La tibia reacción de Europa ante el ataque de Estados Unidos contra Venezuela refuerza la percepción de debilidad del continente y socava la credibilidad de su pretensión de defender a Ucrania.
Cuando Rusia invadió Ucrania, la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, declaró lo siguiente: “La soberanía, la integridad territorial y la deslegitimación del uso de la agresión como herramienta de gobierno son principios fundamentales que deben defenderse tanto en el caso de Ucrania como a escala global”.
Estas palabras no fueron pronunciadas a la ligera. La Unión Europea adoptó más de 19 paquetes de sanciones contra Rusia, la parte agresora, y desde 2022 ha asignado cerca de 200.000 millones de dólares en ayuda.
En este contexto, ¿no debería la UE haber condenado el ataque unilateral lanzado por Estados Unidos contra Venezuela a comienzos de 2026 y el secuestro del líder del país, Nicolás Maduro, como resultado de esa operación? Sin embargo, nada de eso ocurrió. De hecho, la UE ya había demostrado su enfoque selectivo del derecho internacional al no condenar las violaciones en Gaza con la misma contundencia que las cometidas en Ucrania, lo que ha dañado gravemente su credibilidad tanto en el Sur Global como ante muchos ciudadanos europeos.
En lugar de ello, la reacción de la UE al ataque de Trump contra Venezuela fue un auténtico ejercicio de escapismo diplomático. Los líderes europeos se limitaron a emitir comunicados vagos y prácticamente idénticos, anunciando que “seguirían de cerca” la situación en Venezuela. Este “seguimiento colectivo” podría convertirse en una de las misiones diplomáticas más grandes y, al mismo tiempo, más ineficaces en la historia de la Unión.
A este panorama desalentador se sumaron las declaraciones del canciller alemán Friedrich Merz, quien sostuvo que los aspectos jurídicos de la acción estadounidense eran “complejos”. El primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, fue aún más lejos al calificar las cuestiones legales de inoportunas desde el punto de vista del momento, una postura especialmente irresponsable para un dirigente que lidia desde hace años con disputas de soberanía con Türkiye.
Tras estos acontecimientos, Kaja Kallas, en una declaración realizada en nombre de los 26 Estados miembros de la UE, evitó señalar explícitamente el ataque estadounidense contra Venezuela como la causa fundamental de la “crisis”. En su lugar, adoptó un tono que parecía asumir los argumentos bélicos de la administración Trump, al enfatizar la supuesta falta de legitimidad de Maduro y vincularlo con el narcotráfico y el crimen organizado transfronterizo. Todo ello a pesar de que la propia inteligencia nacional estadounidense ya había determinado que Maduro no desempeñaba ningún papel operativo en la gestión de los cárteles de la droga.
Aun así, sería un error suponer que esta postura o, más bien, esta ausencia de postura representa a todos los Estados europeos y, mucho menos, a sus pueblos. Hungría optó por la abstención en este proceso, considerando que incluso las críticas más veladas a las acciones de Estados Unidos iban demasiado lejos, dado que el primer ministro Viktor Orbán es uno de los aliados más cercanos de Trump.
España, en cambio, protagonizó una maniobra diplomática significativa al firmar una declaración conjunta separada junto con México, Brasil, Colombia, Chile y Uruguay. En dicho comunicado se rechazaban explícitamente las acciones militares unilaterales contra Venezuela (aunque sin mencionar a Estados Unidos por su nombre) y se expresaba una preocupación particular por la apropiación de recursos naturales y estratégicos soberanos mediante la intervención externa, una clara alusión a la retórica de Trump sobre “apoderarse del petróleo de Venezuela”.
Esta línea de fractura dentro de la UE resulta quizá aún más reveladora. Mientras las élites del bloque hacen todo lo posible por no irritar a Trump, el malestar frente a este tipo de vasallaje crece tanto en la derecha como en la izquierda.
El país donde esta realineación política es más visible es Francia, la potencia estratégica más influyente de Europa. El presidente Emmanuel Macron, abanderado del discurso de la “autonomía estratégica europea”, en la práctica respaldó la operación estadounidense, justificando su posición con el argumento de la falta de legitimidad de Maduro.
