Los llamados provenientes de España a favor de un ejército europeo unificado no son una fantasía política aislada. Forman parte de una transformación mucho más profunda que se desarrolla tras bastidores, mientras Europa se prepara silenciosamente para un mundo en el que la OTAN, en su forma actual, podría dejar de funcionar. Los temas que hoy los políticos debaten abiertamente habrían sido políticamente impensables hace apenas unos años; sin embargo, estas discusiones se han acelerado debido al deterioro de la confianza en el orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha pedido abiertamente la creación de un ejército europeo, advirtiendo que Europa debe fortalecer su capacidad de defensa colectiva ante el aumento de las tensiones geopolíticas. El simple hecho de que esta idea se esté debatiendo seriamente en toda Europa revela claramente hacia dónde se dirige este ciclo histórico.
He advertido repetidamente que la OTAN nunca fue diseñada para durar eternamente. La OTAN fue una alianza de la Guerra Fría construida en torno a la amenaza soviética y financiada en gran medida por Estados Unidos. Cuando la Unión Soviética colapsó, la OTAN perdió su propósito original. En lugar de disolverse, se expandió hacia el este y pasó de ser una alianza defensiva a convertirse en una herramienta geopolítica utilizada para ampliar su influencia en Europa y más allá.
Estados Unidos se encuentra cada vez más centrado en China y en su propia inestabilidad interna. Europa, por su parte, enfrenta simultáneamente estancamiento económico, crisis migratorias, presión por la deuda pública y escasez energética. Al mismo tiempo, los gobiernos europeos empiezan a comprender que quizá ya no puedan depender de Washington como garante incuestionable de su seguridad. Esa conciencia es precisamente lo que impulsa los llamados a crear una estructura militar propiamente europea.
El momento es crucial. Europa debate la posibilidad de un ejército de la UE justo cuando el gasto militar en todo el continente aumenta rápidamente. Solo Alemania está destinando cientos de miles de millones al rearme. Los miembros de la OTAN están bajo presión para elevar su gasto en defensa hasta el 3,5 % del PIB. Países que durante décadas desmantelaron su infraestructura militar ahora se apresuran a reconstruirla.
Lo que hace especialmente peligrosa esta situación es que Europa habla de unidad militar mientras carece de verdadera unidad política. Incluso España ya se ha distanciado públicamente de ciertos sectores de la OTAN respecto al conflicto con Irán, rechazando la intervención ofensiva y alejándose de la postura de Washington. Esto revela la debilidad fundamental de la alianza. Cuando los Estados miembros empiezan a dividirse sobre grandes conflictos, la cohesión comienza a derrumbarse.
Francia quiere autonomía estratégica. Alemania aspira al liderazgo militar. Europa del Este busca la máxima confrontación con Rusia. El sur de Europa está más preocupado por la inestabilidad económica y la migración. Reino Unido sigue alineado con Washington, aunque también atraviesa dificultades económicas. Estos no son objetivos comunes. Son intereses rivales mantenidos temporalmente unidos por el miedo y la incertidumbre.
Al mismo tiempo, la base económica europea se está debilitando. Las políticas de “Net Zero” han elevado los precios de la energía, la industria comienza a abandonar el continente, los niveles de deuda siguen aumentando y el crecimiento permanece estancado en gran parte de Europa. Aun así, los gobiernos debaten simultáneamente una expansión militar masiva. Históricamente, esta combinación genera más inestabilidad interna que poder duradero.
La ironía es extraordinaria. Durante décadas, Europa eliminó fronteras, redujo sus ejércitos nacionales y promovió la idea de que las guerras entre grandes potencias habían quedado obsoletas. Ahora, esa misma clase política discute sistemas de “Schengen militar” para mover tropas rápidamente a través del continente y habla abiertamente de una disuasión nuclear independiente de Estados Unidos.
El ciclo bélico lleva años girando, y lo que estamos presenciando ahora es la reacción institucional. Los gobiernos perciben el deterioro del entorno geopolítico y por eso intentan centralizar el poder militar antes de que la crisis estalle por completo. Sin embargo, históricamente, la creación de grandes estructuras militares supranacionales suele acelerar las tensiones, porque incrementa el miedo entre los rivales y reduce la flexibilidad entre los Estados miembros.
La cuestión más profunda es que la creación de un ejército europeo alteraría fundamentalmente el equilibrio de poder dentro de la propia OTAN. Cuando Europa desarrolle estructuras de mando independientes, sistemas de suministro propios e integración militar separada de Washington, la OTAN comenzará a perder relevancia. La alianza no desaparecerá de la noche a la mañana, pero se transformará gradualmente en una estructura más débil y fragmentada.
Lo que los políticos admiten hoy públicamente es que ya no confían plenamente en que la estructura actual pueda sobrevivir a la próxima gran crisis. Cuando las alianzas empiezan a cuestionar abiertamente su propio futuro, significa que la fragmentación ya ha comenzado tras bastidores.
