No Hay Dónde Esconderse: La Guerra En La Era De La Vigilancia Permanente

Las guerras suelen ser recordadas por las batallas que las definieron o por las tecnologías que introdujeron en el campo de combate. Sin embargo, su impacto más profundo suele manifestarse en las preguntas que obligan a formular a las generaciones futuras. El legado más perdurable de Ucrania quizá no sea una tecnología concreta. Tal vez consista en recordarnos que ninguna suposición, por profundamente arraigada que esté en la doctrina o en la tradición, está exenta de ser replanteada.
agosto 5, 2026
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Toda gran guerra redefine la manera en que se librarán los conflictos del futuro. La victoria y la derrota son importantes, pero rara vez constituyen el único legado de un enfrentamiento. Las guerras dejan al descubierto vulnerabilidades que los ejercicios en tiempos de paz no logran revelar, cuestionan conceptos profundamente arraigados en la doctrina militar y obligan a las organizaciones a adaptarse en condiciones que ningún entorno de entrenamiento puede reproducir. Las lecciones extraídas rara vez se limitan únicamente a los países beligerantes. Por el contrario, influyen durante décadas en la doctrina, la estructura de las fuerzas, las prioridades de adquisición, la planificación operacional y la educación militar profesional.

Este patrón resulta familiar. La Primera Guerra Mundial obligó a los ejércitos a replantear la maniobra, la potencia de fuego, la logística y la relación entre la ofensiva y la defensa en la era de la guerra industrializada. La Segunda Guerra Mundial transformó de manera radical las operaciones combinadas al poner de manifiesto el papel decisivo del poder aéreo y de las operaciones anfibias. Cincuenta años después, la Guerra del Golfo de 1991 demostró cómo las municiones guiadas de precisión, la tecnología furtiva, la navegación por satélite y el mando y control en red alteraban profundamente el ritmo de la guerra convencional. Cada uno de estos conflictos remodeló el pensamiento militar mucho después de que cesaran los combates.

Con la perspectiva que ofrece el tiempo, estos puntos de inflexión parecen evidentes; sin embargo, resulta mucho más difícil reconocerlos mientras una guerra sigue en curso. La historia demuestra que los ejércitos rara vez fracasan por falta de información. Con mayor frecuencia fracasan porque identifican demasiado tarde un cambio de carácter fundamental.

Ucrania podría terminar convirtiéndose en uno de esos puntos de inflexión. Ningún conflicto ofrece un modelo perfecto para la siguiente guerra. Cada uno está condicionado por su geografía, su tecnología y su contexto político. El verdadero valor de la experiencia ucraniana no reside tanto en predecir el futuro como en revelar cuáles de las ideas aceptadas durante largo tiempo merecen ser reconsideradas.

Gran parte del debate público se ha centrado, comprensiblemente, en los indicadores tradicionales de la guerra: el territorio ganado o perdido, las cifras de bajas, los ataques de largo alcance y la velocidad de las operaciones ofensivas. Estos indicadores son importantes porque ayudan a explicar la evolución del conflicto. Sin embargo, es posible que no constituyan la contribución más duradera de esta guerra al pensamiento militar.

El cambio verdaderamente trascendental no radica en aquello que el campo de batalla destruye, sino en lo que revela acerca del futuro de la guerra. La vigilancia permanente está obligando a los ejércitos a reconsiderar conceptos que durante generaciones han definido la doctrina, la planificación operacional y la forma misma de conducir la guerra.

El fin del movimiento oculto

Uno de los principios permanentes de la guerra ha sido la ventaja de desplazarse sin ser detectado. Ya fuera avanzando al amparo de la oscuridad, ocultando la aproximación mediante el terreno, recurriendo al camuflaje o ejecutando operaciones de engaño, el ocultamiento ha proporcionado durante mucho tiempo a las fuerzas militares la libertad de maniobra en el campo de batalla. Nunca garantizó el éxito, pero sí hizo posible la sorpresa, complicó el proceso de toma de decisiones del adversario y generó oportunidades que, de otro modo, quizá nunca habrían existido.

Esa premisa está empezando a cambiar.

El general David Petraeus describió recientemente un área que se extiende aproximadamente treinta y cinco kilómetros a cada lado de algunos sectores de la línea del frente en Ucrania, a la que denominó la «zona de la muerte». La distancia exacta varía en función del terreno, las condiciones meteorológicas, la guerra electrónica y las circunstancias locales; sin embargo, la cifra en sí es menos importante que lo que representa. En amplias zonas del campo de batalla, la vigilancia permanente ha reducido el intervalo entre la detección y el enfrentamiento hasta el punto de convertir el propio movimiento en uno de los mayores riesgos operacionales.

Ninguna tecnología por sí sola ha provocado esta transformación. Se trata del resultado de la convergencia entre sensores distribuidos, plataformas de reconocimiento, imágenes satelitales, visión térmica, comunicaciones digitales y programas informáticos cada vez más sofisticados capaces de identificar y priorizar objetivos con gran rapidez. Ninguna de estas capacidades, considerada de manera aislada, transforma radicalmente la guerra. Sin embargo, combinadas, están modificando la forma en que los ejércitos detectan, rastrean y atacan a sus adversarios, al tiempo que erosionan progresivamente la capacidad del campo de batalla para ocultar el movimiento.

