Impresiones De Siria – 2

En los primeros días de los acontecimientos que comenzaron en la primavera de 2011 en la ciudad siria de Daraa, tras la aparición de unas pintadas realizadas por un grupo de jóvenes, se organizó una declaración pública frente al Consulado de Siria en Gaziantep. En ella participaron Mazlum-Der, la Asociación de Derechos Humanos, numerosas organizaciones de la sociedad civil de distintos sectores, así como estudiantes sirios y turcos de la Universidad de Gaziantep. El texto, leído en árabe por un estudiante sirio y en turco por un estudiante turco, hacía un llamamiento al gobierno de Bashar al-Ásad para que adoptara una vía pacífica e impulsara reformas democráticas.

Sin embargo, tras la declaración ocurrió algo llamativo: cientos de vehículos procedentes de distintas ciudades de Siria recorrieron durante horas las calles de Gaziantep portando retratos de Bashar al-Ásad y banderas sirias. Esta anécdota puede interpretarse tanto como una demostración del reflejo de autopreservación del Estado sirio como un mensaje de advertencia frente a la postura política de Türkiye, que comenzaba a inclinarse hacia la oposición siria. No obstante, los acontecimientos terminaron desarrollándose de una manera muy distinta a la que deseaba el régimen de Al-Ásad.

Mientras que el ascenso de la derecha en Türkiye, influido por los códigos conservadores del último período otomano y por los ideales de la República, tendía hacia una perspectiva más occidental, en el mundo árabe los movimientos socialistas cobraban un impulso considerable. La fundación del Partido Baaz en Damasco en 1943 transformaría el discurso político no solo en el conjunto del mundo árabe, sino también en amplias zonas de África y Oriente Medio. El hecho de que el partido naciera en Siria estaba estrechamente relacionado con el papel histórico del país como uno de los grandes centros culturales y políticos de la región.

La región del Levante que comprende la actual Siria, Líbano, Palestina, Irak, Jordania y la provincia turca de Hatay, extendiéndose desde la costa oriental del Mediterráneo puede considerarse uno de los asentamientos humanos más antiguos de la historia. A lo largo del tiempo, numerosas figuras procedentes de esta región desempeñaron un papel decisivo en el desarrollo cultural, filosófico y científico del mundo árabe. Naturalmente, la región no puede definirse únicamente por la identidad árabe; sin embargo, es bien conocido que las poblaciones árabes se concentraron históricamente en este espacio. La construcción de una identidad árabe más orientada al consumo es, en cambio, un fenómeno posterior, vinculado al protagonismo adquirido por los Estados del Golfo a partir de la década de 1980. En este sentido, difícilmente puede considerarse una coincidencia que la progresiva desaparición de la identidad árabe de inspiración socialista coincidiera con la consolidación de los países del Golfo como actores centrales de una identidad árabe más compatible con la lógica del capitalismo.

Fundado en Siria en 1943 por Michel Aflaq y Salah al-Din Bitar, el Partido Baaz se fusionó en 1953 con el Partido Socialista Sirio para formar el Partido Árabe Socialista Baaz («Renacimiento»). Aunque Gamal Abdel Nasser nunca fue miembro del Baaz, sus ideas y su acción política ejercieron una profunda influencia sobre el movimiento. Sus políticas de nacionalización en Egipto fortalecieron la posición del sector nacionalista dentro del Baaz sirio. En la pugna entre el ala denominada «progresista» y el sector nacionalista, la balanza terminó inclinándose a favor del nacionalista Hafez al-Ásad. La imagen de firmeza y el carisma que Nasser proyectó en su enfrentamiento con Occidente resultaban enormemente atractivos para unas sociedades de Oriente Medio que, tras sucesivas derrotas frente a Israel, se encontraban sumidas en un profundo sentimiento de frustración. Para líderes como Houari Boumédiène en Argelia, Hafez al-Ásad en Siria o Saddam Hussein en Irak, comenzaba a abrirse un nuevo horizonte de lucha política.

El golpe de Estado de 1970, considerado el inicio del camino hacia la dictadura de Hafez al-Ásad, marcó un punto de inflexión decisivo para Siria. El proceso de modernización y el auge del discurso del Estado-nación democrático obligaban a los gobiernos, al menos formalmente, a adoptar reformas inspiradas en principios como el Estado de derecho y los derechos humanos, con el objetivo de reforzar su posición en el escenario internacional. Sin embargo, con el paso de los años numerosos intelectuales señalaron que estos ideales parecían aplicarse principalmente a las sociedades occidentales, mientras que las experiencias históricas demostraban un tratamiento muy distinto hacia los países no occidentales. Oriente Medio se convirtió, en este contexto, en un auténtico laboratorio para las potencias imperialistas, que mediante campañas de propaganda y frecuentes intervenciones favorecieron la llegada al poder de dirigentes acordes con sus intereses.

