Tras los atentados del 11 de septiembre, las invasiones de Afganistán en 2001 y de Irak en 2003, emprendidas por Estados Unidos y las fuerzas de la coalición, fueron presentadas por el entonces presidente estadounidense, George W. Bush, como una «cruzada» que habría de desarrollarse con perseverancia. En aquel contexto, los musulmanes suníes fueron, de manera generalizada, estigmatizados como terroristas a los que era necesario combatir o eliminar.
La República Islámica de Irán interpretó aquella coyuntura como una oportunidad histórica que se le presentaba después de varios siglos. Bajo el pretexto de la cooperación con Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo, encontró una justificación para impulsar su expansionismo chií en los territorios de mayoría suní sometidos a una creciente presión, convirtiendo así las circunstancias geopolíticas del momento en una oportunidad para establecer el proyecto del Gran Estado iraní.
En el marco de estas aspiraciones, la República Islámica de Irán se convirtió en uno de los principales colaboradores de Estados Unidos tanto durante la invasión de Afganistán como durante la de Irak.
El expresidente iraní Hashemi Rafsanyani reconoció esta cooperación en un sermón pronunciado durante la oración del viernes en Teherán, en 2002, cuando afirmó:
«Los estadounidenses deben saber que, de no haber sido por el ejército iraní, no habrían podido derrocar al régimen talibán. […] Las fuerzas iraníes combatieron a los talibanes y facilitaron su caída. Si nuestras fuerzas no hubieran luchado contra ellos, los estadounidenses habrían terminado hundiéndose en el pantano afgano».
De igual manera, el también expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad expresó su reproche hacia Estados Unidos durante una intervención televisiva:
«Ayudamos a Estados Unidos en Afganistán y posteriormente también en Irak. A pesar de ello, Bush, llevado por su arrogancia, nos acusa de formar parte del eje del mal».
Por su parte, el exvicepresidente iraní Mohammad Ali Abtahi confirmó las declaraciones anteriormente citadas de Rafsanyani y Ahmadineyad sobre la cooperación con Washington cuando, en un discurso pronunciado el 15 de enero de 2004, sostuvo:
«Sin el apoyo de Irán, Kabul y Bagdad no habrían caído con tanta facilidad».
Estados Unidos entregó a Irán el Irak que había ocupado
Tras derrocar el régimen de Sadam Husein el 9 de abril de 2003, Estados Unidos estableció en Irak, con el respaldo de chiíes y kurdos, un Estado federal sustentado en un sistema de cuotas de representación política.
En este modelo, del que los árabes suníes, que representaban aproximadamente el 30 % de la población, quedaron excluidos de facto de las estructuras de gobierno, las administraciones de mayoría chií que accedieron al poder con la aprobación estadounidense terminaron situando a Irak bajo la influencia de Teherán mediante vínculos de afiliación confesional.
La administración del Estado, particularmente sus instituciones militares, sus servicios de inteligencia y su aparato judicial, pasó a quedar en manos de sectores afines a Irán.
Paralelamente al ejército regular, se constituyeron milicias armadas chiíes que fueron incorporadas al denominado Eje de la Resistencia, vinculado al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán.
A partir de 2016, estas milicias se transformaron en un importante centro de poder financiado mediante el presupuesto del Gobierno iraquí y orientado, según esta interpretación, a servir a los intereses estratégicos de Teherán.
Tanto durante la ocupación, a consecuencia de las operaciones de las fuerzas de la coalición, como durante la posterior guerra civil entre chiíes y suníes, millones de civiles iraquíes perdieron la vida, en su mayoría suníes, según sostiene el autor.
Estados Unidos, que había emprendido su intervención bajo la retórica de una cruzada, terminó entregando de facto el país, a partir de 2005, a Teherán, a través de dirigentes políticos que profesaban lealtad al principio del Velayat-e Faqih —la tutela del jurista islámico—, mientras la República Islámica perseguía su proyecto de reconstrucción del Gran Imperio Persa.
