Visión Imperial o Resucitar El Espíritu De Un Fuego Extinguido
(Nota: Este artículo fue publicado por primera vez en 2010 en el sitio web haber10.com.)
Bagdad
«Cuán lejos estábamos del Tigris,
habiendo nacido tan cerca de él.
El Tigris, que allá abajo, entre sus espumas,
ha dado a luz una ciudad: Bagdad, ésta es tu patria.
Bagdad, hermano mío, ésta es tu patria.
La luna cayendo sobre el Tigris y elevándose de nuevo desde la tierra.
Arrancar espejos sin cesar, arrancar espejos del sol.
Tu ciudad, mi ciudad, la ciudad de todos nosotros.
La ciudad de un río que ha lavado nuestros cuerpos y nuestras almas,
que ha corrido dentro de nosotros, sin distinguir noche ni día,
y que lleva en su pecho las huellas y manchas de la fortaleza de la Negra Amid.
Heridas que adornan la piel del leopardo como si fueran cristal,
heridas del corazón venidas de más allá de la materia.
Y una ciudad que trae noticias
del cielo anterior a la creación de los cielos.
El eco de voces de esmeralda convertido en jaula doméstica,
los barrotes dentados de los jardines, forjados en plata.
Los dátiles, flores del Tigris, regalo de los profetas,
regalo de los santos que marchan hacia Bagdad,
que vienen incesantemente desde hace mil años
y siguen avanzando mil veces más allá de otros mil años.
Nunca vi Bagdad, aunque cuánto deseé verla.
Nos han privado los unos de los otros.
Y quizás nosotros mismos nos hemos privado de nosotros mismos.
Bagdad, cuya argamasa es la sangre de los mártires de Kerbala;
capital de la civilización islámica,
la paz de Harún al-Rashid,
la justicia del Imán A’zam,
los ojos de Junayd,
el corazón de Geylani,
y la invocación de Jalid.
País de las Mil y Una Noches,
verdad de los mil y un días.
El día de Fuzuli,
el aliento de Layla y Majnun,
alimentado por la sangre de Hallac-ı Mansur.
Ángel de la noche:
si encendiera todas las lámparas
para convocar a las polillas del fuego;
si acortara la mecha de la primavera de la luz,
para que no ardiera el corazón de los enamorados,
con un engaño, con una combustión,
con una convicción, con una combustión…
…
Y un mensajero pregunta: ¿qué te ocurrió, Bagdad?
¿Dónde están las murallas y los velos que te protegían?
El ser humano vive en lo que deja tras de sí.
Cada piedra derribada es mi piedra.
Cada casa incendiada es mi casa.
En la piedra, en el agua, en el dátil,
en la garganta del ave,
en la rueda del automóvil, en cada partícula de petróleo.
En cada partícula, el que muere soy yo.
El Bagdad que muere soy yo.
Y dice el mensajero:
la luna que arde soy yo,
el día que se extingue soy yo,
el crepúsculo que se derrumba, la noche que llega, soy yo.
¿Por qué no comprendiste todo esto?
Oh tú, que convertiste en cenizas la llave de oro de Bagdad.
— Sezai Karakoç
(De Alınyazısı Saati)
La ideología globalista avanza ocultando lo verdaderamente global, la auténtica mirada universal y, en definitiva, la verdadera universalidad. Este proceso de globalización, articulado en torno a la alianza entre Estados Unidos, el Reino Unido e Israel y bajo la influencia de los poderes transnacionales del capital financiero, no solo erosiona los grandes relatos de la humanidad, sino que también socava el conjunto del patrimonio intelectual, espiritual y civilizatorio acumulado por los pueblos. La universalidad que proclama no es sino la imposición unidireccional de una determinada forma de pensar y de vivir.
El carácter fascistoide de esta ideología, edificada sobre la pretensión de fabricar un ser humano homogéneo y uniforme, se oculta tras una retórica seductora destinada a disimular la naturaleza profundamente totalitaria que alberga. Su monopolismo se reviste con el discurso de la economía de mercado; su vocación autoritaria se legitima mediante el lenguaje de la democracia; y la teología sustentada en la supuesta superioridad de una raza la occidental y blanca se presenta como si fuese el paradigma de la civilización contemporánea.
