Cómo Europa Eligió La Dependencia En Lugar De La Resiliencia

El reequilibrio creará ganadores y perdedores. La cuestión fundamental es si Europa responderá reconstruyendo su capacidad productiva y su confianza en el progreso, o si continuará por un camino en el que la renuncia se convierte en virtud y la dependencia en hábito. Este desenlace no está escrito en la historia; es el resultado de una elección.
febrero 16, 2026
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El Gran Reequilibrio

Durante años se nos dijo que el malestar que se extendía por las sociedades occidentales tenía más que ver con la percepción que con la realidad. Se explicaba como nostalgia, resistencia al cambio o incapacidad de adaptarse a un mundo más complejo. Los servicios públicos no empeoraban; simplemente nos habíamos vuelto más exigentes. La industria no desaparecía; solo “evolucionaba”. No éramos más pobres; simplemente vivíamos de otra manera.

Sin embargo, cuando el descontento se convierte en una experiencia cotidiana, esta explicación resulta cada vez más difícil de sostener: salarios que no cubren las necesidades básicas, viviendas cada vez menos accesibles, precios de la energía que no logran bajar de forma permanente, infraestructuras que envejecen silenciosamente y una dependencia creciente de proveedores externos incluso en ámbitos que antes parecían irrelevantes. En este punto, el problema deja de ser psicológico y empieza a parecer, en el sentido más amplio, una cuestión política.

Cada vez más observadores lo reconocen. Lo que enfrentamos no es una desaceleración temporal, sino un reequilibrio más profundo del orden económico y geopolítico que se formó tras la Guerra Fría. La sensación de que “todo se desmorona” no es una alucinación colectiva; es la forma que adopta un sistema presionado cuando, en un entorno más duro y fragmentado, debe redistribuir costos, poder y oportunidades.

Este argumento circuló recientemente con el ensayo The Great Rebalancing, ampliamente difundido y escrito por The Long View (@HayekAndKeynes). Su tesis central que la inestabilidad actual no es accidental, sino el resultado lógico de un modelo agotado ofrece un punto de partida útil para el debate, aunque no deba ser su conclusión.

El orden anterior descansaba en condiciones excepcionales. En Europa, tres de ellas sostuvieron la ilusión de prosperidad ilimitada: mano de obra barata proporcionada por China como fábrica del mundo; energía barata proveniente de Rusia; y abundante crédito en los sectores público y privado, que gradualmente sustituyó a la productividad. A ello se sumó el supuesto “dividendo de la paz”: la creencia de que la historia había alcanzado un equilibrio permanente y que el gasto en defensa podía reducirse sin riesgos.

Europa optimizó sin descanso en nombre de la eficiencia, relegando la resiliencia a un segundo plano. Este equilibrio funcionó durante un tiempo, pero dejó de hacerlo. Cuando los sistemas se tensan en una sola dirección, tienden a volverse frágiles.

El diagnóstico no es controvertido. Lo inquietante es que el reequilibrio no es una fuerza impersonal como una ley natural; está moldeado por decisiones políticas, ideas dominantes e incentivos institucionales. Estas decisiones determinan quién asume las pérdidas y quién queda protegido. Y la distribución resultante rara vez es aleatoria.

Europa se encuentra cada vez más del lado perdedor. En poco tiempo, fábricas cerraron, el empleo industrial cayó y los costos energéticos aumentaron de forma estructural. Al mismo tiempo, se profundizó la dependencia de proveedores externos en componentes, materias primas y tecnología. El problema ya no es que otros produzcan más barato; es que producir en Europa se ha vuelto incierto, burocráticamente pesado y, en muchos casos, poco atractivo.

China, en cambio, avanzó en dirección opuesta. Mientras Europa reducía su capacidad industrial en nombre de la transición energética y objetivos morales, Pekín fortaleció su base productiva, aseguró el control de materias primas críticas y se convirtió en proveedor casi indispensable de tecnologías estratégicas. Paneles solares, baterías, componentes electrónicos… muchos de los elementos necesarios para las propias políticas europeas se importan hoy de fábricas chinas.

El panorama es difícil de discutir: capacidad productiva, empleo y poder económico se desplazan de Europa hacia Asia. Atribuirlo solo a la globalización sería engañoso. No fue el mercado por sí solo; las decisiones políticas fueron decisivas.

Como señaló Will Durant, las civilizaciones rara vez colapsan solo por presiones externas; con frecuencia primero se debilitan a sí mismas.

