El golpe organizado por Estados Unidos en Venezuela y el plan de invasión anunciado con un lenguaje abiertamente mercenario han terminado por declarar, de la forma más vulgar posible y por boca de su principal arquitecto, el asesinato del llamado “orden posterior a 1945”. Nuestra memoria histórica conserva imágenes claras de lo que los atentados que cambian el curso de la historia suelen desencadenar. Que, tras esta intervención, lo que menos preocupe al mundo sea precisamente Venezuela no se explica por otra cosa que por esas imágenes grabadas en la memoria colectiva. En la inmediatez de los hechos, las reflexiones sobre cuál será el nuevo orden no se expresan abiertamente por temor a la arbitrariedad de Trump; sin embargo, no dejan de ser un secreto a voces.
No podemos tratar la historia como material reciclable. Tampoco podemos hacer predicciones tajantes sobre el futuro. Pero no existe ninguna razón especial para estar confundidos respecto de lo que ocurre hoy. El nuevo período, el orden, los próximos años llámese como se quiera se articularán en torno a un solo fenómeno: el Problema Americano.
Este problema ha sido revestido de ideología por dos vías simultáneas: por un lado, el lema “Make America Great Again” (MAGA); por otro, el sionismo estadounidense. Estados Unidos nunca necesitó una ideología, porque Estados Unidos en sí mismo ya era una ideología. En el punto al que se ha llegado, por primera vez en su historia, el país se ha colocado sobre un eje ideológico tan tajante y además bajo una administración sin coherencia ideológica ni un conjunto de valores en los que crea que no parece tener otro rumbo, ni hacia dentro ni hacia el mundo, que ampliar el Problema Americano.
En este sentido, 2025 se cerró plenamente como el año del Problema Americano. Así como la Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. publicada a finales de año funcionó como espejo de las crisis provocadas por Trump, casi la totalidad de los riesgos geopolíticos globales pasaron a reflejar ese mismo problema. El mundo ha entrado en una etapa en la que deberá gestionar los riesgos geopolíticos y económicos dentro de las dinámicas y consecuencias del Problema Americano. La crisis política, económica y geopolítica en la que Estados Unidos y gran parte del mundo se adentró en la década de 2010 se transformó, con la reelección de Trump, en la proclamación de un cambio de régimen a escala global. La idea de que el orden posterior a 1945 ha llegado a su fin empezó a ser ampliamente aceptada.
Sin embargo, esos 80 años cuya conclusión hoy se debate con una ligereza irresponsable constituyeron, desde Roma, el período más largo sin guerras directas entre grandes potencias. Además, las guerras comerciales hoy eje central de la tensión no se transformaron por primera vez, en la era posterior a 1945, en guerras militares como había ocurrido antes. Aun así, hemos entrado en un momento en el que, en un futuro previsible, disminuye la probabilidad de que no estallen guerras.
Desde Oriente Medio hasta Asia-Pacífico, y desde Europa hasta América Latina, el sistema internacional atraviesa una “turbulencia unificada” en la que múltiples crisis se superponen, mientras Washington despliega a escala global un estilo de implicación presivo e impredecible, extendido a múltiples frentes y apoyado en instrumentos económicos y militares. Este panorama abre una etapa dominada no por crisis aisladas, sino por fracturas regionales interconectadas que se activan mutuamente. La inestabilidad originada por Trump se vuelve sistémica. La ya asentada “doctrina del caos” de Washington ha construido de forma explícita una crisis de estabilidad sistémica. Como nueva normalidad, los actores fuera de Estados Unidos han empezado a aumentar su capacidad de adaptación a esta situación. En este punto, la política exterior del segundo mandato de Trump ha abandonado cualquier pretensión de continuidad y se ha transformado en un programa radical de liquidación estratégica, que redefine de raíz el paso de Estados Unidos del papel de “garante global” al de “saboteador calculado”.
