El carácter caballeresco terrestre de Türkiye, logrando lo que por razones geográficas no pudieron alcanzar ni Alemania ni Rusia, podría expandirse hacia los mares abiertos y el «mar celeste», abriendo así una nueva perspectiva geopolítica y allanando el camino hacia un salto histórico singular, una auténtica renovación nacional. Solo entonces será posible alcanzar una calidad humana verdaderamente racional, con horizonte universal, creativa y productiva, valiente y libre, que a su vez propicie una calidad institucional estatal acorde con estos valores. Sin embargo, este cambio profundo requiere trascender los debates superficiales y consumistas derivados del carácter y las condiciones actuales, para establecer una concentración de personalidades afines a la dirección real del mundo y generar una cohesión fundada en la dignidad y la integridad moral. Esto representaría, efectivamente, una revolución ética auténtica.
Crítica Social para El Nuevo Siglo
Las abstracciones sobre la estructura de las sociedades ciertamente no abarcan la totalidad de la realidad. Sin embargo, cualquier abstracción nos ayuda a comprender los aspectos importantes y predominantes de los fenómenos sociales.
Una abstracción sobre las características sociales de Türkiye permitirá captar las particularidades dominantes de su realidad, a pesar de las excepciones condicionadas por el tiempo y las circunstancias. Este esfuerzo de abstracción incluye también la correcta identificación y crítica de estas características, productos de circunstancias históricas y sociales. Precisamente, dicha abstracción crítica ha sido uno de los motores fundamentales en la transición desde las estructuras agrícolas y militares hacia la era industrial y, posteriormente, hacia la era de la información.
La crítica social, particularmente desde la época del Tanzimat, ha generado también reacciones contrarias, dando lugar a una corriente conservadora basada en la defensa de lo antiguo. La lucha bicentenaria entre el segmento occidentalista-innovador y el segmento conservador-estatista ha producido una sociedad física y mentalmente agotada y desalentada, estableciendo permanentemente un reflejo estatal cargado de preocupaciones constantes sobre seguridad, supervivencia y permanencia. Sin embargo, el desarrollo y el progreso solo pueden florecer en un entorno seguro de sí mismo, libre y crítico, y no en una atmósfera negativa dominada por el Estado.
De una u otra manera, Türkiye ha transitado los últimos dos siglos en una turbulencia caótica, avanzando y retrocediendo a costa de numerosas pérdidas humanas. Los individuos más talentosos fueron sacrificados por políticas derivadas de preocupaciones enfermizas sobre seguridad, a pesar de la existencia de soluciones simples y efectivas. La riqueza nacional fue dilapidada en guerras internas ficticias, y la acumulación intelectual se desperdició en pozos ideológicos inútiles, plagados de contradicciones absurdas. En la actualidad, la sociedad turca sigue atrapada en un momento histórico idolatrado, demonizando tanto su pasado como su futuro, manifestando una estructura social profundamente esquizofrénica.
El Estado y las diversas organizaciones ideológicas, étnicas y religiosas que pretenden oponerse a él, pero que en realidad no son más que réplicas invertidas del mismo, han convertido al país en un inmenso panteón pagano lleno de ídolos. Un lugar donde dioses, líderes inmortales, mesías salvadores, conceptos tabúes y palabras fetiche son herramientas manipuladas con el único fin de dominar o vengarse del otro, mientras nadie cree verdaderamente en nada auténtico. La verdad, la justicia, lo correcto, lo genuino, lo esencial y lo universal han sido reducidos a meros instrumentos de uso práctico.
Detener esta destrucción social, heredada del colapso político otomano, debería constituir el principal esfuerzo intelectual del presente. Es necesario que todas las formas de pensamiento idolátrico, todas las falsas contradicciones y conflictos superficiales (república, religión, laicidad, secta, etnia, etc.), y todas las formas consumistas de partidismo pierdan definitivamente su vigencia.
En este contexto, la técnica del pensamiento crítico debe trascender su uso como simple medio de prestigio intelectual para convertirse en un atributo social dominante que impregne todas las estructuras del Estado y la sociedad. Si Türkiye no consigue establecer un nuevo hábitat donde cualquier idolatría sea rechazada y donde prevalezcan solo verdades concretas y objetivos genuinos, perderá otra vez las oportunidades positivas heredadas por la historia y la geografía.
En el análisis crítico de la sociedad, la problemática central de Türkiye radica en su carácter de “Ejército-Nación),” siendo su principal deficiencia una geopolítica terrestre desvinculada del mar. Estas características, comunes a toda su diversidad étnica, religiosa y sectaria, pueden considerarse tanto la raíz de múltiples conflictos como el punto de partida para muchas soluciones posibles.
