¿Existe un supuesto metafísico en el que se apoya el estilo de vida neoliberal? Y, de existir, ¿dónde habría que buscarlo? Una posible respuesta apunta a la estrategia afectiva del neoliberalismo. En efecto, el neoliberalismo puede leerse como una economía política de las emociones. Conceptos como mercado, individuo, competencia, libertad o eficiencia parecen expresar realidades objetivas, pero bajo ellos laten múltiples afectos humanos. Las emociones constituyen a la vez la mayor debilidad y la mayor potencia del ser humano. Liberarse completamente de ellas, permanecer siempre dentro del círculo de la lógica y avanzar únicamente bajo la luz de la razón es, quizá, una ilusión. Tampoco es necesario ni inevitable “purificarse” de los afectos; nos definen como humanos y, en muchos sentidos, ocupan un lugar tan decisivo como la razón. Tomar en serio las emociones aunque incluso esa “seriedad” sea también un afecto se vuelve imprescindible.
El capitalismo, en sus inicios, describía al ser humano como homo economicus y entendía su racionalidad como un pragmatismo instrumental. Sin embargo, en su fase tardía descubrió el papel decisivo de los afectos, invirtió sistemáticamente en ellos y, finalmente, sentó las bases del estilo de vida neoliberal. La literatura académica denomina a este giro “economía conductual”, pero, en el fondo, se trata del descubrimiento capitalista de las emociones. Tras ese descubrimiento, el capitalismo fragmentó el alma humana en innumerables dimensiones y desarrolló múltiples estrategias para seducir cada una de ellas. Sus métodos y tácticas apuntan a movilizar, dirigir y canalizar los estados afectivos del sujeto.
En la historia de la filosofía, el pensador que más profundamente abordó la cuestión de los afectos fue Baruch Spinoza (1632-1677). Surge entonces la pregunta: ¿qué debe el neoliberalismo forma avanzada del capitalismo a Spinoza en la configuración de su estrategia emocional? ¿Ha sido el conatus spinoziano el fundamento metafísico del estilo de vida neoliberal? Más que una simple cuestión de causalidad histórica, esta pregunta abre una brecha hacia interrogantes más profundos: cómo la vida moderna se legitima a sí misma, bajo qué concepción ontológica y moral reconstruye al ser humano, y sobre qué base metafísica interpreta la libertad. El neoliberalismo no solo como política económica, sino como forma de vida, régimen afectivo y visión del ser se sostiene menos en sus textos teóricos explícitos que en supuestos metafísicos tácitos. Entre ellos, la circulación del concepto spinoziano de conatus (deseo, impulso de perseverar en el ser) resulta central. ¿El sujeto neoliberal hereda de Spinoza la idea de perseverar en su existencia (perseverare in suo esse) o, más bien, la ontología inmanente de Spinoza ha sido instrumentalizada y descontextualizada por formas modernas de poder?
En Spinoza, el conatus designa la tendencia necesaria de cada ser piedra, animal o humano a perseverar en su existencia (Ethica, III, prop. 6). No es un ideal moral ni una norma, sino una descripción ontológica del orden inmanente de la naturaleza (Deus sive Natura). El ser humano se vuelve libre en la medida en que comprende este impulso; pero esa libertad no es la elección arbitraria del voluntarismo moderno, sino una serenidad racional basada en el conocimiento de las causas (libertas ex intellectu). El hombre libre (homo liber) no es quien carece de deseos, sino quien comprende su génesis y los transforma bajo la guía de la razón (ex ductu rationis). El conatus no convoca a la competencia ni a la auto-optimización permanente, sino que ofrece un marco ético-ontológico para transformar la tristeza en alegría mediante la comprensión de los afectos.
El capitalismo contemporáneo, especialmente en su forma neoliberal, opera no solo mediante racionalidad económica, sino también a través de una profunda imaginación ontológica y antropológica. El ser humano ya no es solo trabajador o consumidor, sino un ser que desea y se deja afectar. Aquí emerge una relación inesperada con Spinoza. El concepto de conatus, aunque originalmente ontológico y ético, se convirtió históricamente en un terreno fértil para la subjetividad neoliberal: el sujeto que invierte en sí mismo, se optimiza y compite consigo mismo. Sin embargo, Spinoza no produjo el capitalismo; fue el capitalismo quien recodificó sus conceptos dentro de su propia racionalidad.
La teoría spinoziana de los afectos (affectus), del apetito (appetitus) y del deseo (cupiditas) sostiene que las acciones humanas nacen más de las afecciones del cuerpo que de la voluntad consciente. El ser humano se cree libre, pero ignora las causas que determinan su conducta. Esta intuición resuena irónicamente con el mito neoliberal del individuo libre: el sujeto cree elegir, sin advertir que sus deseos son modelados por algoritmos, señales del mercado y estéticas publicitarias. El neoliberalismo convierte así la ontología de los afectos en una tecnología de gobierno (governmentality). Como mostró Foucault, el sujeto se redefine como “capital humano”; el conatus se transforma en imperativo de rendimiento y auto-superación. Un principio ontológico deviene instrumento normativo.
En este proceso, los afectos se convierten en herramientas del mercado: la alegría se asocia al éxito, la tristeza al fracaso, la esperanza a la inversión, el miedo a la inseguridad. La vida neoliberal moraliza el fracaso y convierte la felicidad en obligación. En Spinoza, la alegría es aumento de potencia (augmentum potentiae); en el neoliberalismo, se reduce a respuesta dopaminérgica ligada al rendimiento. Así, la potentia (potencia de existir) se sustituye por potestas (relación de poder). Byung-Chul Han describió este fenómeno como auto-explotación del sujeto en la sociedad del rendimiento.
Frédéric Lordon, en Capitalisme, désir et servitude (2010), formula una pregunta clave: ¿por qué los trabajadores aceptan el capitalismo? Su respuesta combina a Marx y Spinoza: el capitalismo no domina por pura coerción, sino porque logra movilizar el deseo. El trabajo asalariado no solo compra tiempo o cuerpo, sino que vincula el conatus al movimiento del capital. La empresa se convierte en una “fábrica de afectos”: produce esperanza, gestiona miedo, genera expectativas. Así, el sujeto obedece no porque sea forzado, sino porque no puede imaginar existir sin trabajar. Este fenómeno recuerda la “servidumbre voluntaria” de La Boétie, ahora institucionalizada y refinada.
En consecuencia, el neoliberalismo no es simplemente un sistema económico, sino un régimen de afectos que reconfigura la ontología del sujeto. Y, aunque Spinoza no sea su origen, su pensamiento releído y transformado ha contribuido a iluminar el mecanismo mediante el cual el poder moderno organiza el deseo humano.
