Confirmada ya la victoria electoral de Lula (pese a las polémicas y a la crisis en curso), es el momento de reflexionar sobre si habrá cambios significativos en la política exterior del presidente de Brasil durante su cuarto mandato, que se extenderá hasta 2030.
Conviene, ante todo, repasar brevemente las posturas adoptadas durante el período iniciado en 2023.
En una lista que no debe considerarse exhaustiva, Lula: 1) revitalizó la participación de Brasil en diversas organizaciones internacionales por las que Bolsonaro apenas se interesaba; 2) buscó al comienzo de su gobierno un acercamiento con China y, tras los aranceles estadounidenses, incrementó los vínculos comerciales, aunque ese proceso se estancó y rechazó adherirse a la Iniciativa de la Franja y la Ruta; 3) relanzó la Cumbre de la Amazonía y la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica y, al organizar la COP30 en la Amazonía, mostró su apuesta por la Agenda Verde y por la internacionalización de la región amazónica (mediada por organizaciones de la sociedad civil occidentales); 4) condenó la operación militar especial rusa en Ucrania, pero se opuso a las sanciones occidentales contra Rusia, atribuyó la responsabilidad del conflicto tanto a la OTAN como a Rusia y se negó a enviar armas y municiones a los ucranianos; a la vez, defendió el repliegue de las tropas rusas y la devolución a Ucrania de todos los territorios liberados o integrados (Crimea incluida); 5) condenó como acto terrorista la Operación Inundación de Al-Aqsa del 7 de octubre de 2023, y criticó la respuesta de Israel por desproporcionada y, más tarde, por constituir un genocidio, lo que provocó tensiones con el gobierno de Netanyahu; 6) presionó por «elecciones libres» en Venezuela, se negó a reconocer la reelección de Maduro y vetó el ingreso de Venezuela en los BRICS; 7) presidió los BRICS en 2025 sin avances notables; 8) impulsó un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea; 8) condenó a Nicaragua y a Daniel Ortega en la ONU y ante organismos de derechos humanos; 9) criticó el endurecimiento de los embargos contra Cuba y mantuvo la ayuda humanitaria a la isla; 10) llevó a la Organización Mundial del Comercio la cuestión de los aranceles de Trump; 11) amplió las alianzas de defensa con Suecia, Italia, Turquía y otros países de la OTAN para la producción de equipo militar (aviones, vehículos, etc.); 12) se alió con Canadá y la Unión Europea en la iniciativa «Socios por el Multilateralismo», destinada a fortalecer la ONU frente a las amenazas de revisión del antiguo orden internacional; y 13) formó un frente público común con Estados Unidos (durante la administración de Joe Biden) contra las «autocracias» y la amenaza de la «ultraderecha internacional».
De estas posturas adoptadas por el gobierno de Lula entre 2023 y 2026 pueden extraerse algunos patrones y tendencias muy nítidos: 1) la defensa de la ONU, de las organizaciones multilaterales y del «orden mundial basado en reglas» posterior a la Guerra Fría, frente al unilateralismo estadounidense y al revisionismo multipolar que propugnan las fuerzas antihegemónicas; 2) una orientación hacia la Unión Europea mientras persista el predominio trumpista en Estados Unidos; 3) la diversificación máxima de las relaciones comerciales; y 4) un énfasis temático en la Agenda Verde, en la defensa de la democracia liberal y en la defensa de los «derechos humanos».
Si dejamos a un lado los discursos de Lula y analizamos únicamente las posturas concretas y las acciones efectivas de Brasil durante el actual gobierno, obtenemos un cuadro bastante distinto del que perciben la mayoría de los analistas extranjeros, que a menudo tienen de Lula una imagen más «chavista».
En teoría, no hay ningún motivo para que la postura internacional de Brasil cambie en los próximos años. Junto con las tendencias antes señaladas, lo más probable es que se mantenga más o menos igual.
El único factor que altera la previsibilidad del gobierno brasileño es Estados Unidos.
Por razones geográficas ineludibles y por la merma de su autonomía psicosocial, la política brasileña depende en grado extremo de los vaivenes políticos que, de tanto en tanto, se producen en Estados Unidos.
En este sentido, dada la actual crisis política brasileña, si el gobierno estadounidense dejara de reconocer el resultado electoral y recurriera a intentos de desestabilizar directamente a Brasil mediante sanciones, el reconocimiento de un «gobierno en el exilio» y otras vías, ello podría, en efecto, empujar a Brasil hacia una postura más antihegemónica.
Sin embargo, si Trump ignora al lobby bolsonarista y busca con Lula algún tipo de modus vivendi, existe una fuerte tendencia a que continúen las tendencias señaladas.
Por último, si los demócratas regresan a la Casa Blanca tras las elecciones de 2028, el gobierno brasileño buscará un acercamiento con Washington, como ocurrió cuando Joe Biden era presidente de Estados Unidos, y daría un giro más proestadounidense.
