Ucrania Está Cambiando El Rumbo De La Guerra
Por qué un alto el fuego ya es una posibilidad real
La guerra en Ucrania ha llegado a un punto de inflexión. Desde el fracaso de la contraofensiva ucraniana de 2023, la invasión a gran escala de Rusia había adoptado un ritmo predecible, marcado por ofensivas de verano e invierno durante las cuales las fuerzas rusas reducían temporalmente la presión ofensiva para rotar unidades y reorganizarse. A primera vista, este año no parece diferente. Mientras la primavera da paso al verano, los soldados ucranianos apostados en las trincheras de la línea del frente vuelven a observar un aumento constante de los ataques y de los intentos de infiltración rusos. Sin embargo, el estado de ánimo de los comandantes ucranianos ha cambiado. Los ataques rusos ya no generan la misma presión que en años anteriores. Aunque continúan los ataques con drones y los bombardeos de artillería, el rendimiento de combate del ejército ruso se está debilitando. En Kiev, crece el optimismo de que Ucrania pueda resistir lo suficiente como para obligar a Rusia a aceptar un alto el fuego.
Este cambio de ánimo no es el resultado de una transformación radical en la forma de librar la guerra, sino de una modificación sutil y a primera vista imperceptible en varias tendencias que, en conjunto, apuntan a un cambio mucho más profundo en el rumbo del conflicto. Durante todo 2024 y gran parte de 2025, Rusia fue capaz de reclutar más soldados de los que perdía, lo que le permitió aumentar la intensidad de sus ofensivas pese a sufrir elevadas bajas. Ucrania, por el contrario, registraba pérdidas ligeramente superiores a su capacidad de reemplazarlas con nuevos reclutas, por lo que sus líneas defensivas se debilitaban gradualmente mes tras mes.
Esta situación generó en Moscú la convicción de que, aunque el avance fuese lento, el ejército ruso terminaría ocupando la totalidad del Donbás, la región disputada del este de Ucrania cuya anexión reclamó en 2022. El Kremlin confiaba en que la disminución del apoyo internacional a Kiev y las dificultades ucranianas para encontrar suficientes combatientes que sostuvieran una extensa línea de frente acabarían acelerando las ganancias rusas. Por ello, Moscú adoptó una postura inflexible en las negociaciones promovidas por Estados Unidos tras la reelección de Donald Trump. En última instancia, el Kremlin esperaba obtener en el campo de batalla aquello que no consiguiera mediante la diplomacia.
Sin embargo, Rusia ya no avanza por un camino que garantice inevitablemente la consecución de su objetivo militar mínimo: asegurar el control total del Donbás. Mientras Ucrania logra estabilizar el frente y rechazar los ataques rusos, y mientras el ejército ruso siente cada vez más el peso acumulado de la guerra y la erosión de su capacidad de combate, aquello que durante mucho tiempo parecía imposible empieza a parecer plausible. Kiev y sus aliados podrían llegar a convencer a Moscú de que un alto el fuego representa la mejor opción disponible.
El renacimiento de Ucrania
Durante los últimos dos años, los comandantes ucranianos enfrentaron graves dificultades debido a la disminución constante de efectivos. Las bajas mensuales superaban el número de nuevos soldados enviados desde los centros de entrenamiento a las unidades de combate. La imposibilidad de rotar tropas y de ofrecer períodos de descanso a los soldados provocó un profundo agotamiento entre la infantería. Ucrania podía movilizar alrededor de 30.000 nuevos reclutas al mes, pero menos de la mitad llegaban realmente al frente. Muchos no estaban físicamente aptos para el combate, mientras que otros sufrían una fuerte desmoralización debido a la baja calidad de la instrucción recibida.
Según una investigación de la Inspección General de las Fuerzas Armadas de Ucrania, la eficacia de los soldados disminuía significativamente cuando permanecían más de cuarenta días consecutivos en zonas de combate. Sin embargo, la rotación de unidades también implicaba riesgos, ya que los movimientos constantes entre posiciones del frente exponían a los militares a los drones enemigos y al fuego de artillería. Como consecuencia, algunos soldados permanecieron más de doscientos días seguidos en el frente. Esta situación generó un profundo desgaste dentro de las brigadas y alimentó la percepción de que el servicio militar era un viaje sin retorno hacia el hospital o la morgue, provocando deserciones incluso durante los períodos de entrenamiento. Hasta comienzos de 2026, más de 200.000 militares ucranianos figuraban oficialmente como ausentes sin autorización.