Esta modalidad de globalismo, fundada en la administración de un proceso que estimula permanentemente las ambiciones y los deseos, se consolida allí donde encuentra individuos y grupos cuyas pasiones han terminado por imponerse sobre la razón y el espíritu. A diferencia del imperialismo clásico, que expandía su dominio mediante los aparatos estatales y libraba guerras abiertas por el reparto de territorios y recursos, el imperialismo globalista ejerce hoy su hegemonía a través de mecanismos descentralizados, amorfos y mucho más sofisticados: los medios de comunicación, la industria del entretenimiento, las redes corporativas, la ingeniería social, las manipulaciones bursátiles, las organizaciones no gubernamentales y otros instrumentos similares.
Al confrontar no solo a los Estados, sino también a todas aquellas fuerzas convencionales que representan la capacidad de resistencia de las sociedades entre ellas las religiones y las grandes tradiciones filosóficas, el globalismo reedita, con una retórica renovada, un antiguo drama: la subordinación del ser humano y su transformación en objeto de dominación.
El imperialismo clásico se desenvolvía principalmente mediante la confrontación entre Estados nacionales, y las guerras constituían, en esencia, disputas por la distribución del poder y de los recursos. El imperialismo globalista, en cambio, libra una lucha cuyo objetivo último es establecer un sistema de dominación sobre la totalidad del mundo. Por ello identifica como adversarios potenciales todas aquellas dinámicas capaces de cuestionar dicha hegemonía.
Sin embargo, el principal rival efectivo del imperialismo globalista reside hoy en sus propias contradicciones internas. Las tensiones entre el denominado Complejo Militar-Industrial representado por la industria bélica y el bloque del Pentágono y las fuerzas del capital financiero; las divergencias políticas entre los Estados de Estados Unidos y del Reino Unido y los sectores identificados con el proyecto político israelí; así como las fricciones entre la alianza protestante-judía y las élites católicas de la Europa continental, revelan que una confrontación interna dentro del propio proyecto globalista podría no encontrarse demasiado lejana.
En última instancia, el imperialismo constituye una forma de dominación. Y toda dominación se sostiene sobre la distinción entre amo y esclavo, perpetuándose mediante la subordinación de la mayoría de los seres humanos. La pretensión de superioridad y el privilegio constituyen la esencia misma del fenómeno imperial. Por el contrario, la igualdad, la justicia y la libertad representan su más profunda negación.
Por ello, los esfuerzos dirigidos a destruir estos valores mediante procesos de hipnosis colectiva han adquirido una prioridad incluso superior a las estrategias estrictamente políticas o económicas. La capacidad del ser humano para creer, comprometerse con una causa y entregarse a un ideal constituye uno de los principales enemigos del imperialismo globalista.
En este contexto, la difusión sistemática por parte de los grandes medios globales de las imágenes de violencia extrema provenientes de la ocupación de Irak persigue también otro propósito: debilitar las convicciones morales y espirituales de los pueblos e inducir a la humanidad a aceptar la victoria absoluta del poder como un hecho inevitable. La propagación del miedo constituye, en este sentido, uno de los mecanismos fundamentales para la producción del consentimiento.
Hoy numerosos Estados, así como amplios sectores de la sociedad y de las élites intelectuales, justifican su sometimiento al imperialismo globalista apelando precisamente al miedo: «Si nos oponemos, destruirán nuestra economía; ocuparán nuestro país; sembrarán el caos; perderemos el poder.» Este discurso del temor se reproduce también en el lenguaje de los intelectuales occidentalistas y partidarios de la adaptación, quienes lo reformulan mediante expresiones como «quedar fuera de la civilización contemporánea», «rezagarse respecto de las sociedades avanzadas», «ser excluidos del mundo desarrollado», «convertirse en un país del Tercer Mundo» o «permanecer cautivos del statu quo», apelando así a sentimientos elitistas y profundamente conformistas.
En definitiva, la estrategia del miedo ha resultado eficaz. Muchos Estados, numerosas élites y no pocos individuos han terminado por elegir la supervivencia a través del temor. Las clases dirigentes legitiman esta actitud invocando las exigencias de la realpolitik. Sin embargo, la auténtica realpolitik no consiste en inclinarse ante el imperialismo globalista, sino en despojarlo de su aura de inevitabilidad y romper el hechizo de su poder.
Como señalaba el filósofo rumano Emil Cioran al referirse a las potencias imperiales como «gigantes con pies de barro», estas no retroceden porque se les tema, sino porque frente a ellas se construyen alternativas auténticas y capaces de disputar su hegemonía.
