Durante décadas he observado cómo la relación militar entre Pakistán y Oriente Medio evolucionó, en gran medida, lejos de los titulares. Oficiales pakistaníes entrenaron a las fuerzas de los países del Golfo, pilotos participaron en ejercicios militares conjuntos, asesores colaboraron con gobiernos árabes y contingentes fueron desplegados periódicamente en Arabia Saudita. Islamabad era un importante socio de seguridad, pero rara vez ocupaba una posición central dentro de la arquitectura defensiva de la región.
Eso podría estar cambiando.
El Acuerdo Estratégico de Defensa Mutua (Strategic Mutual Defence Agreement), firmado entre Pakistán y Arabia Saudita el 17 de septiembre de 2025, representó una auténtica ruptura con la cooperación informal que había caracterizado la relación hasta entonces. Al establecer que cualquier ataque contra uno de los dos países sería considerado un ataque contra ambos, el acuerdo introdujo por primera vez el principio de defensa colectiva en la relación de Pakistán con el mundo árabe.
Desde entonces, he observado un interés cada vez mayor por Pakistán como socio de defensa. Kuwait está evaluando un acuerdo ampliado que abarcaría el despliegue de tropas, aeronaves, drones y capacidades de defensa antiaérea. También se ha informado de un interés similar por parte de Baréin; Jordania ha mantenido conversaciones sobre cooperación en materia de armamento y entrenamiento; y Pakistán, Arabia Saudita y Türkiye han elaborado un borrador de un acuerdo trilateral de defensa, aunque todavía no han alcanzado un consenso definitivo.
Todo ello plantea una pregunta evidente: ¿está comenzando a surgir una «OTAN musulmana»? Mi respuesta es no, al menos por ahora. Sin embargo, resulta igualmente evidente que está tomando forma una evolución estratégica de considerable importancia.
De la cooperación militar a la defensa mutua
El acuerdo con Arabia Saudita reviste especial importancia porque transformó una asociación histórica en un compromiso estratégico formal.
Antes de 2025, se estimaba que entre 1.500 y 2.000 militares pakistaníes ya estaban desplegados en Arabia Saudita desempeñando funciones operativas, técnicas y de entrenamiento. Posteriormente, el acuerdo comenzó a aplicarse: en abril de 2026, fuerzas pakistaníes llegaron a la Base Aérea Rey Abdulaziz, y diversos informes posteriores confirmaron el despliegue en el reino tanto de tropas pakistaníes como de aeronaves con capacidad de combate.
Los demás Estados del Golfo tomaron nota de este cambio. Kuwait ya contaba con un acuerdo de cooperación en materia de defensa firmado con Pakistán en 2023; sin embargo, las conversaciones reportadas en julio de 2026 alcanzaron un nivel mucho más ambicioso. Según esas informaciones, Kuwait solicitó el despliegue de miles de soldados pakistaníes, aviones de combate, drones y sistemas de defensa aérea, mientras que las autoridades pakistaníes advirtieron que no se estaba considerando un despliegue con fines de combate.
A mi juicio, esta distinción resulta fundamental. Los acuerdos de entrenamiento militar son relativamente habituales; en cambio, comprometer el despliegue de fuerzas militares y sistemas de defensa antiaérea durante un conflicto regional constituye un tipo de arreglo mucho más cercano a una verdadera alianza militar.
El triángulo Pakistán–Arabia Saudita–Türkiye
El posible acuerdo trilateral podría tener consecuencias mucho más significativas. En enero de 2026, el ministro responsable de la producción de defensa de Pakistán confirmó que, tras cerca de diez meses de negociaciones, existía un borrador de acuerdo. Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores de Türkiye, Hakan Fidan, confirmó la existencia de las conversaciones, aunque señaló que todavía no se había firmado ningún acuerdo y abogó, en su lugar, por la creación de una plataforma regional de seguridad de mayor alcance.
Cada uno de estos países aportaría capacidades diferentes: Arabia Saudita ofrecería sus recursos financieros y su influencia en el sector energético; Türkiye contribuiría con una industria de defensa altamente desarrollada, especialmente en los ámbitos de los vehículos aéreos no tripulados, los vehículos blindados y las plataformas navales; mientras que Pakistán aportaría un ejército con amplia experiencia en combate, una industria de defensa en expansión y la única capacidad nuclear declarada del mundo musulmán.
Pakistán dispone de aproximadamente 660.000 efectivos en servicio activo, más de 420 aeronaves de combate y un arsenal estimado de 170 ojivas nucleares. Además, gracias al programa JF-17, puede suministrar equipamiento militar sin depender completamente de proveedores occidentales.
En conjunto, estos tres países podrían constituir el núcleo de una red de seguridad verdaderamente sólida. No obstante, conviene evitar interpretaciones exageradas. Una red de seguridad robusta no equivale automáticamente a una alianza militar, y una alianza militar tampoco significa, por sí sola, una estructura comparable a la OTAN.
