Todas las franjas sociales del pasado sus segmentos, tribus étnicas, clanes políticos, grupos ideológicos, formaciones religiosas y, por supuesto, los propios Estados enfrentan una grave amenaza. Mientras todos tratan de ajustar las cuentas pendientes, se percibe desde abajo el rugir de otro viento, y corresponde a toda persona sensata prepararse para la tormenta que se avecina. Para ello, los valores divinos que convierten a las criaturas con aspecto humano en seres verdaderamente humanos es decir, la fe abrahámica y hanif han de ponerse de nuevo en pie de guerra, depurando la actual institucionalidad religiosa corrompida, dignificando al ser humano y reconectándolo con su espíritu de sucesión elegido. Se hace preciso alzarse en una resistencia liberadora ante la degradación impuesta. Esta es la causa de la razón, de la virtud y de la libertad de nuestra especie.
Hace años, un granjero compró una finca en una colina donde abundaban las tormentas. Al instalarse, lo primero que buscó fue un ayudante. Pero nadie de las aldeas cercanas ni de las lejanas aceptaba trabajar allí; todos, al ver el lugar, renunciaban diciendo que aquella colina era demasiado ventosa y que lo mejor era desistir.
Al fin, un hombre enjuto y de mediana edad avanzada se ofreció para el trabajo. El granjero, algo receloso al ver su aspecto, no pudo evitar preguntarle:
—¿Sabes realmente de labores de campo?
El hombre respondió:
—Algo sé. Cuando se desata la tormenta, puedo dormir.
El granjero se quedó pensando en aquella enigmática frase, pero al no tener otra opción, contrató al hombre. Con el paso de las semanas, comprobó que su nuevo ayudante realizaba las tareas con eficiencia y constancia, lo cual le tranquilizó… hasta que llegó la gran tormenta.
En plena madrugada, el granjero se despertó al oír el estruendo del vendaval. El viento era tan fuerte que la casa entera crujía. Se levantó de un salto y corrió a la habitación del hombre:
—¡Levántate, levántate! ¡La tormenta está desatada! Tenemos que asegurar todo antes de que se lo lleve el viento.
El ayudante, sin incorporarse siquiera, murmuró con calma:
—Descuide, patrón. Vuelva a acostarse. Ya le dije que, cuando hay tormenta, puedo dormir.
El granjero se enfureció ante tanta tranquilidad e hizo un ademán de volver para echarlo. Sin embargo, comprendió que primero era necesario proteger sus posesiones. Salió corriendo hacia los fardos de paja y descubrió que ya estaban amontonados, cubiertos con lonas y bien atados. Corrió al establo y vio a todas las vacas dentro, con la puerta apuntalada. Regresó entonces a la casa, cuyos postigos estaban bien cerrados.
Al ver todo en orden, el granjero se sintió aliviado. Volvió a su habitación y se acostó. Mientras la tormenta rugía fuera, esbozó una sonrisa, cerró los ojos y murmuró:
—Cuando se desata la tormenta, puedo dormir.
El Estado y La Sociedad del Siglo XX
La sociedad turca presenta una estructura cultural heterogénea. Este entramado se compone de tradiciones tan diversas y, en ocasiones, contradictorias como las civilizaciones antiguas de Mesopotamia y Anatolia, la cultura mediterránea, las costumbres nómadas de los turcos, las tradiciones kurdas y árabes, la herencia de los migrantes balcánicos y caucásicos, así como los legados del Islam y del mundo bizantino (greco y armenio). A lo largo de siglos, todas estas expresiones culturales han coexistido en Anatolia, que tras la disolución del Imperio otomano se convirtió en una suerte de baluarte interior donde confluyeron decenas de grupos étnicos, formas de creencia y sectas.