En un proceso en el que la erosión de las alianzas institucionales y de la coherencia política continúa, el poder estadounidense encierra cada relación, proceso e interlocución en un universo de ganancias a corto plazo. Todo este flujo, cada vez más personalizado, transaccional y estratégicamente inconsistente, se moldea menos por una lógica institucional que por los impulsos del presidente de Estados Unidos. Esta personalización produce dos consecuencias estructurales.
La primera: la política se vuelve volátil. El mundo ya no puede prever dónde estará Estados Unidos dentro de unas semanas. La incertidumbre resultante obliga a los actores a diversificar opciones, aunque sin generar procesos o alternativas auténticas, porque siempre existe la posibilidad de que Washington vuelva mañana a su posición anterior como si nada hubiera ocurrido.
La segunda: los actores comienzan a ver las concesiones no como resultado de una presión sistémica, sino como privilegios negociables obtenibles mediante provocaciones gestionables.
La administración Trump adopta abiertamente esta dinámica. Considera la imprevisibilidad como una palanca estratégica, en una lógica que recuerda a la “teoría del loco” de Nixon, pero sin amortiguadores institucionales de seguridad. A diferencia de Nixon, Trump proclama la imprevisibilidad como demostración de poder: afirma que aliados y rivales “nunca saben qué hará” y supone que gracias a la incertidumbre arranca concesiones. Sin embargo, la imprevisibilidad solo funciona como palanca cuando está respaldada por instituciones fiables. Sin continuidad institucional, se vuelve indistinguible de la falta de fiabilidad.
En consecuencia, hoy no se trata de gestionar relaciones o resolver problemas mediante diplomacia con Washington, sino de “hacer acuerdos”, una expresión que el propio Trump repite con particular deleite. La confianza y la lealtad hacia esos acuerdos son limitadas, empezando por Washington, que no busca construir un entorno favorable a largo plazo ni resolver problemas, sino extraer el máximo beneficio de interacciones específicas. Esta lógica afecta directamente a las zonas de crisis, desde el acuerdo comercial con China hasta el fin de la guerra en Ucrania, desde frenar la agresividad israelí hasta garantizar una transición saludable en Siria.
El Apagamiento De Europa y La Imposibilidad De Una Pax Sinica
Dos regiones y actores moldeados directamente por el Problema Americano son Europa y China. Europa, que durante décadas internalizó las normas de un multilateralismo liberal cuyos costos asumían otros (la seguridad, Estados Unidos; la energía, Rusia, sin costos geopolíticos), no está preparada institucional ni ideológicamente para una era en la que no el derecho, sino los resultados del poder determinan el orden. El vocabulario geopolítico europeo “reducción de riesgos”, “soberanía digital”, “autonomía estratégica”, “dependencias estratégicas”, “paciencia estratégica” remite a la crisis que vive el continente y a los temores que evita enfrentar.
Bajo este conjunto conceptual yace la realidad de la dependencia: energía ligada a Rusia, seguridad y tecnologías dependientes de Estados Unidos, mercados entrelazados con China. El resultado es una Europa con enorme poder regulatorio pero sin visión común, convertida en un conjunto de potencias medias con mínima capacidad geopolítica. Dicho de otro modo, padece la impotencia de permanecer en la fase de “poder normativo” en un mundo cada vez más duro y exigente. Que, frente al golpe y la piratería iniciados por Washington contra Venezuela y al anuncio de que continuarían con una invasión, Europa se limite a decir “estamos observando la situación” ilustra exactamente ese nivel de poder normativo. Que Trump se lo haya hecho sentir de la forma más vulgar, ante los ojos del mundo, es consecuencia directa de esa parálisis.

Por otro lado, mientras el orden internacional liberal que durante décadas sostuvo la hegemonía estadounidense se debilita, sigue siendo una afirmación dudosa que China pueda llenar ese vacío. No se percibe en Pekín un apetito real por el liderazgo global. El hecho de que la imagen invariable de China en la prensa sean contenedores resume bien la situación. China busca estabilidad, pero no desea asumir “las cargas del imperio”. No persigue una Pax Sinica (Paz China); su prioridad es preservar la legitimidad del régimen permaneciendo hacia dentro, lograr un reequilibrio económico y mantener la estabilidad social.
