Desde octubre de 2023, Israel se ha enfrentado simultáneamente a una serie de choques económicos de gran magnitud. Como resultado de los enfrentamientos con Hamás y Hezbolá, decenas de miles de personas fueron desplazadas de las zonas fronterizas del sur y del norte; cientos de miles de reservistas fueron retirados durante largos periodos del mercado laboral, lo que provocó escasez de personal en sectores clave y una fuerte caída de la productividad. A medida que el gasto estatal se redirigía hacia la guerra, los servicios públicos, la educación y el sistema sanitario se deterioraron, y cerca de 50.000 empresas quebraron.
La fuga de capitales especialmente en el sector de alta tecnología y la creciente dependencia del crédito externo han supuesto una carga severa para la economía; se prevé que, en 2025, la deuda alcance el 70 % del PIB. La posición internacional de Israel también se ha debilitado: socios comerciales antes estables se distancian, se multiplican las sanciones y los boicots, y los grandes inversores buscan otros destinos.
El informe anual sobre pobreza publicado el 8 de diciembre por la ONG israelí Latet expone con claridad la profundidad de la crisis social. Desde el inicio de la guerra, el gasto de los hogares ha aumentado de forma drástica; alrededor del 27 % de las familias y más de un tercio de los niños sufren actualmente “inseguridad alimentaria”, y cerca de una cuarta parte de quienes reciben ayuda pertenecen a los llamados “nuevos pobres”, personas empujadas a la pobreza en los últimos dos años.
Al mismo tiempo, la economía israelí muestra ciertos signos de aparente resistencia. El séquel se ha apreciado aproximadamente un 20 % frente al dólar estadounidense desde el inicio de la guerra, y la Bolsa de Tel Aviv ha alcanzado máximos históricos, impulsada por el gasto bélico y las intervenciones del banco central.
Para comprender estas señales aparentemente contradictorias indicadores de mercado en alza junto a una creciente descomposición social y económica es necesario ir más allá de los parámetros tradicionales. El economista israelí y activista del movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) Shir Hever sostiene que Israel opera hoy dentro de una “economía zombi”, sostenida artificialmente por un elevado gasto militar, crédito externo y negación política.
Hever lleva más de dos décadas estudiando las conexiones entre la economía israelí, el militarismo y la ocupación. En una entrevista concedida a +972 Magazine, explica por qué la crisis económica de Israel no puede evaluarse únicamente mediante indicadores como el PIB o la inflación, y por qué los pilares que durante años impulsaron el crecimiento la inversión extranjera, la innovación tecnológica y la integración global están comenzando a erosionarse. Asimismo, analiza la ilusión de una economía de guerra sostenible, el coste social y económico de una movilización masiva prolongada y cómo el creciente aislamiento de Israel en los mercados globales podría marcar el inicio de un colapso a largo plazo.
La entrevista ha sido editada por razones de extensión y claridad.
Amos Brison (AB): Para empezar, permítame plantear esta pregunta: si la guerra de Gaza, tal como se ha desarrollado durante los últimos dos años, hubiese terminado finalmente, ¿esperaría usted una recuperación de la economía israelí? Y, en caso afirmativo, ¿cómo se produciría?
Shir Hever (SH): Creo que antes hay que preguntarse: ¿recuperarse de qué?
El problema económico de Israel es multidimensional. En primer lugar, la productividad se ha visto gravemente afectada por el desplazamiento de decenas de miles de hogares de las zonas cercanas a las fronteras de Gaza y del Líbano, así como por los daños directos causados por misiles y cohetes en esas regiones.
En segundo lugar, la movilización prolongada de unos 300.000 reservistas ha provocado una caída visible en la participación laboral. Además, se han desperdiciado innumerables días de formación previamente invertidos en estos trabajadores, ya que la infraestructura para formar reemplazos opera muy por debajo de su capacidad.
En tercer lugar, la clase media educada en Israel ha comenzado a plantearse la emigración, y decenas de miles de familias ya han abandonado el país.