Los golpes de Estado fueron una constante en la región. Paradójicamente, casi todos los líderes que alcanzaron el poder mediante estos procesos justificaban su ascenso afirmando que transformarían las riquezas nacionales en beneficios para sus pueblos. Las políticas de nacionalización impulsadas por Nasser generaron una amplia simpatía en toda la región al ser percibidas como un proyecto de carácter antiimperialista. Durante los dos primeros años de su gobierno contó además con un importante respaldo de los Hermanos Musulmanes, un movimiento con una sólida base social presente en prácticamente todos los países árabes. Para Nasser, que aspiraba a convertirse en el líder de todo el mundo árabe, aquella alianza representaba una oportunidad excepcional.

Sin embargo, las aspiraciones de los Hermanos Musulmanes de implantar la sharía y determinados acuerdos políticos promovidos por Nasser provocaron un profundo enfrentamiento entre ambas partes. Poco después, la organización fue declarada ilegal en Egipto. A pesar de ello, los Hermanos Musulmanes continuaron ejerciendo una considerable influencia en Siria, Irak, Türkiye, Irán, Palestina y muchos otros países, especialmente a través de la difusión de libros traducidos que promovían la idea de una «transformación islámica».

Esta influencia desembocaría en uno de los episodios más trágicos de la historia contemporánea de Siria: la masacre de Hama de 1982. Cuando más de cincuenta mil civiles fueron asesinados en esa ciudad, el silencio de los Estados de la región puede interpretarse como una muestra de su escasa disposición a respaldar movimientos sociales autónomos. La represión también buscaba contener el impacto político generado por la Revolución Islámica iraní de 1979 y por el asesinato del presidente egipcio Anwar el-Sadat en 1981. Especialmente este último acontecimiento alimentó el temor de los gobiernos ante la creciente radicalización política.

Asimismo, la relación establecida entre Irán y Hafez al-Ásad sugiere que Teherán observó aquellos acontecimientos con cierta comprensión, aunque no expresara un apoyo directo. Ello se debía, en parte, a que los movimientos radicales de la época dirigían prioritariamente su hostilidad no contra Occidente, sino contra aquellos musulmanes fueran suníes o chiíes a quienes consideraban alejados del islam auténtico.

La masacre de Hama constituyó un paso decisivo para consolidar la dictadura de Hafez al-Ásad. Aprovechando la insurrección como pretexto, el régimen prohibió todas las organizaciones civiles y políticas del país, encarceló a miles de personas y una gran parte de los detenidos jamás volvió a ser vista.

Por supuesto, una de las dimensiones de la masacre de Hama estaba relacionada con la cuestión palestina. Para el pueblo palestino, cuya experiencia de exilio comenzó en 1948, Siria ocupaba un lugar de enorme importancia. Una parte considerable de la población palestina se estableció en los campamentos de refugiados sirios. Las organizaciones que hoy continúan la resistencia en Palestina también desarrollaban una intensa labor de base en esos campamentos. Siria era un espacio estratégico tanto para los movimientos de izquierda como para las organizaciones islamistas.

Sin embargo, Hafez al-Asad aplicó una política destinada a mantener la resistencia palestina únicamente en el nivel que sirviera a sus propios intereses. En este sentido, los servicios de inteligencia sirios (Mukhabarat) llevaron a cabo diversas maniobras para impedir el fortalecimiento de las organizaciones palestinas y fomentar sus divisiones internas. Puede afirmarse que la estrategia de Hafez al-Asad de fragmentar a los grupos de la resistencia palestina terminó favoreciendo, a largo plazo, la expansión de Israel.

El intelectual sirio-palestino Nidal Betare, criado en el campamento de Yarmuk, relata una anécdota reveladora sobre este asunto. En 1966, Yusuf Orabi, un oficial baasista y estrecho colaborador de Hafez al-Asad, murió tras ser abatido por otro oficial baasista durante una disputa entre facciones palestinas rivales. A raíz de este incidente, el régimen sirio arrestó a destacados dirigentes nacionalistas palestinos como Yaser Arafat, Jalil al-Wazir (Abu Jihad) y Ahmed Jibril, así como a Abdulmajid Zaghmut, miembro de Fatah. Los demás dirigentes fueron liberados poco tiempo después, pero Zaghmut permaneció encarcelado hasta su muerte en el año 2000.[2]

Este episodio dejó una profunda huella de resentimiento, especialmente en Arafat, y permaneció grabado en la memoria del movimiento nacional palestino.

