¿Se está derrumbando el proyecto ucraniano?
La célebre expresión latina Carthago delenda est se remonta a la antigua Roma y suele atribuirse al estadista romano Catón el Viejo. Según la tradición, independientemente del asunto que estuviera siendo debatido, Catón concluía muchos de sus discursos con esta fórmula, cuyo significado era: «Cartago debe ser destruida». Dado que Cartago había sido durante largo tiempo rival de Roma, la reiteración de esta frase pretendía transmitir de manera sistemática la idea de que Roma no estaba dispuesta a tolerar la existencia de una potencia rival independiente y que, por consiguiente, la única solución consistía en su completa destrucción.
En cierto modo, esto me recuerda a las frecuentes pullas de Estados Unidos contra los vestigios del Imperio británico.
Ya hemos analizado anteriormente cómo, a medida que el imperio occidental comenzaba a fragmentarse, Estados Unidos se distanciaba del bloque formado por Reino Unido, la Unión Europea, la Commonwealth y la OTAN, orientando su política exterior hacia la consolidación de una hegemonía agresiva sobre el hemisferio occidental. Ambos sectores mantienen sus vínculos con la causa sionista; sin embargo, quienes permanecen alineados con la OTAN se encuentran ahora en una posición más débil debido al deterioro de la situación en Ucrania y a las negociaciones que Estados Unidos mantiene con Rusia. ¿Podrían los acontecimientos recientes indicar que los restos de la Unión Europea están empezando a asumir el papel de Cartago, mientras Estados Unidos adopta progresivamente la posición dominante de Roma?
Durante años, con el propósito de justificar los miles de millones de dólares procedentes de los contribuyentes destinados a sostener la guerra, los medios occidentales insistieron en que el rumbo del conflicto estaba inclinándose a favor de Ucrania. Ahora, sin embargo, empiezan a reconocer que Ucrania está perdiendo la guerra. Grandes medios como The New York Times y la BBC informan cada vez con mayor frecuencia sobre asuntos que proyectan una imagen negativa de la administración ucraniana, desde las campañas de reclutamiento forzoso hasta los casos de corrupción que afectan a siete de los diez principales proveedores militares del país.
El 3 de septiembre se produjo, además, un enfrentamiento entre los dos principales organismos de inteligencia de Ucrania. El hecho de que miembros de la Dirección Principal de Inteligencia de Ucrania (HUR), responsable principalmente de las operaciones de inteligencia exterior, y del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), encargado de la inteligencia interior y de las actividades antiterroristas, llegaran a intercambiar disparos abiertamente en las calles puso de manifiesto la existencia de graves tensiones internas y dio lugar a un importante reajuste dentro del aparato de seguridad. Inicialmente estaba previsto que el fiscal general de Ucrania, Ruslan Kravchenko, investigara el incidente conjuntamente con la Oficina Estatal de Investigaciones. Sin embargo, poco después se vio obligado a dimitir a raíz de las consecuencias de la denominada «Operación Cartago», una importante operación anticorrupción dirigida contra una red de protección y extorsión de alto nivel que operaba dentro de su propia Fiscalía General.
En principio, es precisamente la Fiscalía General (PGO) la institución encargada de supervisar las investigaciones penales de mayor envergadura. No obstante, tras una serie de registros efectuados durante la noche, la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania (NABU) y la Fiscalía Especializada Anticorrupción (SAPO) detuvieron a varios funcionarios ucranianos de relevancia pública, entre ellos Serhii Kropyva, antiguo subdirector del Departamento de Cooperación Jurídica Internacional de la Fiscalía General.
NABU y SAPO sostienen que, a mediados de 2025, se constituyó dentro de la Fiscalía General una organización criminal que recibía sobornos de redes de centros de llamadas fraudulentos repartidos por toda Ucrania a cambio de garantizarles inmunidad frente a la intervención de las fuerzas del orden. Según ambas instituciones, el dinero habría sido blanqueado mediante operaciones inmobiliarias, joyas de lujo y conversiones en efectivo. Estas acusaciones evocan otras investigaciones penales sobre corrupción en Ucrania que ya hemos abordado anteriormente: el intento de atentado contra la familia Yermolaiev en Mónaco también estuvo relacionado con centros de llamadas fraudulentos ucranianos, mientras que el blanqueo de capitales mediante bienes inmuebles recuerda al escándalo Dynastia, en el que aparecieron implicados nombres de altos funcionarios como Andriy Yermak, antiguo jefe de la Oficina Presidencial de Zelenski.
Mientras Zelenski trata de gestionar las repercusiones de estos acontecimientos, el representante estadounidense Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno de Trump, emprendieron una gira que incluía tanto Moscú como Kiev con el objetivo de discutir otro posible plan de paz. Según las informaciones disponibles, el plan contempla un alto el fuego completo y, entre otros acuerdos, la adopción por parte de Ucrania de un estatus de no alineamiento y su renuncia a ingresar en la OTAN.
Estos acontecimientos resultan particularmente interesantes por numerosas razones, entre ellas el hecho de que, mientras escribo estas líneas, Zelenski se encuentra en Canadá. Durante su encuentro con el primer ministro canadiense, Mark Carney, agradeció a Ottawa los miles de millones de dólares aportados, mientras Carney reiteró que Canadá proporcionaría «más apoyo a Ucrania en su camino hacia la adhesión a la OTAN y a la Unión Europea». Ottawa también ha firmado con Ucrania un acuerdo de asociación de cien años, comprometiéndose a aportar tecnología al programa ucraniano de defensa contra misiles balísticos, tanto durante la actual guerra como en el futuro. Zelenski, por su parte, calificó de «muy peligrosas» las amenazas estadounidenses de anexionarse Canadá y se posicionó del lado canadiense en la guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá.