En cuarto lugar, está la crisis financiera: muchos israelíes trasladaron sus ahorros al extranjero ante las expectativas inflacionarias; a ello se sumaron la depreciación del séquel, la rebaja de la calificación crediticia de Israel y el aumento de la prima de riesgo.
Mientras los recursos se desviaban hacia la guerra según datos oficiales, el gobierno compró armas por decenas de miles de millones de dólares a crédito, la calidad de los servicios públicos y de la educación superior se deterioró de forma significativa. Israel nunca había estado tan cerca de una trampa de deuda, en la que el Estado se ve obligado a endeudarse para pagar los intereses de deudas anteriores.
Y, por último esto es crucial, la imagen de Israel se ha vuelto tóxica. Se enfrenta a boicots, desinversiones y sanciones (BDS) en una escala sin precedentes. Las empresas israelíes descubren que antiguos socios comerciales en el extranjero ya no quieren trabajar con ellas.
Leí un artículo en Ynet en el que un grupo de empresarios israelíes describía hasta qué punto se sienten aislados. Contaban que incluso empresas con asociaciones de largo plazo ya no quieren mantener contacto. En países “muy amistosos con Israel”, les decían: “Por favor, borren cualquier registro de esta reunión; no queremos que se sepa que hablamos con ustedes”. Probablemente se referían a Alemania, ya que poco antes se había celebrado la feria IFA en Berlín.
AB: En los últimos meses ha descrito la economía israelí durante la guerra de Gaza como una “economía zombi”. ¿Podría explicar qué quiere decir con ello?
SH: La llamo “economía zombi” porque se mueve, pero no es consciente de su propio estado de crisis ni de su colapso inminente.
La economía capitalista se basa en la idea de un horizonte futuro. No hay mercado capitalista sin inversión, y la inversión se fundamenta en poner dinero hoy para obtener beneficios mañana. Sin embargo, en Israel el gobierno aprobó un presupuesto completamente desconectado del gasto real, lo que ha hecho que la deuda se descontrole. El borrador del presupuesto para el próximo año es igual de irreal.
Al mismo tiempo, muchos de los ciudadanos más talentosos y mejor formados abandonan el país porque no quieren criar a sus hijos aquí. Esto es lo opuesto a un “horizonte de futuro”: no es una estructura orientada al largo plazo, sino una lógica puramente cortoplacista.
Así, aunque la economía parece funcionar en la superficie, ello se debe en gran medida a que una parte significativa de la población ha sido movilizada como reservista: armada, equipada, alimentada y enviada a mantener la guerra. La guerra se ha convertido en la principal actividad económica del gobierno; incluso dos meses después del supuesto alto el fuego promovido por Trump, el retorno masivo de los reservistas a la vida civil aún no se ha producido.
El diario Haaretz calculó que la destrucción de la Franja de Gaza constituye el mayor proyecto de ingeniería de la historia de Israel. La cantidad de cemento, materiales de construcción, vehículos y combustible utilizados supera tanto al gran proyecto de infraestructuras de los años cincuenta el Acueducto Nacional como al muro de separación en Cisjordania a comienzos de los años 2000. Es decir, se trata de una economía que parece funcionar, pero que no tiene ninguna trayectoria futura. Se basa en una ilusión.
AB: Aun así, vemos que la bolsa israelí alcanza nuevos máximos y que el séquel se mantiene estable. ¿Cómo explica esta situación?
SH: En primer lugar, conviene señalar que la bolsa no se mueve en una sola dirección. Por ejemplo, tras el llamado “discurso de Esparta” de Netanyahu en septiembre, el mercado cayó, porque cuando Netanyahu reconoció parcialmente que Israel estaba siendo afectado por sanciones, boicots y aislamiento económico, la gente entró en pánico. Fue como pinchar con una aguja la burbuja de la ilusión.
