De Siria a Davos: El Nuevo Orden Mundial

Los proyectos de “Türkiye sin terrorismo” y de “hermandad entre turcos, árabes y kurdos”, expresados por el presidente Recep Tayyip Erdoğan y el presidente del MHP, Devlet Bahçeli, deben leerse como pasos estratégicos adoptados en este marco. Lo que ocurre en Siria también debe evaluarse desde esta perspectiva.De lo contrario, estructuras como el PYD/YPG, que aún actúan con una mentalidad propia de la Guerra Fría, oprimen a la población y, aferradas a ideas comunistas marginales, buscan cooperar con Israel y Estados Unidos, están condenadas a perder. Para una oposición turca que todavía guarda luto por Asad y espera auxilio de Occidente, ha llegado ya el momento de recitar la oración…
enero 21, 2026
image_print

En los últimos años, intelectuales y algunos líderes políticos de todo el mundo han reiterado con insistencia que el mundo está cambiando, que el antiguo orden se ha derrumbado y que es necesaria una nueva arquitectura global. Estos debates no se han limitado a textos académicos; se han reflejado en libros, manifiestos y discursos de Estado. Mientras algunas de estas obras llevan explícitamente el título de “Nuevo Orden Mundial”, otras apuntan a la misma búsqueda mediante conceptualizaciones como “Segunda Era de la Ilustración”. El libro del ex canciller alemán Gerhard Schröder, “La última oportunidad: por qué necesitamos un nuevo orden mundial”, fue una advertencia clara sobre la insostenibilidad del sistema centrado en Occidente. De manera similar, el libro del presidente Recep Tayyip Erdoğan, “Un mundo más justo es posible”, no fue solo una crítica, sino también un llamamiento a la reconfiguración del sistema global.

En esta obra, el presidente Erdoğan aborda, mediante subtítulos, las injusticias, los bloqueos institucionales y las crisis de representación a las que se enfrenta el mundo, subrayando que la solución solo puede encontrarse a través de una hoja de ruta realista, multilateral y centrada en la justicia.

Durante mucho tiempo, estas advertencias fueron ignoradas o etiquetadas como mera “retórica”. Sin embargo, Davos 2026 dejó al descubierto, con toda crudeza, que no se trataba de una discusión teórica, sino del anuncio de una ruptura real.

El actual Foro de Davos ya ha pasado a la historia como uno de los acontecimientos más significativos que el mundo ha presenciado en décadas. El foro documenta, casi de forma audiovisual, el colapso del orden global establecido tras la Segunda Guerra Mundial. No se trata simplemente de una crisis, sino de una rebelión abierta: un desafío directo a la legitimidad del sistema centrado en Estados Unidos. El primer ministro de Canadá pronunció uno de los discursos más contundentes de la historia de su país, declarando de facto el fin de la dependencia estructural de Canadá respecto a Estados Unidos, una relación que había moldeado su identidad desde su fundación. No fue una ruptura simbólica, sino un giro estratégico.

Europa, por su parte, ha decidido abandonar la ilusión de que Estados Unidos garantiza su seguridad y rechazar la política de chantaje ejercida a través de Donald Trump. La situación actual puede describirse con total claridad: el mundo ha decidido decir “que se derrumbe el templo, aunque nos aplaste a todos”. Los sacrificios realizados para mantener en pie el viejo orden han perdido todo sentido.

Davos 2026, situado en el epicentro de esta ruptura histórica, no quedó registrado como una simple vitrina global, sino como la manifestación de un estado de ánimo colectivo. Las salas estaban llenas, pero no hubo aplausos. No hubo entusiasmo. La vieja arrogancia de la “gobernanza global” dio paso a una inquietud silenciosa. Tres figuras que hablaron desde el mismo podio con tonos distintos el primer ministro canadiense Mark Carney, el presidente serbio Aleksandar Vučić y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen confirmaron, desde ángulos diferentes, una misma realidad: el antiguo orden mundial se ha derrumbado y ya no queda nadie que pueda negarlo.

El discurso de Carney hizo algo que la política occidental había evitado durante mucho tiempo: confesó. Reconoció abiertamente que el sistema promocionado como “orden internacional basado en normas” había sido, desde sus inicios, selectivo, asimétrico y centrado en el poder. Admitió que el derecho internacional no funciona de la misma manera para todos, que las reglas comerciales se flexibilizan en favor de los más fuertes y que la integración ha dejado de generar beneficios mutuos para convertirse en un mecanismo de presión y subordinación. El punto más crítico fue su afirmación de que no se trata de una transición, sino de una ruptura. El problema ya no es reparar el sistema, sino que este se ha agotado moral y políticamente. Por primera vez, Occidente abandonó su propio relato de legitimidad con esta claridad.

Las palabras de Vučić no fueron un análisis teórico, sino una fotografía de la psicología de Davos. Afirmó que, tras asistir doce veces al foro, era la primera vez que no veía aplausos, ni sonrisas, y que percibía un miedo generalizado al futuro. Estas frases no son una simple observación: los órdenes mundiales no se sostienen solo con normas, sino también con la confianza de las élites. La ausencia de aplausos en Davos revela que los gestores del sistema global ya no creen ni siquiera en su propia narrativa. La incertidumbre se ha convertido en la emoción central de esta nueva era, y un mundo gobernado por el miedo tiende siempre a ser más duro, más brusco y más inestable.

