El Nacimiento De Europa, La Caída De Europa – 2

En rigor, aunque los griegos poseían un mythos en torno al nombre de Europa y se situaban a sí mismos en un punto “intermedio” frente a ella, no tenían ni una idea llamada Europa ni tampoco una concepción de lo “universal” como un horizonte abierto pero no verdaderamente ecuménico, del que Europa sería el vehículo. De hecho, aunque para la idea de Europa los griegos legaron, al menos como herencia, un ámbito de actividad llamado filosofía y una cultura literaria que solo mucho más tarde sería considerada clásica, los griegos no se encuentran en el lugar donde Europa nace. Para ellos, Europa y además recibida de manera transmitida es la silueta oscura y ambigua de la orilla opuesta, envuelta en el crepúsculo del lugar donde se pone el sol. Europa es, para los griegos, una tierra lejana, atractiva pero sombría; fría. Europa no nace con los griegos; en realidad, Europa no nace.
enero 9, 2026
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Rodolphe Gasché, en Europe, or the Infinite Task: A Study of a Philosophical Concept, propone una etimología para el término Europa (Europe). Según él, Europa deriva del vocablo griego érēbos. Sin embargo, érēbos no es una palabra de origen griego ni tampoco pertenece al tronco indoeuropeo al que el griego suele adscribirse. Por el contrario, es de origen semítico y, de acuerdo con Gasché, habría pasado al griego a través de los fenicios que habitaban las costas de Anatolia la llamada Asia Menor en aquella época. La forma original es ‘ereb’, que significa “oscuridad” o “tarde”. Ereb designa la oscuridad que desciende cuando el sol comienza a ponerse en el horizonte.

Para Gasché, este significado apunta a “las tierras occidentales donde se pone el sol”. En este sentido, el nombre Europa transmitido del semítico ereb al griego como érēbos designa, “en su sentido originario, el inicio de la oscuridad tras la puesta del sol en la costa occidental del mar Egeo, lo que señala aquel territorio aún informe que se encuentra allí: el país del atardecer (Abendland) o el Occidente (Occident)”. (Conviene recordar, a modo de nota entre paréntesis, que también existe una etimología según la cual el nombre del continente asiático, Asia mencionado por Heródoto como Ἀσία en referencia a Anatolia, provendría de un término acadio que significa “nacer” o “elevarse”, relacionado asimismo con la palabra semítica Asu, que señala la salida del sol). Así pues, incluso en su sentido etimológico, Europa no nombra propiamente un lugar geográfico, ya que la tierra que aparece en el instante del ocaso solo puede percibirse como una silueta en el crepúsculo. Si estas hipótesis etimológicas son correctas, entonces incluso la palabra Europa no pertenece originariamente a los europeos: llega a Europa mediada por los griegos.

No obstante, también existen quienes sostienen que Europa proviene de una raíz indoeuropea. Robert Beekes, en su Etymological Dictionary of Greek, afirma que érēbos deriva del protoindoeuropeo h₁regʷ- y significa “oscuridad” o “penumbra”. Franco Montanari, por su parte, en The Brill Dictionary of Ancient Greek, apoyándose en usos homéricos y sofocleos del término, propone su derivación del protoindoeuropeo reg-, entendiendo por ello una “oscuridad” o “penumbra” que señala en particular el inframundo, o bien una “profundidad infinita” asociada al mar.

Sin embargo, Jean-Luc Nancy, en su artículo “Euryopa: le regard au loin” (al que no he podido acceder directamente y que he seguido a través del ensayo de Gasché “Alongside the Horizon”, incluido en On Jean-Luc Nancy), propone un análisis etimológico distinto, acompañado de consideraciones filosóficas. Aunque menciona la posibilidad de érēbos, Nancy sostiene que el término deriva del griego y, a través de Euryopa, intenta añadir una dimensión de profundidad visual al significado de la tierra que aparece como silueta en el crepúsculo vespertino. Euryopa es también un epíteto de Zeus y significa, en este contexto, “aquel cuyos ojos están ampliamente abiertos” o “aquel cuya voz alcanza lo más lejano” (es decir, el que hace estallar el rayo). De este modo, para Nancy, Europa se define más bien a partir de la mirada: no designa tanto la masa terrestre oscurecida en el crepúsculo de érēbos, sino la mirada el ojo que se dirige hacia ella. Euryopa es la “mirada que se adentra, en profundidad, en la penumbra, en su propia penumbra”.

