A Veinticinco Años Del 11 De Septiembre: La Crisis Del Orden Estadounidense

El balance de un cuarto de siglo tras el 11 de Septiembre no es, ante todo, la historia del declive de Estados Unidos, sino la de una transformación en la naturaleza misma del poder estadounidense. Washington ha perdido ya la capacidad de traducir su poder en un orden legítimo, previsible y sostenible también para los demás.
septiembre 13, 2026
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Ha transcurrido ya un cuarto de siglo desde los atentados del 11 de septiembre. Veinticinco años son tiempo suficiente para alejarse del calor del acontecimiento y debatir su significado histórico, pero acaso todavía insuficiente para afirmar que sus consecuencias se han manifestado por entero. En el otoño de 2001 existía un consenso casi unánime: los atentados habían transformado no solo a Estados Unidos, sino al mundo entero. Hoy, en cambio, nos enfrentamos a una pregunta más compleja. ¿Creó realmente el 11 de septiembre un mundo nuevo, o fue más bien una fractura que desvió el rumbo de un mundo ya en transformación, aceleró ciertas tendencias y condujo a que Estados Unidos agotara la oportunidad estratégica sin precedentes que había obtenido tras la Guerra Fría?

La respuesta a esta pregunta puede residir en la paradoja fundamental que se revela un cuarto de siglo después. Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia del mundo, y sin embargo vivimos una época en la que es el propio país el que socava el orden en el que concentró su poder. La economía estadounidense, el dólar, las empresas tecnológicas, los mercados financieros, la capacidad militar y la red de alianzas globales siguen otorgando a Washington posibilidades que ningún otro actor posee por sí solo. No obstante, el poder estadounidense y el poder del orden estadounidense ya no significan lo mismo. Mientras la capacidad de Washington se mantiene, en gran medida, en pie, la legitimidad política, el orden institucional, la lógica de las alianzas y la pretensión de universalidad que había construido en torno a esa capacidad se han vaciado de sentido de manera notable. Dicho con mayor claridad: nos hallamos ante un Washington que intenta transitar del imperio estadounidense al Estado-nación estadounidense. Y es precisamente a través de esta distinción como conviene leer, en lo esencial, el balance de estos veinticinco años del 11 de Septiembre.

La manera más sencilla pero también más engañosa de entender el 11 de septiembre consiste en considerar los atentados como un año cero que transformó desde sus cimientos la política exterior estadounidense. Sin embargo, los elementos fundamentales de la estrategia que emergió después de 2001 ya existían antes de los atentados. Con el fin de la Guerra Fría, Washington había alcanzado, por primera vez en su historia, una posición de poder sin rival a escala global. El debate central de los años noventa no giraba en torno a si Estados Unidos era poderoso, sino en torno a para qué y dentro de qué límites debía emplearse ese poder sin precedentes.

En este sentido, el debate que se articuló en 1997 en torno al Proyecto para el Nuevo Siglo Americano conserva toda su relevancia. Objetivos como la preservación de la superioridad militar estadounidense, la ampliación de la capacidad de defensa, la contención de las potencias capaces de desafiar a Washington y la expansión del orden económico y político liberal conforme a los intereses y valores estadounidenses habían sido formulados con claridad antes del 11 de septiembre. Tampoco la idea de un cambio de régimen en Irak fue descubierta después de los atentados. Más que producir el imaginario estratégico estadounidense, el 11 de septiembre dotó a una visión ya existente de una extraordinaria percepción de amenaza, de movilización social y de fundamento de legitimidad. El excepcionalismo, la sensación de elección divina, la idea de redención, la amenaza, las paranoias y los temores apocalípticos ya presentes en el imaginario social y político estadounidense volvieron a fundirse con el lenguaje político de esta nueva era.

Así pues, el 11 de septiembre representa, al mismo tiempo, una continuidad en la política exterior estadounidense y una auténtica fractura estructural. El uso preventivo de la fuerza, el excepcionalismo estadounidense o la primacía que Washington otorga a su propia seguridad por encima de las normas internacionales no constituyen elementos nuevos ni desviaciones, sino que se corresponden con la historia misma de Estados Unidos. Lo que hizo el 11 de septiembre fue sacar estas tendencias del terreno de la excepción, institucionalizarlas y situarlas en el centro de la política global. Y el resto del mundo tampoco se privó de reclamar la parte que le correspondía del «excepcionalismo estadounidense», ni de «robar el fuego».