La guerra comercial con Estados Unidos ha vuelto aún más urgente para China la necesidad de reducir su dependencia de las exportaciones, dinamizar la demanda interna y construir autonomía tecnológica en sectores críticos como los semiconductores y la inteligencia artificial. Las iniciativas globales que Pekín ha desarrollado bajo los rótulos de “desarrollo”, “seguridad” y “civilización” no buscan tanto construir un nuevo orden mundial como proyectar influencia económica. En síntesis, el ascenso de China continúa asentándose en una base pragmática, no en una visión ideológica ni en una propuesta global para el mundo. En lugar de alianzas auténticas con profundidad política, económica y de seguridad, ofrece relaciones transaccionales que benefician principalmente a Pekín. Esto sitúa a China, en última instancia, no como una potencia con una visión imperial de orden, sino casi como una “empresa pública monoestatal” con la que se coopera mientras ofrezca ventajas de suministro, calidad, servicio y precio.
En consecuencia, China aspira a ser una potencia que moldea el comercio global sin una visión de orden internacional, priorizando sus propios intereses, fuerte en lo económico pero prudente en lo estratégico. Prefiere la inquietud y las expectativas que genera la idea de una “China dormida” a las reacciones y preparativos frente a una “China despierta”. A medida que el peso de Estados Unidos disminuye, el mundo se desliza hacia una multipolaridad frágil, centrada en una China dominante pero reticente.
Sin embargo, el eje principal de Pekín avanza, en última instancia, dentro de un realismo introvertido. Las crisis recientes que han puesto a prueba esta postura también nos han dado una pista clara. La renuencia de China a comportarse como proveedora de bienes públicos globales, su falta de visión y su incapacidad para ofrecer un conjunto alternativo de reglas al sistema vigente limitan su poder blando, su profundidad geopolítica y la capacidad de construir cooperaciones que satisfagan a sus interlocutores. En lugar de liderar un orden alternativo, China construye dependencias paralelas que atan a los Estados mediante crédito, vigilancia y extracción de recursos. De hecho, todos los actores que, estando descontentos con el sistema, han profundizado relativamente sus relaciones con China, no consideran ese vínculo como una alternativa al orden vigente, sino como una palanca en sus relaciones con Estados Unidos. Al negarse a esforzarse por corregir las deficiencias del sistema y resolver sus problemas, China contribuye a profundizar la fragilidad global. Este enfoque puede ayudar a proteger sus intereses en el sentido más estrecho y a corto plazo, pero conduce a que el resto del mundo quede atrapado entre dos grandes actores: uno “punitivo” que se niega a cooperar y otro “indiferente”.
Este atrapamiento en el que ha caído el mundo es, en realidad, un resultado inevitable de la crisis geopolítica global cuyos signos más fuertes comenzaron a manifestarse con el cambio de milenio. Trump no es más que una figura producida naturalmente por una América que vive esa crisis de la forma más dramática. Dicho con mayor claridad, Trump es un personaje que capitaliza políticamente la subasta del fracaso liberal, surgido del espacio abierto por unos republicanos incapaces de tomarse en serio el problema, y que se consolidó declarando la guerra a la corrección política. El golpe ejecutado en Venezuela y el secuestro del jefe de Estado son, por un lado, reflejo de la racionalidad política construida por la vena paranoica de la política estadounidense y, por otro, consecuencia directa de la impotencia geopolítica global.
El “Descubrimiento” Del Hemisferio Por Parte De Donroe
Que un enfoque conceptual de dos siglos de antigüedad sea presentado, en boca de un intermediario inmobiliario como Trump, como justificación de una nueva invasión ha dado lugar a un cuadro abiertamente surrealista. El 3 de enero de 2026, la detención del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas especiales estadounidenses y su expulsión del país fue definida por el presidente Trump, con un tono arrogante, como la aplicación actualizada de la llamada “Doctrina Donroe”. Trump declaró: “Superamos con creces el original; ahora lo llaman la Doctrina Donroe. El dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental no volverá a ser cuestionado”, proporcionando así una coartada a una piratería ejercida desde el propio Estado.