Alternativas Imperiales Frente Al Imperialismo
La alternativa más realista frente al imperialismo globalista no consiste únicamente en el antiimperialismo, sino en la construcción de alternativas imperiales. En este contexto, el término imperial no se emplea con una connotación colonial o expansionista, sino en el sentido de grandes entidades políticas y civilizatorias integradas por múltiples naciones, religiones y comunidades históricas. En la medida en que las sociedades hermanas que el imperialismo ha fragmentado en todos los continentes avancen hacia procesos de integración regional o continental, emergerán nuevas alternativas imperiales.
América Latina, América Central, la cuenca de Mesopotamia y el Mediterráneo, el subcontinente indio, Asia Central, África y el Lejano Oriente constituyen espacios geoculturales donde podrían desarrollarse estas formas de integración continental. Los Estados nacionales asentados en estas regiones podrían converger en un modelo superior de organización política de carácter regional. La única vía para impedir que el mundo termine convertido en el territorio de un único Estado global o en una finca repartida entre unas pocas grandes potencias occidentales consiste en que las sociedades no occidentales impulsen entre sí procesos de acercamiento, cooperación e integración. Un sistema de Estados imperiales continentales constituiría así la infraestructura de un orden internacional multipolar y, al mismo tiempo, una garantía para la paz mundial.
En este marco, Türkiye podría asumir un papel precursor en el proceso de integración de la cuenca de Mesopotamia y el Mediterráneo. Esta política imperial podría convertirse en el fundamento y el propósito último de todas las demás políticas, de modo que las decisiones tanto de política interior como exterior fueran concebidas como expresiones o instrumentos orientados a la consecución de dicho objetivo estratégico.
Desde esta perspectiva, el proceso de adhesión a la Unión Europea representa, para Türkiye, una considerable pérdida de tiempo estratégico. En términos geoculturales, Türkiye no pertenece esencialmente a Europa. Más aún, en numerosas ocasiones, la propia noción de «europeidad» ha funcionado como una categoría cargada de connotaciones despectivas y de inferiorización respecto de la identidad histórica turca.
Tras la Guerra de Crimea, momento decisivo en la consolidación del proyecto de occidentalización y de la dependencia respecto de Occidente, el Congreso de París de 1856 reconoció formalmente al Imperio Otomano como un Estado europeo. Sin embargo, lejos de constituir un ascenso diplomático, aquel reconocimiento supuso, paradójicamente, una degradación simbólica: el Imperio Otomano dejó de ser concebido como una civilización imperial alternativa para ser reducido a la condición de un Estado europeo ordinario. Fue precisamente durante este prolongado proceso de subordinación diplomática y creciente dependencia económica cuando el Imperio comenzó a ser identificado con la imagen del «hombre enfermo de Europa».
En consecuencia, las narrativas contemporáneas que siguen insistiendo en la identidad europea de Türkiye y en la adhesión a la Unión Europea continúan reproduciendo, desde esta óptica, una lógica de subordinación y menosprecio histórico.
En realidad, desde la época otomana, el interés por Occidente respondía al propósito de no quedar rezagado respecto de los avances tecnológicos y de la modernización social. No obstante, el período del Tanzimat interpretó la modernización como un proceso de occidentalización, imponiendo una transformación superficial basada en un profundo complejo de inferioridad frente a Occidente.
Una política de modernización genuinamente autónoma habría permitido producir por medios propios aquellos logros materiales y científicos atribuidos a la civilización occidental. Dos siglos después, esa posibilidad resulta aún más evidente. Türkiye, al igual que muchas otras sociedades no occidentales, posee actualmente las capacidades humanas e institucionales necesarias para desarrollar modelos originales de modernización e incluso superar a numerosos países occidentales en ámbitos como la educación, la innovación tecnológica, la urbanización o el desarrollo científico.
Es cierto que las profundas transformaciones del siglo XIX dificultaron que el mundo no occidental emprendiera entonces ese camino. Sin embargo, en el presente ya no existe ninguna justificación racional para seguir defendiendo el paradigma de occidentalización concebido hace más de un siglo.
Por otra parte, en el debate contemporáneo suele confundirse la dependencia respecto de Occidente con el mantenimiento de relaciones, alianzas o mecanismos de cooperación con los países occidentales. Superar una relación de dependencia no implica aislarse del mundo; por el contrario, significa precisamente abrirse a una relación más equilibrada con la realidad internacional y con el conjunto de las civilizaciones.