Desde la época de la República, diversas corrientes ideológico-políticas, como los nacionalismos turco y kurdo, el kemalismo, el liberalismo, el socialismo y el islamismo, han encontrado una base de apoyo en la sociedad. Así, conviven hoy tipos diversos de civilización y de ideología, religiones y confesiones, costumbres y tradiciones tribales, todos ellos manteniendo cierta autonomía, pero relacionándose al mismo tiempo entre sí y conformando un todo complejo. Esta configuración cultural podría reducirse —al menos de manera predominante y teniendo en cuenta la situación actual— a dos grandes segmentos (oriental y occidental, tradicionalista e innovador), cuyas interacciones son clave para comprender y transformar la sociedad de Turquía. Ello explica que en cada región del país predominen distintas influencias culturales y tradiciones, de modo que una concepción homogénea y estándar del individuo y de la sociedad no resultaría esclarecedora para un país tan plural.
A esta cartografía cultural se suman numerosas subculturas en las grandes ciudades y en el ámbito rural, surgidas por razones tanto económicas como sociales. Podemos citar, por ejemplo, la cultura de las élites, la pequeña burguesía, la de los barrios marginales, la de los habitantes de poblaciones semirrurales o la de las comunidades obreras. En las zonas orientales del país, la transición de una sociedad agraria a una sociedad industrial se manifiesta como una modernización de lo rural, mientras que en el occidente turco, conforme avanza el neoliberalismo, afloran otras variantes culturales. La manera en que todas estas agrupaciones culturales, incluidas las nacidas de la creciente participación de sectores islámicos, evolucionen y se interrelacionen podría engendrar combinaciones culturales nuevas y sorprendentes. Esta diversidad es, sin duda, fruto de al menos dos mil años de historia multicultural, que parte tanto del Imperio romano de Oriente como del otomano. Basta comparar la aproximación al “otro” o al migrante, en espacios tan extensos como Europa, Rusia o China, donde a menudo prevalece una actitud sectaria y aterradora, para ver cómo en dichos territorios se gestan recelos profundos. Incluso en un país de inmigración como Estados Unidos, en última instancia persiste un racismo ario amparado en la identidad WASP (“occidental-blanco-anglosajón-protestante”). En este sentido, el carácter social plural representa allí una amenaza, mientras que en Türkiye constituye una fuente de profundidad y riqueza. Además, esta pluralidad es la garantía de continuidad de una tradición histórica que, desde hace siglos, entiende la construcción de la nación como una síntesis de sus diferencias.
Con todo, la existencia de políticas autoritarias y uniformadoras, así como de elementos nacionalistas incapaces de asumir la diversidad de la nación, implica siempre el riesgo de que surjan conflictos entre los distintos sectores de la sociedad. El terrorismo que emana de quienes, presos de la ilusión de “homogeneizar” una sociedad heterogénea, pretenden someterla al yugo de su propia y enfermiza visión un auténtico “lecho de Procusto” que mutila a quien no encaja en él se erige en la amenaza más grave para la seguridad. La homogeneidad, si bien es necesaria en lo relativo a la pertenencia común, la legalidad y los ideales, no puede ni debe imponerse a la riqueza social que expresan las distintas culturas, lenguas, etnias, sectas, creencias e ideologías. Toda imposición de uniformidad supone un fascismo que envenena de modo sumamente peligroso a cualquier país.
En el último siglo, la memoria del Estado ha permanecido anclada en el trauma del colapso del Imperio otomano, olvidando que esta potencia, durante al menos seis siglos, creció de forma ininterrumpida, incorporó continuamente nuevos elementos culturales y sociales y logró articular una cultura y una identidad comunes de carácter sinfónico. Cuando la armonía y el orden no podían sostenerse por cauces convencionales, en ocasiones se recurrió a políticas de reasentamiento, a guerras necesarias o a medidas de seguridad excepcionales para restaurar la estabilidad. Tanto el Imperio romano de Oriente como el otomano encontraron la paz y el orden siempre que supieron integrar a los grupos e identidades diversos en el sistema y permitir su participación en la vida ordinaria. En cambio, cada vez que no lo lograron, emergieron el caos y el desorden.