Un informe de aproximadamente 1.300 páginas publicado en 2019 por el Ejército de Tierra de Estados Unidos, en el que se evaluaban las operaciones estadounidenses desarrolladas en Irak entre 2003 y 2018, ofrecía una conclusión que el autor considera particularmente reveladora:
«Cuando este proyecto concluyó en 2018, el único vencedor fue un Irán fortalecido y expansionista».
El mismo informe contenía otra observación especialmente significativa:
«Mientras Irán y Siria proporcionaban refugio y apoyo a militantes suníes y chiíes, Estados Unidos nunca desarrolló una estrategia integral para impedirlo».
El chiismo como instrumento al servicio del proyecto del «Gran Irán»
Un examen de la trayectoria política de la República Islámica desde la Revolución iraní permite sostener, desde la perspectiva del autor, que el chiismo ha sido instrumentalizado como un medio para alcanzar el objetivo geopolítico del «Gran Irán».
En el imaginario político de los dirigentes de la República Islámica, el Imperio persa de la época de Darío el Grande, en el siglo V antes de Cristo, habría adquirido la condición de un ideal histórico supremo, una suerte de horizonte nacional cuya consecución se concibe como una aspiración irrenunciable.
La extensión territorial que determinados políticos iraníes asocian con el concepto de «Gran Irán» comprendería, de acuerdo con esta interpretación, una vasta región que abarcaría los actuales territorios de Irán, Azerbaiyán, Afganistán, Turkmenistán, Tayikistán y Uzbekistán, así como determinadas zonas de Pakistán, el este de Türkiye, el golfo Pérsico, Yemen, Irak y Siria.

Geografía del Gran Imperio Persa
El proyecto del «Gran Irán», promovido por los persas, fue presentado a las comunidades chiíes no persas bajo la denominación de «Gran Estado Chií». Mediante la instrumentalización de la identidad confesional, estas comunidades fueron progresivamente desvinculadas de sus propios pueblos y convertidas en instrumentos al servicio de los intereses de Teherán.
Una de las personalidades que expresó esta concepción de manera más explícita fue Aras Habib Karim, secretario general del Congreso Nacional Iraquí y exdiputado.
Aras Habib, miembro de una tribu kurda chií faylí y antiguo agente de inteligencia, declaró en septiembre de 2025, durante una intervención en el programa de Samir Yawad emitido por Dicle TV, que la creación de un Gran Estado Chií constituía el objetivo al que había consagrado su vida y que, para alcanzar semejante propósito, le resultaba indiferente quién gobernase el país.
Asimismo, sostuvo que, bajo el liderazgo de Ahmed Chalabi, se había concebido un proyecto destinado a redibujar el mapa de Oriente Medio y que, gracias al apoyo de Estados Unidos y de la República Islámica de Irán, el objetivo de establecer un Gran Estado Chií en el vasto territorio comprendido entre Afganistán y Palestina se había materializado en la práctica, aunque la población no hubiera llegado a comprenderlo.
En esa misma intervención, acusó a Hamás de haber arruinado a la comunidad chií mediante la operación denominada Diluvio de Al-Aqsa, perpetrada el 7 de octubre, y afirmó que la insensatez de sus dirigentes había conducido a toda la región, desde Irán hasta Yemen, Líbano y Siria, a la grave situación actual. De este modo, responsabilizó a Hamás de haber socavado el proyecto del Gran Irán.[i]
Las declaraciones de Aras Habib acerca de la colaboración estadounidense en la creación del Gran Estado Chií constituyen, desde la interpretación aquí expuesta, una manifestación explícita de la solidaridad existente entre determinados sectores del mundo chií y Washington, una relación que el propio Habib no parece considerar motivo alguno de incomodidad.
La cooperación de Irán con Estados Unidos y Rusia sobre el terreno
Tras la Revolución de 1979, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), que asumió como misión la difusión universal de la ideología islámica de la revolución, procuró someter a las comunidades chiíes de todo el mundo a la autoridad religiosa del Velayat-e Faqih, o tutela del jurista islámico. Con el propósito de ejercer control sobre las poblaciones chiíes asentadas en los países comprendidos dentro de la geografía del denominado «Gran Irán», Teherán destinó considerables recursos materiales, políticos y organizativos a erigirse en su protector.