Durante gran parte de la historia de la guerra moderna, el tiempo transcurrido entre la detección y el enfrentamiento ofrecía a los comandantes un margen valioso para evaluar la situación, tomar decisiones y coordinar la potencia de combate. Hoy ese margen se reduce de manera constante. La detección, la identificación, la toma de decisiones y el ataque se comprimen cada vez más dentro de una única cadena «del sensor al tirador», medida en minutos y, en algunos casos, incluso en segundos.

Las implicaciones de este cambio van mucho más allá del reconocimiento táctico. Obligan a replantear conceptos fundamentales como el ocultamiento, la maniobra, el mando y control, y el sostenimiento logístico que han configurado las operaciones militares durante generaciones. El desafío no consiste en que el ocultamiento haya desaparecido. El verdadero desafío radica en que las condiciones necesarias para lograrlo están cambiando con rapidez. Todas las fuerzas armadas se enfrentan ahora a una misma pregunta fundamental: ¿cómo pueden preservar la libertad de maniobra en un campo de batalla donde el movimiento está sometido de forma creciente a una vigilancia permanente?

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La transparencia está transformando mucho más que el campo de batalla

La vigilancia permanente está modificando mucho más que la manera en que los ejércitos localizan y atacan sus objetivos. Está redefiniendo los fundamentos mismos de la planificación militar. Durante décadas, el ocultamiento nunca fue perfecto, pero sí era posible. Los comandantes asumían que, bajo las condiciones adecuadas, podían desplazar fuerzas sin ser detectados, establecer centros logísticos más allá de la línea inmediata de combate, reubicar sus puestos de mando cuando fuera necesario y aprovechar las lagunas en la percepción del adversario. Estas premisas influyeron en todo, desde el diseño de las fuerzas hasta la planificación de las campañas. A medida que la vigilancia permanente se convierte en una característica cada vez más constante del campo de batalla, muchas de estas ideas, aceptadas durante largo tiempo, merecen ser reconsideradas.

El mando y control ilustra con claridad este desafío. Tradicionalmente, el liderazgo en combate ha dependido de comprender las condiciones existentes en el punto de contacto. A lo largo de la historia, los comandantes han aceptado los riesgos de situarse en primera línea porque la observación directa solía conducir a mejores decisiones que los informes transmitidos a distancia. Sin embargo, a medida que el movimiento se vuelve cada vez más observable, el mando eficaz depende menos de la presencia física y más de sistemas de comunicaciones resilientes, de sensores distribuidos y del mando por misión (mission command). La capacidad de comprender el campo de batalla sin estar físicamente presente en él ya no constituye únicamente una ventaja; se está convirtiendo en una necesidad operacional.

La misma evolución está transformando el sostenimiento logístico. La munición, el combustible, los alimentos, el agua, el material sanitario y los equipos de reemplazo siguen teniendo que llegar a las unidades desplegadas en el frente. Esa necesidad no ha cambiado. Lo que sí ha cambiado es la capacidad de transportar y distribuir esos recursos sin dejar un rastro detectable. Los grandes nodos logísticos, las rutas previsibles y las actividades concentradas de reabastecimiento se han convertido cada vez más en objetivos fáciles de localizar. Como respuesta, tanto Rusia como Ucrania han dispersado sus redes logísticas, han experimentado con vehículos terrestres autónomos y han adoptado enfoques más distribuidos para el sostenimiento. El objetivo ya no es únicamente la eficiencia. También consiste en mantener la potencia de combate mientras se reduce al mínimo la probabilidad de ser detectado.

Las operaciones defensivas evolucionan por razones muy similares. Las posiciones de combate que antes ofrecían una seguridad relativa ahora pueden ser detectadas y atacadas con una rapidez extraordinaria. En consecuencia, las unidades se dispersan sobre áreas más amplias, reducen su firma observable y aceptan una menor concentración física a cambio de una mayor capacidad de supervivencia. La protección comienza, cada vez más, antes de que se efectúe el primer disparo.

El debate en torno a los carros de combate refleja el mismo principio fundamental. En repetidas ocasiones se ha proclamado la obsolescencia de la guerra acorazada tras la aparición de los misiles anticarro guiados, los helicópteros de ataque y las armas de precisión. Sin embargo, todas esas predicciones resultaron, en última instancia, incompletas, porque la doctrina acorazada fue capaz de adaptarse mientras persistía la necesidad operacional. Ucrania demuestra que esa misma lección sigue siendo válida. La cuestión ya no es si las fuerzas blindadas continúan siendo relevantes. La verdadera pregunta es cómo las fuerzas de armas combinadas pueden preservar su libertad de maniobra, concentrar su potencia de combate y explotar las oportunidades que surgen en un campo de batalla donde el movimiento es observado prácticamente desde el momento en que comienza.