Tan solo un mes antes del discurso doctrinal de Trump, se había publicado la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, leída como el documento de política exterior con mayor potencial de consecuencias producido por Washington desde la temprana Guerra Fría. El texto condenaba explícitamente el orden internacional liberal posterior a 1945 y, en su lugar, señalaba una doctrina clara basada en realismo civilizacional, soberanía rígida, nacionalismo económico, prioridad hemisférica y alianzas transaccionales. En el documento, el Hemisferio Occidental era elevado por encima de todos los demás escenarios y posicionado como el área primaria de dominación de Estados Unidos.
El Hemisferio Occidental pasa a ser así la “primera prioridad”, y Estados Unidos se propone:
- impedir cualquier arraigo económico o militar de potencias extrahemisféricas (China, Rusia, Irán);
- combatir a los cárteles y a las redes de tráfico humano mediante aranceles, sanciones, bloqueos marítimos y uso de fuerza letal;
- forzar la relocalización cercana de cadenas de suministro críticas (semiconductores, tierras raras, medicamentos);
- tratar la migración irregular como un acto de “guerra híbrida” contra el territorio continental estadounidense.
Este lenguaje, deliberadamente provocador, puede definirse como la declaración más explícita de una política de esferas de influencia realizada por una administración estadounidense desde 1823. En este sentido, las reiteradas referencias de Trump al “Hemisferio” en su discurso tras la entrega de Maduro a Washington no fueron sino la prolongación directa del eje delineado un mes antes en el Documento Estratégico.

América Latina: “Lejos De Dios, Cerca De Estados Unidos”
Para América Latina, las intervenciones de Estados Unidos no son episodios aislados; forman parte de un modelo de dominación centenario cuyos rostros más visibles ocupaciones militares, golpes de Estado, presiones económicas y operaciones encubiertas no son más que expresiones de un sistema más profundo. Como recordó Eduardo Galeano, la historia nunca dice adiós; dice “hasta luego”. Ese “hasta luego” resume el calvario interminable de América Latina con Estados Unidos. Desde Guatemala en 1954 hasta la Venezuela de hoy, Washington ha intervenido con poder político, económico o militar, convirtiendo la inestabilidad latinoamericana en el propio orden. Las intervenciones estadounidenses no son solo agresión: se han vuelto un conjunto estructural de intromisiones que moldean instituciones, economías e incluso la memoria de las naciones.
En cierto sentido, el lamento de Díaz convertido casi en proverbio para describir a América Latina por la vía rápida, “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, fue una vez una observación nacional; hoy funciona como un diagnóstico regional. En todo el continente, la soberanía se ha vuelto con frecuencia condicional, moldeada por tratados comerciales que cruzan fronteras, obligaciones de deuda y presiones políticas derivadas de la proximidad a la influencia estadounidense. Incluso en momentos de esperanza democrática o de reformas sociales, esas fuerzas operan como corrientes invisibles bajo la superficie: amenazan con desbaratar los esfuerzos de independencia y reproducir viejas jerarquías.
El Problema Americano, convertido hoy en el asunto central del mundo y en el factor que configurará los próximos años, es un tormento que América Latina conoce de primera mano. Pero esto, desde luego, no explica por sí solo la situación de América Latina ni la de Venezuela. En último término, los problemas estructurales de un continente que también es producto de un orden colonial son tan grandes como el propio Problema Americano. Venezuela es un ejemplo contundente de cómo la combinación de estructura social heredada de la colonia, una economía política rentista (basada en la renta petrolera), una débil acumulación de capital y la presión externa (incluida la fuerza estadounidense) puede producir un “atasco” institucional de larga duración. El ecosistema político, social e institucional, articulado alrededor de una economía donde el sector energético se convirtió en un cajero automático político, ha desembocado durante años en una gobernanza paralizada.