Esta estrategia perseguía organizar a dichas comunidades como fuerzas políticas y armadas de oposición dentro de sus respectivos Estados, utilizarlas, cuando las circunstancias lo exigieran, como instrumentos de presión contra sus propios gobiernos y convertirlas en activos estratégicos al servicio de los intereses iraníes. Irak se convirtió en el escenario donde este modelo, orientado a transformar a los actores chiíes en instrumentos armados de la política exterior iraní, alcanzó su aplicación más profunda y eficaz.
A partir de 2005, Estados Unidos toleró que los gobiernos iraquíes fueran constituidos por sectores afines a Irán y que tanto las Fuerzas Armadas como la burocracia estatal quedaran bajo el control de esos mismos grupos. De este modo, contribuyó a generar un entorno favorable para la expansión de la influencia regional de Teherán.
La ocupación estadounidense de Irak permitió a Irán establecer un corredor ininterrumpido de influencia que se extendía hasta el Mediterráneo, mientras que las rutas logísticas de Hezbolá quedaron conectadas directamente con territorio iraní a través de Irak. La economía iraquí, desvinculada progresivamente de su entorno regional, también pasó a depender, según esta interpretación, del control iraní. Teherán, que había cooperado con Estados Unidos en Irak frente a los sectores suníes, tampoco vaciló en establecer una colaboración semejante con Rusia en Siria.
Ante las reivindicaciones populares de libertad surgidas en 2011, Irán se solidarizó, sobre la base de afinidades confesionales, con el régimen de minoría chií-alauí y participó, junto con Rusia, en la represión violenta de aquellas demandas.
La campaña internacional de «lucha contra el Estado Islámico (ISIS)», organización cuya creación Donald Trump atribuyó a un proyecto del expresidente Barack Obama y de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, proporcionó a Irán y a sus milicias armadas una mayor legitimidad política y un espacio ampliado de actuación militar. La Fuerza Quds del CGRI introdujo en Siria, con el propósito de preservar el régimen de Bashar al-Assad, numerosas formaciones armadas procedentes del extranjero.
Entre ellas figuraban Hezbolá del Líbano, integrada por chiíes árabes; la Brigada Fatemiyún, compuesta por hazaras chiíes afganos; y la Brigada Zainabiyún, formada por combatientes chiíes pakistaníes. Según las estimaciones recogidas en el texto, el número de milicianos movilizados habría alcanzado entre 150.000 y 200.000 efectivos. Durante este período, cientos de miles de sirios fueron sometidos a torturas y asesinados, mientras que cerca de la mitad de la población del país se vio obligada a abandonar sus hogares y territorios.
Según la interpretación del autor, estas atrocidades no suscitaron una oposición proporcional a su gravedad, debido a que sus responsables justificaban sus operaciones mediante el argumento de la «lucha contra ISIS». La misión internacional contra el Estado Islámico, coordinada por Brett McGurk, terminó fortaleciendo, en beneficio de Irán, el eje estratégico que conecta Irak, Siria y Líbano. Irán también movilizó al movimiento chií-zaydí Ansarolá, conocido como los hutíes, con el objetivo de extender su control sobre Yemen, país cuya población, según el texto, es aproximadamente un 70 % suní de tradición shafií.
Tras la toma de Saná, capital yemení, por los hutíes, el diputado iraní Alireza Zakani declaró en septiembre de 2014:
«Saná es la cuarta capital árabe que ha quedado bajo el control de Irán, después de Bagdad, Beirut y Damasco». En aquella misma intervención, anunció las aspiraciones regionales de Teherán en los siguientes términos: «La revolución yemení no quedará limitada exclusivamente a Yemen. Tras alcanzar el éxito, se extenderá también al territorio saudí. La extensa frontera entre Yemen y Arabia Saudí contribuirá a acelerar la penetración de la revolución en las profundidades del territorio saudí».
