Estas transformaciones no constituyen meros fracasos académicos; representan una devastadora obliteración de la historia. Al negar la evolución natural de sociedades complejas hacia la modernización y despojarlas de su condición de sujetos históricos, estas representaciones falaces contribuyen a legitimar los sistemas de opresión existentes.
Para comprender verdaderamente el Asia Occidental árabe contemporánea, es imprescindible reconocer que sus fronteras políticas y sus relaciones de poder son, fundamentalmente, productos del imperialismo. La región continúa encadenada a una versión contemporánea del orden colonial establecido por el Acuerdo Sykes-Picot de 1916: fronteras artificiales trazadas por manos extranjeras, economías hipertrofiadas y dependientes de los petrodólares, modelos de gobernanza concebidos para satisfacer a sus patrocinadores externos y sofocar la disidencia interna, así como dirigentes locales seleccionados con esos mismos propósitos.
Los colonialistas británico y francés Mark Sykes y François Georges-Picot concibieron, mediante un calculado ejercicio de vandalismo geopolítico, el subdesarrollo sistemático de Asia Occidental. Durante la Primera Guerra Mundial, dividieron clandestinamente los territorios otomanos en esferas de influencia europeas, ignorando por completo las realidades demográficas, tribales y económicas de la región. De este modo, confinaron deliberadamente a millones de personas dentro de fronteras artificiales, trazadas para facilitar el aprovechamiento de las rutas comerciales y la extracción de recursos, en detrimento de los procesos orgánicos de formación estatal y de la estabilidad.
Estos saqueadores extranjeros obstaculizaron la independencia local, instrumentalizaron las divisiones sectarias y religiosas como armas políticas y redujeron sociedades enteras a protectorados esencialmente fragmentados y sometidos a la explotación de sus recursos, todo ello con el propósito de perpetuar su dominio y satisfacer las necesidades industriales de Londres y París.
El Acuerdo Sykes-Picot y los demás tratados vinculados a él no se limitaron a redibujar el mapa: condenaron a la región a una inestabilidad estructural y persistente. Las potencias imperiales crearon Estados artificiales e instalaron en el poder a sátrapas locales cuya legitimidad permaneció constantemente debilitada. Estos gobernantes estaban dispuestos a oprimir a sus propios pueblos para conservar el poder y satisfacer las exigencias de sus amos coloniales. Así se configuró un legado fundacional de profundas repercusiones, cuyas consecuencias los pueblos de la región siguen afrontando en la actualidad.
Incluso la denominación ampliamente utilizada de «Oriente Medio» no surgió de la propia concepción geográfica de la región, sino como un subproducto del colonialismo. Este término imperialista comenzó a emplearse durante la década de 1850 en el seno de la Oficina de la India británica. Posteriormente, adquirió notoriedad pública cuando el estratega naval estadounidense Alfred Thayer Mahan definió, en 1902, el espacio circundante al golfo Pérsico como una región situada entre el Próximo Oriente y el Lejano Oriente.
Esta denominación eurocéntrica se incorporó a la terminología oficial durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las Fuerzas Armadas británicas establecieron en El Cairo el Mando de Oriente Medio. Estados Unidos, por su parte, integró el término en su política exterior oficial durante la década de 1950. De este modo, lo que inicialmente había constituido una apreciación vinculada a la estrategia naval terminó convirtiéndose en una categoría geopolítica ampliamente aceptada.
El legado del imperialismo no se circunscribe a las líneas fronterizas dibujadas sobre los mapas. Su persistencia se manifiesta también en las formas mediante las cuales esas fronteras, trazadas hace más de un siglo, continúan siendo comprendidas e interpretadas.
Cuando estallan episodios de violencia en estos Estados, el discurso occidental recurre habitualmente a estereotipos esencialistas. En lugar de investigar las verdaderas causas de los conflictos, atribuye la inestabilidad a «antiguas enemistades étnicas, tribales o religiosas» o a una supuesta «incapacidad innata para gobernarse».
Estos estereotipos excesivamente simplificadores constituyen construcciones discursivas convenientes que eximen a las potencias coloniales de sus responsabilidades históricas. Ocultan cómo los regímenes autoritarios modernos, los enfrentamientos sectarios, las facciones religiosas y el colapso de los Estados han sido sistemáticamente diseñados, armados y manipulados por potencias extranjeras empeñadas en dominar los recursos y asegurar el control geopolítico.
El académico palestino-estadounidense Edward Said, en su crítica fundacional del orientalismo, puso de manifiesto cómo la academia, la literatura y los medios de comunicación occidentales habían construido una falsa dicotomía. En ella, Occidente aparecía representado como racional, lógico y progresista, mientras que Oriente era caracterizado como emocional, estático y despótico.