Mantener el control en Anatolia y sus alrededores exige, como si se tratara de un caballo indómito, saber moverse sin cesar y aplicar un ritmo inteligente que serene sus ímpetus. Ese ritmo inteligente está representado por la balanza de la justicia y la espada, así como por el escudo de la misericordia. En otras palabras, el equilibrio descansa sobre un uso correcto de la justicia, la ley y la compasión que inspira el Estado. Cuando los gobernantes quiebran ese equilibrio, nacen el caos y la anarquía, lo cual provoca un deterioro social creciente. Todo se convierte entonces en amenaza, y el Estado, al tratar de imponer orden con una fuerza excesiva, no hace sino ahondar la desestabilización.
La Hospitalidad de La Mayoría y La Creación del “Otro”
La primera condición para gestionar las diferencias sociales con justicia y compasión consiste en respetar, reconocer y valorar a cada grupo y comunidad. Cuando el Estado o alguna de sus partes o bien la sociedad o un sector de ella se considera el único “dueño de la casa”, genera una alteridad y trata al “otro” de manera excluyente, humillante o despectiva. Entonces, ese “otro” se convierte verdaderamente en tal, se aliena y busca a alguien más que lo acoja. En especial, las minorías sociales terminan por hallar esa acogida en poderes extranjeros. Esta situación no solo envenena al Estado y a la sociedad en su conjunto, sino que además pone en marcha un proceso que termina por enajenar a la propia mayoría. Todas aquellas políticas, actitudes o formas de pensamiento que quiebran la composición cultural heterogénea y su equilibrio no solo perjudican a los que son pocos, sino quizás incluso en mayor medida a los que son muchos, pues todo lo “mucho” procede a fin de cuentas de lo “poco”.
En una sociedad sana, nadie debería sentirse ajeno o “otro”. Y nadie debería asumirse como el único dueño legítimo de ese espacio compartido. Esta misma norma es válida para la justicia social. “Ningún ciudadano debe ser tan rico como para comprar a otro, ni tan pobre como para verse obligado a venderse” (J. J. Rousseau).
Es bien conocido el antiguo principio del círculo de la justicia: “No puede haber justicia sin ejército; no puede haber ejército sin impuestos; no puede haber impuestos sin riqueza; no puede haber riqueza sin justicia”. Es decir, en un entorno falto de justicia, tanto el Estado como la sociedad se empobrecen, tanto material como espiritualmente. No solo la pobreza material, sino también la carencia moral, se convierte en el vientre donde germinan innumerables desavenencias.
Siglo XXI: Nuevos Ejes de Conflicto Segmentario
Türkiye ha dejado atrás el eje segmentario entre innovadores y conservadores heredado de la época de las Tanzimat, es decir, del periodo de modernización. Las contradicciones surgidas entre los autodenominados “auto-colonizadores” bajo el rótulo del “kamalismo” y los verdaderos nativos, a raíz de las políticas de auto-colonización de los primeros años de la República, si bien resurgieron esporádicamente, se han superado en gran medida; además, lo más relevante es que para el siglo XXI han perdido su razón de ser.
Del mismo modo, los segmentos ideológicos fruto de la ingeniería social como el nacionalismo, el izquierdismo o el islamismo que se impulsaron especialmente durante la época de los golpes de Estado posteriores a la Segunda Guerra Mundial, han quedado hoy sin vigencia.
Las cuestiones surgidas tras el 12 de septiembre, como la “cuestión kurda” y las disputas en torno al “laicismo” y la “reacción religiosa”, se han encauzado mayoritariamente en las dos últimas décadas, tanto por medio de iniciativas políticas como mediante medidas de coacción.