Esta transformación no se limitó a la dimensión de la política exterior. El reflejo de autodefinición frente a la amenaza uno de los elementos fundamentales del imaginario social estadounidense se convirtió, tras el 11 de septiembre, en una poderosa energía política. Términos como «libertad», «maldad», «civilización», «patria», «seguridad», «eje del mal» y «enemigo» no solo pasaron a formar parte del vocabulario político cotidiano, sino que además propiciaron su uso en la forma más vulgarizada posible. De este modo, el terrorismo dejó de ser un problema de seguridad concreto y susceptible de combatirse para convertirse en una categoría general a través de la cual leer el mundo entero. Más aún, todos los actores, desde Rusia hasta China, desde Europa hasta Oriente Próximo, lo vieron como una oportunidad conveniente. No tuvieron ningún reparo en abandonar el mundo denso, responsable y serio de la geopolítica para instalarse en el mundo confortable de la «guerra contra el terror». En última instancia, prácticamente todos ya contaban con su propio «terrorista»; y a quienes carecían de él, la «guerra» estadounidense se apresuró a proporcionárselo.

Brzezinski, decano del análisis geopolítico, fue una de las escasas voces que, tras el 11 de septiembre, advirtieron sobre este peligro. Tuvo la lucidez de titular «El terrorismo de la guerra contra el terror» al artículo en el que criticaba la conversión de un problema a combatir en el «objeto mismo de una guerra», así como la reducción de la geopolítica al eje de la lucha antiterrorista. Las graves consecuencias de aquella crisis, que él mismo describió por entonces como una «cultura del miedo», se experimentaron de manera casi universal. La «guerra contra el terror» no tenía una geografía definida ni un punto de conclusión identificable. El terror, que es un método antes que un actor fue erigido, sin embargo, en objeto de guerra, lo que facilitó que lo excepcional se volviera permanente. La expansión de la capacidad de vigilancia, las nuevas instituciones de seguridad interior, las facultades jurídicas extraordinarias, los asesinatos selectivos transfronterizos y la ampliación de las potestades bélicas de la presidencia no permanecieron como medidas transitorias de la era Bush. Muchos de estos elementos persistieron bajo Obama y las administraciones posteriores, hasta arraigarse en el repertorio de seguridad permanente del Estado estadounidense.

Pero la lógica securitaria que se expandió tras el 11 de septiembre no se detuvo en las fronteras del Estado estadounidense. La posición central de Washington dentro de las redes globales de finanzas, comunicaciones, tecnología, viajes, inteligencia y derecho se convirtió, cada vez más, en parte integrante de la política de seguridad. Las infraestructuras generadoras de interdependencia propias de la globalización comenzaron, al mismo tiempo, a generar capacidad de vigilancia, exclusión, imposición de sanciones y modificación de comportamientos. Estados Unidos, desde luego, no construyó estas infraestructuras después del 11 de septiembre: su posición central en el dólar, los sistemas financieros, las redes tecnológicas y la arquitectura de seguridad eran mucho más antiguas. Pero el 11 de septiembre aceleró de manera extraordinaria el uso de esa centralidad con fines políticos y securitarios, así como su instrumentalización dominadora y su conversión en arma. Esta centralidad estructural que hemos analizado en otro lugar bajo el concepto de «prisión estadounidense» revela que el poder estadounidense no procede únicamente de los recursos que posee, sino también de su posición en el centro de los sistemas dentro de los cuales los demás se ven obligados a moverse. En este sentido, el 11 de septiembre transformó a Estados Unidos. Pero, quizás de forma más decisiva, debilitó los frenos políticos, jurídicos y morales que antes contenían ciertas tendencias que el propio país ya albergaba.

El desvío estratégico estadounidense

Una de las ironías históricas del 11 de septiembre es que hizo sentirse a Estados Unidos más inseguro precisamente en el momento en que era más poderoso. En 2001, Washington no tenía enfrente un rival comparable a la Unión Soviética. Rusia era económica y políticamente débil. China crecía con rapidez, pero todavía no constituía un rival estratégico a la altura de Estados Unidos en el plano global. Europa dependía, sin remedio, de la arquitectura de seguridad estadounidense. La OTAN se expandía, las instituciones fundamentales de la economía mundial funcionaban, en gran medida, dentro de las reglas que Washington había diseñado, y la posición central del dólar y de la tecnología estadounidense no se ponía en cuestión. Fue precisamente en ese momento cuando Estados Unidos situó en el centro de su estrategia global no el equilibrio de poder entre los Estados, sino el terrorismo.

