La visita de dos días del presidente Recep Tayyip Erdoğan a Riad y El Cairo puede leerse, en la superficie, como una gira diplomática clásica destinada a fortalecer las relaciones bilaterales. Sin embargo, el verdadero significado de estos contactos no reside únicamente en las capitales visitadas, sino en su momento, en la secuencia de las reuniones y en la naturaleza del lenguaje diplomático empleado. En una coyuntura en la que los equilibrios de poder en Oriente Medio vuelven a ponerse en cuestión, el statu quo regional se erosiona y las opciones militares regresan al debate, estas visitas reflejan la preferencia de Türkiye por gestionar su búsqueda de estabilidad y no confrontación a través de una diplomacia equilibradora y discreta, en lugar de una confrontación abierta. Esta elección apunta a la existencia de una racionalidad estratégica de largo plazo orientada a moldear el proceso, más que a producir reacciones súbitas y de alto perfil.
El hecho de que las visitas no fueran una reacción improvisada ante una crisis, sino que estuvieran planificadas con semanas de antelación, constituye la manifestación más concreta de esta racionalidad. En un periodo marcado por la escalada de tensiones entre Irán y Estados Unidos, cuando las opciones militares empezaban a mencionarse con mayor intensidad, Ankara adoptó una postura preventiva, posicionándose antes de que la crisis se profundizara, en lugar de reaccionar a ella. La prioridad de Türkiye no fue resolver directamente esta tensión, sino impedir que derivara en una guerra regional. Este enfoque coincide con la premisa central del realismo defensivo: los Estados, en la mayoría de los casos, no buscan una expansión agresiva, sino reducir las incertidumbres que amenazan su seguridad y limitar los costos. Las visitas a Riad y El Cairo deben interpretarse, por tanto, como una opción racional de seguridad destinada a minimizar riesgos.
El entorno internacional actual refuerza la relevancia de esta interpretación. En periodos en los que se aceleran las transiciones de poder, se cuestiona el statu quo y se difuminan las intenciones, el dilema de seguridad se profundiza. Los Estados tienden a interpretar las intenciones del otro según el peor escenario posible, lo que incrementa el riesgo de errores de cálculo. En este contexto, las medidas militares o las señales diplomáticas duras suelen producir efectos más amplios de lo previsto. La diplomacia que Türkiye desarrolla a través de Riad y El Cairo emerge precisamente como un intento de gestión de percepciones y de contención de la escalada. El objetivo no es eliminar la incertidumbre, sino mantenerla dentro de límites manejables.
El papel de Türkiye en este proceso se diferencia claramente de una mediación clásica. Ankara no intenta producir una reconciliación directa entre Estados Unidos e Irán; en cambio, busca construir una línea de diplomacia preventiva que impida que los Estados de la región caigan automáticamente en bloques militares enfrentados. Este enfoque, coherente con el realismo defensivo, prioriza no el uso del poder, sino la limitación de los costos y efectos secundarios que dicho uso podría generar. Türkiye, en este sentido, opta por actuar no como parte del conflicto, sino como un actor equilibrador que limita su expansión.
El hecho de que los destinos de la visita fueran Arabia Saudí y Egipto constituye igualmente un componente esencial de esta estrategia. Ambos países no solo son potencias regionales, sino también centros de legitimidad y coordinación colectiva a través de la Organización de Cooperación Islámica y la Liga Árabe, respectivamente. El establecimiento de contactos consecutivos y de alto nivel con estas dos capitales refleja un esfuerzo implícito por evitar que el mundo árabe e islámico derive automáticamente hacia una polarización militar en caso de crisis. No se trata de una alianza formal, sino de una coordinación política controlada.
La evitación deliberada de declaraciones duras y de un lenguaje de amenaza abierta durante las visitas forma parte consciente de esta estrategia. Desde la perspectiva del realismo defensivo, las declaraciones explícitas de intención tienden a alimentar la escalada más que la disuasión. En cambio, los mensajes implícitos y las señales conductuales permiten moldear el comportamiento del otro sin forzarlo a una posición defensiva. En este sentido, los mensajes de las visitas a Riad y El Cairo se transmitieron menos a través de comunicados escritos que mediante el propio hecho de las reuniones y su sincronización. Lo no dicho resultó más funcional que lo expresado.
Desde esta perspectiva, las visitas a Riad y El Cairo deben interpretarse no solo como una respuesta táctica a las dinámicas actuales de crisis, sino también como una declaración estratégica sobre el tipo de orden regional que Türkiye desea. Este enfoque, moldeado por una lógica de realismo defensivo, busca contener la expansión del conflicto en el corto plazo y crear, en el mediano, un espacio de estabilidad controlada entre los actores regionales. Sin embargo, la sostenibilidad de esta línea dependerá en gran medida de si los Estados de la región mantienen una racionalidad similar. Si la competencia entre grandes potencias vuelve a intensificarse y los actores regionales responden al dilema de seguridad mediante reflejos militares, este equilibrio implícito podría erosionarse rápidamente. En cambio, si las actuales iniciativas diplomáticas se institucionalizan y se preserva el mismo lenguaje prudente en momentos de crisis, la línea Riad–El Cairo podría pasar a la historia no solo como una serie de visitas, sino como el inicio de una práctica duradera de equilibrio que limite los conflictos en Oriente Medio. En última instancia, el significado de estas visitas reside menos en las crisis del presente que en las pistas que ofrecen sobre la racionalidad estratégica con la que la región afrontará los desafíos del futuro.
En conclusión, las visitas a Riad y El Cairo demuestran que, en un periodo en el que la política de poder se endurece en Oriente Medio, Türkiye sigue una política exterior que prioriza el equilibrio, la previsibilidad y la limitación del conflicto, en lugar de buscar una revisión agresiva. La inclusión de Arabia Saudí y Egipto en esta línea diplomática muestra que, incluso en una coyuntura en la que el statu quo es desafiado, los actores regionales no han perdido por completo la voluntad de evitar una guerra total. En este sentido, estas visitas deben entenderse como la manifestación concreta de una preferencia estratégica moldeada por el realismo defensivo y orientada a producir estabilidad en un entorno de incertidumbre.
