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La muerte de un paracaidista británico, informada esta semana, marcó la primera vez que las autoridades del Reino Unido reconocieron públicamente que un miembro en servicio activo de sus fuerzas armadas había muerto en Ucrania.
El momento elegido para el anuncio oficial y su carácter abiertamente público y emotivo suscitan interrogantes sobre las intenciones de las autoridades británicas. La noticia llegó en un instante crítico, cuando Londres y otras capitales europeas parecen ansiosas por sabotear los esfuerzos del presidente estadounidense Trump por alcanzar una solución pacífica a un conflicto que ya se prolonga desde hace casi cuatro años.
El primer ministro británico, Keir Starmer, encabezó el miércoles un minuto de silencio en el Parlamento en homenaje al cabo George Hooley, a quien se describió como un “héroe” que “sirvió a nuestro país en defensa de la libertad y la democracia”.
Los medios británicos se inundaron de fotografías amables del paracaidista fallecido y de elogios cargados de emotividad.
El ministro de Defensa del Reino Unido, John Healey, añadió: “La trágica muerte de George nos recuerda el valor y la dedicación que nuestras extraordinarias fuerzas armadas demuestran cada día para proteger a nuestro país”.
Sin embargo, no se explica de qué modo concreto los soldados británicos desplegados en Ucrania estarían “protegiendo” al Reino Unido.
El tabloide The Sun intentó avivar aún más el sentimiento antirruso al informar de supuestos comentarios “repugnantes” del Kremlin sobre la muerte del soldado. Moscú, no obstante, se limitó a plantear una pregunta legítima: qué hacía un militar británico en Ucrania. Asimismo, señaló que personal británico participa junto a unidades ucranianas en ataques “terroristas” contra centros civiles rusos. Este hecho es verificable. Desde hace dos años, las fuerzas ucranianas lanzan misiles de crucero Storm Shadow, suministrados por el Reino Unido, contra territorio ruso. Dichos misiles no pueden operarse sin la presencia de personal británico sobre el terreno. De manera análoga, el uso de misiles HIMARS y ATACMS de fabricación estadounidense también empleados contra territorio ruso requiere inevitablemente la participación de personal estadounidense.
Es un secreto a voces que fuerzas británicas, francesas, estadounidenses, polacas, alemanas y de otros países de la OTAN han sido desplegadas en Ucrania para combatir al ejército ruso. Hasta ahora, los responsables de la OTAN han mantenido un silencio cínico sobre esta implicación, insistiendo en que los aproximadamente 30.000 combatientes extranjeros presentes en Ucrania carecen de vínculos oficiales y son simples “mercenarios privados”. Las advertencias rusas de que la OTAN es parte directa del conflicto han sido desestimadas como “propaganda del Kremlin”.
No obstante, estas afirmaciones ya habían sido corroboradas con anterioridad. En 2023, documentos clasificados del Pentágono filtrados revelaron el despliegue en Ucrania de una unidad de 50 efectivos de fuerzas especiales británicas, la mayor entre los comandos de la OTAN que operaban contra Rusia.
En marzo de 2024 se difundió una grabación de audio filtrada del teniente general Ingo Gerhartz, comandante de la Fuerza Aérea alemana. En ella se le escuchaba decir a otros altos cargos que las fuerzas británicas estaban utilizando misiles Storm Shadow sobre el terreno.
También se sabe que miembros de las fuerzas de élite británicas SAS y SBS (Special Boat Service), que operan junto a unidades paracaidistas, han empleado vehículos submarinos no tripulados en el mar Negro con el objetivo de atacar Crimea.
Se estima que alrededor de 40 ciudadanos británicos han muerto en los combates en Ucrania, junto con otros nacionales de países de la OTAN. Sin embargo, las autoridades estadounidenses, británicas, francesas y de otros Estados han guardado un silencio absoluto sobre la identidad y las circunstancias de estas muertes, insinuando que se trataba de mercenarios privados o de “soldados de fortuna”.
Desde una perspectiva lógica, las potencias de la OTAN desean negar hasta qué punto están profundamente implicadas en el conflicto. Sostienen que su papel se limita a suministrar armas a Ucrania con fines “defensivos” frente a la supuesta agresión rusa. Admitir la presencia de elementos armados de la OTAN sobre el terreno equivaldría a reconocer que la alianza militar liderada por Estados Unidos se encuentra en guerra con Rusia. Muchos observadores independientes y Rusia ya han asumido esta realidad, pero para los países de la OTAN resulta esencial reprimirla y mantener una estrategia de negación plausible.
Rusia ha declarado, con argumentos que considera legítimos, que todos los combatientes presentes en Ucrania constituyen objetivos militares válidos. Esto incluye a quienes se autodefinen como “fuerzas de paz” o actúan bajo la etiqueta de “asesores militares”.
A la luz del secretismo mantenido hasta ahora por el Reino Unido y otros países de la OTAN respecto a sus despliegues y a las pérdidas militares previas en Ucrania, resulta llamativo que la muerte de un paracaidista haya sido anunciada de forma tan abierta esta semana.
Las autoridades británicas afirmaron que el cabo Hooley murió en un accidente ocurrido “lejos del frente”, mientras supervisaba pruebas de un “sistema de defensa aérea”.
Esta explicación parece diseñada para transmitir la imagen de que el soldado desempeñaba una función defensiva y de bajo perfil. Combinada con los elogios desmesurados difundidos por la prensa británica, la intención aparente era suscitar simpatía pública y avivar la indignación contra Rusia.
Starmer, junto con el presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Friedrich Merz, ha sido uno de los principales defensores del despliegue de supuestas fuerzas de paz en Ucrania para garantizar su seguridad en caso de un acuerdo de paz. En realidad, tales iniciativas buscan sabotear cualquier acuerdo, ya que los dirigentes europeos saben perfectamente que Rusia jamás aceptaría esa presencia y la interpretaría como una vía encubierta para ampliar la implicación de la OTAN en el conflicto.
El presidente estadounidense Trump ha llegado tardíamente a la conclusión de que la guerra por delegación es un callejón sin salida para la OTAN, especialmente tras la aceleración del avance ruso y la captura de posiciones clave como Séversk, Krasnoarméisk (Pokrovsk) y Kupiansk. Los británicos y otros europeos, por el contrario, se encuentran en estado de pánico ante la posibilidad de que esta guerra por delegación llegue a su fin, ya que no pueden permitirse aceptar la derrota sin asumir el daño irreversible a su imagen política ni las consecuencias del relato engañoso con el que han intentado legitimar un conflicto que constituye un delito internacional.
Cabe esperar nuevas provocaciones y maniobras destinadas a escalar el conflicto y bloquear la paz. El anuncio de la muerte de un soldado británico debería haber constituido una grave admisión de que la OTAN está, de hecho, en guerra a espaldas de sus propias poblaciones. Sin embargo, lejos de ser un acto de rendición de cuentas, está siendo utilizado por las autoridades británicas al igual que por otros líderes europeos de la OTAN como un instrumento para movilizar el apoyo público en favor de una escalada aún mayor.
El secretario general civil de la OTAN y ex primer ministro de los Países Bajos, Mark Rutte, declaró esta semana en un discurso pronunciado en Berlín que los países europeos deben estar preparados para una guerra total con Rusia, “del tipo que vivieron nuestros abuelos”.
Perdedores europeos desequilibrados se aferran a la Tercera Guerra Mundial como último recurso para salvar sus carreras políticas.