Por tanto, el asunto venezolano no es “o herencia colonial, o imperialismo estadounidense, o economía”; es la manera en que esas capas se refuerzan mutuamente. Cuando una capacidad estatal muy baja se combina con un severo déficit democrático, se obtiene una fragilidad institucional capaz de entregar al jefe de Estado a una potencia agresora: una situación que no se vio ni siquiera en Irak o Afganistán pese a guerras e invasiones de facto. Quizá haga falta reflexionar y escribir aparte sobre quienes han elogiado durante años esa vacuidad con una ignorancia pesada. Pero por ahora es evidente que, para quienes desean tener capacidad de defensa frente al Problema Americano, las causas estructurales de esa fragilidad venezolana deben ser el primer asunto.
A estas alturas, las razones internas y externas que empujaron a Venezuela al borde del colapso han perdido parte de su relevancia inmediata. Un país del que Estados Unidos dice abiertamente que confiscará y gestionará sus recursos se enfrenta a una incertidumbre profunda. Aun así, que Maduro haya sido derrocado por un golpe no significa que el chavismo el movimiento que lo llevó al poder haya desaparecido. Es probable que la conversión del traslado de Maduro a Estados Unidos en un espectáculo, y el tono de las declaraciones de Trump, hayan tocado fibras sensibles en el nervio chavista. Por ello, aunque las humillaciones y la arrogancia de Washington estén marcando el debate por ahora, hay que ver que la ocupación de Venezuela contiene muchas más complicaciones. Y veremos qué giros en U realizará también en Venezuela una política exterior estadounidense atrapada en una hiperactividad estéril bajo la mano de Trump.
¿Qué Espera A Estados Unidos y Al Mundo?
Venezuela puede ser la escena del crimen del orden de 1945. Pero el escenario más probable sigue siendo que este atentado produzca consecuencias, a corto y medio plazo, en todo el mundo y, por supuesto, dentro de Estados Unidos. En último término, Estados Unidos no es un país que haya librado hasta hoy, de forma directa y en solitario, una guerra contra otra gran potencia. Su mayor pérdida militar la vivió en su propia guerra civil. Desde finales del siglo XIX, en los enfrentamientos con una Gran Bretaña en declive y, durante el siglo XX, en todas las guerras en las que participó, o combatió dentro de alianzas, o se sostuvo con apoyo de otros poderes, o peleó contra países exhaustos como Irak y Afganistán. No hay duda de que el poder militar estadounidense es claramente superior al del resto del mundo. El mayor problema de ese poder capaz de gastar 1,5 billones de dólares al año es asegurar dentro de Estados Unidos no solo apoyo financiero, sino también apoyo político y psicológico. Y esa garantía hoy contiene fragilidades serias.
Trump no tiene una afinidad real, ni personal ni mental, con la ola que lo llevó al poder. Incluso representa el prototipo del “psicópata americano” que esa ola dice detestar: un norteño urbano, hedonista y capitalista voraz. En suma, el “pacto fáustico” entre Trump y la base que lo encumbró es, al contrario de lo que se cree, bastante frágil. Que Trump entre en aventuras como Venezuela de las que ya dio señales claras, entre sus deseos expresados sobre Canadá, sus amenazas a Irán, y sus declaraciones al día siguiente de anunciar el plan de invasión a Venezuela: “Necesitamos Groenlandia sí o sí”, “hay que hacer algo con México” significa profundizar las fragilidades internas estadounidenses. En un Estados Unidos que entrará en clima electoral pleno en 7-8 meses, será inevitable que los republicanos queden bajo una presión considerable. Aun así, Trump y su equipo pueden insistir. Porque, para un Trump que se ha declarado en bancarrota seis veces, pasos peligrosos y costosos para el mundo se convierten en oportunidades económicas: conversaciones de transporte energético en las que también participa su familia, explotación minera en Ucrania, retorno de petroleras a Venezuela, Gaza como centro turístico, etc.
