Si no está prestando atención a los dramáticos acontecimientos entre China y Estados Unidos, debería comprender que algo de gran trascendencia ya ha ocurrido.
El gobierno de Estados Unidos está retrocediendo e incluso podría estar retirándose por completo de la guerra comercial que inició contra China y de la escalada más amplia que la acompañó. A pesar de la retórica grandilocuente del presidente Donald Trump sus reiteradas amenazas de imponer enormes “aranceles recíprocos”, de “desacoplar” la economía estadounidense de China y de corregir “el mayor robo de riqueza en la historia del mundo” este repliegue se está produciendo en tonos discretos y en un lenguaje diplomático codificado.
El secretario de Estado estadounidense Marco Rubio declaró el 25 de febrero:
“Creo que ambos países han llegado a la conclusión de que una guerra comercial global total entre Estados Unidos y China sería extremadamente destructiva tanto para las dos partes como para el mundo”.
Rubio calificó esta nueva etapa como “estabilidad estratégica”.
Sin embargo, las palabras de Rubio resultan engañosas. La guerra comercial no fue iniciada por China ni por ningún otro país. Comenzó bajo la doctrina “America First” de la administración Trump. El 22 de marzo de 2018, Trump firmó un memorando presidencial que imponía aranceles a productos chinos por valor de 50.000 millones de dólares, de conformidad con la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974. Para el 6 de julio, aranceles del 25 % ya se aplicaban a importaciones chinas por valor de 34.000 millones de dólares.
La escalada continuó. En septiembre de 2018, Estados Unidos impuso aranceles adicionales a bienes chinos por valor de 200.000 millones de dólares inicialmente del 10 %, que posteriormente aumentaron al 25 % en mayo de 2019. La lógica era sencilla: ejercer suficiente presión económica para obligar a Pekín a realizar concesiones estructurales en materia de prácticas comerciales, propiedad intelectual y política industrial.
China respondió de manera equivalente.
Gracias al extraordinario y sostenido crecimiento de su economía, China logró absorber gran parte de las sanciones económicas impuestas por Trump y responder a ellas; sin embargo, el resto del mundo tuvo que lidiar con cadenas de suministro perturbadas y una creciente incertidumbre. Trump mantuvo el desafío. Incluso después de abandonar el cargo, la arquitectura arancelaria permaneció en gran medida intacta.
La administración de Joe Biden no solo se negó a desmantelar ese régimen arancelario, sino que lo intensificó. A partir de octubre de 2022, Washington introdujo amplios controles de exportación dirigidos a los semiconductores avanzados y a los equipos de fabricación de chips destinados a China. En mayo de 2024, además, se impusieron nuevos aumentos arancelarios a los vehículos eléctricos, baterías y productos solares chinos.
Cuando Trump regresó al poder en enero de 2025, reavivó una retórica aún más dura, proponiendo aranceles de hasta el 60 % sobre todas las importaciones procedentes de China. A pesar de la falta de pruebas claras sobre la eficacia de tales medidas, los aranceles siguieron siendo una herramienta central de la política económica.
La estrategia de Trump terminó volviéndose en su contra. Un análisis de la Reserva Federal de 2019 reveló que la mayor parte del coste de los aranceles fue asumida por empresas y consumidores estadounidenses; un estudio del Banco de la Reserva Federal de Nueva York en 2026 confirmó que aproximadamente el 90 % de la carga arancelaria final recayó sobre empresas y hogares estadounidenses, funcionando en la práctica como un impuesto interno.
La expresión “estabilidad estratégica” utilizada por Rubio es, en realidad, un código que implica el reconocimiento de que la guerra comercial ha producido muy pocos resultados y de que las probabilidades de lograr un éxito decisivo en el futuro son escasas. Esta constatación resulta especialmente relevante de cara a las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2026. Una vez más, la economía será un factor decisivo para los votantes estadounidenses.
Sin embargo, sería injusto afirmar que este fiasco pertenece únicamente a Trump. Al igual que ocurre con la polarización política, la migración, los mercados laborales inestables o la política hacia Oriente Medio, el intento de contener o presionar a China se ha convertido en un terreno común entre diferentes administraciones.
Cuando la administración de Barack Obama comenzó a reconocer los límites y los costes estratégicos de las políticas militarizadas en Oriente Medio, lanzó la estrategia conocida como “Pivot to Asia”, destinada a reequilibrar el enfoque diplomático, militar y económico de Estados Unidos hacia el Indo-Pacífico. La estrategia más amplia pretendía contener el ascenso de China y restablecer la influencia estadounidense en la región.
No obstante, aunque China ha sido presentada durante años como el principal desafío estratégico incluso como una amenaza, Estados Unidos vuelve a encontrarse ampliando su presencia militar en Oriente Medio, en medio de tensiones vinculadas a Irán y de la guerra de Israel en Gaza. Diversos informes indican que el actual despliegue militar ha alcanzado su mayor escala desde 2003.
Esto deja pocas dudas de que el primer intento de obligar a China a realizar concesiones ha fracasado. China sigue siendo el principal socio comercial de la mayoría de las economías asiáticas, incluidos algunos de los aliados más cercanos de Estados Unidos. Asimismo, se ha convertido en un socio económico y energético clave para importantes Estados de Oriente Medio.
Durante sus campañas electorales, Trump situó la derrota de China en el centro de su mensaje político. Sin embargo, tras años de retórica furiosa, grandes promesas, amenazas y aranceles, el resultado final se describe ahora como “estabilidad estratégica”.
Incapaz de alterar de manera fundamental la trayectoria de China, Washington parece haberse visto nuevamente arrastrado hacia los escenarios de Oriente Medio; pero esta vez, a diferencia de las guerras de Irak de 1990-91 y 2003, sin una visión estratégica clara y ampliamente respaldada.
Mientras tanto, Pekín ha seguido ampliando su influencia geopolítica de manera disciplinada y a largo plazo. Por ejemplo, en enero de 2026 China encabezó los ejercicios navales “Will of Peace” (BRICS Plus) frente a las costas de Sudáfrica, demostrando su creciente papel en ámbitos de seguridad tradicionalmente dominados por potencias occidentales. Al mismo tiempo, ha reforzado sus redes económicas en Asia, África y Oriente Medio.
Más allá del estilo personal característico de Trump, sus políticas reflejan una paradoja más amplia compartida por varias administraciones estadounidenses: la incapacidad de definir el verdadero centro de gravedad de la política exterior de Estados Unidos, una dependencia desproporcionada de las sanciones económicas y de la presión militar, y un fracaso recurrente a la hora de producir una estabilidad duradera.
El principal obstáculo es que Washington sigue negándose a aceptar que las grandes transformaciones que están remodelando el mapa geopolítico mundial son irreversibles. No importa cuántos portaaviones crucen los océanos ni cuánto se incrementen los aranceles: el cambio estructural que ya está en marcha en Asia, en Oriente Medio y más allá no puede revertirse.