Por supuesto, de todos estos conflictos y tensiones, vestigios del siglo XX, persisten réplicas, restos acumulados y “comerciantes políticos” que todavía obtienen rédito de ello, ejerciendo cierta influencia en el Estado y en la sociedad. Sin embargo, a la postre, carecen de un valor nacional y universal verdaderamente determinante en el contexto tanto de la evolución del mundo como del propio país, pues ya no quedan en pie ni las bases paradigmáticas ni las razones de ser de aquellos segmentos. Las extrañas y amorfas alianzas, encuentros, síntesis y confabulaciones de turquistas con izquierdistas, de nacionalistas con islamistas, de laicos con religiosos o de grupos kurdos con kemalistas o, en otras ocasiones, de izquierdistas con derechistas o de islamistas con kemalistas reflejan tan solo la crisis existencial de las ideologías de la Guerra Fría, ya agonizantes, cuya desaparición es inevitable. Así como las tribus que pasaron de la caza y la recolección a la vida sedentaria transformaron sus herramientas de supervivencia en ídolos o fetiches, también las “tribus segmentarias” del pasado fuesen de índole izquierdista, derechista, kemalista, religiosa, étnica, sectaria o doctrinal convierten hoy sus antiguos recursos de identidad en símbolos y fetiches que veneran todavía por algún tiempo. (Nadie debería dejarse engañar por quienes se jactan de poner en manos de los jóvenes retratos de Atatürk, letras rúnicas escandinavas en nombre de la “turquicidad” o emblemas arios de raíz mazdea en nombre de la “kurdicidad”. Tales costumbres, propias de la ignorancia, no constituyen un rasgo del futuro, sino un síntoma de impotencia de un pasado que se agota. Las inclinaciones animistas y paganas resurgen en todas las épocas).
Estas “tribus” pretéritas han dejado de cumplir su función positiva de motivar a la sociedad, de politizar a la juventud para que supere la adolescencia, de socializar a la ciudadanía y de integrarla en el proceso político. Han cedido su lugar a riñas tribales vacías de significado, luchas de sangre y a un nuevo tipo de fanatismo asocial en pequeños “guetos modernos”, verdaderas cámaras de resonancia en las que tan solo se hablan a sí mismos. Dichos guetos consumen la energía social y transforman en víctimas sociopáticas a los jóvenes más brillantes; como los yazidíes, que no logran salir del círculo que los rodea, estos grupos giran en torno a su propia demarcación cerrada. Lejos de aportar un nuevo impulso capaz de enfrentarse a las olas que se avecinan, arrastran a la sociedad entera a un abismo esquizofrénico, conduciéndola a la autodestrucción.
Las Contradicciones Fundamentales de La Nueva Era
La historia avanza hacia una dirección en la que parece superarse el proceso de modernización, el cual, durante los últimos 500 años, ha transformado de manera paulatina a las religiones institucionalizadas, a los imperios militares-agrarios y a la dialéctica amo-esclavo. En esta última fase del tiempo, marcada por la creciente velocidad de los avances un flujo que de ser un río turbulento pasa a convertirse en un torrente imparable, resulta evidente que hacia la década de 2030 viviremos de nuevo un salto cualitativo. Las instituciones que representan de manera oficial a las dos grandes religiones que han dominado la historia antigua y configurados valores esenciales en particular, el cristianismo y el islam, denominados en conjunto “Ehl-i Kitab” no logran aportar soluciones a los problemas contemporáneos de la humanidad. A medida que se ven incapaces de responder a dichos desafíos, quedan excluidas de la vida cotidiana y, cuanto más son excluidas, más se radicalizan. Este proceso prosigue a un ritmo acelerado, sea cual sea el nombre que se le dé modernidad, capitalismo u otro, y ni siquiera la experiencia del socialismo logró frenarlo. Ahora, con la revolución digital, ha alcanzado una nueva etapa.
Las nuevas teorías de la física en el plano científico, el capitalismo financiero en el ámbito económico y el desarrollo de armas de destrucción masiva y ejércitos de guerra asimétrica sin apenas intervención humana en el terreno militar han erosionado el llamado “siglo estadounidense” para encaminarse hacia un “siglo chino”. Dicha trayectoria apunta a una tormenta mucho más amplia y estremecedora.