El uso cada vez más extendido en Ucrania de drones FPV (First-Person View) guiados mediante fibra óptica constituye un ejemplo de esa capacidad de adaptación. Al sustituir los enlaces de radio por cables de fibra óptica, sus operadores han reducido su vulnerabilidad frente a la guerra electrónica y han recuperado capacidades que se habían vuelto cada vez más disputadas. La tecnología en sí misma es menos importante que aquello que pone de manifiesto. Todo esfuerzo destinado a mejorar la detección, la interferencia o la adquisición de objetivos encuentra rápidamente una respuesta igualmente decidida orientada a adaptarse.

A lo largo de la historia, cada avance en la capacidad de detección ha ido acompañado por un esfuerzo igualmente decidido para evitar ser detectado. El camuflaje evoluciona. La guerra electrónica se adapta. Los señuelos se vuelven más convincentes. Las firmas falsas adquieren un valor creciente. Los avances en el reconocimiento nunca han eliminado el engaño; únicamente lo han obligado a evolucionar.

Este ciclo no es nuevo. La introducción del radar transformó la guerra aérea. Las municiones guiadas de precisión modificaron la dispersión de las fuerzas en el campo de batalla. Cada gran avance en las capacidades de vigilancia ha generado innovaciones paralelas en el engaño, el ocultamiento y la supervivencia. La vigilancia permanente no es más que el siguiente capítulo de esta competencia permanente.

Este podría convertirse en el legado más duradero de Ucrania para el pensamiento militar. La vigilancia permanente no pone fin a la competencia entre la observación y el ocultamiento; por el contrario, la acelera. Cada mejora en la conciencia situacional del campo de batalla genera nuevos métodos de ocultamiento, engaño y maniobra. Es mucho más probable que el campo de batalla del futuro sea definido no por una única tecnología o un sistema de armas concreto, sino por la competencia permanente entre la vigilancia, la adaptación y el engaño.

Ver la próxima guerra

Cada generación de planificadores militares y analistas de inteligencia hereda un marco conceptual moldeado por la guerra anterior. Su responsabilidad consiste en determinar qué ideas siguen siendo coherentes con la evidencia y cuáles han dejado de serlo. Esa responsabilidad va mucho más allá de la simple adopción de nuevas tecnologías. Exige cuestionar los conceptos, la doctrina y los marcos de planificación que orientan el pensamiento militar antes de que el propio campo de batalla imponga esa adaptación.

Este ha sido siempre uno de los mayores desafíos de la profesión militar, porque los cambios más trascendentales en la guerra rara vez son evidentes mientras están ocurriendo. Suelen manifestarse de forma gradual y, con frecuencia, son descartados como innovaciones aisladas o adaptaciones temporales antes de transformar profundamente la doctrina, la estructura de las fuerzas y la planificación operacional. Cuando esos cambios llegan a ser ampliamente reconocidos, el campo de batalla normalmente ya ha evolucionado.

Ucrania podría convertirse, con el tiempo, en uno de esos puntos de inflexión. El conflicto ha acelerado la adopción de nuevas tecnologías, pero su importancia más duradera podría ser mucho más fundamental. La vigilancia permanente constituye la manifestación de una transformación de mayor alcance. Más importante aún, está obligando a los ejércitos a reconsiderar conceptos profundamente arraigados que, durante generaciones, han definido la manera de conducir la guerra.

Las implicaciones de este cambio van mucho más allá de Europa del Este. Todo ejército que se prepare para futuros conflictos deberá preguntarse si su doctrina, su adiestramiento, el diseño de sus fuerzas y su educación militar profesional reflejan el campo de batalla para el que fueron concebidos o el campo de batalla que está emergiendo. Continuarán apareciendo nuevas capacidades, al igual que surgirán métodos destinados a contrarrestarlas. El desafío permanente consistirá en reconocer el momento en que esos avances alteren de manera fundamental los principios de las operaciones militares y en adaptarse antes que el adversario.

Las guerras suelen ser recordadas por las batallas que las definieron o por las tecnologías que introdujeron en el campo de combate. Sin embargo, su impacto más profundo suele manifestarse en las preguntas que obligan a formular a las generaciones futuras. El legado más perdurable de Ucrania quizá no resida en una tecnología concreta. Tal vez consista en recordarnos que ninguna suposición, por profundamente arraigada que esté en la doctrina o en la tradición, está exenta de ser replanteada.

La ventaja decisiva no pertenecerá únicamente a la fuerza que disponga de los sensores más avanzados, sino a la organización capaz de reconocer primero un cambio verdaderamente significativo y de adaptarse con mayor rapidez que su adversario.

Sarah Adams es una exoficial de selección de objetivos (targeting officer) de la CIA que participó en programas de investigación y desarrollo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos centrados en la modernización de la inteligencia, el desarrollo de capacidades operacionales y las tecnologías emergentes. Escribe sobre asuntos militares internacionales, inteligencia y la evolución del carácter de la guerra, y además presenta el programa The Watch Floor.

 

Fuente:https://mwi.westpoint.edu/no-place-to-hide-warfare-in-the-age-of-persistent-observation/