Ejército-Nación: Poder, Autoridad y Vinculación al Estatus
Ahmet Mithat Efendi, uno de los intelectuales del periodo Tanzimat, basándose en la inhabilidad de la sociedad en el comercio y las artes, resume este carácter de la siguiente manera: «Nuestra historia nos demuestra que nuestro origen se produjo como una nación eminentemente militar. Aunque en verdad todavía mostramos una considerable habilidad en la industria, y aunque nuestro comercio ha logrado extenderse hasta ciertas costas del Mediterráneo, no podemos negar que estos logros han dependido más bien de nuestras minorías no musulmanas. Al considerar la proporción de elementos militares dentro del pueblo islámico y compararla con la cantidad de tropas enviadas en nuestras campañas más notables, resulta evidente que hasta épocas muy recientes, quizá incluso en nuestros días, podríamos considerarnos una nación esencialmente militar. Es decir, es bien conocida aquella afirmación antigua: ‘quien no pertenece a una unidad militar, ya sea jenízaro, sipahi u otra, no es musulmán’. Sin embargo, el progreso en las artes y el comercio depende esencialmente de la paz, y más precisamente, de una paz permanente, condición que rara vez hemos podido disfrutar» (Ahmet Mithat, Economía Política, citado por Şerif Mardin en Ciencias Políticas y Sociales, Editorial İletişim, 1992, pág.92).
Además de este carácter nacional, a ojos del pueblo, el Ejército es considerado el ‘Hogar del Profeta’ y la esencia del Estado. Es la garantía de la existencia, la supervivencia, la patria y el país. La llegada, asentamiento y consolidación hegemónica de los principados selyúcidas y del principado otomano en la región, asumiendo el papel de espada del Islam, fueron posibles gracias al espíritu de gaza y conquista. Esta tradición guerrera persistió incluso en las fases iniciales de formación estatal, concentrando la principal ocupación y sustento de los elementos musulmanes en la guerra y sus oficios relacionados. El Imperio Otomano dejó el comercio y las artesanías a otros grupos. Quizá por ello, numerosos historiadores han señalado la dependencia económica de Occidente, resultado del monopolio económico ejercido por las minorías no musulmanas, como una de las causas fundamentales del colapso del Imperio Otomano. Las raíces de este rasgo predominante se encuentran en siglos de vivir bajo un orden semi-militar. De ahí la importancia y lealtad especiales que se profesan al Estado y al ejército.
A diferencia de las sociedades occidentales, donde la riqueza y la estructura social clasista resultante poseen espacios autónomos, en la sociedad turca, el poder y el estatus se concentran predominantemente en el Estado. En efecto, tanto en el ascenso otomano como en su posterior decadencia, la primera reacción instintiva fue siempre fortalecer o reformar el Estado y el ejército, una realidad histórica conocida y aún presente en todos los círculos políticos contemporáneos. Este rol central del Estado, representante de la autoridad, y del ejército, representante de su poder, no surgió como una circunstancia temporal, sino que se convirtió en una poderosa ideología enraizada en el imaginario colectivo.
En este sentido, resulta más realista analizar la estructura social turca no mediante un análisis clasista o una dicotomía centro-periferia, sino a través de un esquema piramidal centro-base. La sociedad puede entenderse mediante una estructura jerárquica de arriba (gobernantes, poseedores de estatus, autoridades) hacia abajo (súbditos, pueblo, masas populares, gobernados). El centro está arriba, la periferia abajo. Estado y súbditos, gobernantes y gobernados, élites y masas populares, son categorías definidas no por clase o etnia, sino en relación con el Estado. Este esquema jerárquico expresa en gran medida la hegemonía incuestionable que tienen la autoridad y el estatus (ejército y Estado) sobre la población. La obediencia (bay’a) al poder que logra posicionarse en el centro superior es, a la vez, una exigencia religiosa y tradicional. Desde esta perspectiva, el Estado y el ejército constituyen instituciones religiosas y, efectivamente, la religión el islam vivido realmente por la mayoría social es estatalista y militarista. Esta fórmula también aplica al vínculo entre el cristianismo y el Estado bizantino de Roma Oriental. Quizá, en estas tierras, esta religiosidad sea una condición indispensable para la legitimidad y permanencia del Estado.
Considerando esta realidad, es posible concebir una restauración que no vea al Estado y al ejército como problemas, sino como potencialidades que puedan abordar los desafíos del nuevo siglo. Las formas de apego al poder, la autoridad y el estatus facilitan la obediencia consensuada mediante fundamentos religiosos; pero, simultáneamente, legitiman la protesta y la rebelión cuando el Estado abandona la justicia.