La posición de Egipto en la arquitectura emergente
Aunque no existe un acuerdo público de defensa mutua entre Pakistán y Egipto, El Cairo parece estar cada vez más vinculado a esta configuración estratégica. En abril de 2026, las fuerzas armadas de ambos países realizaron un ejercicio conjunto de fuerzas especiales en territorio pakistaní. Asimismo, Egipto participó junto con Pakistán, Arabia Saudita y Turquía en un mecanismo de consultas entre cuatro países conocido ocasionalmente como R4 convocado para debatir fórmulas de reducción de las tensiones durante el conflicto con Irán.
Este mecanismo sigue teniendo un carácter eminentemente diplomático, no militar, aunque reúne a los cuatro mayores Estados de mayoría musulmana de la región excluyendo a Irán.
Teniendo en cuenta las prioridades divergentes de Egipto en Gaza, Libia, Sudán y el mar Rojo, así como su prolongada relación estratégica con Washington, considero probable que El Cairo mantenga una actitud prudente. Por el momento, lo situaría como parte de un círculo emergente de consultas políticas, más que como un miembro confirmado de una futura alianza.
Ya existe una alianza militar musulmana, pero no de esta naturaleza
El mundo musulmán ya dispone de una estructura militar multinacional: la Coalición Militar Islámica contra el Terrorismo (IMCTC), establecida en 2015 y con sede en Riad. La organización cuenta con 43 Estados miembros y está dirigida, desde 2017, por el exjefe del Estado Mayor del Ejército de Pakistán, el general Raheel Sharif.
Sus actividades abarcan la coordinación en materia de lucha contra el terrorismo, el intercambio de inteligencia, el entrenamiento militar y el combate contra la financiación de organizaciones extremistas.
Sin embargo, esta organización no dispone de un mecanismo equivalente al Artículo 5 de la OTAN, ni de una fuerza multinacional integrada, ni de una estructura de mando unificada que se active automáticamente cuando uno de sus miembros es atacado. Los Estados participantes colaboran dentro de los límites de sus propias capacidades y sin renunciar a su soberanía.
La fortaleza de la OTAN descansa precisamente en compromisos formales de defensa colectiva, una planificación integrada, estándares operativos comunes y décadas de ejercicios militares conjuntos. Las iniciativas impulsadas en torno a Pakistán todavía están lejos de haber construido una arquitectura de esa naturaleza.
¿Qué está surgiendo realmente?
En mi opinión, el resultado más probable es la formación de una red escalonada de tipo centro-periferia. En su núcleo se situaría el acuerdo entre Pakistán y Arabia Saudita; en un segundo nivel, una posible estructura trilateral integrada por Pakistán, Arabia Saudita y Turquía; y, en un círculo más amplio, acuerdos específicos con Kuwait, Baréin, Jordania, Catar y, potencialmente, Egipto.
Algunos países podrían solicitar el despliegue de tropas pakistaníes, mientras que otros darían prioridad a la cooperación en materia de entrenamiento, intercambio de inteligencia o seguridad marítima.
Este modelo ofrece una flexibilidad mayor que la OTAN precisamente porque los Estados de Oriente Medio no comparten una definición común del enemigo. Para algunos, la principal preocupación estratégica es Irán; para otros, la influencia de Israel. Las prioridades de Turquía se concentran en Siria y el Mediterráneo Oriental; las de Egipto, en Gaza y el mar Rojo; mientras que Pakistán mantiene su principal foco estratégico en la India. Al mismo tiempo, Islamabad debe gestionar su compleja relación con Afganistán y su delicada frontera con Irán.
Negociar un único compromiso automático de defensa capaz de abarcar simultáneamente todas estas disputas resultaría extraordinariamente difícil. Por ello, considero más probable que la región evolucione hacia un conjunto de mecanismos superpuestos de cooperación, en lugar de constituir un único bloque militar.
La cuestión nuclear
La capacidad nuclear de Pakistán constituye uno de los principales factores que explican el creciente valor estratégico del país. Sin embargo, se trata de un asunto que conviene analizar con cautela y no mediante especulaciones.
Tras la firma del acuerdo con Arabia Saudita, un alto funcionario saudí declaró a Reuters que el pacto abarcaba «todos los medios militares». Por su parte, el ministro de Defensa de Pakistán afirmó que las armas nucleares «no formaban parte de la agenda» del acuerdo. Dado que el comunicado oficial no contiene ninguna referencia explícita a la disuasión nuclear ni a un eventual mecanismo de reparto nuclear, considero que las afirmaciones sobre la existencia de un paraguas nuclear pakistaní para los Estados del Golfo carecen, por el momento, de confirmación.