De La Producción A La Administración

Con el tiempo, las economías occidentales desplazaron su centro de gravedad de producir cosas a gestionar procesos: menos industria, menos autonomía; más intermediación, más dependencia de cadenas de suministro optimizadas al máximo.

La economía se asemeja cada vez más a un aparato administrativo que a un taller. El procedimiento reemplaza a la producción, y el riesgo se intenta eliminar mediante regulación.

Esta transformación se presenta como un ascenso natural en la cadena de valor, pero en la práctica implica erosión de la capacidad productiva y mayor exposición a actores que no operan bajo las mismas reglas.

La complejidad regulatoria desempeña un papel central. Las grandes empresas pueden navegarla; los pequeños productores no. Cada nueva capa normativa implica mayores costos, incertidumbre legal y barreras de entrada. Crecer o incluso sobrevivir se vuelve condicional.

Como resultado, la actividad económica depende cada vez más de rentas políticas: subsidios, fondos de transición, contratos públicos. Sectores enteros dejan de guiarse por la competitividad y se orientan por prioridades administrativas. La innovación sigue la lógica de la conformidad más que la de la experimentación.

El ámbito de la seguridad siguió una trayectoria similar. La insuficiente inversión en defensa reflejaba no solo prudencia fiscal, sino la creencia cultural de que el orden internacional era estable y responsabilidad de otros. Esa suposición se derrumbó con el regreso de la guerra a Europa.

Las consecuencias sociales son corrosivas. Cuando la prosperidad depende de la aprobación administrativa, la autonomía se erosiona. Sin necesidad de censura abierta, la disidencia se autoexcluye. Lo presentado como “adaptación” se convierte en una reorganización social donde los canales independientes se estrechan.

La Política De La Emergencia Permanente

Aceptar el aumento de las temperaturas globales es una cosa; interpretarlo como una catástrofe inminente es otra. Aun así, el discurso político se inclina hacia escenarios extremos, facilitando intervenciones económicas amplias.

La política climática se convierte así en instrumento de reorganización económica: energía más cara, contracción industrial, reasignación masiva de recursos hacia sectores “verdes”. Los costos no se distribuyen de manera uniforme.

Alemania ilustra el dilema: tras enormes inversiones en transición energética y el cierre nuclear, volvió al carbón y a una mayor dependencia energética, mientras su competitividad industrial disminuía. El equilibrio climático global, sin embargo, permaneció prácticamente sin cambios.

Este proceso se presenta como virtud: el sacrificio se redefine como madurez. La pérdida de bienestar se describe como progreso moral. La transición energética se entrelaza silenciosamente con una reducción gestionada: menos producción, menos consumo, expectativas más bajas, administradas por una burocracia creciente.

China y Su Influencia Silenciosa

El ascenso de China se explica por la ventaja comparativa, pero también por la transferencia de capacidad estratégica a un rival geopolítico. Dependencias en energía, telecomunicaciones, tierras raras, baterías y energía solar se han profundizado.

La influencia no requiere coerción; opera moldeando los marcos intelectuales y morales dentro de los cuales se piensa la política. Como señaló Joseph Nye, la propaganda más eficaz rara vez parece propaganda.

No implica conspiración centralizada, sino explotación de debilidades: exceso tecnocrático, descuido de la soberanía económica, fe en que las reglas sustituyen la estrategia. La pandemia reveló estas fragilidades.

No Es Destino, Es Elección

Es tentador ver el presente como inevitable: sociedades envejecidas, crecimiento lento, ambición menguante. Pero el declive no es un acto de la naturaleza. Las civilizaciones pierden influencia cuando abandonan principios que las sostuvieron: iniciativa, inversión productiva, innovación y confianza en el futuro.

Gestionar el declive no es estrategia; es renuncia.

La alternativa no es nostalgia, sino recuperación: restablecer la confianza en el crecimiento como base material de la estabilidad social, la libertad política y la soberanía real. Sin base productiva, ninguna transición es duradera.

El gran reequilibrio no significa el fin de la globalización, sino su reconfiguración: cadenas de suministro más cortas, socios más fiables, capacidad doméstica en bienes esenciales. Nada de esto es gratuito. Requiere asumir costos hoy para recuperar autonomía mañana.

El reequilibrio creará ganadores y perdedores. La cuestión central es si Europa reconstruirá su capacidad productiva y su confianza en el progreso, o si continuará por un camino donde la renuncia se convierte en virtud y la dependencia en hábito. Este resultado no está escrito en la historia; es el fruto de una elección.

Fuente: https://europeanconservative.com/articles/commentary/the-great-rebalancing-how-europe-chose-dependence-over-resilience/