Europa Incluida

Hoy Europa no solo está bajo la presión de Trump. También se enfrenta a la amenaza de Putin. Europa atraviesa actualmente una prueba existencial: o se transforma en una verdadera potencia política, o seguirá siendo un continente que sonríe ante las cámaras mientras paga el precio a puerta cerrada. Europa no necesita analgésicos; necesita una sacudida al sistema. Necesita un llamado al despertar. Solo los próximos días darán respuesta a esta cuestión: ¿podrá el viejo continente volver a ponerse en pie? ¿O Washington será su destino permanente?
diciembre 18, 2025
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Europa ya no es un socio plenamente soberano dentro del orden internacional. Tampoco constituye una amenaza real. En su lugar, se ha convertido en una entidad política suspendida: vive más del recuerdo de su poder que de su capacidad efectiva, y negocia no desde la igualdad, sino desde el miedo.

Desde el acuerdo fiscal con Estados Unidos calificado por Emmanuel Macron como “un día oscuro para Europa” resulta evidente que la Unión Europea ha entrado en una fase de debilidad explícita. Esta debilidad ya no se oculta tras fórmulas diplomáticas ni permanece enterrada en comunicados conjuntos; se exhibe abiertamente en las imágenes, en las sonrisas forzadas y en los pulgares levantados ante las cámaras.

En el campo de golf de Turnberry, Ursula von der Leyen sonreía junto a Donald Trump y levantaba el pulgar. Europa había aceptado, sin llevar a cabo una negociación real, la imposición de un arancel del 15 % a sus exportaciones hacia Estados Unidos. Aquello no fue un acuerdo. Fue una capitulación económica bajo presión de seguridad. En ese preciso momento colapsó la idea del llamado “poder blando europeo”. Europa dejó de ser un actor que negocia para convertirse en una parte que teme perder protección.

Las preocupaciones europeas no eran únicamente económicas; eran, en esencia, de seguridad. El temor a que la administración Trump redujera sus compromisos defensivos si Bruselas escalaba el conflicto comercial obligó a la Unión Europea a retroceder. El acuerdo comercial quedó rehén del paraguas militar. La soberanía económica pasó a estar subordinada a la base aérea. Así, la debilidad en materia de seguridad anuló el poder comercial. Una fragilidad engendró otra.

Cuando se presentó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Europa no fue considerada un socio estratégico. Fue descrita, en cambio, como un paciente con diversos síntomas: libertades en retroceso, represión de la oposición, crisis de identidad, colapso de la confianza y auge del caos populista. Ese no es el lenguaje de una alianza; es el lenguaje de un informe clínico.

El canciller alemán Friedrich Merz intentó amortiguar el impacto. Afirmó que el documento “no era sorprendente en su contenido”, aunque algunas partes resultaban “inaceptables desde la perspectiva europea”. Luego pronunció la frase más reveladora: “No veo ninguna necesidad de que los estadounidenses asuman la tarea de salvar la democracia en Europa”.

Detrás de la dureza de esa afirmación se esconde una confesión peligrosa: Europa ya es percibida como una región que necesita ser políticamente rescatada.

Merz se dirigió a los estadounidenses en estos términos: “La política de America First es comprensible, pero una América que actúe sola no sirve a sus propios intereses”. Aquello no fue una fórmula diplomática; fue la expresión de una preocupación estratégica. Europa empieza a comprender que Washington ya no la ve como el pilar central del orden occidental, sino como una carga geopolítica, un socio poco fiable y un campo de pruebas.

Donald Trump no ocultó su desprecio. En una entrevista con Politico, describió a Europa como “un conjunto de Estados en decadencia, gobernados por personas débiles”. Acusó al continente de no controlar la migración, de ser incapaz de poner fin a la guerra en Ucrania y de no saber gobernarse a sí mismo. A continuación, insinuó que estaba dispuesto a respaldar a políticos europeos “alineados con su visión”. No fue un lapsus. Fue una redefinición de la relación: Washington ya no actúa como aliado de Europa; ahora la reconfigura desde dentro.

