La magnífica melodía titulada “Rule Britannia” tuvo en su día sentido con el siguiente estribillo: “¡Rule Britannia, Britannia gobierna las olas!”.
Ya no es así. Como una admisión impactante de la realidad, el comandante de la Marina Real y de los Royal Marines, y al mismo tiempo Primer Lord del Mar, el general Sir Gwynn Jenkins, afirmó que, si su país no “incrementa” el gasto en defensa, Rusia acabará por hacerse con el control de los mares. Se trató de una confesión notablemente reveladora.
En 1970, la Marina Real contaba con aproximadamente 250 buques de guerra de todo tipo. En la actualidad, el número de buques de superficie operativos equivale apenas a alrededor del 5 % de aquella cifra. A fecha de este mes, la Marina Real dispone de una flota compuesta por un total de 63 buques activos y en servicio, entre ellos el HMS Victory, buque insignia del almirante Horatio Nelson en la Batalla de Trafalgar de 1805.
Entre las principales unidades se incluyen dos portaaviones de tamaño medio; cuatro submarinos nucleares portadores de misiles balísticos, que forman parte del sistema de disuasión estratégica; y seis submarinos nucleares de ataque, de los cuales solo uno se encuentra actualmente en condiciones operativas.
Asimismo, la flota cuenta con seis destructores equipados con misiles guiados, siete fragatas, tres buques de desembarco de la clase Bay destinados a apoyar operaciones anfibias, ocho cazaminas, 26 patrulleros de pequeño tamaño, diez buques pertenecientes a la Flota Auxiliar de la Marina Real y, para apoyar a esta flota auxiliar, cuatro buques de transporte marítimo procedentes de la marina mercante.
El componente aéreo dispone de aproximadamente 95 helicópteros Merlin y Wildcat, así como de 12 de los 35 cazas F-35 Lightning II compartidos con la Real Fuerza Aérea. El conjunto de la flota es operado por unos 32.000 marineros y efectivos de los Royal Marines.
La cuestión fundamental es la siguiente: más allá de sostener la disuasión nuclear, ¿qué puede hacer realmente esta flota? Supongamos que Argentina, como en 1982, volviera a ocupar las Islas Malvinas. ¿Podrían el Reino Unido y la Marina Real responder con la esperanza de recuperar su territorio?
Cuando la Operación Corporate zarpó de Portsmouth el 5 de abril de 1982 bajo el mando del contraalmirante John (Sandy) Woodward, la fuerza de tarea estaba compuesta por 127 buques.
De ellos, 43 eran buques de guerra: dos portaaviones, destructores, fragatas, submarinos y buques anfibios, además de navíos mercantes requisados para tareas logísticas. Esta fuerza incluía, además, 42 aviones Harrier de despegue y aterrizaje vertical pertenecientes a una Marina Real que entonces contaba con unas 250 unidades, cerca de 200 helicópteros y aproximadamente 30.000 marineros, soldados y efectivos de los Royal Marines.
La Marina Real actual es incapaz de repetir una operación de esa magnitud. Por desgracia, lo mismo puede decirse hoy del Ejército británico y de la Real Fuerza Aérea, que se han convertido en meras sombras de lo que fueron en otro tiempo.
En respuesta, la Marina Real propone una flota híbrida que invierte la lógica tradicional de las plataformas tripuladas y no tripuladas. Las plataformas de mayor capacidad es decir, las más sofisticadas serán no tripuladas, mientras que las más económicas estarán tripuladas.
Tal como se resume en la Revisión Estratégica de Defensa de 2025, la Marina Real se transformará en una fuerza integrada de elementos tripulados y no tripulados, apoyada en vehículos aéreos no tripulados y en inteligencia artificial para acelerar los procesos de toma de decisiones. Esta estructura dará prioridad a la guerra antisubmarina con el objetivo de impedir que los submarinos nucleares de ataque de la Flota del Norte rusa accedan al mar de Noruega y al Atlántico Norte.
Entre los componentes clave figuran la Fuerza ARMOR, que conectará buques tripulados y no tripulados; el Atlantic Bastion, centrado en la defensa antisubmarina frente a la Armada rusa; y las pruebas experimentales de vehículos aéreos no tripulados autónomos conocidas como Rattler, que incluirán el uso de tácticas de enjambre.
Estos conceptos se basan en la integración, dentro de una única red impulsada por inteligencia artificial, de los procesos de mando, control, comunicaciones, ciberdefensa, vigilancia, inteligencia y designación de objetivos de submarinos tripulados y no tripulados, buques de superficie, aeronaves y activos espaciales. Se trata de una exigencia extraordinariamente compleja.
Entre los enfoques propuestos figura asimismo el modelo de “conectar y operar”, que utiliza sistemas modulares capaces de instalarse y sustituirse rápidamente en buques de superficie, facilitando la integración y el empleo de paquetes de misión alternativos en función de las condiciones operativas y tácticas.
El Proyecto Beehive aspira a adquirir 20 buques de superficie no tripulados con fines experimentales y de desarrollo, así como a probar aeronaves no tripuladas de propulsión a chorro basadas en portaaviones.
Todo ello se presenta con un notable grado de optimismo. El objetivo es obtener una mayor capacidad de combate a un coste inferior al que supone el despliegue de buques de guerra y submarinos tradicionales. Sin embargo, el grado de éxito que alcanzará la Marina Real en este empeño sigue siendo incierto.
Otro gran desafío reside en cómo transformar una industria de defensa históricamente orientada a la producción de buques y aeronaves grandes, elegantes y extremadamente costosos hacia sistemas no tripulados y de mando y control guiados por inteligencia artificial.
La creación de los medios necesarios para dotar de armamento a estos buques no tripulados y para controlar el empleo de dichas armas en combate no es una cuestión que pueda ignorarse. Estos asuntos fueron abordados en Londres por el autor junto con el nuevo Segundo Lord del Mar.
Entre los numerosos observadores que seguirán de cerca la evolución de la Marina Real se encontrará también la Armada de Estados Unidos, que planea su propia transformación. Y, como en el pasado, no será la primera vez que Rule Britannia marque el camino.
Harlan Ullman, Ph. D., es columnista distinguido Arnaud de Borchgrave de UPI, asesor principal del Atlantic Council, presidente de dos empresas privadas y principal autor de la doctrina de “conmoción y pavor”. Junto con el exministro de Defensa del Reino Unido, David Richards, es coautor de un próximo libro sobre la prevención de catástrofes estratégicas.
Fuente: https://thehill.com/opinion/international/5648323-britain-royal-navy-decline/