Esto implica que Europa, como Euryopa, es una mirada de pertenencia indeterminada lo cual constituye, precisamente, el rasgo más característico de un “universal” que no llega a ser verdaderamente ecuménico que contempla una tierra aún no constituida como tal, una masa oscura e incierta en el crepúsculo del atardecer, y la asume como su propia ambigüedad o penumbra. En la concepción de Nancy, esta penumbra de Europa no solo se determina como Europa, sino que, mediante la mirada “universal”, nombra simultáneamente esa masa terrestre como “mundo”. Europa es, en esencia, la mirada que hace posible que el mundo sea concebido y comprendido como penumbra.

No obstante, como europeo típico, Nancy no puede evitar atribuir un valor positivo a esta mirada que oscurece no solo una masa terrestre al atardecer, sino toda una concepción del mundo. Para él, esta mirada oscurecedora es la mirada de lo “universal” y posee su propia forma como idea. Por ello, “Europa es inevitablemente la idea de una idea: forma y visión (vision)”. A esta “idea” de la idea y a esta forma, Nancy asigna incluso una “lengua” que aún no se ha convertido en una lengua determinada (como el francés, el inglés, el alemán o incluso el protoindoeuropeo). Pues, como señala Gasché, se trata de “la idea de una mirada, la idea de la forma ideal de esa mirada, una idea que se presenta, se despliega y se difunde en consonancia con un modo específico de apertura o de comentario, es decir, con una lengua”.

En suma, esta idea requiere del logos como una lengua que no pertenece a nadie; el logos es la idea de la idea de una mirada. Sin embargo, el logos no es algo dado, ni posee otra cosa que la idea de su propia mirada. Así, a medida que la mirada hacia la penumbra se despliega o se comenta como forma, se convierte en logos: “La idea se manifiesta, se configura y se abre conforme al logos; es decir, conforme a la ley de la autonomía, a la ley de aquello que se fundamenta a sí mismo, que se desarrolla y se realiza por sí mismo, y que retorna a sí en sí y para sí. El logos es la lengua de la idea en tanto que es su razón (reason). La razón fundamental de la idea es ser forma originaria, forma originaria en la medida en que se configura a sí misma; por ello, se ve a sí misma en todo aquello que la hace visible y aprehensible”.

Estas formulaciones son, sin duda, extrañas y altamente crípticas, comprensibles solo si se ponen en relación con otros pasajes de la historia de la filosofía. No obstante, puede decirse que Nancy concibe Europa, como Euryopa, a partir de una mirada que es, en última instancia, un “ver-se-viendo” (seeing-oneself-seeing). Quién es el sujeto que ve incluso al verse a sí mismo no queda claro; pero precisamente eso constituye, en el pensamiento occidental, el núcleo de lo “universal”, y Nancy explota esta noción al máximo. Desde esta mirada penumbrosa del “ver-se-viendo”, aquello que aparece como penumbra se comprende inmediatamente como “mundo”, y al abrirse y difundirse mediante el logos, se convierte en mundo. Así, Europa, como Euryopa, comienza a expandirse sobre toda la superficie terrestre, a medida que se configura como una mirada dirigida a aquella tierra ambigua del origen y como una mirada que se reconoce a sí misma como mirada, hasta alcanzar su forma más acabada. Esta culminación, sin embargo, no concierne al individuo humano ni siquiera a la humanidad como especie, como en Kant, sino a la propia idea y forma de la mirada. Cuando la mirada que se ve a sí misma complete su expansión sea quien sea su portador, llegará también a su fin: “El momento europeo se configura como la figura de Occidente; esto significa que es la figura de la totalización del mundo, que persigue como fin la totalización hasta su consumación”.

Para el pensamiento occidental, la perfección suele identificarse con la llegada a un final, incluso si este se prolonga infinitamente. En estas reflexiones pueden rastrearse huellas de Kant y de Hegel, pero quizá lo más llamativo sea su marcado carácter mesiánico.

Sin embargo, la idea de Europa como Euryopa que desarrolla Nancy no guarda relación alguna con los griegos. Aunque su punto de partida pueda situarse en las costas egeas de Anatolia, desde donde se mira hacia las tierras que los griegos llegarían a habitar, los griegos nunca concibieron Europa de este modo. Si algo heredado de los griegos puede encontrarse aquí, es la transmisión misma en el caso de Nancy, la transmisión constante de la mirada, pues los griegos concebían Europa como mythos, como “pasaje”, o bien, como en Aristóteles, como el extremo opuesto de Asia, situándose ellos mismos en el “medio”.