La intervención en Afganistán fue una operación militar que respondía directamente a los atentados del 11 de septiembre y que gozó de una amplia legitimidad internacional, respaldada por un mundo que, presa en parte del pánico, confiaba en que concluiría en un plazo bastante breve. Irak, en cambio, representó un umbral completamente distinto. La fusión de la guerra contra el terror con la guerra preventiva, el cambio de régimen y la ingeniería política puso al descubierto una ilusión más profunda respecto de los límites del poder estadounidense. Washington equiparó la superioridad militar con la capacidad de producir resultados políticos. Se llegó a pensar que derrocar un régimen equivalía a construir un Estado funcional en su lugar, que ganar una guerra equivalía a instaurar un orden, y que sembrar el miedo equivalía a generar legitimidad. La nueva estrategia, al normalizar el uso unilateral y preventivo de la fuerza, ampliaba la soberanía estadounidense al tiempo que condicionaba la soberanía de los demás, y debilitaba los fundamentos de legitimidad del propio orden que Estados Unidos había erigido con sus propias manos. El éxito duradero del poder estadounidense no se había debido únicamente a su superioridad, sino a la manera en que esa superioridad se había hecho más aceptable a través de alianzas e instituciones multilaterales. La ruptura de esa relación fue una señal contundente de que la erosión del eje «imperial» estadounidense ya había comenzado. Estados Unidos dedicó buena parte de la etapa unipolar que había inaugurado tras 1991 a combatir a actores que no le eran equiparables y a reordenar Oriente Próximo dentro de un paradigma de seguridad, en medio de las provocaciones israelíes. Mientras tanto, la verdadera distribución del poder del siglo XXI se estaba gestando en otras geografías.

La ceguera geopolítica de Estados Unidos

Apenas tres meses después del 11 de septiembre, China ingresó en la Organización Mundial del Comercio. Entre ambos acontecimientos no existe, desde luego, una causalidad directa. Pero su coincidencia temporal constituye una curiosa casualidad que resume la historia geopolítica de los últimos veinticinco años. Mientras Estados Unidos se sumía en la agenda de las ocupaciones, China se integraba en la economía mundial, como motor de la desinflación global, a un ritmo sin precedentes en la historia. El supuesto liberal sostenía que la integración económica traería consigo, con el tiempo, una convergencia política: la incorporación de Pekín a la economía mundial no solo enriquecería a China, sino que la expansión de la economía de mercado favorecería también la liberalización social y política. Lo que ocurrió, sin embargo, fue un proceso distinto. Pekín combinó las oportunidades económicas de la globalización con la capacidad del Estado, la política industrial y el control político. La manufactura, la transferencia de tecnología, las infraestructuras, el superávit exportador y, más tarde, las cadenas de suministro críticas se convirtieron en elementos del poder geopolítico chino. Este desarrollo era, quizá, inevitable. Pero el hecho de que la agenda geopolítica estadounidense se sumiera en el caos impidió que el crecimiento económico, sumamente agresivo, de China se desplegara de un modo más gradual, equilibrado y proclive a fortalecer terrenos de cooperación, tanto para el resto del mundo como para la propia Pekín.

Considerar el ascenso de China como una consecuencia del 11 de septiembre sería, desde luego, un determinismo histórico. El 11 de septiembre no elevó a China, pero sí condenó a Estados Unidos a un foco de atención distinto justo cuando China irrumpía en escena. Que Washington destinara su atención estratégica, su capacidad financiera y su energía política a la guerra contra el terror ofreció a Pekín un período geopolítico extraordinariamente propicio. Mientras a lo largo de los años noventa se esperaba que el debate sobre cómo China daría forma al nuevo milenio se fuera profundizando, el 11 de septiembre provocó un desplazamiento radical de ese eje. Dicho de otro modo: si en 2001 Estados Unidos debatía cómo emplear un poder sin rival, en 2026 debate cómo convivir con un rival que podría llegar a igualarlo. Esto basta, por sí solo, para apreciar la magnitud trágica del cambio. Una transformación semejante, aunque más compleja, se produjo en la relación con Rusia. Moscú no tardó en reinterpretar en su propio beneficio la «guerra de Washington contra Al Qaeda y los talibanes», alegando que combatía a «terroristas de Al Qaeda» en Chechenia. Mientras prestaba un apoyo de inteligencia considerable a la guerra estadounidense en Afganistán, abría también su propio cuaderno de guerra del siglo XXI. Este proceso alcanzó, con el tiempo, cotas cada vez más graves: la guerra de Georgia en 2008, la anexión de Crimea y la intervención en el Donbás en 2014, la intervención militar en Siria en 2015 y, finalmente, la invasión a gran escala de Ucrania en 2022.