Cuando Trump apoya a la extrema derecha europea, no lo hace únicamente por afinidad ideológica, sino como parte de una estrategia sistemática para fragmentar la Unión. Desde su perspectiva, la UE no es un bloque amistoso, sino un potencial competidor económico y una limitación política a la hegemonía estadounidense. Desmantelarla desde dentro resulta más barato que confrontarla desde fuera.

En ese mismo instante apareció Vladimir Putin. Rusia declaró estar “lista para la guerra con Europa si Europa así lo desea”. Acusó a los europeos de sabotear el proceso de paz, amenazó con intensificar los ataques marítimos y planteó aislar a Ucrania por vía naval. Europa se encontró atrapada entre dos fuerzas opuestas: el chantaje estadounidense desde Occidente y la amenaza rusa desde Oriente.

La relación de Volodímir Zelenski con Trump simboliza el dilema europeo. Un presidente que lucha por la supervivencia de su país anuncia con orgullo que tiene el número de teléfono de Trump. Poco después es tildado de dictador. Es humillado públicamente. Más tarde, se le acusa incluso de ser despreciado por su propio pueblo. El humillado no fue solo Zelenski. Con él, también fue humillada la propia idea de la “alianza occidental”.

La revista Der Spiegel reveló que Macron advirtió a Zelenski de que Estados Unidos podría traicionar a Ucrania. Fue una advertencia clara, pero carente de instrumentos disuasorios. Macron regresó de su reunión con Trump con las manos vacías: sin garantías, sin calendario. Trump se limitó a decir: “No queremos un acuerdo débil, queremos un acuerdo fuerte”. Pero Trump no negocia deseos; negocia correlaciones de fuerza.

El analista alemán Tobias Vella lo expresó sin rodeos: “Estados Unidos ya no es un socio fiable para Europa”. Trump traslada la responsabilidad de la guerra a Ucrania, cuestiona la legitimidad de Zelenski y permite que su vicepresidente, J. D. Vance, dé lecciones sobre libertad de expresión a los europeos en Múnich. Eso no es realismo; es una política sistemática de humillación.

Giorgia Meloni afirma confiar en sus estrechas relaciones con Washington. Sin embargo, habla menos como la líder de un gran Estado miembro de la UE que como alguien que teme ser expulsado del grupo. ¿Quiénes son exactamente los “enemigos de la Unión” a los que se refiere? ¿Putin? Hoy, Putin parece más cercano a Trump que a Bruselas.

Las élites europeas ya pueden ver con claridad que Estados Unidos ni siquiera se esfuerza en ocultar sus intereses duros tras una retórica democrática. Trump abandonó esos principios en Gaza; y, si le conviene, enterrará los que quedan en Ucrania. Los valores se han convertido en mero ornamento. En escena han quedado solo los intereses.

Europa incluida es un diagnóstico, no un insulto.

Hoy Europa sufre insuficiencia militar, dependencia excesiva de Washington, profundas divisiones internas, ascenso de la extrema derecha, fragilidad económica y pérdida de rumbo estratégico. La Unión está excluida de las negociaciones sobre el futuro de la guerra en Ucrania. Ya no es un actor. Observa pasivamente un destino que la afecta de manera directa.

Una serie de preguntas vitales sigue sin respuesta:

¿Puede Europa recuperarse?
¿Puede construir una capacidad de defensa independiente?
¿Tiene el valor de romper su dependencia de seguridad respecto a Washington?
¿Puede redefinir su alianza con Estados Unidos?
¿Puede afrontar a Moscú desde la igualdad y no desde el miedo?
¿Puede reactivar el significado político de la Unión?

Hasta ahora, todas estas respuestas han sido aplazadas. Cada decisión ha sido apenas una decisión a medias. Hoy Europa no está solo bajo la presión de Trump; también se enfrenta a la amenaza de Putin. Europa atraviesa una prueba existencial: o se convierte en una verdadera potencia política, o seguirá siendo un continente que sonríe ante las cámaras mientras paga el precio a puerta cerrada.

Europa no necesita analgésicos; necesita una sacudida al sistema. Necesita un llamado al despertar. Solo los próximos días darán la respuesta a esta pregunta fundamental:
¿Podrá el viejo continente volver a ponerse en pie, o Washington se convertirá en su dirección permanente?

Fuente:https://www.middleeastmonitor.com/20251209-sick-europe/