El incremento de la influencia iraní en el corredor Irak-Siria-Líbano y en Yemen, así como la percepción de que su expansión regional avanzaba de manera prácticamente incontenible, despertaron una creciente inquietud entre las monarquías árabes, que comenzaron a considerar amenazada su propia supervivencia política.
En consecuencia, y alentadas también por Estados Unidos, estas monarquías se orientaron hacia una mayor cooperación con Israel.
Oriente Medio quedó así, según esta interpretación, tácitamente dividido en esferas de influencia entre dos proyectos expansionistas: por un lado, Irán, que aspiraba a reconstruir un nuevo Imperio persa y extender su influencia hasta las costas mediterráneas; por otro, Israel, al que el autor atribuye la pretensión de dominar la región conforme al ideal de la Tierra Prometida (Arz-ı Mevud).
El Diluvio de Al-Aqsa: la ruptura del statu quo
Las declaraciones de Aras Habib Karim, anteriormente citadas, revisten una importancia particular.
Al afirmar que la operación Diluvio de Al-Aqsa del 7 de octubre había devastado a la comunidad chií y que la insensatez de Hamás había conducido a la región, desde Irán hasta Yemen, Líbano y Siria, a su actual situación crítica, Habib responsabilizó al movimiento palestino de haber frustrado el proyecto del Gran Irán. Desde la perspectiva del autor, estas palabras constituyen una revelación especialmente significativa del statu quo tácito que habría existido entre Irán, sus milicias armadas e Israel. Durante la Segunda Guerra del Líbano, iniciada el 12 de julio de 2006, Israel no consiguió imponerse a la resistencia de Hezbolá y, después de 34 días de enfrentamientos, se vio obligado a retirarse del territorio libanés que había intentado ocupar.
Tras el establecimiento del alto el fuego mediante la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ambas partes atravesaron un período de aproximadamente 17 años, hasta el 7 de octubre de 2023, sin enfrentamientos de gran envergadura, con la excepción de un incidente armado de alcance limitado ocurrido en enero de 2015 en la zona de las Granjas de Shebaa. Hezbolá, que mantuvo el alto el fuego con Israel, intervino militarmente en Siria a partir de 2012 para respaldar al régimen de Bashar al-Assad, concentrando sus operaciones en la lucha contra sectores de la población siria y contribuyendo, según el autor, al proyecto iraní de establecer un Imperio persa cuya influencia alcanzara el Mediterráneo.
Durante esos 17 años, Israel habría aprovechado el período de relativa estabilidad para prepararse ante una eventual ruptura del statu quo. En el marco de su estrategia conocida como «Campaña entre Guerras» (MABAM, por sus siglas en hebreo), el Estado israelí desarrolló capacidades destinadas a debilitar y, llegado el momento, neutralizar militarmente a Hezbolá. Mientras tanto, las tensiones y confrontaciones entre Estados Unidos, Israel e Irán continuaron desarrollándose principalmente en torno a la amenaza de destruir la capacidad iraní de producir uranio enriquecido. Sin embargo, el 7 de octubre de 2023, la operación lanzada por Hamás contra Israel bajo el nombre de Diluvio de Al-Aqsa, concebida como una ofensiva destinada a romper el bloqueo, alteró profundamente el statu quo que había prevalecido durante los 17 años anteriores.
El Mossad, que según esta interpretación llevaba tiempo preparándose para semejante escenario, ejecutó operaciones mediante la detonación de dispositivos de comunicación, incluidos buscapersonas y teléfonos, que habían sido distribuidos entre miembros de Hezbolá por el CGRI y que se consideraban supuestamente seguros. Como resultado de estas dos oleadas de ataques, entre 6.000 y 7.000 integrantes de Hezbolá habrían quedado fuera de combate, mientras que buena parte de su cúpula dirigente fue eliminada mediante asesinatos selectivos.
Por su parte, las autoridades iraníes procuraron mantener cierta distancia respecto de Hamás al declarar que no habían planificado ni ordenado la operación Diluvio de Al-Aqsa. Teherán no solo evitó involucrarse directamente en la guerra contra Israel, sino que también intentó mantener al margen del conflicto a las milicias bajo su influencia en Siria, Líbano e Irak.