No obstante, a partir de mediados de 2025, el ejército ucraniano comenzó a aplicar medidas destinadas a corregir estos problemas. Hasta entonces, la brigada constituía el mayor nivel táctico de organización militar. En 2025, Ucrania creó más de una docena de cuerpos de ejército, cada uno responsable de coordinar varias brigadas subordinadas. Estos cuerpos también asumieron funciones de entrenamiento, permitiendo que los nuevos reclutas fueran preparados por quienes posteriormente dirigirían las operaciones de combate. Aunque la transformación institucional aún continúa, ya ha mejorado notablemente la calidad de la instrucción y ha reducido la tendencia a la deserción. Algunas unidades también ampliaron el entrenamiento básico de cinco a ocho semanas, proporcionando una preparación mucho más sólida antes del despliegue.
Al mismo tiempo, ciertas formaciones ucranianas comenzaron a integrar de manera más eficaz la infantería, los sistemas no tripulados, la artillería y los vehículos blindados. En distintos sectores del frente, estas unidades lograron obtener ventajas tácticas temporales sobre las fuerzas rusas, lo que les permitió tanto rotar efectivos como alcanzar éxitos ofensivos limitados. Estas tácticas de armas combinadas contribuyeron a los avances ucranianos en Kupiansk durante el otoño de 2025 y en Huliaipole en la primavera de 2026.
Las unidades de drones ucranianas también han incrementado significativamente sus capacidades en lo que el ejército denomina «ataques de alcance medio», dirigidos contra objetivos logísticos rusos situados a unos 100 kilómetros detrás de la línea del frente. El aumento de la densidad de los sistemas de reconocimiento y ataque ucranianos dificulta cada vez más la infiltración y el abastecimiento de las fuerzas rusas. Esto limita la capacidad de Moscú para concentrar poder de combate en sectores concretos del frente y reduce la presión sobre las tropas ucranianas.
La combinación de reformas institucionales, mejora táctica y avances en la formación ha permitido al ejército ucraniano revertir la tendencia de deterioro que caracterizó 2024 y gran parte de 2025. Durante los primeros meses de 2026, el número de nuevos efectivos incorporados a las unidades de combate superó al de las bajas, generando por primera vez un crecimiento neto de personal.
Por ahora, estos avances siguen siendo frágiles. La llegada del verano y el aumento de la vegetación ofrecerán a las fuerzas rusas mayores oportunidades para infiltrarse y ejercer presión sobre las posiciones ucranianas. Aunque algunas unidades han demostrado una notable sofisticación táctica, otras brigadas continúan enfrentando importantes dificultades. Aun así, existen razones de peso para creer que los cambios implementados durante el último año seguirán fortaleciendo la capacidad militar de Ucrania.
La consolidación de los nuevos cuerpos de ejército podría facilitar la difusión de las mejores prácticas entre las brigadas con mayores dificultades. El presidente Volodímir Zelenski también ha anunciado nuevas reformas destinadas a aumentar la proporción de personal movilizado que llega efectivamente a las unidades de combate. Estas medidas incluyen salarios más elevados, períodos de servicio definidos y una profunda reorganización tanto del sistema de entrenamiento como del proceso de movilización.
Aunque los combates continúan siendo intensos, el ejército ucraniano parece haber superado el punto crítico de su crisis de personal y está demostrando una capacidad creciente para combinar las nuevas herramientas de guerra con los métodos militares tradicionales.
Los problemas de Rusia
A diferencia de estas modestas pero alentadoras mejoras observadas en la situación del ejército ucraniano, las fuerzas rusas han comenzado a experimentar un deterioro en su rendimiento en el campo de batalla. Esta evolución es el resultado de la convergencia simultánea de varios factores. Durante 2024 y 2025, la ventaja militar rusa se sustentó en la capacidad de Moscú para movilizar amplias reservas de personal y en el uso de una potencia de fuego integrada que ejercía una presión constante de desgaste sobre las fuerzas ucranianas.
