El Reloj Del Golpe De Estado Avanza En Teherán

El capítulo final de la República Islámica aún no ha sido escrito. Ya sea que el próximo acto tenga como protagonistas a los generales, al clero o a una transformación revolucionaria, cada día se hace más evidente una realidad: los cimientos del régimen se resquebrajan y el incesante tic tac del reloj que marca la cuenta atrás en Teherán resuena con una intensidad cada vez mayor.
agosto 4, 2026
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Los rumores que circulan por Teherán han alcanzado su punto álgido. Las conversaciones en los círculos políticos, los susurros en los bazares, la información procedente del interior del régimen y las crecientes especulaciones en todo Irán apuntan a una posibilidad extraordinaria: los altos mandos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (Islamic Revolutionary Guard Corps, IRGC) podrían estar preparándose para asumir directamente el control del Estado.

Confirmar si un golpe de Estado de esta naturaleza es realmente inminente sigue siendo imposible. Sin embargo, el simple hecho de que estos rumores hayan adquirido una difusión tan amplia revela hasta qué punto el régimen se ha vuelto frágil. A lo largo de la historia, los golpes de Estado han surgido precisamente cuando los gobiernos parecían más débiles, más divididos y menos capaces de inspirar confianza. El Irán de hoy presenta cada uno de esos síntomas.

El sistema teocrático fundado hace casi medio siglo por el ayatolá Jomeini atraviesa la crisis más profunda de toda su existencia. La muerte del Líder Supremo, Ali Jamenei, ha privado al régimen de su principal pilar de autoridad. Su hijo, Mojtaba Jamenei, carece de la legitimidad religiosa, el peso político y la autoridad personal que permitieron a su padre mantener durante décadas el equilibrio entre las distintas facciones del poder. Su prolongada ausencia de la vida pública ha intensificado aún más las especulaciones sobre su estado de salud y su capacidad para dirigir el país.

Mientras tanto, el poder se concentra cada vez más en manos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC).

Cada crisis fortalece a la Guardia Revolucionaria. Cada fracaso diplomático amplía su esfera de influencia. Cada protesta interna refuerza aún más su control sobre el aparato de seguridad. Cada deterioro económico profundiza su dominio sobre los intereses comerciales. Hoy, el IRGC controla gran parte de la economía iraní, los servicios de inteligencia, los medios de comunicación, el programa de misiles y la estructura militar del país. Para numerosos observadores, Irán se ha convertido ya en una dictadura militar revestida con las túnicas del clero.

La historia ofrece numerosos ejemplos de momentos en los que las élites militares tomaron el poder tras concluir que los gobiernos civiles o ideológicos habían perdido el control.

En 1952, el golpe de Estado en Egipto puso fin a la agotada monarquía del rey Faruq. La indignación popular, la corrupción y la humillación sufrida por las fuerzas armadas crearon las condiciones para que el Movimiento de los Oficiales Libres se presentara como el salvador de la nación.

En 1974, la Revolución de los Claveles en Portugal puso fin a casi medio siglo de dictadura después de que un grupo de oficiales concluyera que las interminables guerras coloniales habían dejado de ser sostenibles.

Rumanía vivió un colapso dramático en diciembre de 1989, cuando sectores de las fuerzas armadas abandonaron a Nicolae Ceaușescu, acelerando así el derrumbe de una de las dictaduras más brutales de Europa del Este.

La Unión Soviética también fue escenario de un intento de golpe de Estado en agosto de 1991. Los dirigentes más inmovilistas trataron de salvar un sistema comunista que se desmoronaba. Sin embargo, su fracaso no hizo sino acelerar la disolución del Imperio soviético apenas unos meses después.

Todos estos precedentes reflejaban una misma realidad fundamental: las élites militares habían llegado a la conclusión de que el gobierno existente se había convertido en una carga para la supervivencia del Estado.

Irán comienza a parecerse cada vez más a esos momentos decisivos de la historia. La economía continúa atrapada en una espiral descendente. La inflación sigue siendo asfixiante. El rial ha perdido gran parte de su valor. Los cortes de electricidad, el racionamiento del combustible y la crónica escasez de agua han alimentado un profundo descontento en todas las provincias del país. Mientras las sanciones internacionales continúan frenando la inversión, los enfrentamientos militares han debilitado aún más la infraestructura y el comercio.

El levantamiento inconcluso del pasado mes de enero sigue siendo la mayor pesadilla del régimen. Se informa de que miles de personas perdieron la vida durante la brutal represión de las protestas que se extendieron por todo el país. Miles más fueron encarceladas. Las familias continúan organizando ceremonias conmemorativas que, con frecuencia, terminan convirtiéndose en actos de desafío político. Al mismo tiempo, la juventud iraní mantiene intacta su determinación: se organiza con mayor eficacia y actúa con un grado creciente de valentía.

El régimen es plenamente consciente de cuál es la mayor amenaza interna a la que se enfrenta. En cada acto oficial continúa resonando el lema «Muerte a los hipócritas», expresión con la que las autoridades designan a la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (People’s Mojahedin Organisation of Iran, PMOI). Este eslogan trasciende con mucho la propaganda oficial. Refleja un temor real: que una resistencia organizada sea capaz de transformar la indignación popular en una revolución.