Dentro de este marco interpretativo, rara vez se reconoce la complejidad de los pueblos de Asia Occidental como sujetos históricos que luchan por su propia emancipación, su autodeterminación económica y la transformación social. En su lugar, estos pueblos son contemplados a través de tipificaciones reduccionistas como las siguientes:
El fanático: individuo supuestamente impulsado exclusivamente por agravios ancestrales o dogmas religiosos, completamente desvinculado de las realidades materiales, políticas y económicas.
La víctima: figura pasiva, indefensa y permanentemente a la espera de la intervención occidental, de operaciones humanitarias de rescate o de una democratización impuesta desde el exterior.
El decorado exótico: vestigio de una época pretérita, transformado en objeto estético y despojado de toda conciencia política contemporánea.
Cuando movimientos de emancipación, como la Revolución iraní de 1979, los levantamientos árabes de 2011 y los acontecimientos del 7 de octubre de 2023, sacuden la región, los analistas occidentales suelen mostrarse sorprendidos ante las reivindicaciones de dignidad, derechos laborales y rendición democrática de cuentas formuladas por ciudadanos comunes. Como si tales aspiraciones cívicas constituyeran un patrimonio exclusivo de Occidente. Por el contrario, cuando estos movimientos son reprimidos por déspotas respaldados por las potencias occidentales, dicha represión suele atribuirse a una presunta «predisposición cultural» de esas sociedades hacia la tiranía.
Durante generaciones, la historiografía imperialista ha concebido y tratado la región exclusivamente como una reserva de recursos: primero por sus especias y rutas comerciales, después por su petróleo, pero siempre como un tablero estratégico de ajedrez y un botín geopolítico. Como consecuencia, su extraordinaria trayectoria histórica como centro floreciente de conocimiento, aprendizaje y transformación social ha sido completamente relegada al olvido.
La historiografía eurocéntrica borra sistemáticamente las contribuciones fundamentales de la región a la configuración del mundo moderno, depurando sus logros en los ámbitos de la ciencia, la medicina, el derecho, la administración, la literatura y la filosofía para acomodarlos a una narrativa restrictiva del progreso.
Más aún, las luchas contemporáneas contra las intervenciones extranjeras y los déspotas locales suelen presentarse como expresiones de «sentimientos antioccidentales», en lugar de ser reconocidas por lo que realmente son: reivindicaciones de soberanía, autonomía corporal y justicia frente al saqueo perpetrado tanto desde el interior como desde el exterior.
Comprender Asia Occidental en toda su complejidad exige desmontar los mitos convenientes engendrados por la historia imperialista. Para ello, resulta indispensable escuchar a sus poetas, académicos, trabajadores, estudiantes y revolucionarios desde sus propias circunstancias y perspectivas. En última instancia, es necesario reconocer que las luchas de la región no son manifestaciones de supuestas deficiencias culturales, sino heridas infligidas por una ingeniería política deliberadamente diseñada por potencias extranjeras. Bajo siglos de tergiversaciones subyace una historia de dignidad humana y resistencia que ha logrado perdurar a pesar de todas ellas.
Esta arrogancia colonial ha condenado a la región a una parálisis política sistemática. Su legado ha asfixiado la independencia económica sustentada en las propias dinámicas regionales y ha dejado tras de sí un panorama de deterioro institucional, inestabilidad interminable y una crisis de gobernanza de la que nunca se ha permitido a la región emanciparse plenamente.
Para liberarse de este entramado imperial, los Estados árabes deben poner fin a sus dependencias estructurales y militares respecto de Estados Unidos y de las demás potencias occidentales.
El desmantelamiento de este sistema requiere una transformación paradigmática de gran profundidad, que permita transitar desde modelos de gobernanza rentista hacia economías meritocráticas y fundamentadas en el conocimiento. En los sistemas rentistas, la legitimidad del Estado se adquiere mediante la distribución de la riqueza petrolera, con la que se compran la lealtad y la obediencia, en lugar de construirse a través de una fiscalidad basada en la ciudadanía y de mecanismos efectivos de representación política.
Para alcanzar la estabilidad, los dirigentes regionales deben superar las divisiones sectarias y las guerras por delegación alentadas por Occidente, eliminar las barreras proteccionistas que obstaculizan el comercio intrarregional y establecer instituciones autóctonas sustentadas en el Estado de derecho, en sustitución de aquellas estructuras dependientes de líderes autocráticos y personalistas.
La auténtica descolonización no se consumará mediante la irrupción de un nuevo salvador ni a través de un mero realineamiento entre las alianzas occidentales. La conquista de una soberanía genuina exige un profundo despertar endógeno, en virtud del cual la región otorgue primacía a la autosuficiencia económica, sitúe el capital humano por encima de la riqueza derivada de los hidrocarburos y erija un sistema de gobernanza autóctono, cimentado en sus propias particularidades históricas, culturales e institucionales.
El Dr. M. Reza Behnam es politólogo especializado en política comparada, con especial atención a Asia Occidental.
Fuente:https://www.counterpunch.org/2026/10/09/the-imperial-pen-geopolitical-vandalism-in-west-asia/