El coste humano y político más grave del orden de seguridad surgido tras el 11 de septiembre lo pagaron, sin duda, Oriente Próximo y su entorno inmediato. Nuestra región ha seguido siendo, desde la Primera Guerra Mundial, el campo de juego de las intervenciones militares extranjeras. Las ocupaciones de Afganistán e Irak, la disolución de la capacidad estatal, las fracturas a lo largo de las líneas de falla étnicas y confesionales, la profundización de la inestabilidad regional por parte de Irán a través de actores subestatales, la aparición de Dáesh, el desplazamiento de millones de personas, la consolidación —por primera vez desde su fundación— de la ocupación israelí de manera tan permanente, y el ensanchamiento del déficit democrático bajo el eje de la lucha antiterrorista transformaron profundamente la arquitectura política y de seguridad de la región.

Uno de los costes más duraderos del 11 de septiembre fue, asimismo, que el islam pasó a leerse, de manera creciente, dentro de las categorías de seguridad y amenaza. La «guerra contra el terror» no se limitó a ser una lucha contra determinadas organizaciones: generó un lenguaje político global que convirtió a los musulmanes y a los movimientos políticos islámicos en objeto de sospecha, y que alimentó la islamofobia y, en particular, el rechazo a los inmigrantes en Europa. La utilidad de este lenguaje no se limitó al mundo occidental. Los regímenes árabes autoritarios legitimaron también, bajo el discurso de la «radicalización» y de la «lucha antiterrorista», la represión de los movimientos islámicos, la vena política organizada más viva de la región, generando una islamofobia árabe propia y, dicho con mayor precisión, una auténtica «islamismofobia». Este mismo mecanismo permitió, además, pasar por alto con comodidad los graves costes provocados por el terrorismo de Dáesh, surgido en las condiciones de la ocupación de Irak y convertido en un instrumento sumamente útil para decenas de servicios de inteligencia, tanto de Occidente como de Oriente. De este modo, el paradigma de seguridad instaurado tras el 11 de septiembre unió, bajo un mismo discurso de amenaza aunque de formas distintas, la marginación de musulmanes e inmigrantes en Occidente con la criminalización del islam político en el mundo árabe.

Europa vivió aquel mismo período de un modo distinto. La guerra de Irak de 2003 provocó, en sus inicios, una grave fractura política entre Francia y Alemania, por un lado, y Washington, por otro. Que el Reino Unido, Polonia y algunos otros Estados europeos se alinearan con Estados Unidos acentuó las divisiones dentro del continente. Pero aquel desacuerdo no llegó a fracturar el orden transatlántico. La OTAN prosiguió su curso, la presencia militar estadounidense se mantuvo, las relaciones económicas se ampliaron y el modelo fundamental de seguridad europeo no cambió. Al contrario: el cómodo universo del concepto de «guerra contra el terror» sirvió también, para Europa, de excusa «legítima» para postergar la inversión en una capacidad de seguridad propia que habría exigido asumir responsabilidades serias. Europa dio por sentado que perduraría un mundo en el que podía obtener energía barata de Rusia, manufactura barata de China y seguridad de Estados Unidos. Fue Rusia quien, primero en 2014 y después en 2022, puso al descubierto la fragilidad de ese modelo. Trump, por su parte, mostró a Europa esa amarga realidad en 2024.

Sin embargo, el actual aumento del gasto europeo en defensa, el resurgir de los debates sobre autonomía estratégica, la búsqueda de una «reducción de riesgos» frente a China y el discurso de la soberanía tecnológica no deben leerse solo como una reacción a Trump. Constituyen, a lo sumo, respuestas tardías al desgaste de los fundamentos materiales del modelo europeo de la posguerra fría. Durante años, Europa dio por bueno cada triunfo estadounidense como un triunfo propio; y cuando Washington abandonó el orden de 1945 a su suerte en la arena global, Europa se sumió en una crisis de desorientación y de falta de voluntad política.

