Un problema de meritocracia en el Estado otomano: el fenómeno de los alaylı

Uno de los focos de tensión social que dieron origen al Incidente del 31 de marzo fue el enfrentamiento entre los mektepli y los alaylı. En aquella época, el término alaylı, en su sentido más elemental, designaba al personal militar o burocrático que no había recibido formación en una institución académica o carecía de una preparación formal especializada en el ámbito en el que desempeñaba sus funciones.

Los jóvenes mektepli, formados bajo la influencia de profesores como Mizancı Murad en la Escuela de Administración Pública (Mülkiye) y von der Goltz en la Academia Militar (Harbiye), habían aprendido a anteponer el servicio a la patria a sus intereses personales. Consideraban que los alaylı no compartían ese mismo idealismo. A sus ojos, estos últimos eran, en su mayoría, individuos carentes de los conocimientos profesionales y la especialización que exigían sus cargos, pero que, gracias a sus lealtades personales, a sus vínculos con personas influyentes o a simples circunstancias fortuitas, habían conseguido hacerse un lugar en la administración del Estado.

Mientras los mektepli pasaban años formándose y sacrificándose en las aulas, los alaylı obtenían puestos públicos por aquellas vías y, una vez instalados en ellos, accedían a los medios de subsistencia, al poder y al prestigio que proporcionaba el cargo. Esta desigualdad alimentaba la tensión entre ambos grupos.

Por ello, tras la proclamación de la Segunda Monarquía Constitucional en 1908, se produjo una oleada de depuraciones y despidos en el ejército y la burocracia otomanos. El objetivo eran los oficiales y funcionarios alaylı, considerados responsables de un exceso de personal improductivo. Para este sector, que había encontrado acomodo en la administración estatal, la Monarquía Constitucional significaba la pérdida de su medio de vida y de su prestigio. Su descontento constituyó, así, uno de los factores que allanaron el camino hacia el Incidente del 31 de marzo.

En realidad, el fenómeno de los alaylı no era, como suele suponerse, un calificativo reservado exclusivamente a personas sin formación procedentes de las provincias. La cuestión no era la escuela, sino el fundamento del ascenso: en esencia, el fenómeno de los alaylı constituía un problema de meritocracia.

Además, mientras algunos alaylı procedentes de los estratos socioeconómicos más bajos de la sociedad poseían cierta competencia profesional gracias a su experiencia, entre los alaylı pertenecientes a la clase de los zâdegân la aristocracia administrativa y militar había quienes carecían tanto de formación como de experiencia.

Un ejemplo ilustrativo fue Said Paşa, hijo de Kıbrıslı Mehmed Kâmil Paşa. Gracias a los grados militares que el sultán Abdülhamid II le concedió por favoritismo, llegó a convertirse en bajá de la Marina, es decir, en almirante, sin haber mandado siquiera una embarcación en toda su vida. Así lo señaló Abdurrahman Şeref Efendi, último cronista oficial del Imperio otomano. Said Paşa no había estudiado en la Escuela Naval y, pese a ello, había alcanzado uno de los rangos más elevados de la armada.

La trayectoria de Fehim Paşa, hijo de İsmet Bey, jefe de vestuario del sultán Abdülhamid II, no fue muy distinta. Había estudiado en la Academia Militar dentro de la privilegiada clase de los zâdegân y, pese a no ser un alumno brillante, consiguió por decirlo irónicamente terminar sus estudios.

El ascenso de Fehim en la jerarquía militar siguió al pie de la letra la lógica de los alaylı. En 1894, apenas dos años después de graduarse, fue nombrado ayudante de campo del sultán; dos años más tarde, ascendió al rango de bajá. Se convirtió en bajá con apenas veinticinco o veintiséis años. Ni había destacado como estudiante en la Academia Militar ni poseía un talento extraordinario que pudiera explicar semejante ascenso meteórico. Tenía una sola cualidad: su padre gozaba de la cercanía del sultán Abdülhamid II.

La carrera posterior de Fehim Paşa estuvo marcada por su actividad como agente de espionaje y por las actividades de una organización criminal en la que participaba, documentadas también en los archivos otomanos. La red de delaciones en la que operaba como jefe de los servicios secretos no era un organismo de inteligencia institucional en el sentido moderno, sino una estructura de informantes capaz de provocar el encarcelamiento, el destierro y la completa ruina de la vida de las personas.

