscara civilizatoria.

Por eso puede entenderse como una metonimia: la parte que revela el todo. Probablemente hayan visto Saló o los 120 días de Sodoma (1975), de Pier Paolo Pasolini; bien, esa película podría volver a rodarse hoy con una única modificación: situando a la clase de Epstein en su centro.

11. En su reciente artículo «El puño de hierro se quita el guante», usted sostiene que el primer indicio de un sistema en proceso de colapso es el derrumbe de su lenguaje. Señala que los jefes de Estado hablan ahora abiertamente como asesinos y afirma que ni siquiera Hitler o Stalin lo hacían de ese modo en público. ¿Qué nos revela esta degradación del discurso político acerca del punto exacto en el que nos encontramos dentro del ciclo de decadencia?

Giorgio Agamben mostró que el primer signo de una civilización moribunda es el deterioro de su lenguaje, es decir, de su orden simbólico. Sin embargo, aquello de lo que somos testigos hoy resulta todavía más extraño y apunta hacia una fase más avanzada.

Hitler nunca dijo públicamente: «Estoy matando a los judíos». La violencia del asesinato en masa necesitaba envolverse en los pretextos de la necesidad, la seguridad y la inevitabilidad histórica. Se requería alguna forma de simbolización.

Hoy, jefes de Estado como Trump hablan abiertamente como asesinos psicóticos porque son el producto de un sistema que necesita esta clase de cortocircuitos políticos. Un sistema basado en la liberación programada del caos necesita líderes caóticos.

Hay otro aspecto al que debemos prestar atención: nos hemos vuelto tan insensibles a esta especie de condición pospolítica que prácticamente ya no existe una reacción significativa. Por eso, cuando un ministro israelí puede referirse tranquilamente a hacer pasar hambre a Gaza como una táctica «legítima», ni siquiera considera necesario ocultarlo.

De hecho, podríamos decir que está poniendo algo a prueba: ¿cuánta verdad directa puede soportar el sistema?

No me refiero aquí a la veracidad de los hechos, sino a la verdad de lo real: ese núcleo crudo e imposible de simbolizar que el orden simbólico debería dotar de significado y, al mismo tiempo, mantener a distancia.

La ausencia de una respuesta efectiva incluso por parte de los políticos más «moderados» nos demuestra que el orden simbólico ha perdido su fuerza vinculante. Hemos ido más allá de la hipocresía. Hemos entrado en una época en la que la psicosis colectiva queda expuesta abiertamente.

Y cuando el lenguaje deja de ejercer una función restrictiva sobre el poder, significa que el colapso no es simplemente algo que se aproxima: significa que ya está aquí.

12. Partiendo de Giorgio Agamben, usted sostiene que la palabra «West» significa literalmente «aquello que cae sin cesar» y que nuestra civilización se gobierna a sí misma mediante su propio colapso permanente. Para un lector que intenta encontrar sentido a unos titulares que parecen cada vez más irreales, ¿cómo modifica esta perspectiva etimológica nuestra manera de leer las noticias?

La observación etimológica de Agamben me parece profundamente perturbadora. «Occidente», procedente del latín occidens, designa aquello que está siempre cayendo, siempre poniéndose, siempre declinando. Nuestra civilización se nombra a sí misma como un ocaso.

Nunca se ha gobernado exclusivamente mediante la prosperidad y la estabilidad. Con frecuencia, ha ejercido su dominio a través de crisis, estados de excepción y una movilización permanente contra un enemigo, ya sea exterior o interior. Y ahora nos encontramos en la fase final de esta estrategia estructural de instrumentalización de la crisis.

Leer las noticias desde esta perspectiva resulta extraordinariamente esclarecedor. Cuando uno se encuentra con expresiones como «temores inflacionarios», «crisis migratoria» o «amenaza para la democracia», debe dejar de preguntarse «¿cómo resolvemos esto?» y comenzar a plantearse otra cuestión: «¿el poder de quién se consolida mediante esta emergencia?».

Las noticias no nos informan simplemente sobre los acontecimientos; transmiten la respuesta inmunitaria del sistema: esos violentos episodios febriles que convencen al organismo de que todavía está luchando y, por tanto, de que todavía sigue vivo.

La desconexión de los titulares respecto de la realidad constituye una condición necesaria para que el proceso de instrumentalización de la crisis pueda continuar. Como señaló Jean Baudrillard hace ya algún tiempo, hemos entrado en la era de la hiperrealidad. Confundimos las noticias con la realidad porque hemos perdido la capacidad de ver más allá de las ficciones que nos gobiernan.