En teoría, dado que el reclutamiento superaba las pérdidas sufridas por Rusia, el Kremlin podría haber sometido a parte de sus efectivos a períodos de entrenamiento más prolongados para elevar la calidad general de sus fuerzas armadas. Sin embargo, la administración militar rusa pareció aceptar elevadas pérdidas continuas al enviar contra las posiciones ucranianas unidades que habían recibido entre apenas dos días y dos semanas de instrucción. Como consecuencia, durante 2025 Rusia registró aproximadamente 23.000 bajas mensuales.
Las campañas de reclutamiento impulsadas por el Kremlin, apoyadas en importantes incentivos financieros, salarios elevados y programas de condonación de deudas, lograron compensar en gran medida estas pérdidas. Sin embargo, aunque este sistema resultó eficaz para atraer reclutas sin cualificación especializada, no tuvo el mismo éxito entre los técnicos y profesionales que podían obtener salarios similares o superiores en la economía civil o en la industria de defensa. El ejército ruso, por ejemplo, se encuentra muy por debajo de los objetivos de reclutamiento establecidos para operadores de drones.
El predominio del incentivo económico como principal motivación para el servicio militar también ha favorecido la acumulación de personal poco dispuesto a participar activamente en los combates. Los oficiales aceptan sobornos de soldados que desean evitar los asaltos. Por el contrario, aquellos militares que incumplen las órdenes cada vez más complejas y a menudo contradictorias son enviados como castigo a unidades de asalto. Este enfoque inflexible afecta incluso a soldados pertenecientes a unidades de apoyo esenciales, como los encargados de la logística.
La coordinación logística depende en gran medida de Telegram, una plataforma de mensajería ampliamente utilizada por las fuerzas rusas, a pesar de que su uso está formalmente prohibido. Como resultado, un oficial logístico que intenta desempeñar correctamente su trabajo puede enfrentarse al riesgo de ser detenido por la policía militar y verse obligado a elegir entre pagar sobornos o ser destinado a unidades de asalto.
Con el paso del tiempo, esta dinámica ha generado una acumulación de personal bien conectado y capaz de obtener beneficios mediante redes informales de influencia en niveles intermedios de mando, como los regimientos. Mientras tanto, los militares con experiencia profesional en las unidades subordinadas han ido desapareciendo progresivamente debido a las bajas sufridas durante las ofensivas. La escasez de personal cualificado en los escalones inferiores ha provocado una reducción del rendimiento y una creciente incapacidad para ejecutar planes u órdenes.
Muchos oficiales han sido ascendidos directamente en el campo de batalla sin haber completado una formación militar integral. Su función principal ha consistido menos en diseñar y ejecutar operaciones ofensivas eficaces que en preparar psicológicamente a sus subordinados para participar en ataques de alto riesgo.
En años anteriores, el efecto devastador de la artillería rusa, los drones y las bombas planeadoras guiadas compensaba las deficiencias de la infantería. Sin embargo, el campo de batalla actual ya no se parece al entorno para el que fueron preparados los planificadores militares rusos. Hoy, la guerra se desarrolla dentro de una amplia franja de territorio disputado de aproximadamente 29 kilómetros (18 millas) de profundidad, donde las fuerzas de ambos bandos se encuentran constantemente entremezcladas, en lugar de operar desde líneas de frente claramente definidas.
Las herramientas cartográficas utilizadas por los planificadores rusos son cada vez menos capaces de reflejar con precisión la manera en que las unidades combaten realmente sobre el terreno. Como resultado, existe una creciente desconexión entre la situación que los planificadores observan en sus mapas y las órdenes que pueden ejecutarse en condiciones reales. Esta brecha ha generado una ineficiencia cada vez mayor en la coordinación de las operaciones ofensivas.
Los oficiales de menor rango, además, a menudo desconocen cómo aplicar las órdenes recibidas. Al mismo tiempo, los mandos intermedios tienen fuertes incentivos para informar constantemente de éxitos a sus superiores. La combinación de estos factores ha creado una distancia cada vez mayor entre la percepción que tienen los altos mandos rusos sobre la ubicación y el estado de sus fuerzas y la realidad existente en el terreno.
