¿Reflejo o estrategia?
Como bien saben quienes siguen de cerca la región, los esfuerzos por construir una arquitectura de seguridad regional inclusiva y sostenible en Oriente Medio donde la mayoría de los países alcanzó su independencia tras la Segunda Guerra Mundial se han enfrentado históricamente a dos problemas estructurales fundamentales. El primero ha sido la incapacidad de incorporar adecuadamente las diferentes prioridades de seguridad de los Estados de la región. El segundo, la tendencia a configurarse como una respuesta reactiva (refleja) frente a una amenaza específica. Estas dos deficiencias provocaron que los intentos anteriores perdieran rápidamente su funcionalidad o terminaran teniendo un impacto limitado sin lograr una aceptación amplia.
Hasta la fecha, se han producido dos iniciativas importantes destinadas a establecer una arquitectura integral de seguridad regional en Oriente Medio. La primera correspondió a los esfuerzos impulsados durante la década de 1950 por grandes potencias como Estados Unidos y el Reino Unido. La segunda surgió en la década de 2010 bajo el liderazgo de una potencia regional, Arabia Saudí. Ambos proyectos fracasaron o tuvieron un alcance muy limitado porque no lograron reflejar adecuadamente las distintas prioridades de seguridad de los países de la región y porque fueron concebidos como respuestas reactivas frente a amenazas concretas.
En la actualidad, en un contexto de creciente inestabilidad provocado por las políticas revisionistas y agresivas de Israel, se debate una tercera iniciativa de arquitectura de seguridad regional, cuya configuración estaría liderada por Türkiye con la participación de Egipto, Pakistán y Arabia Saudí. El aumento de los contactos militares y diplomáticos de alto nivel entre los países de la región, así como la intensificación de la coordinación entre sus respectivas burocracias de seguridad, han reforzado el entusiasmo y las expectativas optimistas en torno a esta nueva iniciativa. Aunque presenta ciertas similitudes estructurales con los dos grandes intentos anteriores, puede afirmarse que esta tercera propuesta tiene mayores probabilidades de éxito, considerando la capacidad militar y la influencia regional de Türkiye, así como el potencial de los demás países participantes.
No obstante, el hecho de que las prioridades de seguridad de los países participantes no coincidan plenamente y que la iniciativa parezca fundamentarse en gran medida en un reflejo de oposición a Israel continúa representando un riesgo importante para sus posibilidades de éxito. Por ello, aunque el proyecto posee un potencial prometedor, resulta más apropiado mantener un optimismo prudente respecto a sus resultados. En este contexto, nos enfrentamos a una cuestión fundamental: ¿serán capaces los debates sobre una nueva arquitectura de seguridad en Oriente Medio de superar los proyectos limitados y reactivos del pasado, o la región volverá a repetir el mismo ciclo histórico? Este artículo analizará comparativamente la nueva iniciativa de arquitectura de seguridad impulsada por Türkiye frente a los dos grandes intentos anteriores y examinará los principales desafíos estructurales que probablemente deberá afrontar.
La década de 1950: El reflejo anticomunista del eje Estados Unidos-Reino Unido
Las estructuras de seguridad regional que Estados Unidos y el Reino Unido intentaron establecer en Oriente Medio durante la década de 1950, como el Pacto de Bagdad, el Comando de Oriente Medio, el Cinturón Septentrional y la Organización de Defensa de Oriente Medio, fueron una manifestación directa de la competencia global propia de la Guerra Fría. Estas iniciativas fueron concebidas con el objetivo de crear un «cinturón septentrional» destinado a contener la expansión de la influencia soviética. Sin embargo, al haber sido impuestas de arriba hacia abajo sin tener en cuenta las dinámicas internas de la región ni las diferentes percepciones de amenaza de los Estados, estas arquitecturas perdieron rápidamente su funcionalidad. El colapso del Pacto de Bagdad tras el golpe de Estado en Irak en 1958 puso de manifiesto la fragilidad de estas estructuras promovidas desde el exterior. No solo no existía una percepción común de amenaza entre los países de la región, sino que estos pactos también entraban en contradicción con el nacionalismo árabe y el sentimiento de independencia. Como resultado, estas organizaciones, sostenidas principalmente por el apoyo externo, no lograron consolidarse debido a la falta de apropiación por parte de los actores locales.