La crisis interna de Estados Unidos y la crisis del orden global

Llegados a este punto, leer las fracturas globales de la última década a través de la personalidad de Trump resultaría tan engañoso como leer el 11 de septiembre únicamente a través de Bush. El estilo político de Trump, su manera de relacionarse con las instituciones, su trato con los aliados y su actitud transaccional en el uso del poder son, sin duda, rasgos distintivos. Pero el trumpismo no surgió en el vacío. Las condiciones sociales, económicas y geopolíticas que lo hicieron posible llevaban décadas acumulándose en el interior de la sociedad estadounidense. Con la agitación del imaginario social estadounidense tras el 11 de septiembre, resurgieron una vez más los «ismos» patológicos que el propio Bush había mencionado: el aislacionismo, el proteccionismo, el nativismo. La crisis financiera de 2008 reforzó aún más este terreno y dejó al centro político sumamente frágil. Sobre un terreno así, «América primero» pudo convertirse en algo más que un simple eslogan de campaña. En definitiva, quince años después del 11 de septiembre, la aparición de Trump en el terreno así conformado dejó de ser una imposibilidad —o, como llegó a afirmar Obama, una broma.

Por ello, resultaría engañoso interpretar la actitud de Trump hacia la OTAN, el libre comercio, las instituciones multilaterales o las alianzas tradicionales desde su mundo personal. El lenguaje radical de Trump trasladó al centro de la política una cuestión más estructural, ya presente en la sociedad estadounidense: ¿por qué debe seguir la sociedad estadounidense soportando el coste del orden que Estados Unidos erigió después de 1945? Por la misma razón, tampoco sería correcto considerar el nacionalismo económico de su segundo mandato, los aranceles, el entrelazamiento cada vez mayor entre las relaciones comerciales con los aliados y las relaciones de seguridad, o el distanciamiento respecto de las instituciones internacionales, como una simple desviación propia de una presidencia concreta. El verdadero problema reside en la capacidad de Washington para asimilar la nueva alineación económico-política global. El enfoque estadounidense hacia la globalización se desplaza hoy, con toda claridad, de la eficiencia hacia la resiliencia, de la interdependencia hacia la seguridad económica, del libre comercio hacia el comercio estratégico.

Esta transformación no es exclusiva de Washington. La agenda de seguridad económica y autonomía estratégica de la Unión Europea, las políticas chinas de doble circulación y autosuficiencia tecnológica, las sanciones financieras impuestas a Rusia, la competencia por los minerales críticos y la securitización de las cadenas de suministro forman parte de la misma tendencia estructural. Los vínculos que en su día se pensó que la globalización tejería para dificultar la guerra se han convertido hoy en instrumentos con los que los Estados se presionan mutuamente. Llegados a este punto, los «cuellos de botella» económicos y financieros han transformado directamente en instrumentos geopolíticos e incluso en armas las líneas energéticas, los sistemas de pago, los semiconductores, los minerales críticos, las infraestructuras de datos y las rutas marítimas. Conviene recordar aquí que la instrumentalización armamentística de las infraestructuras las transacciones financieras, los flujos de datos, los regímenes de viaje y las redes tecnológicas comenzó precisamente con el 11 de septiembre, bajo la justificación de la guerra contra el terror. Hoy, mecanismos semejantes se emplean como armas de la competencia entre grandes potencias. Por todo ello, no sería correcto leer las fracturas comerciales, económicas y securitarias globales de la era Trump como un mero «shock Trump».

Quizás la consecuencia más importante del período que se configuró tras el 11 de septiembre sea la progresiva desaparición de la distinción entre la política interna estadounidense y el orden global. La capacidad de Washington para sostener el orden internacional ya no depende únicamente del número de sus portaaviones, de su dólar o de sus bases militares, sino también de la voluntad de la sociedad estadounidense de seguir sosteniendo ese orden. Una de las razones fundamentales de la resiliencia del orden erigido tras 1945 fue que la política exterior estadounidense generaba una amplia legitimidad en la política interna. La OTAN, el Plan Marshall, las instituciones de Bretton Woods, las alianzas de seguridad en Asia y la cuestión de Israel se debatían de formas distintas, pero existía un sólido consenso social en torno al marco general. El crecimiento económico estadounidense permitía establecer un vínculo razonable entre los costes de ese orden y el bienestar social. Hoy ese vínculo se ha debilitado. Para una parte considerable de la sociedad estadounidense, las alianzas pueden aparecer no como generadoras de seguridad compartida, sino como obligaciones que se aprovechan de los recursos estadounidenses; el libre comercio, no como prosperidad compartida, sino como deslocalización de la producción; la inmigración, no como fuente del dinamismo estadounidense, sino como pérdida de control; y las instituciones internacionales, no como instrumentos de la influencia estadounidense, sino como símbolos de la limitación de su soberanía.