Como consecuencia, el ejército ruso comete errores recurrentes en la asignación de artillería y sistemas no tripulados, y emite órdenes basadas en información incorrecta que, en muchos casos, resultan imposibles de cumplir. En resumen, las fuerzas rusas están perdiendo progresivamente la capacidad de transformar sus planes en operaciones militares efectivas, lo que debilita cada vez más la eficacia de sus ofensivas.
Confiar sin caer en la complacencia
La creciente cohesión del ejército ucraniano, combinada con el debilitamiento de las unidades de combate rusas, podría llevar a pensar que un desenlace favorable para Ucrania es ya inevitable. Sin embargo, la realidad está lejos de ser tan sencilla. Rusia sigue contando con más de 600.000 soldados desplegados en operaciones ofensivas contra Ucrania y, gracias a su enorme complejo militar-industrial, no enfrenta problemas significativos de municiones. Los drones y las bombas planeadoras rusas continúan dificultando la logística ucraniana, mientras que la infantería rusa lleva a cabo constantes ataques de reconocimiento para identificar y explotar cualquier brecha en las defensas de Kiev. Al mismo tiempo, la progresiva reducción de la capacidad de defensa aérea ucraniana permite a Moscú intensificar los ataques con drones y misiles de crucero en todo el país.
El ejército ucraniano sigue librando una dura batalla para mantener sus posiciones actuales y continúa perdiendo terreno en algunos sectores, como Kostyantynivka. Los soldados ucranianos pueden sentirse hoy más esperanzados que en el pasado, pero continúan profundamente agotados. Aunque algunas unidades han demostrado mejoras significativas en su rendimiento de combate, otras brigadas siguen rindiendo por debajo de las expectativas. Además, las fuerzas rusas permanecen peligrosamente cerca de importantes ciudades ucranianas, especialmente en regiones como Zaporiyia, en el sur del país. Aunque el panorama táctico a corto plazo parece inclinarse a favor de Ucrania, el margen para cometer errores sigue siendo extremadamente reducido.
Aun así, la ocupación completa del Donbás antes de finales de año, tal como exige el Kremlin, ya no parece un objetivo alcanzable para Rusia. Sin una profunda reorganización de sus fuerzas armadas, tampoco está claro si Moscú podrá lograrlo en 2027. El coste de la guerra continúa aumentando y la maquinaria militar rusa se enfrenta a dificultades cada vez más serias.
Hasta ahora no existe ninguna señal de que el presidente ruso, Vladimir Putin, haya abandonado su convicción de que Ucrania no debería existir como un Estado independiente ni de que haya renunciado a su intención de someterla a la influencia rusa. Sin embargo, Putin ha demostrado ser sensible a las realidades del campo de batalla que no puede ignorar, como ocurrió con la retirada de las fuerzas rusas de Kiev y Jersón en 2022. Por ello, la cuestión fundamental es cómo reaccionará el Kremlin cuando llegue a la conclusión de que sus expectativas militares continúan deteriorándose.
El mayor riesgo es que Moscú decida escalar el conflicto mediante una movilización militar mucho más amplia y coordinada, recurriendo al reclutamiento forzoso de especialistas que actualmente necesita el ejército ruso y creando una reserva humana de gran tamaño. Esta medida podría aumentar los avances militares rusos en Ucrania, pero también implicaría importantes riesgos políticos y económicos para el propio régimen. El Banco Central de Rusia ya ha advertido que el país enfrenta una grave escasez de mano de obra. Además, dado el nivel de desgaste institucional que sufren actualmente las fuerzas armadas rusas, tampoco está claro que puedan integrar y emplear eficazmente grandes cantidades de nuevos reclutas.
Es evidente que el Kremlin está evaluando cuidadosamente las consecuencias de una decisión de este tipo. A lo largo de la guerra, los mandos militares han propuesto en repetidas ocasiones movilizaciones más amplias, pero Putin se ha resistido sistemáticamente a adoptarlas.