Pero hay otras razones. Una de ellas es el cambio en las reglas salariales para los reservistas. Actualmente, un reservista cobra unos 29.000 séqueles mensuales, más del doble del salario medio y más de cuatro veces el salario mínimo. Algunos oficiales profesionales incluso abandonaron el ejército regular para reincorporarse como reservistas y ganar más.
Al estar desplegados en Gaza, estos reservistas no tenían dónde gastar ese dinero, así que lo invirtieron directamente en la bolsa o lo canalizaron a través de los bancos hacia fondos de inversión, lo que en última instancia también alimenta el mercado bursátil. Por eso la bolsa sube constantemente. La verdadera pregunta es: ¿de dónde proviene ese dinero?
El director general del Ministerio de Finanzas señaló que estos pagos aún no están incluidos en el presupuesto de defensa. Se añadirán retroactivamente, y cuando eso ocurra, quedará al descubierto la brecha entre el presupuesto aprobado y el gasto real. Entonces, espero una nueva rebaja de la calificación crediticia y una mayor reticencia de los bancos internacionales a comerciar con Israel.
Más allá de eso, el gasto masivo impulsa la inflación sin aumentar la productividad. Quienes aún tienen ingresos disponibles invierten en la bolsa para proteger sus ahorros, alimentando así la burbuja.
Estamos, por tanto, ante una forma de estanflación: inflación creciente combinada con estancamiento económico. El Banco Central de Israel trató de gestionar esta situación vendiendo grandes cantidades de dólares, especialmente al inicio de la guerra, para crear la impresión de que todo estaba bajo control y de que Israel podía seguir combatiendo. Este truco funcionó, sobre todo con los inversores internacionales.
AB: ¿Cómo se traduce esta situación económica en la vida cotidiana de los israelíes?
SH: Existe una enorme brecha entre la reacción de la bolsa o de la moneda y el impacto real sobre el nivel de vida.
Un artículo reciente en The Marker calculó que el coste de la guerra por hogar asciende a 111.000 séqueles, unos 34.000 dólares, una cifra enorme. Si más del 40 % de los hogares israelíes gasta cada mes más de lo que gana, ya estamos ante una situación de crisis. Estas personas sobreviven endeudándose cada vez más para comprar alimentos o pagar el alquiler.
Aunque el Instituto Nacional de Seguros aún no ha publicado el informe oficial de pobreza de 2024, un informe alternativo de la ONG Latet mostró que incluso personas no clasificadas formalmente como pobres atraviesan una grave crisis. La inseguridad alimentaria aumentó alrededor de un 29 % en 2025, una situación descrita como “estado de emergencia”.
AB: Para terminar, ¿cómo prevé la evolución de la economía israelí en los próximos años?
SH: Si pudiera predecir la economía, probablemente sería muy rico. Pero creo que lo clave será observar el informe que el Ministerio de Finanzas publicará a finales de año, comparando el gasto real de la guerra con los compromisos del presupuesto de 2025. Sospecho que muchos inversores e instituciones internacionales perderán la confianza.
A largo plazo, mientras el Banco Central advierte de una recuperación lenta o incluso inexistente, la población espera una recuperación rápida. Esa frustración afectará profundamente a la sociedad israelí y, si acelera la emigración de profesionales cualificados, el ejército israelí podría dejar de funcionar como un ejército moderno en dos o tres años.
Ya vemos señales de ello: deterioro de la disciplina militar, unidades que actúan con símbolos propios y cadenas de mando informales, soldados que se integran en milicias de colonos en Cisjordania y participan en pogromos contra palestinos. Miles de soldados sufren un colapso psicológico y moral; miles más abandonan el país. El gobierno responde aumentando los pagos a los reservistas, lo que está transformando al ejército en una fuerza cada vez más parecida a un contingente de mercenarios. En este sentido, la desintegración de la sociedad israelí se refleja de forma cada vez más clara en sus propias fuerzas armadas.
Fuente:https://www.972mag.com/israel-genocide-economy-gaza-war/