La política de occidentalización ha llevado a Türkiye a desarrollar una percepción del mundo excesivamente centrada en Occidente, hasta el punto de desconocer amplias regiones con las que compartió durante siglos profundos vínculos históricos. Incluso los países vecinos que apenas hace unas décadas formaban parte de un mismo espacio político son conocidos, en gran medida, únicamente a través de los marcos interpretativos de los medios occidentales. Del mismo modo, esas sociedades perciben a Türkiye mediante los mismos filtros.
Desde esta perspectiva, el proceso de adhesión a la Unión Europea no representa otra cosa que la institucionalización y juridificación permanente de esa dependencia. En consecuencia, la suspensión del proceso de adhesión o su redefinición bajo un estatuto diferente respondería, según esta interpretación, a los intereses estratégicos de Türkiye.
La cuenca de Mesopotamia y el Mediterráneo coincide, en términos generales, con la máxima extensión territorial alcanzada por el Imperio Romano de Oriente y posteriormente por el Imperio Otomano. Sobre la base de ese espacio histórico podrían explorarse nuevas fórmulas de integración adaptadas a las condiciones contemporáneas e incluso proyectadas sobre un ámbito geográfico más amplio.
Los recursos energéticos, el capital humano, el conocimiento acumulado, las capacidades científicas y tecnológicas, las tradiciones civilizatorias y el patrimonio ético de la humanidad convergen de manera extraordinaria en esta región. Precisamente por ello, el imperialismo globalista mantiene una presencia constante en este espacio geopolítico, impulsado por el propósito de controlar ese inmenso potencial.
Mientras proyecta sobre los pueblos de la región una imagen idealizada de su propio modelo de civilización, las grandes potencias llevan siglos compitiendo por apropiarse de las riquezas materiales y estratégicas de este territorio.
El problema fundamental reside, desde esta perspectiva, en la pérdida de confianza de las propias sociedades de la región. El complejo de inferioridad frente a Occidente habría generado una suerte de parálisis colectiva, incapaz de producir soluciones autónomas a sus propios desafíos.
Dicha parálisis únicamente podría superarse mediante la constitución de una comunidad política común, fundada en la voluntad libre de los pueblos de la región y fortalecida por una sólida cohesión interna (asabiyya). Un proceso de integración regional de esta naturaleza permitiría reactivar las riquezas, las capacidades y los recursos latentes que el imperialismo percibe y pretende controlar, pero que las propias sociedades de la región han dejado progresivamente de reconocer como patrimonio propio.
Por ejemplo, el Gran Proyecto para Oriente Medio (BOP, por sus siglas en turco) fue presentado, de manera significativa, sobre la base de la instrumentalización de estos mismos potenciales. Conceptos como el neo-otomanismo, el papel de Türkiye como país modelo, la necesidad de transformación de la región, la fuerza del islam, la función de síntesis entre Oriente y Occidente, la eliminación de los regímenes dictatoriales y el establecimiento de gobiernos democráticos constituyen cuestiones y propuestas que, desde hace décadas, vienen siendo formuladas por quienes conocen con sensatez la realidad de estas tierras. En otras palabras, lo que se ha producido es una apropiación de problemas y soluciones que pertenecen al propio horizonte político e histórico de la región.
Todas estas ideas contienen, sin duda, diagnósticos que encuentran un fundamento real en la realidad regional; precisamente por ello han sido objeto de debate durante tanto tiempo. Lo cuestionable no es el contenido de dichas propuestas, sino el hecho de que el imperialismo actúe como si persiguiera esos mismos objetivos para, en realidad, procurar establecer su propia hegemonía y la de las élites locales vinculadas a sus intereses. Su propósito no es integrar la región, sino perpetuar una estrategia de dominación basada en la fragmentación étnica y confesional.
En este sentido, no debería olvidarse que muchos de los objetivos asociados al denominado Gran Proyecto para Oriente Medio constituyen, desde hace años, aspiraciones formuladas por numerosos intelectuales y líderes de opinión de la propia región. La cuestión esencial consiste en encontrar los medios para avanzar auténticamente hacia esos fines.