Otra posibilidad es que el Kremlin suspenda las grandes ofensivas terrestres y adopte una postura más defensiva, sin ofrecer ningún alto el fuego, mientras continúa bombardeando Ucrania durante otro invierno con drones, misiles balísticos y misiles de crucero. Putin podría concluir que Rusia posee una mayor capacidad para sostener el conflicto a largo plazo que Ucrania. Sin embargo, esta estrategia será cada vez más difícil de mantener si las fuerzas ucranianas continúan demostrando una capacidad creciente para ejecutar operaciones ofensivas eficaces. Del mismo modo, la intensificación de los ataques ucranianos de largo alcance contra objetivos estratégicos para la economía rusa complicaría aún más la posibilidad de que Moscú sostenga una guerra indefinida.
Salir de la sartén
Si Ucrania logra consolidar durante el resto del año las tendencias positivas actuales mientras sus propias capacidades mejoran y Rusia continúa enfrentando dificultades aumentarán considerablemente las posibilidades de que Kiev y sus socios consigan convencer a Moscú de aceptar un alto el fuego incondicional. Los aliados de Ucrania deberían reflexionar cuidadosamente sobre cómo hacer que esta opción resulte atractiva para el Kremlin, ya que existen numerosos elementos potencialmente tóxicos que podrían, por el contrario, incentivar a Putin a prolongar aún más el conflicto. Sin embargo, también está surgiendo una oportunidad cada vez mayor para persuadir al líder ruso de que el alto el fuego representa la alternativa menos arriesgada.
Esto no significa que Putin vaya a abandonar su hostilidad hacia Ucrania. Sin embargo, el Kremlin podría llegar a la conclusión de que un alto el fuego constituye la mejor vía para alcanzar, a largo plazo, los objetivos estratégicos que no ha conseguido imponer mediante la fuerza militar. En tal escenario, Moscú probablemente dirigiría su atención hacia las vulnerabilidades políticas y económicas de Ucrania con el objetivo de ampliar su influencia sobre Kiev. Además, una pausa en los combates podría permitir a Rusia corregir algunas de las deficiencias de sus fuerzas armadas, dejando a Ucrania bajo la amenaza permanente de una nueva agresión en el futuro.
Desde la perspectiva de la población ucraniana, una interrupción temporal de la enorme carga que supone la guerra sería recibida con alivio. Si Ucrania y Rusia consiguieran acordar un alto el fuego, ello constituiría un logro significativo para Kiev y abriría una oportunidad para trabajar en favor de una paz duradera. Sin embargo, también implicaría numerosos riesgos.
La sociedad ucraniana probablemente presionaría al gobierno para desmovilizar soldados o, al menos, sustituir a las unidades más experimentadas pero exhaustas por tropas más frescas, aunque menos preparadas. Tras años funcionando bajo una economía de guerra, el país tendría que afrontar de manera inmediata la enorme destrucción sufrida por su infraestructura y su tejido industrial. La unidad política interna también podría verse erosionada por demandas de celebración de elecciones. A medida que disminuyera la percepción de una amenaza rusa inmediata, los socios europeos podrían mostrarse menos dispuestos a financiar la defensa ucraniana. En otras palabras, Ucrania podría encontrarse en una situación incluso más vulnerable, mientras Rusia dispondría de múltiples oportunidades para desestabilizar a su vecino.
Aunque un desenlace favorable de la guerra no está garantizado, hoy constituye una posibilidad realista. Para aumentar las probabilidades de alcanzar ese resultado, Kiev debe continuar fortaleciendo sus defensas mediante la culminación de las reformas y la reorganización de sus fuerzas armadas. Los aliados internacionales de Ucrania también deberán mantener el suministro de armamento y continuar ejerciendo presión económica sobre el Kremlin mediante sanciones.
Los costes políticos y económicos de una guerra indefinida ya están comenzando a influir en los cálculos estratégicos de Moscú. Por ello, los socios de Ucrania deben evaluar cuidadosamente cómo modificar la percepción de costes y beneficios del Kremlin. Asimismo, dado el progresivo alejamiento de Washington del continente europeo, resulta cada vez más importante que Europa reflexione seriamente sobre cómo preservar una paz frágil en caso de alcanzarse un alto el fuego.
En definitiva, un alto el fuego constituye una condición necesaria para la seguridad y la prosperidad de Ucrania, pero por sí solo no garantiza ni una ni otra.