Pese a los numerosos ataques mortales perpetrados por Israel contra las milicias del Eje de la Resistencia presentes en estos territorios y contra los mandos de la Guardia Revolucionaria que las dirigían, Irán evitó responder de manera inmediata y procuró preservar, a pesar de todo, el statu quo existente. Sin embargo, las circunstancias históricas habían cambiado. El Gobierno de Benjamín Netanyahu, respaldado por sectores ultraortodoxos, había decidido, según la interpretación del autor, emprender una nueva estrategia orientada a hacerse con el control de los territorios comprendidos dentro de su concepción de la Tierra Prometida, incluidas las regiones que hasta entonces habían permanecido bajo influencia iraní.
Cuando quedó de manifiesto que el antiguo statu quo ya no podría mantenerse, también se hizo evidente que la expansión confesional chií, favorecida por las circunstancias geopolíticas desde 2005, había llegado a su punto de inflexión definitivo.
Los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán
Antes de 2024, los enfrentamientos entre Irán e Israel se desarrollaban principalmente mediante operaciones encubiertas y la intervención de fuerzas subsidiarias. Sin embargo, a partir de ese año, ambas partes comenzaron a ejecutar ataques directos contra sus respectivos territorios y misiones diplomáticas.
En abril de 2024, Irán lanzó la operación denominada Promesa Verdadera I (Sadeq Vaad I), en represalia por el ataque contra su consulado en Damasco, en el que murieron varios generales del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica.
Posteriormente, en octubre de ese mismo año, Teherán emprendió la operación Promesa Verdadera II (Sadeq Vaad II) como respuesta a los asesinatos del dirigente de Hamás, Ismail Haniyeh, en Teherán, y del secretario general de Hezbolá, Hasán Nasralá, en Beirut.
En ambas operaciones, Irán lanzó ataques contra Israel mediante misiles balísticos, misiles de crucero y vehículos aéreos no tripulados.
A estos acontecimientos les siguió la denominada Guerra de los Doce Días, desarrollada entre el 13 y el 24 de junio de 2025, durante la cual Israel llevó a cabo ataques aéreos contra territorio iraní. Posteriormente, el 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel iniciaron una nueva guerra contra Irán que, en el momento al que se refiere este análisis, continúa en curso.
En el transcurso de estos ataques, Irán perdió a su líder religioso, a numerosos oficiales de alto rango y a importantes integrantes de su estructura gubernamental y militar.
Como represalia, Teherán atacó bases estadounidenses situadas en los países del Golfo, así como instalaciones energéticas e infraestructuras estratégicas de diversos Estados árabes. Asimismo, procedió al cierre del estrecho de Ormuz, provocando una crisis energética de alcance mundial.
En el escenario resultante, el presidente estadounidense, Donald Trump, parece haber quedado atrapado en una guerra que, según la interpretación del autor, emprendió bajo la influencia de Israel y para la cual ya no consigue vislumbrar una salida clara.
Conclusión
Cuando Irán fue objeto de ataques, no encontró en el denominado Eje de la Resistencia, cuya construcción había impulsado desde 1998 y en el que habría invertido al menos 50.000 millones de dólares, ni la capacidad de resistencia ni el respaldo que esperaba.
Hezbolá fue neutralizado con sorprendente facilidad mediante las operaciones del Mossad. Por su parte, las fuerzas insurgentes encabezadas por Ahmed al-Sharaa lograron tomar Damasco en apenas catorce días y derrocar al régimen de Bashar al-Assad, obligando a las milicias chiíes desplegadas en Siria a retirarse hacia Irán. Irak, que desde la invasión no había conseguido alcanzar una estabilidad política y social duradera, comenzó a distanciarse de la influencia iraní y a orientar su política exterior hacia el establecimiento de relaciones equilibradas con los países de la región, fundamentadas en el principio del beneficio mutuo.