Se produce aquí, asimismo, una transformación interesante de la idea de excepcionalismo. El excepcionalismo estadounidense clásico sostenía, por un lado, que Estados Unidos era distinto de los demás Estados y, por otro, atribuía a esa diferencia una misión universal. Estados Unidos era «excepcional» no solo por su poder, sino por ser portador de un determinado orden. En la interpretación nacionalista actual, en cambio, se debilita ese segundo componente del excepcionalismo. Mientras persiste la idea de que Estados Unidos es distinto y superior, retrocede la convicción de que esa superioridad conlleva la obligación de generar orden para los demás. El excepcionalismo se desplaza así de la misión hacia la exención, de la responsabilidad global hacia un interés nacional más estrecho. Dicho de otro modo, se vive una transformación que va del imaginario imperial hacia la razón del Estado-nación. Pero resulta dudoso hasta qué punto la estructura social y económico-política actual de un Estados Unidos que, en su 250.º aniversario, sigue sosteniéndose sobre las líneas de fractura de su guerra civil —sobre sus «Estados Unidos» podrá soportar esta transformación.

La larga trayectoria del pensamiento político estadounidense tras el 11 de septiembre resulta, en este sentido, sumamente paradójica. En 2001, Estados Unidos poseía una confianza extraordinaria en que sus propios valores y su concepción de la seguridad podían aplicarse a cualquier rincón del mundo. Veinticinco años después, una parte considerable de la política estadounidense se acerca a la idea de que intentar resolver los problemas del mundo debilita a Estados Unidos. Esta transición entre un excepcionalismo marcadamente expansivo hacia el exterior y un excepcionalismo más introspectivo no constituye un simple vaivén ideológico de Bush a Trump: es una transformación estructural producida conjuntamente por Irak, Afganistán, la crisis de 2008, el ascenso de China, la polarización social y la economía política de la globalización.

¿Ha llegado a su fin el imperio estadounidense?

Conviene abordar con cautela la cuestión del «fin del imperio estadounidense». Si por imperio se entiende que Estados Unidos sea el Estado más poderoso del mundo, la respuesta es «no»: la capacidad material estadounidense sigue siendo extraordinariamente grande. Si se entiende por ello la presencia militar global, tampoco cabe hablar de un fin. En cuanto al dólar, las empresas tecnológicas estadounidenses, el sistema financiero, las universidades y la influencia cultural, Estados Unidos continúa disfrutando de posibilidades sin parangón.

Es más, el poder estadounidense no se compone únicamente de la capacidad material que el Estado posee de manera directa. Una de las dimensiones que durante largo tiempo ha permanecido menos visible del orden estadounidense es su posición en el centro de una densa infraestructura de dependencia, inscrita en el funcionamiento cotidiano del mundo. Pero el éxito histórico de este sistema no procedía únicamente de generar dependencia. La jerarquía se experimentó, la mayoría de las veces, como reglas; la dependencia asimétrica, como interdependencia; la arquitectura de seguridad estadounidense, como seguridad compartida; y la integración económica centrada en Estados Unidos, como globalización. La razón no residía solo en el éxito del discurso estadounidense: una parte considerable del mundo se vinculó al sistema, no únicamente por necesidad, sino porque efectivamente generaba seguridad, capital, tecnología, comercio y previsibilidad, y porque veía en él sus propios intereses.