Como mythos, Europa se remonta a un relato cuyo desenlace tiene lugar en Creta. Según el resumen que Denis Guénon recoge en About Europe, a partir del poeta alejandrino Mosco (siglo II a. C.), el mito narra lo siguiente: había una vez una princesa llamada Europē. Un día, mientras dormitaba en el palacio de su padre, el rey Agenor, soñó que dos tierras con forma de mujer disputaban por ella. Una, llamada Asia, quería protegerla; la otra, llamada “la costa más lejana”, deseaba llevársela cruzando el mar. Despertó sobresaltada y, junto con otras princesas, fue a recoger flores a la orilla del mar. Entonces apareció un gran y manso toro, que la convenció de montarlo. Tras un instante de duda, la princesa subió a su lomo; el toro se lanzó hacia el mar y, mientras lo cruzaban, le reveló que era Zeus, que había adoptado esa forma para raptarla por amor. Zeus, bajo la figura del toro, llevó así a Europē a Creta, donde ella se unió a él y dio a luz a “hijos magníficos”. En este mito, Europē es el nombre de una princesa arrancada de Asia y llevada a Creta por deseo y rapto.

Sin embargo, los primeros historiadores griegos, como Heródoto, al dividir el mundo en Asia, Libia y Europa, parecen conocer poco a Europa como continente en el sentido actual: “En cuanto a Europa, nadie sabe si está rodeada de mar al norte y al este; se conoce su longitud, que es comparable a la de las otras dos partes del mundo”. Y añade una observación personal reveladora: “Nunca he podido comprender por qué una sola masa de tierra ha recibido tres nombres femeninos, ni por qué se han elegido como fronteras el Nilo en Egipto y el Fasis en Cólquide (o, según otros, el Tanais y el Bósforo cimerio)”.

¿Quién dio esos nombres? Libia, según sabían los griegos, toma su nombre de una mujer local llamada Libye; Asia, de la esposa de Prometeo o, según los lidios, de Asias, hijo de Cotys. Pero respecto a Europa, Heródoto afirma: “En cuanto a Europa, no se sabe si está rodeada de agua, ni de dónde procede su nombre, ni quién se lo dio”. Solo recuerda a la princesa tiria del mito y añade: “Tal vez la Europa de Tiro dio su nombre a esta región”. Pero ¿de dónde procede el nombre de aquella princesa? Heródoto observa que Europē, siendo de origen asiático, “no llegó a la tierra que hoy los griegos llaman Europa; solo fue de Fenicia a Creta, y de Creta a Licia”. Así pues, para Heródoto, Europē nunca pisó Europa; la Europa que lleva su nombre es, fiel a su denominación, un lugar oscuro y penumbroso.

Aristóteles es aún más severo. En la Política, al reflexionar sobre el tamaño y la población adecuados de una ciudad bien gobernada y autosuficiente, compara las ciudades griegas con los pueblos no griegos. Establece así una división tripartita: “Los pueblos de las regiones frías, especialmente los de Europa, están llenos de vitalidad, pero carecen de inteligencia y de habilidad técnica; por eso conservan su libertad, pero no tienen organización política ni capacidad para gobernar a otros”. Por el contrario, “los pueblos de Asia son inteligentes y hábiles, pero faltos de espíritu, y por ello viven sometidos y en servidumbre”. Aristóteles sitúa al genos griego en un punto intermedio entre Asia y Europa: “El pueblo griego, al encontrarse entre ambos, participa de las cualidades de los dos”. Así, los griegos son, como los europeos, vitales y libres, pero superan sus carencias mediante un buen gobierno; y son, como los asiáticos, inteligentes y hábiles, sin caer en la servidumbre.

De todo ello se desprende que para los griegos no existe lo “universal” como horizonte ni como forma de una mirada que se ve a sí misma. Para ellos, Europa es simplemente la masa terrestre que, vista desde Asia, se oscurece al ponerse el sol. Los griegos no se concebían como europeos. Europa no nace con ellos; en realidad, Europa no nace.

Cuando Nancy afirma que “Europa, o si aún es posible hablar así, la ‘esencia’ de Europa, es ante todo un orden de nacimiento más que un proyecto”, confirma precisamente que Europa no nace: es solo nacimiento, pero un nacimiento que se repite constantemente allí donde se pone el sol. Europa es siempre un recién nacido. Sabemos, sin embargo, que esta imagen ignora colonizaciones, genocidios, esclavitudes y violencias. En la mirada de Nancy, Europa permanece inocente, como un bebé que renace sin cesar.

Así, para los griegos solo cabe decir que fueron transmitidos y finalmente superados por Roma; y que en esa transmisión, la forma fue la filosofía. ¿Acaso Roma raptó la filosofía griega como Zeus raptó a Europē? Como veremos más adelante, Heidegger no lo creía así, lo que nos conduce de nuevo a otro problema europeo: el de la Europa dividida.

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