El Colapso Chino Que No Ocurrió

El colapso de China no es inevitable. El declive continuo de Estados Unidos tampoco es irreversible. Sin embargo, las élites estadounidenses solo toman en serio uno de estos dos desenlaces. Equivocarse haría inevitable el declive de Estados Unidos y convertiría el ascenso de China por más irregular que sea en imparable.
febrero 16, 2026
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Las narrativas tranquilizadoras sobre la dinámica interna de China no solo son erróneas, sino también peligrosas.

Cuando la realidad se vuelve incómoda, Washington se cuenta una historia: China está a punto de colapsar. Se nos asegura que la República Popular China es un régimen frágil e ilegítimo al borde de una revuelta popular. Y cuando caiga, surgirá una China amistosa y democrática sin que la élite dirigente estadounidense tenga que cambiar nada de lo que ha hecho o pensado desde el fin de la Guerra Fría.

Esta visión convierte en irrelevantes los excesos y gastos de las élites. Según este relato, China al mismo tiempo el mayor rival estratégico y uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos se derrumbará desde dentro. “Una casa de naipes”, dicen.

Todo ello es más bien una expresión de deseos. ¿Puede colapsar China? Por supuesto. Todo régimen puede hacerlo. ¿Es el sistema chino una casa de naipes? Tal vez. Pero también podría argumentarse que el sistema financiero y político estadounidense es igualmente frágil y que sus cartas ya tiemblan.

Durante el último año, la prensa corporativa y algunos círculos de la diáspora china difundieron rumores no verificados de que el presidente Xi Jinping estaba bajo arresto domiciliario. Se habló de rebeliones en el Ejército Popular de Liberación y de acuerdos secretos que obligarían a Xi a dimitir. Nada de eso ocurrió.

Cuando Xi lanzó purgas contra altos mandos de la Comisión Militar Central, algunos medios occidentales lo interpretaron como señal de debilidad, aunque no había evidencia de un golpe previo. En sistemas autoritarios, las purgas rara vez indican colapso; suelen reflejar consolidación de poder.

Narrativas similares dominaron el discurso occidental, moldeando percepciones políticas. Sin embargo, mientras circulaban rumores sobre el fin del poder de Xi, informes estratégicos señalaban la creciente capacidad militar china en escenarios como Taiwán. China difícilmente puede estar colapsando y, al mismo tiempo, fortaleciendo su poder militar.

Muchos analistas sostienen que las élites estadounidenses recurren a una forma de “auto-consuelo estratégico”: reconocer plenamente el ascenso chino implicaría admitir décadas de decisiones políticas que facilitaron su desarrollo económico e industrial.

Pese a discursos sobre una nueva era de prosperidad estadounidense, la realidad económica muestra una China todavía fuerte. Datos recientes indican superávits comerciales elevados, verificados mediante marcos estadísticos internacionales como los del FMI y la OMC, lo que refuerza la idea de que el sistema chino sigue siendo funcional.

Como recordó el analista David P. Goldman: no basta con observar los errores de China; también hay que analizar lo que hace bien. En medio siglo, China pasó de ser una economía agraria atrasada a una de las mayores potencias económicas del mundo, liderando en términos de paridad de poder adquisitivo y dominando sectores industriales clave.

Hoy, la legitimidad del Partido Comunista no descansa tanto en el marxismo como en la narrativa del renacimiento nacional tras el “Siglo de Humillación”. Xi gobierna más como un nacionalista civilizacional que como un ideólogo clásico.

China no es invencible: enfrenta desaceleración económica, crisis inmobiliaria, desafíos demográficos y desempleo juvenil. Sin embargo, economías complejas pueden atravesar crisis sin colapsar. Con cerca del 30 % de la capacidad manufacturera mundial, China mantiene una base industrial que le otorga influencia estratégica.

Los imperios industriales raramente colapsan de forma súbita; históricamente, los sistemas excesivamente financiarizados han sido más frágiles. En este contexto, una “década perdida” al estilo japonés es plausible para China; un colapso tipo soviético, mucho menos.

Exagerar la debilidad china y subestimar su resiliencia conduce a errores estratégicos. Las políticas basadas en ilusiones generan fracasos; las basadas en evaluaciones realistas crean oportunidades.

El colapso de China no es inevitable. El declive de Estados Unidos tampoco es irreversible. Pero si se evalúa mal la realidad, el declive estadounidense puede volverse inevitable y el ascenso de China, aunque irregular, imparable.

  • Brandon J. Weichert es editor sénior de seguridad nacional en la revista The National Interest. Recientemente ha asumido la conducción del programa The National Security Hour, emitido en America Outloud News y iHeartRadio, donde analiza la política de seguridad nacional cada miércoles a las 20:00 (hora del Este). También colabora con Popular Mechanics y asesora regularmente a diversas instituciones gubernamentales y organizaciones privadas en asuntos geopolíticos.

Sus artículos han sido publicados en Washington Times, National Review, The American Spectator, MSN, Asia Times y muchos otros medios. Entre sus libros se encuentran Winning Space: How America Remains a Superpower, Biohacked: China’s Race to Control Life y The Shadow War: Iran’s Quest for Supremacy. Su obra más reciente, A Disaster of Our Own Making: How the West Lost Ukraine, está disponible en librerías. Puede seguirlo en Twitter en @WeTheBrandon.

Fuente: https://strategic-culture.su/news/2026/02/09/the-slow-epstein-earthquake-the-rupture-between-the-people-and-the-elites/