El sultán, por su parte, estaba tan preocupado por el futuro de su trono que, con frecuencia, amplificaba las denuncias que llegaban a sus manos mediante sus propias aprensiones. Basándose en ellas, creía neutralizar determinadas amenazas, fueran reales o imaginarias, mediante los castigos que imponía. A quienes les informaban de esos peligros, en su mayoría supuestos, los recompensaba con rangos, cargos y dádivas.

El criterio del ascenso había dejado de ser el conocimiento o el servicio para convertirse en la lealtad y la delación. Ese era, precisamente, el rostro palaciego del fenómeno de los alaylı.

Fehim Paşa, gracias a la relación de su padre con el sultán y a su proximidad a Yıldız, utilizó los recursos del Estado en beneficio propio. En 1907, tras las quejas de las embajadas europeas, fue desterrado a Bursa. Sin embargo, el verdadero castigo se lo infligió el pueblo después de la proclamación de la Monarquía Constitucional: Fehim Paşa fue linchado y asesinado en Yenişehir, Bursa.

Uno de los principales representantes del círculo privilegiado que se había configurado en torno al sultán Abdülhamid II era también İzzet Holo Paşa. Hijo de Âbidzâde Holo Paşa, miembro de una influyente familia de notables de Damasco y de origen beduino, İzzet Holo no se había graduado en ninguna institución de enseñanza superior del Estado otomano. Sin embargo, su padre se había encargado de proporcionarle una sólida formación general mediante tutores privados, incluidos profesores de lenguas extranjeras; es decir, no era un hombre carente de educación.

Aun así, debía su ascenso no al mérito, sino al patronazgo. Gracias a la estrecha relación de su padre con Ahmed Cevdet Paşa, comenzó a progresar en la burocracia hasta convertirse, finalmente, en segundo secretario de la Cámara Imperial (Mabeyn), uno de los cargos más influyentes del Estado.

İzzet Holo fue objeto de numerosas acusaciones según las cuales habría utilizado el poder que le confería su proximidad al sultán para distribuir cargos burocráticos a cambio de sobornos y dirigir las licitaciones públicas hacia determinadas personas y empresas, fijando precios elevados y percibiendo comisiones. Tras la proclamación de la Monarquía Constitucional, sus bienes fueron confiscados y sus rangos y condecoraciones, revocados.

Los hermanos Melhame constituyeron un ejemplo aleccionador de cómo los recursos públicos podían transformarse en patrimonio familiar mediante el favoritismo de Abdülhamid. Selim Melhame, a quien el sultán había colmado de cargos y privilegios, asumió en 1893 la dirección del Ministerio de Bosques, Minas y Agricultura, y durante aproximadamente quince años mantuvo bajo su control la administración de los recursos naturales más valiosos del país.

Su hermano Necip Melhame, por su parte, ascendió desde el puesto de consejero de la Embajada otomana en París hasta el de comisario en Bulgaria, para terminar como subsecretario del Ministerio de Obras Públicas.

Según las acusaciones dirigidas contra la familia tras la proclamación de la Monarquía Constitucional, los hermanos habían aprovechado su proximidad al sultán para utilizar sus atribuciones en beneficio propio. La empresa constituida en torno a la concesión del tranvía y la electricidad de Beirut, que presuntamente se había obtenido gracias a la influencia política de Necip Melhame, fue vendida por un millón de francos franceses apenas un año después de su fundación.

El caso de la mina de zinc de Karasu era aún más grave. Según las acusaciones, Selim Melhame se había apropiado de la concesión minera a través de su hermano Habip y de un intermediario. Posteriormente, la concesión habría sido transferida al hijo del ministro de la Guerra, Rıza Paşa, y a un socio de este.

De ser ciertas las acusaciones, no estaríamos ante un caso aislado de corrupción, sino ante una cadena de patronazgo que se extendía desde el sultán hasta los Melhame y, de estos, hasta la familia del ministro de la Guerra.

Además de los alaylı pertenecientes a la aristocracia que rodeaba a Abdülhamid II, existía también un estrato inferior de alaylı que constituía el núcleo de confianza de aquella élite privilegiada. Por lo general, eran individuos de origen provincial, carentes de formación profesional moderna y procedentes de ambientes marginales.