En contraste, los líderes del partido derechista Agrupación Nacional, Marine Le Pen y Jordan Bardella, condenaron la operación como una peligrosa escalada, apelando a la defensa de la soberanía y del derecho internacional. La izquierda de La Francia Insumisa adoptó una postura similar.
Dominique de Villepin, ex primer ministro y ministro de Exteriores de orientación gaullista, conocido por su oposición a la guerra de Irak en el Consejo de Seguridad de la ONU en 2003, criticó con igual dureza la posición de Macron. Acusó al presidente francés de no comprender que Ucrania y Venezuela están “interconectadas” y sostuvo que la falta de una postura firme frente al ataque estadounidense contra Venezuela y frente a los acontecimientos en Oriente Medio (en referencia a las guerras de Israel) debilita la posición de la Unión Europea respecto a Ucrania.
En este punto, De Villepin tenía razón. La nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos define como amenaza a los entornos liberales y centristas representados por Macron, mientras apoya a sus rivales nacionalistas. Esto vuelve aún más paradójica la postura del presidente francés.
Lo verdaderamente llamativo es que los supuestos aliados de Trump en la derecha nacionalista han comenzado a criticar abiertamente sus acciones. La actitud sumisa de Macron frente a Washington ha brindado al tándem Le Pen–Bardella la oportunidad de presentarse como los auténticos defensores del honor nacional y de la soberanía. Agrupación Nacional ya lidera las encuestas en Francia, y la cuestión venezolana podría contribuir a debilitar aún más la influencia atlantista en el Palacio del Elíseo.
La historia tiene además una derivación groenlandesa. Poco después de la operación en Venezuela, Katie Miller, esposa del subjefe de gabinete político de la Casa Blanca, Stephen Miller, compartió en la plataforma X una imagen de Groenlandia territorio danés cubierta con la bandera estadounidense, acompañada de la palabra “pronto”. El gesto fue lo suficientemente alarmante como para provocar una dura condena por parte de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. Sin embargo, Trump pareció no inmutarse y prometió “ocuparse de Groenlandia” en el plazo de dos meses.
La pregunta real es la siguiente: ¿qué puede hacer la Unión Europea, más allá de expresar su preocupación, para disuadir a Estados Unidos? Una UE que ha delegado su seguridad en Washington, que define la guerra de Ucrania como una cuestión existencial para su futuro y que rechaza explorar vías diplomáticas autónomas, se encuentra hoy completamente a merced de los caprichos estadounidenses. Tras su postura en Gaza y ahora también por Venezuela, la Unión apenas conserva simpatías en el ámbito internacional.
De hecho, incluso si Estados Unidos llegara a ocupar Groenlandia, lo más probable es que la UE se limitara a emitir otro comunicado expresando una preocupación general. Algunos líderes, como el presidente de Letonia, ya han sugerido que las “legítimas necesidades de seguridad” de Estados Unidos deberían abordarse mediante un diálogo directo entre Washington y Copenhague, aunque ni siquiera está claro cuáles serían esas necesidades ni si son realmente legítimas.
En ese caso, no debería sorprender que otros líderes europeos recomendaran a Letonia resolver sus diferencias con Rusia “mediante un diálogo directo con Moscú, teniendo en cuenta las necesidades de seguridad rusas”. Todo ello demuestra que el vasallaje no solo incrementa la irrelevancia de Europa en la escena global, sino que también pone en peligro la cohesión interna tanto de la OTAN como de la propia Unión Europea.
La Unión Europea se encuentra ahora al borde de un precipicio. Puede seguir por el camino de los “principios selectivos” y convertirse en una estructura cuya voz apenas resuena más allá de su propia cámara de eco. O puede aprovechar este momento para pasar del vasallaje al liderazgo, algo que en ocasiones exige la capacidad de decir “no” incluso a un aliado poderoso. Las reacciones ante el ataque a Caracas no invitan, precisamente, al optimismo.
- Eldar Mamedov es un experto en política exterior con sede en Bruselas y investigador no residente del Quincy Institute.