El nuevo Gobierno iraquí se muestra decidido a desarmar a las milicias de las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al-Shaabi), vinculadas al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica. Del mismo modo, la entrega de las armas de las milicias de Hezbolá al Estado libanés parece cada vez más próxima. El régimen iraní, caracterizado en este análisis por su arrogancia y sus aspiraciones de imponer su hegemonía sobre los países de Oriente Medio y condicionar sus decisiones políticas, se vio obligado a enfrentarse a una realidad profundamente distinta tras la operación Diluvio de Al-Aqsa.
La facilidad con la que Israel consiguió atacar, en el corazón mismo de la capital iraní, a su líder religioso, a los comandantes de sus Fuerzas Armadas y a integrantes de su cúpula dirigente puso de manifiesto las graves vulnerabilidades que aquejaban a la estructura de poder de la República Islámica. Con el desmoronamiento del Eje de la Resistencia, Irán pasó de aspirar a exportar su revolución a concentrar sus esfuerzos en la defensa de sus propias fronteras. Incluso si la guerra llegara a concluir de algún modo, las autoridades de Teherán temen que el agravamiento de la crisis económica desencadene una nueva oleada de movilizaciones populares y termine erosionando su capacidad para mantener el control interno.
Mientras tanto, los países de la región que durante años habían vivido bajo la presión y las amenazas iraníes comenzaron a aproximarse entre sí en torno a una concepción compartida de responsabilidad regional.
Estos Estados emprendieron la construcción de nuevas alianzas y mecanismos de cooperación, orientados a establecer un marco de seguridad y estabilidad regional que no dependiera de potencias hegemónicas externas, mediante la articulación de sus capacidades y la convergencia de sus intereses estratégicos. Al no haber obtenido de sus fuerzas armadas subsidiarias el respaldo ni la resistencia que esperaba, Irán habría optado ahora por recurrir a una nueva modalidad de intervención: la movilización de redes de propaganda y actores digitales carentes de capacidad militar, pero orientados a influir sobre la opinión pública.
En este contexto, Teherán intenta, según el autor, manipular la percepción de las sociedades musulmanas mediante acusaciones dirigidas contra aquellos Estados islámicos que no acudieron en su ayuda durante la guerra contra Estados Unidos. En particular, pretende presentar a los integrantes de la recientemente constituida Alianza de Defensa de La Meca como colaboradores de los intereses estadounidenses e israelíes, con el propósito de desacreditar sus iniciativas de cooperación regional.
La dirigencia iraní aspira a que caigan en el olvido sus intentos de resucitar el Gran Imperio Persa, proyecto expansionista que, alentado por la permisividad de Estados Unidos, habría perseguido la incorporación forzosa de los Estados de la región a una esfera de dominación iraní. También pretende, según sostiene el autor, que se borre de la memoria colectiva el sufrimiento ocasionado por aquellas ambiciones, incluida la muerte despiadada de millones de personas inocentes.
Sin embargo, semejantes tragedias no pueden ser condenadas al olvido.
Más aún, desde la perspectiva moral y religiosa que inspira esta interpretación, resultaría más apropiado considerar como una manifestación de la justicia divina de Dios Todopoderoso las inmensas pérdidas humanas y materiales que Irán ha sufrido durante la guerra desencadenada cuando Estados Unidos e Israel, países con los que, según el autor, había mantenido durante años una cooperación encubierta, volvieron repentinamente sus armas contra él. La muerte de centenares de dirigentes políticos, militares y miembros de los servicios de inteligencia iraníes, así como la de miles de civiles inocentes bajo el impacto devastador de toneladas de bombas, constituiría, dentro de esta lectura, una expresión de esa justicia trascendente.
Después de tres décadas marcadas por semejantes acontecimientos, resulta inconcebible, a juicio del autor, que el mundo islámico pueda olvidar el oscuro legado de la política regional iraní. La memoria de los pueblos no se desvanece por voluntad de los poderosos, y las heridas que la historia ha dejado abiertas no pueden cerrarse mediante el simple recurso al olvido.
[i] https://x.com/RBursa/status/2095449114028732534
Fuente: https://www.sde.org.tr/