Por otro lado, mientras las estructuras burocráticas estatales gestionan el sistema mediante sectores influyentes seleccionados socialmente, fuera del ámbito oficial surgen espacios parcialmente autónomos, cuadros ocultos y otras áreas sociales y económicas emergentes. Muchas preocupaciones estatales por la seguridad provienen justamente del crecimiento no controlado de estos ámbitos civiles. Cuando el Estado reprime estos espacios para mantener el orden, paradójicamente incrementa la politización no controlada. Este fenómeno genera desequilibrios entre libertad y seguridad.
En definitiva, Türkiye debe abordar sus desafíos sociales, económicos e ideológicos dentro del marco estatal impuesto por la realidad geográfica y cultural. La dependencia de la sociedad hacia el Estado, ya sea voluntaria o forzosa, continúa siendo la única fórmula generadora de orden. Para resolver estas cuestiones, es indispensable que el Estado vuelva a su naturaleza original, sea controlado por la justicia y el derecho, fortalezca los ámbitos civiles y transforme las libertades en garantía de seguridad. De esta manera, el Ejército-Nación dejará de ser una masa sumisa frente al poder estatal, convirtiéndose en el eje vertebrador al que el Estado responde y rinde cuentas. Solo bajo esta condición el Estado logrará perpetuarse en el tiempo.
El Caballero de Tierra Firme y El Miedo al Mar
«…Más tarde, el sultán Meliksah avanzó hasta Samandagı (Süveydiye) y llegó al Mediterráneo. Contempló el mar con gran emoción y, al constatar que sus dominios se habían expandido más allá de lo que habían alcanzado durante el reinado de su padre Alp Arslan, dio gracias a Dios. Impulsado por el orgullo y la euforia que sentía, hizo que su caballo se internara en las agitadas aguas y sumergió su espada en ellas tres veces, exclamando: “He aquí que Dios me ha otorgado el dominio de todas las tierras, desde el Mar de Oriente hasta el Mar de Occidente”. Luego, realizó sus oraciones para agradecer a Dios la gracia y el favor que le había concedido. En ese momento, el sultán tomó un puñado de arena de la orilla y, tiempo después, acudió a la tumba de su padre Alp Arslan en la ciudad de Merv, donde expresó con legítimo orgullo sus sentimientos al decir: “Oh padre mío, Alp Arslan, recibe esta buena nueva: el hijo que dejaste siendo apenas un niño ha conquistado el mundo de un extremo al otro”.
(İ. Kafesoglu, Sultan Meliksah Devrinde Büyük Selcuklu Imparatorlugu [Estambul, 1953])
El mundo del sultán selyúcida Meliksah llegaba hasta el mar. Este relato aleccionador encierra una verdad importante sobre los límites de la geopolítica terrestre. En realidad, antes de la llegada de los turcos, también para los árabes, persas, kurdos y otras poblaciones musulmanas de la región, el mundo se reducía a la tierra firme. Salvo para aquellos dedicados al comercio, la navegación no representaba ni un medio de vida, ni un motivo de curiosidad, ni un ámbito de seguridad para las gentes que habitaban en torno al Caspio, Basora, el Mediterráneo, el Mar Negro o el Océano Índico. A partir del siglo XV, el destino de los pueblos que vivían en las costas de muchos mares cambió con la invasión de quienes pudieron atravesar las aguas abiertas. El temor al mar otorgó el poder, precisamente, a aquello que se temía.
Ya en la década de 1960, Dogan Avcıoglu señalaba la existencia de un patrón de aldeas dispersas que, de algún modo, se superó con la transferencia de la población del campo a la ciudad y la urbanización descontrolada. Sin embargo, como en muchos otros aspectos, no se planificó la etapa posterior a esa política correcta y, a día de hoy, nos hallamos ante las llamadas “ciudades-aldea”. Este proceso, que frustró la modernización urbana y dejó la agricultura en el abandono, se ha convertido en el sustrato de graves problemas sociales y económicos. Además, tal evolución caótica continúa siendo el principal obstáculo para que la población, sumida en la lucha diaria por la supervivencia, se convierta de simple muchedumbre o reaya en verdadera nación. Porque la condición ciudadana, en un nivel profundo, es no solo la base de la economía política moderna, sino también el fundamento del desarrollo religioso y moral.