En este umbral de la tempestad, Türkiye y, de hecho, el mundo entero parece encaminarse hacia una escisión clave, que se articula a lo largo de dos ejes fundamentales, paralelos pero interrelacionados:
- Las contradicciones derivadas de las nuevas condiciones económicas, militares y políticas surgidas de la revolución científico-tecnológica.
- La crisis existencial que afecta a la especie humana, provocada por el desarrollo de herramientas digitales y sistemas de inteligencia artificial.
Un Nuevo Sistema de Castas
La primera contradicción podría extender a escala planetaria un nuevo tipo de estratificación de clases que recuerda al antiguo sistema de castas de la India. Los binomios que el capitalismo moderno había ordenado y de algún modo encauzado hacia la convivencia burguesía-proletariado, campesino-obrero, trabajador de cuello blanco-empleado manual, así como la clásica dicotomía entre ricos y pobres van dejando paso a una pirámide social en la que la distancia entre la casta alta y los estratos inferiores se acrecienta. La cúspide la ocupan los más acaudalados, los altos burócratas y la aristocracia militar; por debajo, se extiende una amplia clase trabajadora, sin distinción de nivel educativo, profesión o sector laboral; y, en el fondo de la pirámide, se aglomeran millones de personas conformadas por un ejército de desempleados formados en tecnología digital, una masa carente de profesión, refugiados, pobres excluidos de la producción y, además, ancianos, enfermos y personas con discapacidad. La principal diferencia con el capitalismo clásico es que, para quienes se hallan en la base de la pirámide, casi no quedan mecanismos que les permitan ascender o estos se hallan sujetos a requisitos muy estrictos, situación semejante a la del sistema de castas hindú. Como consecuencia, se incrementará el autoritarismo de las castas superiores, con todo lo que ello implica en términos de represión y explotación; y, paralelamente, ante la deshumanización progresiva de las castas más bajas, crecerán las reacciones extremas, las distintas formas de desviación y los nuevos tipos de obediencia o rebelión.
En este proceso, los Estados o bien se reestructurarán conforme a esta lógica o bien serán desmantelados. En tal contexto, las contradicciones de clase se circunscribirán a las tensiones entre las clases más bajas, y a nadie se le pasará siquiera por la cabeza alterar realmente el sistema o enfrentarse a las castas superiores. Este fascismo de cuño ario que inventó el uso político de la religiosidad basada en la creencia en la reencarnación, es decir, la idea de que se puede escapar al castigo por la vida anterior naciendo en una casta más elevada ha considerado siempre enemiga a la tradición abrahámica (Ehl-i Kitab), encargada de derribar ese orden y de restituir la dignidad de todos ante Dios. Con astucia, acusó a las religiones abrahámicas de ser el “opio” con que las clases dominantes embaucaban a los pobres, y orquestó su supresión. Hoy no ha cesado su propaganda sucia, al presentar como reacciones “retrógradas” al islam y calificarlo de enemigo del progreso; además, financia y da visibilidad a grupos y cofradías religiosas verdaderamente ultraconservadores a quienes también detestan la mayoría de los musulmanes con el único propósito de desacreditar a miles de millones de creyentes ante la humanidad. El fascismo de tipo ario es la venganza de un estadio prehumano, de un ser homínido salvaje, contra la evolución humana.
La Guerra Ancestral Entre El Ser Humano y La Especie Prehumana
A partir de la década de 2030, esta nueva era “aria” probablemente impondrá a la humanidad una ideología oficial global, apoyada en nuevos descubrimientos científicos, geográficos, históricos, físicos, matemáticos y biológicos, así como en inéditas corrientes filosóficas, religiosas y concepciones de la existencia humana. El rechazo a la familia, la promoción de la “cultura LGBT”, la ausencia de identidad de género, la biopolítica, la pornografía, las drogas, el juego, el ocio vacío de contenido dejarán de verse como signos de degradación moral para convertirse en algo “normal”, mientras se denigra cualquier valor ético tradicional y se persigue la aniquilación total de la fe de la comunidad del “Ehl-i Kitab”.