No debería caber duda de que un Oriente Medio verdaderamente unido e integrado tendría la capacidad de poner fin a las diversas formas de influencia imperial ejercidas en la región por Estados Unidos, Europa, Rusia, Irán e Israel. Ello se debe a que este espacio geográfico se ha configurado históricamente sobre el sustrato espiritual del islam y del cristianismo oriental de tradición monoteísta (tawhid), una herencia civilizatoria que, según esta perspectiva, resulta incompatible con la lógica del imperialismo.
Es cierto que en la actualidad determinados sectores musulmanes y cristianos colaboran con el imperialismo globalista. Sin embargo, incluso estos grupos podrían terminar incorporándose, en el futuro, a la dinámica de transformación impulsada por las propias fuerzas internas de la región.
El mecanismo del miedo, mencionado anteriormente, constituye precisamente uno de los factores que explica la parálisis intelectual y política generada frente a proyectos como el BOP. La confianza en uno mismo y la convicción en la propia capacidad constituyen, por el contrario, el punto de partida de toda transformación histórica.
Desde esta perspectiva, la construcción de una potencia regional de carácter imperial y el papel de liderazgo de Türkiye aparecen no solo como un proceso inevitable, sino también, en última instancia, como un proyecto profundamente nacional.
Türkiye no está obligada a elegir entre unas u otras potencias imperialistas. Lo que necesita es mantener una actitud abierta hacia toda forma de cooperación que contribuya a la consolidación de un proyecto regional autónomo de integración. En este contexto, en lugar de prolongar indefinidamente un proceso de adhesión a la Unión Europea que, según esta visión, consume tiempo estratégico sin resultados sustanciales, sería preferible desarrollar con la Unión Europea relaciones específicas, limitadas y definidas en función de intereses concretos.
Por otra parte, las relaciones con Estados Unidos podrían reconfigurarse sobre la base de un vínculo entre iguales, superando toda lógica de dependencia. Dentro de ese marco cabría contemplar diversas opciones, como promover la retirada de la presencia estadounidense de la región, reforzar la capacidad decisoria de Türkiye dentro de la OTAN o impulsar una transformación de la Alianza Atlántica en una fuerza internacional de mantenimiento del orden limitada por el control de las Naciones Unidas.
Del mismo modo, la reivindicación de un derecho de veto en representación del mundo islámico dentro de las Naciones Unidas, así como el aprovechamiento de la presidencia de la Organización de Cooperación Islámica (OCI) como instrumento de movilización política del mundo musulmán, podrían fortalecer la posición internacional de Türkiye frente a Estados Unidos y la Unión Europea. Las relaciones con Rusia podrían evaluarse igualmente desde esta misma lógica estratégica. La condición indispensable, sin embargo, es que Türkiye disponga de un proyecto propio y de una política exterior concebida desde sus propios objetivos.
La visión imperial se desarrolla en la medida en que logra superar el miedo. Türkiye puede emprender un proceso orientado a abandonar la sensación de derrota permanente y el complejo de atraso construidos sobre sus propias inseguridades.
En el ámbito de la política interna, este proyecto de visión imperial debería ir acompañado de un proceso paralelo de reencuentro con las propias raíces históricas, culturales y políticas del país.
El primer paso de este proceso consistiría en que el Estado fuese plenamente apropiado por la nación, es decir, por el conjunto del pueblo. Para ello sería necesario poner fin tanto al modelo de democracia tutelada como a la deriva hacia una democracia de carácter lumpen, haciendo posible la realización de una democracia auténtica en la que la soberanía popular se ejerza de manera plena e incondicional.
El principio que habría de regir dicho modelo es sencillo: en todas las cuestiones de importancia fundamental, la primera y la última palabra deben corresponder al pueblo, y todas las instituciones, sin excepción, han de reconocer y acatar esa voluntad soberana. Ningún órgano, institución o centro de poder puede situarse por encima de la decisión popular.
Debates como el uso del velo islámico, la laicidad, la cuestión kurda, los derechos de las minorías o las grandes orientaciones de la política exterior deberían resolverse sometiéndolos de forma permanente al juicio, la aprobación, la deliberación y el control de la ciudadanía. Este constituye, desde esta perspectiva, el principio básico sobre el que debería edificarse el juego democrático.