Por otro lado, a lo largo de cientos de años en la península de Anatolia, el pueblo apenas se aventuró en alta mar, salvo una pesca de costa limitada, y así nunca pudo conocer los vastos océanos. En consecuencia, es una sociedad que no ha experimentado ni el coraje de enfrentarse a la incertidumbre y los peligros impredecibles propios de los mares abiertos, ni, a cambio, la sensación de libertad ni el placer de descubrir nuevos territorios sin cesar. (Incluso el Imperio otomano intentó establecer su presencia en el Mediterráneo en buena medida mediante la contratación de corsarios).
A diferencia de las sociedades con acceso a océanos, los Estados ubicados en geografías terrestres con sus príncipes, pasás, bandidos y ejércitos han vivido una interminable secuencia de conflictos caóticos y anárquicos, casi siempre repetitivos. En un territorio así, la demanda de que el poder más fuerte garantice el orden y la tranquilidad, es decir, la estabilidad y la paz constituye la máxima prioridad para sobrevivir; de ahí la adhesión al poder, la autoridad y el estatus. “O gobierna el Estado, o reinará la carroña.”
La geografía no es un destino, sino una oportunidad. La sociabilidad terrestre, al no haber sabido aprovecharla como correspondía, ha generado un carácter que no ha podido abrirse al mundo y que se ha visto atrapado en sus propios problemas.
El hecho de ser un pueblo de tierra firme y a la vez “soldado” está en el origen de un Estado esencialmente militar y explica la realidad de la “nación ejército”.
El mar supone una superficie inestable, un espacio movedizo, y vientos inciertos. Navegar sobre olas inmensas y avanzar de acuerdo con el viento exige, en comparación con la sólida y estable superficie terrestre, nuevas destrezas, habilidades, técnicas y, sobre todo, una confianza en uno mismo muy distinta. La experiencia vital predominante en las vastas llanuras, las montañas escarpadas y los desfiladeros sinuosos de Eurasia con sus prácticas habituales al lado de ríos y valles pierde vigencia en el mar. Además, los océanos, en particular, encierran peligros impredecibles y escapan a todo control, de modo que, para avanzar, orientarse y regresar a tierra firme, se requieren capacidades sumamente refinadas.
La determinación de llevar a término un cometido con la misma energía, deseo y propósito que cuando se inicia es, en esencia, una característica del navegante: quien se adentra en el mar está obligado a alcanzar la costa.
Sin embargo, en los pueblos de tierra firme, entre el punto de partida y la meta suelen surgir innumerables imprevistos y dificultades, lo que a menudo impide llegar al objetivo. Esta es una de las razones principales por las que las sociedades con mentalidad terrestre suelen comenzar algo con ímpetu, pero no logran concluirlo.
Los descubrimientos geográficos permitieron a las naciones europeas atravesar los mares y traspasar los límites de Eurasia para abrirse al mundo y conquistarlo. Europa debe su condición de potencia global a las empresas coloniales modernas y al capitalismo, forjados a través de estas incursiones ultramarinas. Alemania y Rusia incapaces de acceder a los mares abiertos siempre se han visto en desventaja frente a los poderes marítimos, lo que explica su derrota ante tales potencias, particularmente durante los siglos XIX y XX. No tuvo razón el británico Mackinder cuando afirmó que “quien domine Eurasia dominará el mundo”, sino el estadounidense Alfred T. Mahan, quien aseguraba que “quien domina los mares gobierna el mundo”.
En el siglo XXI cobra vigencia la teoría de la supremacía aérea de Alexander De Seversky.
En la era posmoderna que vivimos, se ha iniciado un nuevo paso adelante: ya no se trata solo de superar los mares, sino también de conquistar el “cielo marino”, es decir, el aire. La búsqueda de la hegemonía en el firmamento se ha convertido en la principal motivación del progreso. (El aire es una suerte de mar depurado. Muchas culturas antiguas se referían al cielo de forma análoga a un mar; hoy lo hacemos con expresiones como “aeropuerto” o “nave espacial”, que comparten la misma lógica semántica. Al fin y al cabo, el aire no es sino la forma gaseosa del agua. “Ni el sol puede alcanzar a la luna, ni la noche adelantar al día; cada uno navega en una esfera.” (Corán, sura Yasin, 40). “La muerte del fuego es el nacimiento del aire; la muerte del aire es el nacimiento del agua.” (Heráclito).)
La tecnología militar y la industria digital que esta genera se basan casi por completo en el poder aéreo y en la transmisión (frecuencias) a través del aire.