Por otra parte, para el régimen sirio la cuestión palestina fue siempre un instrumento de posicionamiento geopolítico. La sensibilidad de las sociedades mayoritariamente musulmanas hacia Palestina y el expansionismo regional de Israel convirtieron a los grupos palestinos en una herramienta política útil y atractiva para los regímenes nacionalistas baasistas.

No obstante, existe una paradoja llamativa: tanto para los gobiernos baasistas como para la mayoría de los Estados de la región, el crecimiento de las organizaciones palestinas era percibido como una amenaza de una magnitud comparable a la expansión israelí. Esta aparente contradicción resulta fundamental para comprender la estructura política de Oriente Medio.

Por un lado, el carácter ocupante de Israel, la amenaza regional que ello implica y la profunda dimensión histórica y ontológica de su conflicto con las sociedades musulmanas convierten a los movimientos palestinos en actores indispensables para muchos países de la región. Pero, al mismo tiempo, el hecho de que Israel represente un modelo de «estilo de vida occidental» centrado, en gran medida, en los intereses y el bienestar de determinadas élites, como se mencionó anteriormente hace que numerosos regímenes árabes consideren que la existencia de ese equilibrio favorece su propia supervivencia política. En consecuencia, no desean que las organizaciones palestinas adquieran demasiado poder.

Como el pueblo palestino ha vivido durante décadas, ya sea en guetos empobrecidos dentro de su propia tierra o en campamentos de refugiados en distintos países de la región, de su seno han surgido de manera natural tanto movimientos de izquierda como organizaciones islamistas que sostienen diversas formas de resistencia y confrontación. Paralelamente, el desarrollo de una diáspora con un importante capital intelectual y con crecientes aspiraciones políticas ha fortalecido notablemente la capacidad organizativa e ideológica de estos movimientos.

Estructuras de este tipo suelen ser percibidas como una amenaza por Estados que permanecen alejados de las demandas de sus propias sociedades. Desde esta perspectiva, para muchos gobiernos de Oriente Medio lo deseable no es que la causa palestina desaparezca, pero tampoco que se fortalezca demasiado: su existencia resulta políticamente útil, mientras que su crecimiento se considera un riesgo que debe ser contenido.

Hafez al-Asad permaneció en el poder hasta su muerte en el año 2000 y puede afirmarse que, durante su largo mandato, destruyó gran parte de los logros culturales y sociales que el pueblo sirio había construido a lo largo de su historia. En una tierra extraordinariamente rica en todos los aspectos, la población pasó décadas sumida en una profunda pobreza, mientras contemplaba el estilo de vida lujoso de las élites de su propio país, una realidad común en muchos Estados de la región.

La estrecha relación que Hafez al-Asad estableció con la Unión Soviética y, posteriormente, con Rusia provocó fuertes tensiones con Estados Unidos y Europa. Estas fricciones se tradujeron en sanciones que agravaron aún más el empobrecimiento de la población siria.

Puede decirse que, después de 1990, Asad buscó una política exterior más equilibrada. En ello influyeron tanto su aspiración de desempeñar un papel de liderazgo en el mundo árabe como el deterioro de su imagen tras no haber respondido a la ocupación israelí de los Altos del Golán en 1967.

En Oriente Medio, cualquier desafío que queda sin respuesta tiene el potencial de convertirse en una crisis que amenace tanto al régimen como a quienes lo dirigen. La ocupación del Golán constituyó un desafío no solo para Siria, sino también, de manera indirecta, para la influencia soviética y posteriormente rusa en la región. Durante la Guerra Fría, la rivalidad entre las grandes potencias se manifestó en Oriente Medio principalmente a través del conflicto árabe-israelí. En ese contexto, una actitud excesivamente cautelosa por parte de Hafez al-Asad habría sido percibida como un signo de debilidad tanto dentro del Partido Baaz como en el conjunto de la sociedad siria.

Desde esta perspectiva, las reiteradas acusaciones europeas de que el régimen de Asad brindaba apoyo a grupos radicales palestinos pueden interpretarse como parte de una estrategia destinada a proyectar una imagen de firmeza y liderazgo. Sin embargo, tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991, Asad comenzó a orientar parcialmente su política hacia Occidente.

Todavía era prematuro hablar de una «nueva Siria», pero, como ocurre con muchos dirigentes autoritarios, los pasos dados por Hafez al-Asad buscaban tanto garantizar la protección de su familia después de su muerte como asegurar la continuidad del régimen. En este sentido, aquellas decisiones sentaron las bases políticas e institucionales sobre las que se construiría posteriormente el período de gobierno de su hijo, Bashar al-Asad.

[1] https://www.britannica.com/topic/Baath-Party

[2] https://newlinesmag.com/essays/the-assad-dynasty-was-hatched-at-my-grandfathers-home-they-later-destroyed-it/