¿Es La Teología Un “Hatillo Remendado De Lutero Que Bebe Ayrán”?

Según quienes adoptan un enfoque tradicionalista afín a la madrasa, la comunidad teológica que asume el papel de investigador neutral para ostentar la condición de académico se ha revestido de la identidad de un “observador imparcial que mira la religión desde fuera”. Someterse a la guía o al arbitraje de la Revelación ha pasado a percibirse como una carencia, mientras que poseer sensibilidades religiosas se considera una debilidad. Al mismo tiempo, la comunidad teológica ha desarrollado una amplia cultura de rechazo frente a la comprensión religiosa tradicional. Probablemente como resultado, en parte, de su cooperación con círculos académicos no musulmanes, los criterios estrechos y de corte positivista derivados de las ciencias experimentales que adoptan en sus investigaciones han erosionado de forma perceptible la comprensión religiosa. Como consecuencia natural de ello, se ha transitado desde la enseñanza de las ciencias religiosas como un conjunto coherente de verdades hacia un modelo educativo basado en comprender la religión casi desde una mirada externa, sometiéndola de manera constante al cuestionamiento.
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“El Hoca de Daguestán no es como los turbantados de Fatih. Reza con la cabeza descubierta. Sus amigos lo llaman ‘el Lutero que bebe ayrán’. En su barrio tiene mala fama: para el tendero y el carnicero es el ‘hoca infiel’. En la cátedra del Darüşşafaka declaró tres veces la deposición del sultán Abdülhamid mediante fetuas dictadas por sí mismo. A los kazaskeres de espalda y pecho bordados en oro los llama ‘esbirros del tirano Haccac’. Tiene un solo hijo y, según sus propias palabras, ‘si se lavara para la oración con la sangre de Abdülhamid, estaría dispuesto a dirigir el rezo fúnebre de su propio hijo’”.

La naturaleza de las facultades de teología en Türkiye y del tipo de educación que en ellas se imparte resulta crucial para comprender, en muchos sentidos, cuál será el futuro de la academia turca; o, dicho de forma más específica, si habrá realmente una vida académica en Türkiye y, de haberla, qué cualidades tendrá. No obstante, para acotar el marco del debate y resaltar ciertas discusiones clave, basta con referirse a dos enfoques que sintetizan las perspectivas predominantes sobre la teología.

Según el primer enfoque, la facultad de teología no se asemeja en modo alguno a sus equivalentes occidentales, ni en su programa educativo, ni en su estructura institucional, ni en la organización de sus departamentos, ni en su forma de inserción en la academia. Existen varias razones fundamentales para ello. En primer lugar, dentro de la propia comunidad teológica no existe consenso alguno sobre la naturaleza misma de la educación teológica, ni una visión clara respecto del modelo con el que dicha educación debería llevarse a cabo. La facultad de teología no ha sido organizada siguiendo un modelo de Religious Studies como en ciertos ejemplos occidentales, que privilegia un enfoque estrictamente académico y una pretendida neutralidad. En este sentido, la teología continúa desarrollando su actividad educativa mediante un método “confesional”. En otras palabras, se trata de una estructura que se otorga legitimidad a sí misma dentro del marco académico.

Expresado de manera más directa, la teología lleva a cabo estudios académicos que parten del supuesto previo de situarse “dentro del marco del Corán y la Sunna” y que tienen como principio dejar atrás la mentalidad orientalista. Sin embargo, desde esta perspectiva crítica, dicho enfoque confesional, de carácter interno y marcadamente defensivo, contiene “todo aquello que resulta incompatible con la condición académica”, así como un conjunto de cualidades y objetivos que no figuran entre los fines propios de una institución académica.

Desde esta óptica, dado que las facultades de teología son concebidas como “instituciones originales de educación religiosa superior que forman generaciones capaces de creer en los principios islámicos, practicarlos y defenderlos, estableciendo un vínculo sano con su propia tradición intelectual para producir conocimiento religioso”, en la práctica han sido posicionadas como una suerte de “madrasas de nivel inferior”. En consecuencia, junto con una tendencia periódica a deslizarse hacia el tradicionalismo, nunca han adquirido una identidad científica disciplinaria en sentido estricto. Además, debido a la idea ampliamente asumida en los círculos teológicos tradicionalistas de que “la pretensión de verdad de una religión solo puede ser defendida por quien cree en ella, o que las afirmaciones de verdad de una religión solo pueden ser defendidas plenamente por un investigador que pertenezca a dicha religión”, la relación entre la teología y el trabajo académico resulta extremadamente débil. Según esta concepción, exigir la pertenencia confesional para estudiar la teología de una religión no puede ser aceptable en el entorno universitario, ya que la investigación académica no requiere defender el contenido de las ideas que toma como objeto de estudio.

Por ello, en comparación con sus equivalentes occidentales Religious Studies, Divinity, Theology, entre otros, la teología en Türkiye aparece como una amalgama configurada bajo diversas dinámicas sociales y enfoques políticos; en términos coloquiales, una especie de “mezcolanza”. En una institución cuya estructura, currículo y posición dentro de la academia carecen de toda claridad y definición, resulta prácticamente imposible producir conocimiento académico conforme a estándares científicos internacionales.