La especie prehumana, al no haber completado todavía su evolución hacia lo verdaderamente humano, siente envidia de quien sí culminó ese proceso y pretende destruirlo para volverlo semejante a sí misma. Con tal finalidad, fomenta de manera continua una serie de rasgos que le son propios: cultos a los antepasados, rituales animistas o paganos, racismo, tribalismo, la exaltación de la lujuria, la fama y el poder, el deseo de matar, la adicción al alcohol y a las drogas, las sexualidades desviadas, la mística centrada en espíritus y exorcismos, la brujería, la magia, la adivinación, heterodoxias o herejías, el fanatismo religioso, disparates acerca de extraterrestres, nihilismo, deísmo, ateísmo y, en definitiva, los hábitos animistas o paganos de siempre. Hoy reina un “fascismo de la inmoralidad” que impone su dominación a la humanidad, tachando de anormal e incluso criminal cualquier defensa de la ética, la dignidad, la honestidad, la decencia y los valores e ideales auténticos. Aquellos “residuos humanos” corrompidos, cuyas conductas se disfrazan como si fueran un rasgo característico de la llamada generación Z —presentadas y normalizadas a través de series y producciones cinematográficas—, constituirán, en el futuro, una amenaza para toda la humanidad.
Verdad y Mentira; La Oposición Entre El Ser Humano y El “Ser Artificial”
La segunda contradicción fundamental de este periodo se da entre, por un lado, todas las fuerzas globales y locales que persiguen la degradación del ser humano y, por otro, la humanidad misma. El problema ya no gira en torno a los conflictos sociales entre amo y esclavo, burguesía y proletariado, creyentes y ateos, cristianos y musulmanes, chiíes y suníes, turcos y kurdos, etcétera, sino que se centra en el dilema de ser o no ser humano, de mantenerse humano o retroceder al estado previo a la humanidad. Es un conflicto que, de hecho, implica acabar con los regímenes de desigualdad de clases, de explotación y servidumbre, y con la dialéctica amo-esclavo, a favor de un mundo equitativo y libre para todo el género humano, pues esta meta constituye su fundamento esencial.
En este sentido, la cuestión central de la nueva era será la divergencia y el choque entre la verdadera esencia del ser humano y esa seudorrealidad hostil a toda existencia, entre la autenticidad y la falsedad, entre lo que es genuino y lo que se produce de manera artificial. Con su tecnología de inteligencia artificial, el sistema tenderá a fabricar una versión falsificada de cualquier cosa y, progresivamente, acostumbrará a la gente a ilusiones mentales que la despojarán de su vínculo con la realidad, impidiéndole distinguir entre lo verdadero y lo ficticio. El resultado será un escenario de pesadilla, en el que las masas, ya divididas por múltiples motivos, construirán “mundos paralelos” y se consumirán en luchas interminables en el metaverso. Dentro de este entorno artificial, los seres humanos encontrarán que sus debilidades el dinero, la propiedad, el poder, la codicia, la lujuria se verán “satisfechas” de manera virtual gracias a dispositivos al alcance de todos, mientras en la realidad se configuran comunidades egoístas, desalmadas, carentes de empatía y, a la postre, degeneradas, en las que los individuos desconfían unos de otros y terminan por “devorarse” mutuamente como si fuesen simples microbios.
Para que las sociedades y sus integrantes conserven su diferencia esencial seres verdaderamente humanos y no caigan en la trampa de no saber quién es auténtico y quién no, ni de confundir la verdad con la mentira, resulta imprescindible preservar y fortalecer las capacidades fundamentales de la especie humana: la razón, la virtud y la comprensión.