La ambigüedad de lo real ha desaparecido.

13. Agamben propone la imagen de la Nochevieja napolitana, cuando se arrojan las cosas por la ventana para después recoger sus fragmentos de la calle, porque se considera que esos restos traen buena suerte. En su opinión, ¿qué aspecto podrían tener esos fragmentos en la práctica y cómo podría una persona reconocerlos cuando los encuentre?

Para mí, la imagen es perfecta. La Nochevieja en Nápoles: arrojarlo todo por la ventana —los muebles, los electrodomésticos, los recuerdos— y después recoger los fragmentos de la calle porque esos pedazos traen buena suerte.

¿Qué son esos fragmentos?

Son los restos del viejo mundo que sobreviven al colapso; no como nostalgia, sino como potencialidad.

Una cooperativa de alimentos; una red de ayuda mutua; un edificio ocupado convertido en escuela; un huerto comunitario en un terreno abandonado; una biblioteca —o una biblioteca universitaria— que se niega a aceptar la digitalización y la «quema de libros». ¿Les resulta familiar?

Mientras no constituyan un programa, estas cosas no son soluciones. Son fragmentos: restos quebrados de una sociabilidad que el capital no ha conseguido colonizar por completo.

Y podemos reconocerlos mediante una prueba muy sencilla: no están subordinados a la lógica de la acumulación de capital.

Son, en el sentido más auténtico del término, «sin ánimo de lucro»: no están regidos por métricas ni orientados hacia el crecimiento. Son inútiles, en el mejor sentido posible de la palabra.

Debemos aprender a hacer uso de esas cosas inútiles, construyendo en torno a ellas una narrativa social alternativa.

14. Para un lector curioso que desea desarrollar una mirada más lúcida —alguien que percibe que algo no funciona, pero que todavía confía parcialmente en el marco dominante—, ¿qué señales recomendaría seguir? En términos prácticos, ¿cómo podemos reconocer la instrumentalización de la crisis en tiempo real y no únicamente a posteriori?

Yo prestaría atención a tres señales.

En primer lugar, observen la repentina aceleración del ciclo acontecimiento-noticia-acontecimiento. Si las crisis que ocupan los titulares se suceden con tal rapidez que ninguna llega a resolverse antes de que irrumpa la siguiente fase, entonces estamos ante una instrumentalización sistémica de la crisis.

En segundo lugar, presten atención a aquellos momentos en los que la solución propuesta para una crisis consiste en aplicar exactamente la misma política que provocó la crisis anterior.

Más deuda para resolver una crisis de deuda.
Más vigilancia para resolver una crisis de vigilancia.
Más guerra para resolver una crisis de guerra.

Esa es la firma característica de la instrumentalización de la crisis: la enfermedad se vuelve a empaquetar y se presenta como tratamiento.

En tercer lugar, mientras su atención está siendo desviada, fíjense en qué desaparece de las noticias.

¿Qué estaba haciendo la Reserva Federal mientras ustedes se indignaban por Epstein? ¿Qué disposición se incorporó al proyecto de ley sobre servicios financieros mientras ustedes estaban absorbidos por el flujo informativo sobre Gaza y sumergidos en escenarios catastróficos?

La crisis que reclama su atención rara vez es la crisis verdaderamente importante. La crisis fundamental es aquella que no necesita serles vendida, porque ya se encuentra inscrita en la propia estructura del sistema.

15. Para terminar, ¿en qué está trabajando actualmente y dónde pueden los lectores seguir sus escritos y mantenerse en contacto con su obra?

Francamente, no creo que en este momento pueda hacer mucho más que seguir profundizando mi comprensión de la complejidad de esta situación crítica en la que nos encontramos.

Eso significa continuar trabajando en dos formatos: libros, para alcanzar una profundidad sostenible, y artículos más breves, para ganar en rapidez y accesibilidad.

Los lectores pueden encontrar mis textos en The Philosophical Salon, donde publico regularmente, así como en mi página de Substack.

El trabajo continúa porque la crisis no va a terminar pronto. Pero espero que tampoco se extinga nuestra voluntad de pensar.

*Unbekoming es una plataforma independiente de medios alternativos y publicación.

Fuente: https://www.unbekoming.com/p/interview-with-fabio-vighi

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