Como canadiense, estos acuerdos y decisiones entre Canadá y Ucrania me resultan, francamente, exasperantes pues, a estas alturas, confiar en Canadá para obtener apoyo militar y financiero es como pedir consejo médico a un hombre herido que se desangra en el suelo. Sin embargo, la situación resulta geopolíticamente interesante porque, como ya he señalado, Washington viene criticando con particular dureza a Ottawa.
Incluso se han burlado de nuestras relativamente débiles fuerzas armadas, haciendo referencia a las antiguas exhibiciones de submarinos del West Edmonton Mall, en Alberta, e insinuando que nuestros actuales soldados son demasiado obesos y homosexuales como para combatir contra una gran potencia. Tales críticas se enmarcan en la acusación de que las Fuerzas Armadas canadienses habrían dado prioridad a los principios DEI diversidad, equidad e inclusión) frente a los estándares físicos. Las últimas declaraciones y compromisos de Carney respecto a Ucrania, así como las palabras de Zelenski sobre la guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá, están reposicionando tanto a Ucrania como a Canadá frente al plan de paz impulsado por Estados Unidos y Rusia y frente a los intereses de política exterior de ambas potencias. Como ya he señalado, Canadá funciona además como una suerte de amortiguador geográfico entre estos dos países mucho más poderosos.
Donald Trump, que actualmente se encuentra en Irlanda, ha sugerido, de manera llamativa, que Irlanda e Irlanda del Norte deberían unificarse. Al igual que sus comentarios acerca de que Canadá debería convertirse en el estado número 51 de Estados Unidos, o sus declaraciones sobre Groenlandia y Dinamarca, estas palabras parecen destinadas a provocar a otro de los territorios vinculados al legado del Imperio británico, para el cual el estatus constitucional de Irlanda del Norte continúa siendo una cuestión extremadamente delicada.
Dos semanas antes, el nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, había afirmado explícitamente que un referéndum sobre la salida de Irlanda del Norte del Reino Unido «no estaba sobre la mesa». Las declaraciones de Trump parecen, por tanto, dirigidas también hacia los unionistas que sostienen posiciones semejantes, lo que encajaría con la tesis de que Trump está atacando a antiguas colonias británicas o europeas que todavía mantienen su lealtad hacia Gran Bretaña. ¿Espera acaso Trump que Reino Unido, la Unión Europea, la Commonwealth y el gobierno ucraniano al que la autora caracteriza como un régimen títere de la CIA— sean apartados definitivamente y de manera conjunta, del mismo modo que Roma acabó destruyendo Cartago?
Aunque Mark Carney nació en Canadá, suele ser descrito como culturalmente europeo. Sus esfuerzos están orientados a estrechar los vínculos de Canadá con Europa y, al igual que figuras europeas como Boris Johnson, es posible que Carney obtenga beneficios derivados de la guerra en Ucrania.
Existe, además, un posible conflicto de intereses relacionado con los acuerdos energéticos ucranianos. Antes de entrar en política, Carney presidió el consejo de administración de Brookfield Asset Management y, según su declaración ética de julio de 2025, continuaba manteniendo opciones sobre acciones y participaciones diferidas tanto de Brookfield como de su empresa matriz. Debido a estos posibles conflictos de intereses, los activos de Carney fueron transferidos a un fideicomisario independiente, mientras que el Comisionado de Ética de Canadá estableció un mecanismo de supervisión destinado a impedir que adoptara decisiones susceptibles de beneficiar a su antiguo empleador. Democracy Watch, sin embargo, calificó este mecanismo de «maniobra cosmética poco ética y plagada de lagunas» y sostuvo que la única solución verdaderamente ética consistiría en que Carney vendiera sus participaciones.
Brookfield se encuentra estructuralmente en posición de beneficiarse de los acuerdos energéticos con Ucrania debido a que es uno de los propietarios de Westinghouse, uno de los principales socios de Ucrania en materia de energía nuclear. Westinghouse, participada por Brookfield, contribuye al desarrollo de los reactores ucranianos, incluido el suministro de combustible nuclear para reactores VVER (Vodo-Vodyanoi Energetichesky Reaktor) a Energoatom, la empresa estatal ucraniana de energía nuclear cuyo proceso de contratación, según las investigaciones citadas, habría quedado bajo la influencia de una organización criminal implicada en sobornos y blanqueo de capitales.
De este modo, los contratos que amplían las operaciones de Westinghouse en Ucrania canalizan ingresos hacia una empresa participada por Brookfield. Teniendo en cuenta que Westinghouse mantiene con Energoatom contratos por miles de millones de dólares y que estos continúan aumentando, la situación puede suscitar interrogantes. Hasta la fecha, no existe prueba alguna de que Mark Carney, Westinghouse, Brookfield o Cameco el productor canadiense de uranio que adquirió Westinghouse conjuntamente con Brookfield sean objeto de las investigaciones de NABU relacionadas con Energoatom o estén implicados en ellas. No obstante, dichos acuerdos fueron suscritos durante un periodo en el que se detectaron irregularidades en los procesos de dirección y contratación de la empresa.
Washington y Moscú deberían ser conscientes de todo ello. A la luz de la guerra comercial con Canadá, de las recientes conversaciones de paz celebradas en Moscú y del hecho de que Ucrania se haya alineado con Canadá tanto respecto a la OTAN como frente a las amenazas de convertir al país en el estado número 51 de Estados Unidos, ¿cómo responderán Washington y Moscú a esta situación?
¿O acaso ya nos consideran Cartago?
Carthago delenda est.
Eleanor M. Owens es una autora canadiense de boletines que se define por sus posiciones contrarias al sionismo y al globalismo.
Fuente:https://eleanormowens.substack.com/p/carthago-delenda-est-operation-carthage