El segundo enfoque, por su parte, critica a las facultades de teología por su relación problemática con las estructuras tradicionales del saber y por su distancia frente a los enfoques clásicos. En cierto sentido, la teología fue construida como sustituto de la institución de la madrasa, cerrada en virtud de la Ley de Unificación de la Enseñanza (Tevhîd-i Tedrîsât). Sin embargo, las facultades de teología, al practicar una suerte de “repudio de la herencia”, se negaron a asumir el legado de nueve siglos de la tradición madrasa, aislándose deliberadamente de esa experiencia. En lugar de beneficiarse de las vastas posibilidades de dicho acervo, se concentraron, con criterios científicos modernos, en las ciencias religiosas y en las manifestaciones sociales de la religión. No puede negarse que lograron cierto grado de éxito en este empeño. Pero ese éxito tuvo un coste: en su intento por preservar una identidad académica, la teología se convirtió, mediante diversas modificaciones tomadas de la madrasa y de la tekke, en un conjunto de contradicciones que terminó por corromper la educación religiosa.

Desde esta perspectiva, uno de los mayores déficits es la incapacidad de la teología para enseñar siquiera las ciencias instrumentales clásicas. En términos de competencias lingüísticas, ello se manifiesta en una enseñanza superficial y fallida del árabe, incapaz de proporcionar una formación sólida en sarf, nahw y retórica. Pese a ser la lingua franca de la educación religiosa, el árabe no ha alcanzado en las facultades de teología un estatus comparable al de las lenguas occidentales. El persa, por su parte, ha sido prácticamente olvidado y ha dejado de ser objeto de interés académico. Como consecuencia, los teólogos, con dificultades para dominar las lenguas de especialidad, han quedado rezagados en su acceso al legado intelectual tradicional y, con el tiempo, han terminado por descuidarlo.

Las nuevas facultades de teología han abandonado casi por completo las convenciones, nombres, títulos y símbolos de las ciencias tradicionales. Uno de los elementos fundamentales dejados atrás es la ijâza, que garantizaba la continuidad y la legitimidad del proceso educativo. El mayor perjuicio de este abandono ha sido dejar las ciencias religiosas sin un mecanismo de control efectivo.

Otra carencia significativa es el abandono del método deductivo y del razonamiento por analogía, sustituidos por un enfoque inductivo de corte moderno. Como resultado, el contenido de las ciencias religiosas ya no se presenta como un “conjunto de verdades enseñadas” que se transmiten a las generaciones posteriores, sino como fragmentos constantemente sometidos a verificación, objetivación y reexamen. Al ser abordados de manera aislada y fragmentaria, estos elementos no logran configurar una imagen religiosa coherente e integral.

De hecho, según quienes adoptan el enfoque tradicionalista de la madrasa, la comunidad teológica que asume el papel de investigador neutral para adquirir estatus académico se ha transformado en un “observador imparcial que contempla la religión desde fuera”. Someterse a la guía o al arbitraje de la Revelación ha pasado a considerarse una deficiencia, mientras que poseer sensibilidad religiosa se percibe como una debilidad. Asimismo, la comunidad teológica ha desarrollado una amplia cultura de rechazo frente a la comprensión religiosa tradicional. Probablemente como resultado, en parte, de su colaboración con círculos académicos no musulmanes, los criterios estrechos y de orientación positivista de las ciencias experimentales que adoptan en sus investigaciones han erosionado de forma notable la comprensión religiosa. Como consecuencia natural, se ha transitado de la enseñanza de las ciencias religiosas como un corpus de verdades hacia un modelo educativo basado en comprender la religión casi desde una perspectiva externa y someterla a un cuestionamiento constante.

En términos generales, estos dos enfoques pueden encontrarse en múltiples variantes, con diferentes tonos e intensidades. Así, aunque recurran a motivaciones completamente opuestas y a marcos comparativos y escalas radicalmente distintos, ambos coinciden en un punto esencial: consideran que las facultades de teología son estructuras “científica y académicamente insuficientes, de origen ambiguo, organizativamente dispersas, metodológicamente fallidas y, en última instancia, productoras de un conocimiento poco fiable o carente de valor”.

La cuestión que se impone es si estas críticas logran situar correctamente a la teología. ¿Se han identificado adecuadamente el conocimiento que produce, la estructura que configura y los vínculos intelectuales entre sus componentes? ¿Son pertinentes y apropiados los criterios de evaluación utilizados? Y, más importante aún, ¿es realmente deficiente e indigno de confianza el conocimiento religioso y la producción académica resultantes de las facultades de teología?

Los aspectos de estas críticas que contienen elementos de verdad, así como las respuestas a las acusaciones injustas, merecen ser abordados con mayor detenimiento en un próximo texto. Por ahora, conviene prestar atención a los versos de un poeta de profunda conciencia y gran capacidad representativa del sentir religioso turco, cuyas palabras funden con rigor la reflexión y la poesía:

Soy el ruiseñor que pronuncia prodigios: nada de lo que digo es mera palabrería.
No dialogo con la bóveda celeste: su espejo no es transparente.

No puedo llamar “gente del corazón” a quien no lo tenga puro;
que los hombres del corazón no se reconozcan entre sí no es justo.

Solo la reflexión conoce el valor de la perla de mi palabra;
el tiempo es vil y el mundo no es un tasador.