Precisamente por ello, la hegemonía no se compone solo de capacidad material. Un orden hegemónico exige, además, que el poder logre mantener, de manera sostenida y relativamente voluntaria, el comportamiento de los demás dentro de ciertas reglas. La singularidad del orden estadounidense residía en que Washington reforzaba sus intereses mediante instituciones que, hasta cierto punto, generaban un beneficio compartido. Uno de los cambios que trajo consigo el 11 de septiembre fue que se hizo cada vez más visible que este orden constituía, al mismo tiempo, una extraordinaria capacidad disciplinaria del nivel de una prisión. A medida que el sistema se convertía en una «prisión estadounidense», el poder material e infraestructural de Washington y la autoridad del orden estadounidense comenzaron a disociarse.

Durante la era Trump, esta tensión se hizo aún más patente. Estados Unidos cuestiona cada vez más los costes y las obligaciones que implica ser hegemón, pero tampoco está dispuesto a renunciar a los privilegios que le procura esa posición hegemónica. El antiguo hegemón sigue situado en el centro de las infraestructuras más importantes del mundo, pero ya no desea legitimar ese orden como antes ni sostener sus costes. Por su parte, una China ascendente, aunque se aproxima a una capacidad capaz de desafiar el poder estadounidense, todavía no ha logrado proponer un orden alternativo integral y universal en el que los demás puedan reconocer sus propios intereses. Ni siquiera ofrece indicios verosímiles de que semejante capacidad imperial pueda llegar a formarse. Por consiguiente, el orden global se verá obligado a atravesar, durante un período que no podemos prever, tensiones y dolores de transformación entre el mundo estadounidense y el Estados Unidos del mundo.

¿Un nuevo orden?

El rasgo más característico del sistema emergente es, precisamente, la ausencia todavía de un nuevo orden mundial consensuado. Lo distintivo de esta nueva era es que los Estados pueden entrar y salir con facilidad de alianzas fluidas. India desarrolla un acercamiento estratégico con Estados Unidos frente a China, mientras sigue abasteciéndose de energía rusa. Los países del Golfo mantienen sus relaciones de seguridad con Estados Unidos al tiempo que profundizan sus vínculos comerciales y tecnológicos con China. Türkiye conserva su pertenencia a la OTAN mientras teje, simultáneamente, alianzas distintas con Rusia, China, el Golfo y el Sur Global. Este cuadro no se corresponde ni con los bloques disciplinados de la Guerra Fría ni con el orden liberal unicéntrico de los años noventa. Al mismo tiempo, las relaciones económicas se transforman, cada vez más, en relaciones geopolíticas. Las conexiones globales que en su día generaban interdependencia se convierten hoy en puntos de presión. Por ello, la disputa de esta nueva era no gira únicamente en torno a quién posee mayor poder material, sino también en torno a quién se sitúa en el centro de qué redes y en qué medida es capaz de convertir la dependencia de los demás actores respecto de esas redes en poder político. En este sentido, el rasgo más definitorio de la nueva era no es tanto el caos como la desaparición de un centro común y de una gramática política compartida.

El balance de veinticinco años del 11 de Septiembre

El verdadero coste estratégico del 11 de septiembre no debe buscarse únicamente en las guerras que desencadenó, sino en aquello a lo que Estados Unidos destinó su momento unipolar. En los años de mayor poderío, Washington definió su seguridad, en gran medida, a partir de la eliminación de una amenaza no estatal. Convirtió el terrorismo, de una amenaza de seguridad, en uno de los principios ordenadores de la política global. Le atribuyó un significado político mayor del que la fuerza militar podía sostener. Normalizó el estado de excepción. Y resolvió, en favor del propio poder estadounidense, la tensión entre las reglas del orden internacional que él mismo había erigido y su propia libertad de acción. Hoy el mundo observa, sin poder hacer nada, la crisis de esta transformación.

Por ello, la pregunta que debe formularse a los veinticinco años ya no es simplemente «¿cómo transformó el 11 de septiembre al mundo?». La verdadera pregunta es en qué empleó Estados Unidos la oportunidad histórica que tuvo en sus manos tras el 11 de septiembre, y qué legado político, económico y estratégico ha producido esa elección frente al nuevo mundo que ya se encontraba en ascenso. En la primera década, Estados Unidos situó sus propios miedos en el centro de la política global. En la segunda década, intentó eludir los costes de aquella elección. Y ya mediada la tercera década, discute si el orden que él mismo erigió puede continuar, e incluso si su continuidad conviene a los propios intereses estadounidenses. Mientras conduce este proceso, abandona a su suerte el orden de 1945, pero deja claro, al mismo tiempo, que no permitirá que nadie más se lo apropie.