En un contexto cada vez más inestable, un golpe de Estado podría resultar una opción atractiva para los comandantes más ambiciosos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC).

Una operación de esta naturaleza podría justificarse bajo el argumento de la seguridad nacional. Los dirigentes militares podrían sostener que la debilidad del liderazgo político, el fracaso de la diplomacia y el colapso económico hacen indispensable una intervención decisiva. Mojtaba Jamenei podría conservar un papel meramente simbólico como líder religioso, mientras el poder efectivo pasaría abiertamente a manos de una dirección militar. Como alternativa, los altos mandos podrían apartar por completo al establishment clerical y presentarse como los auténticos guardianes de la unidad nacional.

Cualquiera de estos escenarios supondría una transformación radical de la estructura del poder en Irán.

Sin embargo, la historia también demuestra que los golpes de Estado rara vez resuelven las crisis estructurales a las que se enfrentan los países.

En los últimos meses de su reinado, el Sha dependía en gran medida del poder militar. Su aparato de seguridad parecía extraordinariamente sólido. Sin embargo, una vez que desapareció la confianza de la población, aquella fortaleza se desmoronó con sorprendente rapidez. En 2013, el ejército egipcio destituyó al presidente Mohamed Morsi. La estabilidad en materia de seguridad fue restablecida, pero las divisiones políticas más profundas permanecieron intactas. Los gobiernos militares suelen ser eficaces para imponer el orden; construir legitimidad es una tarea mucho más difícil.

Si el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) tomara el poder, es casi seguro que Irán entraría en una etapa de represión aún más severa. Es probable que aumenten las ejecuciones. Los presos políticos enfrentarán un peligro todavía mayor. La vigilancia se intensificará aún más. Todo el aparato coercitivo del Estado será movilizado contra la oposición organizada.

Sin embargo, medidas de esta naturaleza solo podrían aplazar un ajuste de cuentas mucho más profundo.

Los dirigentes militares heredarían la misma economía en decadencia, el mismo aislamiento internacional, la misma infraestructura deteriorada y el mismo pueblo que exige un cambio estructural. Los uniformes ofrecen muy pocas respuestas frente a la inflación, el desempleo, la corrupción o el colapso de los servicios públicos.

Más importante aún, la sociedad iraní ya ha cruzado un umbral psicológico decisivo. Millones de ciudadanos han dejado atrás el miedo.

Y es precisamente este hecho lo que distingue al Irán de hoy de muchos otros regímenes autoritarios del pasado. A pesar de una censura implacable, una generación joven, conectada mediante redes clandestinas, ha desarrollado estructuras organizativas capaces de sobrevivir incluso bajo las condiciones más duras de represión. Las Unidades de Resistencia de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (People’s Mojahedin Organisation of Iran, PMOI) continúan expandiéndose pese a las sucesivas oleadas de detenciones y ejecuciones. Esta capacidad de resistencia demuestra que la oposición ha superado hace tiempo la fase de las protestas espontáneas y se ha convertido en una fuerza organizada.

Por ello, los gobiernos occidentales se enfrentan a una decisión de enorme trascendencia.

Ningún golpe de Estado debe interpretarse como una reforma democrática. Sustituir a un grupo de ancianos clérigos por generales uniformados significaría simplemente reemplazar una forma de dictadura por otra. La comunidad internacional debe resistir cualquier tentación de aceptar a unos dirigentes militares que prometan una estabilidad temporal mientras perpetúan la represión.

La reciente decisión de Europa de designar al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) como organización terrorista, seguida por la firme postura adoptada por el Reino Unido, constituye un cambio significativo en los esfuerzos por exigir responsabilidades al principal instrumento de violencia del régimen.

En última instancia, el futuro de Irán pertenece a su propio pueblo.

Por ello, los rumores de un posible golpe de Estado que circulan en Teherán revelan una realidad mucho más profunda que las simples intrigas entre las élites del poder. Ponen al descubierto a un régimen consumido por la desconfianza, paralizado por las luchas internas y cada vez más consciente de que el mayor desafío al que se enfrenta proviene de su propio pueblo.

El capítulo final de la República Islámica aún no ha sido escrito. Ya sea que el próximo acto tenga como protagonistas a los generales, al clero o a una transformación revolucionaria, cada día se hace más evidente una realidad: los cimientos del régimen se resquebrajan y el incesante tic tac del reloj que marca la cuenta atrás en Teherán resuena con una intensidad cada vez mayor.

*Struan Stevenson fue diputado al Parlamento Europeo en representación de Escocia entre 1999 y 2014. Entre 2009 y 2014 presidió la Delegación del Parlamento Europeo para las Relaciones con Irak y, entre 2004 y 2014, encabezó el Intergrupo Friends of a Free Iran («Amigos de un Irán Libre»). Es autor de diversas obras sobre Oriente Medio y conferenciante habitual en foros internacionales.

Fuente:https://www.realclearworld.com/articles/2026/08/01/the_coup_clock_is_ticking_in_tehran_1197853.html