Durante este período, Estados Unidos y el Reino Unido impusieron sus propias prioridades derivadas de la competencia geopolítica global, ignorando en gran medida el derecho de los países de la región a definir sus propias amenazas de seguridad. Mientras que la amenaza soviética estaba lejos de constituir una prioridad para muchos Estados árabes, sus principales preocupaciones eran el legado del colonialismo, la existencia de Israel y los problemas relacionados con la estabilidad interna. Esta falta de correspondencia entre las prioridades de las potencias occidentales y las de los países de la región fue una de las principales causas del fracaso de estas iniciativas.
Después de 2015: El enfoque antiiraní y sectario del eje Arabia Saudí-Emiratos Árabes Unidos
Un patrón similar pudo observarse tras 2015 en iniciativas impulsadas por Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), como la denominada OTAN Árabe, la Fuerza del Escudo de la Península y el Ejército Islámico. Estos proyectos fueron concebidos como respuesta al creciente alcance de la influencia iraní, representada a través del denominado «Creciente Chií», y perseguían esencialmente la creación de un bloque de contención basado en criterios sectarios. Sin embargo, en lugar de reflejar las prioridades de seguridad de todos los países participantes, estas arquitecturas situaron en el centro los intereses de Arabia Saudí y los EAU, centrados en la oposición a Irán y en la seguridad de sus respectivos regímenes, razón por la cual nunca obtuvieron una aceptación amplia. Su definición sobre una base confesional excluyó especialmente a los países no árabes y no suníes, así como a aquellos que mantenían distintos niveles de relación política o económica con Irán. Al igual que las iniciativas de la década de 1950, estos proyectos estuvieron lejos de construir una definición compartida de amenaza que incluyera a todos los actores regionales y conservaron un marcado carácter reactivo.
En las iniciativas lideradas por Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, la amenaza iraní fue elevada prácticamente a la categoría de único factor determinante. Esta perspectiva relegó a un segundo plano otras prioridades de seguridad relevantes para países como Egipto, Jordania y varios Estados del Golfo, entre ellas la estabilidad interna, el desarrollo económico y la inestabilidad en escenarios vecinos como Yemen y Libia. Además, al estar definida desde un marco sectario, esta arquitectura excluyó sistemáticamente tanto a los actores regionales no árabes y no suníes como a aquellos países que deseaban mantener sus vínculos económicos o políticos con Irán.
¿Una nueva etapa? La tercera iniciativa liderada por Türkiye
Como bien saben quienes siguen de cerca la región, el vacío de poder generado tras la retirada gradual de Estados Unidos de Oriente Medio, iniciada después de las intervenciones en Irak y Afganistán a comienzos de la década de 2000, fortaleció en un primer momento las aspiraciones hegemónicas de Irán. Posteriormente, durante la década de 2020, la preocupación de varios países de la región por la creciente influencia iraní los acercó a Israel, dando paso a un período caracterizado por la hegemonía israelí. Sin embargo, el desgaste mutuo provocado por los ataques recíprocos entre Irán e Israel tras el 7 de octubre de 2023 erosionó significativamente la capacidad hegemónica de ambos actores y convirtió el debate sobre una nueva arquitectura de seguridad regional en una necesidad inevitable. En este contexto comenzó a plantearse la idea de una nueva estructura regional de seguridad liderada por Türkiye y conformada con la participación de Egipto, Pakistán y Arabia Saudí.
Puede afirmarse que esta tercera iniciativa posee un potencial claramente distinto al de los dos intentos anteriores. La sólida capacidad militar e industrial de Türkiye, su experiencia en liderazgo regional y la experiencia militar, junto con las ventajas demográficas de los demás países participantes, proporcionan a este proyecto una base mucho más sólida que la de las iniciativas precedentes. Especialmente si cuenta con el respaldo financiero de Arabia Saudí, las posibilidades de que esta iniciativa se transforme en una arquitectura de seguridad eficaz a escala regional son mayores que en los intentos anteriores. La infraestructura de la industria de defensa turca y su experiencia operativa destacan como algunos de los factores más importantes para evitar que esta arquitectura permanezca únicamente sobre el papel.
No obstante, es necesario reconocer que la iniciativa enfrenta importantes desafíos estructurales debido a las profundas diferencias existentes entre las prioridades de seguridad de los países participantes. Al analizar individualmente a los Estados que previsiblemente formarán parte del proyecto, resulta evidente que aún persiste una considerable distancia entre las prioridades de seguridad de cada uno de ellos y los objetivos de esta nueva arquitectura, manteniéndose profundas divergencias entre sus respectivas agendas estratégicas.