El mundo ha comenzado a salir, un cuarto de siglo después, de la sombra del 11 de septiembre a través de un acontecimiento tan impactante como aquel: el 7 de octubre. Israel, que con el 11 de septiembre había tomado prácticamente como rehén el lenguaje geopolítico estadounidense, inició, un cuarto de siglo más tarde, primero un genocidio en Gaza, atacó después a otros cinco países y provocó el estallido de una gran guerra con Irán. A los pasos desestabilizadores de Israel les siguieron las declaraciones de guerra de Washington contra distintos países, sus amenazas de guerra y ocupación, los asesinatos selectivos de dirigentes y su ataque contra Irán, lo que terminó por fracturar el eje geopolítico estadounidense que se había configurado con el 11 de septiembre. Y, por primera vez, esta fractura sacudió también, profundamente, las líneas de falla internas de Estados Unidos. En los próximos años, quien observe la evolución global tendrá que mantener también un oído puesto en las tensiones de la política interna estadounidense.

Durante años, los enfoques que analizaban la política interna estadounidense bajo el prisma de una «política paranoica estadounidense» estaban convencidos de que los «miedos estadounidenses» no habían determinado el posicionamiento global de Washington, en particular tras la Guerra Fría. Pero, llegados a este punto, el 11 de septiembre, que satisfizo, de la manera más cinematográficamente perfecta posible, todos los temores estadounidenses, y que hizo realidad la fantasía hollywoodense de fuerzas ocultas y venidas de la nada dispuestas a destruir a Estados Unidos, ya no dispone de capital alguno con el que seguir alimentando las paranoias estadounidenses. Estados Unidos es considerado hoy, políticamente, un país inestable. Sin embargo, gracias a que conserva su poder económico, su capacidad de innovación y su dominio global, esta inestabilidad genera sus costes de manera diferida, lo que sigue procurando a Washington cierto margen de comodidad y tiempo. Pero, si la inestabilidad continúa por esta vía, la primera expectativa razonable debe ser un aumento del caos político. Y esto significa que el sistema institucional, sometido a la presión de dinámicas anárquicas, encontrará cada día más dificultades para soportar ese caos. En definitiva, los próximos años reforzarán el escenario de un ascenso simultáneo tanto de la tensión política interna estadounidense como del estrés geopolítico global.

Por todo ello, el balance de veinticinco años del 11 de septiembre no es, ante todo, la historia del colapso de Estados Unidos, sino la de una transformación en la naturaleza misma del poder estadounidense. Washington ha perdido ya la capacidad de traducir su poder en un orden legítimo, previsible y sostenible también para los demás. El 11 de septiembre no generó, como se preveía en sus primeros años, el momento unipolar de Estados Unidos; al contrario, aceleró el agotamiento de ese momento bajo el signo del miedo, la seguridad y la guerra. Un cuarto de siglo después, el mundo ha entrado en un período intermedio en el que el orden estadounidense ni ha desaparecido por completo ni ha sido reemplazado por uno nuevo. Por ello, la pregunta fundamental del próximo período no será tanto si Estados Unidos seguirá siendo poderoso, cuanto hasta qué punto se desestabilizarán, de manera simultánea, la crisis cada vez más grave de la política interna estadounidense y el sistema global. Más grave todavía resulta constatar que aquella mentalidad neoconservadora que, hace veinticinco años, en lugar de retirar los escombros del 11 de septiembre, desencadenó entre mentiras ocupaciones que costaron la vida a millones de personas y provocó con ello un derrumbe global, resulta hoy más madura y responsable que la mentalidad estadounidense de la que se espera que retire los escombros acumulados a lo largo de este cuarto de siglo.

Taha Özhan

Taha Özhan es director de investigación en el Instituto de Ankara. Entre 2019 y 2020, trabajó como académico invitado en la Universidad de Oxford. Durante los años 2014-2016, ocupó el cargo de asesor principal del Primer Ministro, además de ser diputado en las 25ª y 26ª legislaturas, y presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Gran Asamblea Nacional de Turquía. En 2005, fue uno de los directores fundadores de SETA, donde presidió la institución entre 2009 y 2014. Özhan, que obtuvo su doctorado en Ciencias Políticas, es autor del libro Turkey and the Crisis of Sykes-Picot Order (Türkiye y la Crisis del Orden Sykes-Picot).
Correo electrónico: [email protected]

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