El discurso de von der Leyen representó la transformación de ese miedo en ira. El tono fue duro y los mensajes, amenazantes. El cuestionamiento del sistema centrado en el dólar, la búsqueda de una arquitectura geoeconómica posterior a Estados Unidos y la visión de nuevas alianzas con India en el centro mostraron que Europa ya no desea avanzar por el mismo camino que Washington. Sin embargo, detrás de este discurso no había una demostración de fuerza, sino una carencia de poder. Una Europa dependiente energéticamente, con capacidades militares limitadas y políticamente fragmentada, no está en condiciones de construir un orden sin la hegemonía estadounidense. Por ello, el lenguaje se endurece y el discurso se vuelve agresivo. A lo largo de la historia, este tipo de reacciones han sido más bien señales de declive que de ascenso.

Otra fractura crítica que completa este panorama provino del propio interior de Davos. Las palabras pronunciadas fueron, en el sentido más literal, de enorme alcance. Si una figura central de las finanzas globales como Larry Fink critica Davos, es necesario aceptar que el estado de ánimo global ha cambiado realmente. Fink describió el foro como “una reunión de élites que intenta diseñar un mundo que no representa a quienes participan en ella”. Señaló abiertamente que las decisiones vitales se toman a puerta cerrada, mientras que el costo lo pagan personas que nunca se sentarán en esas mesas. Su confesión más inquietante fue la siguiente: “Hemos perdido la confianza del público”. Esto constituye un ultimátum directo al Foro Económico Mundial: o reconstruye su legitimidad y su vínculo con la realidad, o se convertirá en un club irrelevante y encerrado en sí mismo. La verdad que el gigante financiero finalmente reconoció es clara: la economía no puede gobernarse únicamente desde torres de marfil.

Leídas en conjunto, todas estas intervenciones permiten comprender con mayor claridad el terreno sobre el que se está configurando el nuevo orden mundial. Este orden no se construye con esperanza, sino con miedo; no avanza mediante el consenso, sino a través de la negociación y la imposición; no se guía por valores universales, sino por equilibrios regionales. Para los países de tamaño medio, este escenario plantea una cuestión vital: ¿actuarán juntos para crear nuevos espacios de equilibrio o quedarán expuestos, uno a uno, a la presión de las grandes potencias? Para los más débiles, la pregunta es aún más cruel: quienes no encuentran un lugar en la mesa, terminan formando parte del menú.

En definitiva, la cumbre de Davos se convirtió en la declaración oficial del colapso del viejo orden. Todo el mundo busca nuevas vías para salir de las crisis. Los Estados túrquicos, los países árabes y musulmanes se ven obligados, en este umbral histórico, a forjar alianzas urgentes y sólidas para encontrar salidas a esta coyuntura. Turquía, Catar, Arabia Saudí, Pakistán, Kuwait y Egipto asumen aquí enormes responsabilidades. Es hora de arrojar los problemas del siglo pasado al basurero de la historia: un nuevo mundo está llegando y exige decisiones valientes para proteger a los pueblos. Los cargos y los sillones han perdido todo significado.

Ha llegado el momento de la cohesión, tanto para nuestros pueblos como para toda la humanidad. Debemos dejar de lado las disputas políticas, las polémicas cotidianas y los cálculos mezquinos, y construir nuevas ideas que nos unan a partir de la nueva realidad. Esta era no puede sostenerse con viejos eslóganes, ideologías agotadas ni los residuos del pasado. El mundo ya no habla el lenguaje del viejo mundo. Por ello, es necesario edificar una nueva moral, un nuevo lenguaje político y una nueva razón común. Como dijo hace siglos Mevlana Yalal ad-Din Rumi: “Ayer se fue con todo lo que dijo. Hoy hay que decir cosas nuevas”. Eso es precisamente lo que necesitamos hoy: el coraje para despedirnos del ayer, la lucidez para comprender el presente y la voluntad para construir el mañana. De lo contrario, en un mundo que cambia, solo seremos espectadores; y esta era no permite la neutralidad, exige tomar partido.

En este marco deben interpretarse como pasos estratégicos los proyectos de “Türkiye sin terrorismo” y de “hermandad entre turcos, árabes y kurdos”, expresados por el presidente Erdoğan y el líder del MHP, Devlet Bahçeli. Lo que ocurre en Siria también debe evaluarse desde esta perspectiva. De lo contrario, estructuras como el PYD/YPG que aún actúan con una mentalidad propia de la Guerra Fría, oprimen a la población y, aferradas a ideas comunistas marginales, buscan cooperar con Israel y Estados Unidos están condenadas a perder. Para una oposición turca que todavía guarda luto por Asad y espera auxilio de Occidente, ha llegado ya el momento de recitar la oración…

Turan Kışlakçı

Turan Kışlakçı completó su educación superior en Islamabad e Estambul. Comenzó su carrera periodística en la escuela secundaria y fue editor de noticias internacionales en el periódico Yeni Şafak. Es fundador de Dünya Bülteni y Timeturk. Además, ha desempeñado roles como director de publicaciones en la Agencia Anadolu para Medio Oriente y África, y coordinador general en TRT Árabe. Fue presidente de la Asociación de Periodistas Turco-Árabes y de la Asociación MEHCER, además de haber trabajado como subsecretario en el Ministerio de Cultura de Catar. Actualmente, presenta el programa Fildişi Kule en Ekol TV y escribe para el periódico el-Kuds el-Arabi. Es autor de dos libros sobre Oriente Medio.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.