Históricamente, la doctrina nuclear de Pakistán ha estado concebida para disuadir a la India. Extender esa doctrina al contexto de Oriente Medio plantearía interrogantes extremadamente complejos que, a mi juicio, nadie ha respondido todavía de manera satisfactoria: ¿quién tendría el control de esas armas?, ¿qué tipo de agresión activaría una respuesta?, ¿abarcaría únicamente ataques de otros Estados o también acciones perpetradas por actores no estatales o por fuerzas delegadas (proxies)?
La ambigüedad estratégica puede fortalecer la disuasión; sin embargo, un exceso de ambigüedad también incrementa el riesgo de errores de cálculo con consecuencias potencialmente graves. Desde mi perspectiva, Islamabad no debería permitir que determinadas declaraciones políticas generen compromisos nucleares que nunca hayan sido debatidos públicamente ni definidos institucionalmente.
La oportunidad y el riesgo para Pakistán
Veo en este proceso una oportunidad real para que Pakistán amplíe sus exportaciones de defensa, consolide acuerdos en materia energética y aumente su influencia diplomática. El interés manifestado por Kuwait en vincular la cooperación en defensa con la seguridad energética constituye un ejemplo de ese potencial.
Al mismo tiempo, también percibo un riesgo igualmente real de sobreextensión estratégica.
En 2015, el Parlamento pakistaní rechazó la solicitud de Arabia Saudita de enviar buques, aeronaves y tropas para intervenir en la guerra de Yemen, optando por mantener una posición de neutralidad que le permitiera preservar su papel como mediador. Ese mismo dilema continúa vigente en la actualidad: Islamabad desea contribuir a la seguridad de Arabia Saudita, pero no quiere convertirse automáticamente en parte beligerante de cada enfrentamiento entre Riad e Irán.
El acuerdo firmado en 2025 hace que ese equilibrio resulte aún más difícil. Durante la escalada de tensiones registrada en 2026, diversos responsables reconocieron que dicho acuerdo podría obligar a Pakistán a elegir entre cumplir sus compromisos con Arabia Saudita o preservar su capacidad para mediar entre Riad y Teherán.
Pakistán ya vivió una experiencia semejante en el pasado. Durante la Guerra Fría formó parte del Pacto de Bagdad y, posteriormente, de la Organización del Tratado Central (CENTO). Sin embargo, aquella alianza nunca abordó la principal preocupación estratégica de Pakistán la rivalidad con la India, motivo por el cual Islamabad abandonó la organización en 1979.
La principal enseñanza que extraigo de esa experiencia es clara: los tratados, por sí solos, no garantizan una seguridad efectiva. Las alianzas solo pueden perdurar cuando sus miembros alcanzan un consenso real sobre la naturaleza de las amenazas, el reparto de responsabilidades y las condiciones bajo las cuales están dispuestos a emplear la fuerza militar.
¿Un puente regional o un Estado de primera línea?
En mi opinión, Pakistán debería acoger favorablemente una cooperación más profunda en materia de seguridad, pero al mismo tiempo necesita establecer límites claramente definidos. Los futuros acuerdos deberían precisar qué constituye un acto de agresión, distinguir entre operaciones defensivas e intervenciones militares y garantizar mecanismos efectivos de supervisión civil y parlamentaria.
La cooperación convencional como la defensa antiaérea, las tecnologías contra drones, la seguridad marítima y el entrenamiento militar debería mantenerse claramente separada de cualquier compromiso implícito relacionado con la disuasión nuclear. Asimismo, Pakistán debe preservar su relación con Irán. Una arquitectura de seguridad concebida para contener o aislar a Teherán convertiría la frontera occidental pakistaní en un frente permanente y pondría fin a la capacidad de Islamabad para desempeñar un papel de mediador.
A mi juicio, el modelo más eficaz sería aquel que se mantuviera estrictamente orientado a la defensa, actuara con transparencia y fuera lo suficientemente inclusivo como para evitar convertirse en una coalición de carácter sectario. Su objetivo debería centrarse en la protección del territorio y de las infraestructuras, y no en campañas destinadas a promover cambios de régimen.
Todavía no está surgiendo una «OTAN musulmana». Lo que realmente está tomando forma es una estructura mucho más flexible, aunque también más ambigua: una red de pactos, despliegues militares y mecanismos diplomáticos en la que Pakistán se perfila como uno de sus principales ejes.
Creo que, si este proceso se gestiona con prudencia, podría proporcionar a Islamabad una mayor influencia estratégica y contribuir a que los Estados del Golfo reduzcan su dependencia de las potencias externas. Sin embargo, si se administra de manera imprudente, existe el riesgo de transformar a Pakistán de un puente regional en un Estado de primera línea, atrapado en conflictos que difícilmente podría controlar.
Por ello, desde mi perspectiva, la cuestión fundamental no es si Pakistán contribuirá o no a la creación de una «OTAN musulmana». La verdadera pregunta es si será capaz de asumir este nuevo papel en la arquitectura de seguridad regional sin sacrificar la independencia estratégica que constituye, precisamente, la principal fuente de su valor geopolítico.