La oligarquía respaldada por Occidente que, según esta visión, ha sido producida por el propio sistema político, debería ser desmantelada mediante la eliminación de los privilegios económicos, burocráticos e institucionales que sustentan su poder. El Estado habría de ser reconfigurado como expresión institucional del proyecto de integración imperial y democratizado plenamente para convertirse en la representación efectiva de la voluntad nacional. El único propietario legítimo del Estado sería, sin distinción alguna, el conjunto del pueblo.
Para que el proceso de integración imperial pueda desarrollarse, Türkiye debería culminar previamente su propia revolución democrática y alcanzar una integración interna capaz de consolidar una auténtica comunidad política nacional.
Como primera manifestación exterior de este proceso de reconstrucción imperial, podría plantearse una fórmula semejante a una Federación Regional que favoreciera una integración progresiva con Siria, Líbano, Palestina e Irak. Del mismo modo, podrían desarrollarse modelos específicos de cooperación e incluso fórmulas federativas con Bulgaria, Azerbaiyán, Armenia, Albania, Macedonia, Serbia-Bosnia y Herzegovina, Egipto, Jordania y Georgia.
Asimismo, podrían establecerse alianzas de naturaleza diversa con Asia Central (Turquestán), Afganistán, Pakistán, Croacia, Hungría, Rumanía, Sudán, el norte de África, Yemen, Somalia, Tanzania, Malí, Mauritania y diversos países del Extremo Oriente. Las alianzas ya existentes podrían fortalecerse y dotarse de mayor profundidad estratégica.
Las relaciones con España e Italia deberían orientarse permanentemente hacia un eje mediterráneo de cooperación, mientras que con América Latina convendría desarrollar vínculos de largo plazo inspirados en la herencia histórica y cultural compartida que remite a Al-Ándalus.
En cuanto a Rusia e Irán, esta perspectiva sostiene que deberían mantenerse dentro de una estrategia de cooperación acompañada de mecanismos permanentes de equilibrio y contención. Respecto a China, se plantea que, en el medio y largo plazo, debería ser considerada como un posible competidor estratégico, recordando que futuras formas de imperialismo global podrían manifestarse bajo una nueva configuración liderada por ese país.
Desde esta óptica, estos objetivos resultarían más realistas y más dignos que la aspiración de ingresar en la Unión Europea. Al menos se trataría de proyectos históricamente experimentados, vinculados a la propia tradición política de la región, cuya capacidad para generar paz, cooperación, unidad y fraternidad habría sido previamente demostrada.
El principal obstáculo para su realización radicaría, según esta interpretación, en la permanencia de una élite occidentalista que continúa considerando tales objetivos como irrealizables mientras presenta como únicas opciones racionales las relaciones de dependencia respecto de la Unión Europea y de Estados Unidos. En este sentido, la revolución democrática implicaría también una transformación del Estado dominado por dicha oligarquía occidentalista.
El verdadero Estado el Estado de la nación, el Estado que representa la fraternidad de los pueblos de la región y garantiza la libertad y la independencia del país permanece hoy latente como una voluntad histórica que aguarda el momento de manifestarse: en el arado del campesino de una aldea de Anatolia; en la flauta del pastor que vigila sus rebaños desde la montaña; en el modesto taller de un anciano artesano en el bazar de una ciudad provincial; o en las páginas del Corán que lee una anciana en un barrio humilde.
La cuenca de Mesopotamia y el Mediterráneo está llamada, desde esta visión, a convertirse tarde o temprano en un ejemplo de integración continental para todos los pueblos oprimidos del mundo, organizándose como una comunidad política unificada.
Este proyecto no pertenece a mentalidades racistas, sectarias, tribalistas, exclusivistas ni occidentalistas. Según el autor, esas corrientes han agotado ya su ciclo histórico y, durante dos siglos, no habrían ofrecido a estas tierras más que guerras, derramamiento de sangre, conflictos internos, traiciones, colaboracionismo, dependencia y un persistente complejo de inferioridad.
Ahora correspondería el turno a la voluntad orgánica nacida del espíritu propio de esta geografía. Esa voluntad es, utilizando la imagen de un antiguo texto sapiencial, «el espíritu del fuego extinguido bajo las aguas».
Solo mediante el renacimiento de ese espíritu podrá volver a ponerse en marcha, desde el instante mismo en que fue interrumpido, el reloj del destino histórico de estas tierras.
Fuente: La geopolítica de la teología: Dios, Patria, Libertad, Ahmet Özcan. Editorial Yarın Yayınları.