En aquella época, el servicio al Estado constituía para amplios sectores de la sociedad una de las vías más seguras y prestigiosas de subsistencia. Estos individuos también aspiraban a encontrar un lugar en la administración pública y, de ser posible, ascender en ella. Además, tenían ante sí ejemplos concretos que despertaban su ambición.

Uno de ellos era Yedi-Sekiz Hasan Paşa. Había pasado su juventud en el medio rural, carecía de educación reglada y ni siquiera está claro que supiera leer y escribir. Sin haber recibido formación en las academias militares modernas, se convirtió en oficial alaylı.

Durante el asalto de Çırağan de 1878, cuyo objetivo era restituir en el trono a Murad V, Hasan mató a golpes de garrote a Ali Suavi, uno de los intelectuales más destacados de la época. Con aquella acción se ganó la confianza del sultán. En los años siguientes continuó ascendiendo hasta alcanzar el rango de mariscal.

Este era el núcleo del conflicto de aquella época: un mariscal alaylı, cuya alfabetización era incluso cuestionable y que había asesinado a un intelectual otomano en nombre de su lealtad al sultán, podía ascender hasta ocupar un puesto de mando, mientras que un oficial de Estado Mayor, formado en las academias militares, podía verse obligado a servir bajo sus órdenes.

Un problema más estructural contribuía a profundizar esta tensión. Al carecer de los conocimientos técnicos necesarios para progresar en sus profesiones, aquellos alaylı tendían a satisfacer sus aspiraciones de ascenso social no mediante el mérito profesional, sino a través de relaciones de lealtad personal y patronazgo.

El precio de ascender dentro de aquella red clientelar consistía en obedecer incondicionalmente a los altos funcionarios que los protegían, ejecutar sus órdenes ilegales y, llegado el caso, renunciar a la propia dignidad y al honor personal.

Los alaylı de la aristocracia se servían de estas redes para sus prácticas corruptas; quienes podían oponerse a ellas eran, en su mayoría, los mektepli.

Gracias a los esfuerzos de los unionistas primero y de la joven República después, el fenómeno de los alaylı fue depurado en gran medida de los cargos públicos. Sin embargo, su espíritu continuó viviendo como un fenómeno social.

La clase de los zâdegân había desaparecido de la historia, pero aquel espíritu siguió vagando como un espectro por las calles de los pueblos provincianos, por las pequeñas ciudades desprovistas de árboles y por las urbes sin librerías de viejo.

Esta mentalidad, que concebía el acceso a la administración estatal como el camino más corto hacia la subsistencia, el poder y el prestigio, y que aspiraba a obtener cargos y posiciones sin asumir el esfuerzo que exigía la competencia profesional, supo también adaptarse a las condiciones cambiantes de los tiempos.

Cuando fue necesario, recurrió a diplomas falsos. En el caso de FETÖ, por ejemplo, las acusaciones relativas a la manipulación de los sistemas centralizados de exámenes se reflejaron en los escritos de acusación, mientras que también se difundieron noticias sobre personas que habrían solicitado determinados puestos utilizando puntuaciones fraudulentas.

Durante un tiempo, el fenómeno de los alaylı aprovechó medidas como el incremento desproporcionado de las plazas universitarias y la eliminación de la aplicación de puntuaciones mínimas de acceso, con el propósito de satisfacer los requisitos de titulación exigidos para los puestos públicos. Después, procuró encontrar un protector político o burocrático que le abriera las puertas del Estado.

El Imperio se derrumbó, la República fue fundada y los regímenes, las leyes y las instituciones cambiaron. Sin embargo, aquella concepción del poder que consistía en ascender gracias a los recursos del Estado, sustituyendo el mérito por la lealtad y el patronazgo, se transmitió de generación en generación hasta llegar a nuestros días.

¡El fenómeno de los alaylı no ha desaparecido!

Algunos de los acontecimientos cuyos rumores escuchamos hoy despiertan una inquietante sensación de escalofrío: la posibilidad de que aquello que en otro tiempo se convirtió en un espectro, el fenómeno de los alaylı (oficiales surgidos de la tropa), haya vuelto a cobrar cuerpo en determinados ámbitos.