Para países como Türkiye, que aún no han superado la etapa histórica terrestre, y mucho menos la marítima, la conquista del “cielo marino” (es decir, el control de vientos y frecuencias) es todavía un objetivo lejano, a pesar de ciertos avances tardíos y exitosos. Sin embargo, el mar y el aire, que exigen competencias inéditas y una forma distinta de confianza en uno mismo, representan nuevas oportunidades para que las sociedades de tradición terrestre puedan, superando los hábitos de miles de años, volver a ser sujetos activos en el curso de la historia.
Para nuestra sociedad, en una península rodeada de mares por tres de sus lados, abrirse por fin al océano y embarcarse en un periplo por el “cielo marino” desde el que se pueda contemplar todo el horizonte, constituye una condición necesaria para la transformación física y espiritual.
Türkiye necesita políticas que trasciendan la navegación costera y se orienten a la alta mar para obtener beneficios en el ámbito de la seguridad, la economía y la sociedad. Es indispensable que al menos un 20% de la población viva del mar y del aire, y que alrededor de un 40% de la energía intelectual se dedique a profesiones vinculadas a la era del mar y el aire. Asimismo, la capacidad de las fuerzas de seguridad del Estado, en cuanto a poder naval y aéreo, debe superar a la de las fuerzas terrestres. Un ejército marino y aéreo dotaría al ámbito militar de una perspectiva más amplia y de mayores habilidades.
La transición de un pasado terrestre a un futuro aéreo y marítimo se puede llevar a cabo de manera acorde con la naturaleza de un Estado esencialmente militar y de una sociedad configurada como “nación ejército”. En lugar de limitar el espíritu del caballero de tierra firme, el miedo al mar y al aire ha de verse como un estímulo que permita superarse, desarrollarse y engrandecerse. Solo así, la historia en esta región, que hoy parece bloqueada, recuperará su curso natural y volverá a fluir.
La Perspectiva Geopolítica, una Oportunidad también para La Transformación Social
Las características sociales de Türkiye perpetúan un orden de índole totalitaria y estatista, orientado a mantener el estatu quo y que, al mismo tiempo, divide y estanca a la sociedad. Sin embargo, esas mismas características, valoradas desde una mirada distinta, podrían convertirse en una dinámica de progreso e integración en este nuevo siglo.
La estructura social, basada en estas experiencias, puede reinterpretarse a través de una síntesis de valores tradicionales y valores democráticos universales, generando así una democracia más avanzada.
La superación del miedo al mar en una sociedad de tradición terrestre, la transformación del carácter de “nación-soldado” en una comunidad más disciplinada y productiva, la conversión de la veneración al poder y al estatus en el uso de tales recursos con fines verdaderamente públicos, y la sujeción del Estado a la libertad y la justicia constituyen condiciones indispensables para que la sociedad en su conjunto supere los sufrimientos, las derrotas y los traumas heredados del siglo pasado, preparándose así para la nueva era.
El carácter de “nación-soldado” al igual que el proceso de transformación vivido por la tradición guerrera de Japón y Alemania puede erigirse en la base de un Estado de derecho disciplinado y guiado por principios éticos sólidos, así como de una economía más productiva. La visión puramente militar, que antepone la seguridad a todo lo demás, puede reorientarse hacia la conciencia de que la libertad, el Estado de derecho y la productividad económica constituyen, en realidad, el fundamento mismo de la seguridad.
La dependencia del poder, la autoridad y el estatus puede encauzarse hacia una conducta social basada no en la referencia, sino en la excelencia en el desempeño, fundamentada en el trabajo individual, el esfuerzo, las habilidades, el sentido de la responsabilidad y la racionalidad.
La jerarquía piramidal, centrada en un foco de poder y una masa obediente, podría transformarse en un círculo virtuoso de Estado y nación sometido al control de una poderosa cohesión social.
El carácter de “caballero terrestre” de Türkiye con la capacidad de llegar tanto a los mares abiertos como al “mar celeste” (un logro que ni alemanes ni rusos han podido materializar por razones geográficas) puede inaugurar una nueva apertura geopolítica y allanar el camino hacia un salto histórico distinto, hacia un renacimiento. Entonces sería posible alcanzar una calidad humana realmente capaz de pensar con racionalidad, dotada de un horizonte universal, creativa y productiva, valiente y libre; y, en consecuencia, elevar también la calidad del Estado. Solo mediante esta transformación profunda podrían superarse las discusiones estériles que surgen de la configuración actual del carácter y las condiciones presentes, conformándose así una personalidad colectiva y un sentido de la dignidad acorde con la dirección real que sigue el mundo. Ello equivaldría a una genuina revolución moral.
Todo esto es factible, pero primero se requiere que la inteligencia colectiva comience a reflexionar en este sentido. Como enseña la antigua sabiduría: uno cree según lo que es, y existe conforme a lo que piensa.