Ha llegado el momento de que los Estados incluyan de manera más consciente, como principio primigenio en sus constituciones, la garantía de la protección de la razón, la descendencia, la vida, la propiedad y la fe, continuando así con su misión ancestral.
Cuando Llega La Tormenta…
La tormenta que se avecina es precisamente esta, y todas las franjas sociales del pasado, las tribus étnicas, los clanes políticos, los grupos ideológicos, las formaciones religiosas e incluso los propios Estados se encuentran ante una amenaza grave. Mientras todos se ocupan de ajustar cuentas pendientes, se percibe el ulular de otro viento creciente, y corresponde a toda persona sensata prepararse para esa inminente tempestad. Para ello, se hace necesaria una nueva contienda en nombre de los valores divinos la fe abrahámica y hanif que llevaron a los seres proto-humanos a la humanidad plena. Estos valores habrán de depurar las formas de religiosidad institucionales corrompidas y devolver al ser humano su dignidad, reactivando la conciencia de sucesión elegida que anida en su esencia. En definitiva, ha de emprenderse una resistencia liberadora contra la decadencia impuesta. Esta es la causa de la razón, la virtud y la libertad de la especie humana, y habrá de desenmascarar todas las contradicciones geopolíticas, ideológicas, filosóficas y religiosas, abriendo paso a una auténtica lucha universal.
Cada individuo, en su propia esfera, y cada agrupación política, ideológica o civil, en el ejercicio de su voluntad, han de dar el paso hacia esta transformación. Más allá de personas y grupos, en el ámbito nacional e internacional, corresponde a los Estados adoptar las medidas necesarias y poner fin a las disputas diarias, ya carentes de significado y empobrecedoras, a fin de reformular la nación en función de esta cuestión de supervivencia universal que se les presenta.
Si Türkiye con la interpretación universal de la esencia abrahámica-hanif del Islam, destilada a lo largo de mil años de práctica logra sacudirse de encima su pretendida “misión de auto colonización” y zafarse de las maniobras sabateas asociadas al laicismo francófono y al secularismo anglófilo, podrá aspirar a convertirse en el foco de una civilización universal y en el artífice de una estabilidad nacional y regional. Pues el asunto que aquí se ventila no es como creen los modernistas por un lado y los tradicionalistas por otro un problema mezquino de relaciones entre religión y Estado, sino una cuestión más grave al nivel de la civilización y la humanidad. Asuntos de tal magnitud superan la comprensión y la capacidad de decisión de los sectores occidentales que ejercen la función de auto colonizadores.
Del mismo modo, si Türkiye consigue transformar la heterogeneidad de su composición social superando las causas de los conflictos segmentarios del siglo pasado en una sinfonía de construcción nacional, y si adquiere conciencia de sí misma con el espíritu del “Devlet-i Aliyye”, podrá adentrarse en el siglo XXI con mayor optimismo. Será entonces cuando la política interna, la política exterior, la educación, la salud, la economía, la agricultura y la cultura podrán abordarse bajo un prisma diferente, con un impulso constructivo orientado al futuro que posibilite una verdadera renovación.
Las élites occidentalistas que, con la trampa del “progreso”, asumieron la misión de “latinizar” al país tarea que la cruzada occidental no pudo concretar con la ocupación latina de 1204 se apropiaron del Estado en la década de 1920, aprovechando la desesperación de la población. Deformaron, con su sello sabateo, elementos tales como el Islam, la turquicidad, la kurdicidad, la arabidad, el alauismo, el sunismo y demás identidades, pretendiendo presentarse como salvadores mientras en realidad actuaban de vigilantes colonizadores al servicio de Occidente. Hasta que no se ponga fin a su soberbia vacua, a su permanente desprecio hacia el pueblo y a los problemas que surgen de este artificio de arriba abajo, Türkiye no podrá experimentar el renacimiento histórico y universal que merece.
Solo si se articula una voluntad y una conciencia políticas de esta naturaleza podremos, por fin, “dormir cuando llegue la tormenta”.