En el caso de Pakistán, su percepción de seguridad continúa centrada principalmente en la rivalidad geopolítica que mantiene con la India. Por ello, Islamabad ha optado tradicionalmente por mantener una posición de neutralidad frente a las rivalidades entre los países de Oriente Medio. Como consecuencia de esta política, ha actuado con cautela ante la posibilidad de integrarse en un bloque militar claramente opuesto a Israel, prefiriendo conservar su neutralidad. Al considerar su competencia estratégica con la India como la principal amenaza para su seguridad nacional, las autoridades paquistaníes temen que una eventual alianza militar en Oriente Medio pueda arrastrarlas hacia un nuevo frente de confrontación y obligarlas a dispersar sus recursos estratégicos.
Desde la perspectiva egipcia, la principal amenaza para la seguridad nacional no reside en un enfrentamiento militar directo con Israel, sino en la estabilidad interna del país y en las crisis existentes en su entorno inmediato. Entre las prioridades de la agenda de seguridad de El Cairo figuran la lucha contra los Hermanos Musulmanes, la amenaza terrorista en la península del Sinaí, el impacto de la inestabilidad en Libia y Sudán sobre la seguridad fronteriza, la disputa con Etiopía por las aguas del Nilo derivada de la Gran Presa del Renacimiento y el agravamiento de los problemas económicos. En consecuencia, resulta más probable que Egipto considere esta eventual estructura regional como un «centro de gravedad» capaz de respaldar sus propias prioridades de seguridad, antes que comprometerse plenamente con una arquitectura regional concebida principalmente para equilibrar el poder de Israel. En otras palabras, El Cairo tendería a interpretar esta alianza menos como un instrumento de confrontación con Israel que como una plataforma destinada a reforzar su seguridad interna, aumentar su margen de maniobra en escenarios vecinos como Libia y Sudán, y facilitar apoyo económico y diplomático. Ello pone de manifiesto que la visión egipcia de la alianza no coincide plenamente con el concepto de arquitectura regional de seguridad promovido por Türkiye.
La postura de Arabia Saudí, por su parte, es más prudente y está guiada por una lógica de gestión del riesgo. Tradicionalmente, Riad ha mantenido cierta distancia respecto a la integración en bloques militares sólidos, al considerar que este tipo de estructuras puede diluir su autonomía estratégica, generar dependencias y limitar su capacidad soberana de toma de decisiones. En particular, la prioridad de gestionar cuidadosamente la relación con Irán y de proteger su programa de transformación económica Visión 2030 constituye uno de los principales factores que restringen su disposición a integrarse en alianzas militares de gran alcance.
La situación de Türkiye resulta aún más compleja. Su pertenencia a la OTAN representa una limitación significativa para cualquier intento de construir una arquitectura regional de seguridad plenamente independiente. El hecho de ser simultáneamente miembro de la Alianza Atlántica y asumir el liderazgo de un eventual bloque regional contrario a Israel podría generar importantes contradicciones estratégicas. Además, los sectores de la élite secular, que siguen teniendo un peso considerable en la política turca, han considerado tradicionalmente que una implicación profunda de Türkiye en los asuntos de Oriente Medio y la asunción de nuevas responsabilidades militares en la región constituyen una orientación arriesgada e indeseable. Asimismo, la persistencia del proceso de adhesión a la Unión Europea continúa actuando como un factor que limita las aspiraciones de Ankara de desarrollar una arquitectura regional de seguridad más autónoma y ambiciosa.
A pesar de estas diferencias, puede sostenerse que la iniciativa liderada por Türkiye posee un potencial de éxito superior al de los intentos anteriores. A diferencia de las iniciativas impulsadas por Estados Unidos y el Reino Unido en la década de 1950 o por Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos después de 2015, esta nueva propuesta se apoya en una capacidad militar y política más amplia, lo que incrementa sus posibilidades de éxito. Sin embargo, el futuro de la iniciativa dependerá en gran medida de la capacidad de los países participantes para construir una percepción común de las amenazas y fortalecer la confianza mutua.
En conclusión, aunque los esfuerzos por establecer una arquitectura de seguridad en Oriente Medio han estado históricamente condicionados por las prioridades de actores externos o por intereses regionales limitados, la iniciativa actual se perfila como la candidata más sólida para romper ese ciclo. Si bien se considera que sus probabilidades de éxito son mayores que las de los intentos anteriores, un optimismo prudente respecto a sus resultados constituye un enfoque más realista. Si los países de la región consiguen desarrollar una visión compartida de la seguridad, esta iniciativa podría sentar las bases de una arquitectura de seguridad regional duradera.
[*] Profesor Asociado, Director del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Artuklu de Mardin, [email protected]
