Türkiye e Irán: La Lucha Por El Nuevo Orden En El Oriente Próximo

Un Irán debilitado o, en el peor de los escenarios, transmutado en un Estado fallido no traerá la estabilidad al Oriente Próximo; por el contrario, precipitará a la región hacia un caos aún más profundo. Un desenlace de tal naturaleza reconfiguraría el equilibrio de poder regional, propiciando potencialmente la expansión del control territorial de Israel, exacerbando la fragilidad en Irak y Siria, y desencadenando una reactivación de los conflictos transfronterizos y de los flujos migratorios. Ninguna nación se vería afectada de forma tan directa como Türkiye; del mismo modo, ningún actor regional desempeñará un papel tan central en la gestión del orden subsiguiente.

Türkiye e Irán no son meramente las dos potencias más vastas del Oriente Próximo. Representan, asimismo, dos de los Estados más antiguos cuyas historias, culturas, demografías, lenguas y trayectorias políticas han convergido de manera intrincada durante siglos. Su frontera común permanece inalterada desde el siglo XVII, una continuidad excepcional en una geografía de límites volubles. Incluso una breve mirada al siglo XX revela la profundidad de sus experiencias paralelas.

Durante la primera mitad de dicha centuria, ambos países sucumbieron bajo la ocupación extranjera. Al inicio del siglo, vivieron sendas revoluciones constitucionales con apenas unos años de diferencia, lideradas por movimientos políticos similares que aspiraban a un gobierno representativo. No obstante, ninguna de estas revoluciones logró consolidar una transformación liberal duradera.

En ambos casos, el poder terminó por consolidarse en manos de un único líder o partido. Ambos Estados emprendieron ambiciosos proyectos de occidentalización, acompañados de formas de secularización que buscaban marginar al Islam de la vida pública. Estas transformaciones fueron reforzadas mediante nuevas narrativas históricas y reestructuraciones culturales auspiciadas por el Estado.

Hacia mediados de siglo, en ambos países habían ascendido al poder primeros ministros electos. En Irán, Mohammad Mosaddegh fue derrocado por un golpe de Estado orquestado con el apoyo de Estados Unidos tras su intento de nacionalizar la industria petrolera. En Türkiye, Adnan Menderes fue depuesto y ejecutado tras una asonada militar.

Orden Pro-occidental

Con apenas un año de diferencia, mientras en Irán se revertía la nacionalización del petróleo, Türkiye tomaba una decisión geopolítica decisiva al incorporarse a la OTAN. En Türkiye, el régimen de tutela militar echó raíces y, durante décadas, restringió el desarrollo democrático. En Irán, por su parte, el Shah consolidó un orden autoritario alineado con Occidente.

Hacia finales de la década de 1970, las calles de ambos países comenzaron a agitarse. En Irán, el caos desembocó en una revolución; en Türkiye, en cambio, culminó en un sangriento golpe militar. Los primeros líderes revolucionarios iraníes incluidos el presidente y el primer ministro fueron víctimas de campañas de asesinatos políticos. En Türkiye, por el contrario, los líderes políticos fueron encarcelados y apartados de la vida pública.

Cuando Irak atacó a Irán en 1980, Teherán se vio arrastrado a una guerra larga y devastadora. En Türkiye, el estrechamiento del espacio político durante la Guerra Fría sentó las bases para la aparición del PKK, desencadenando un conflicto que costaría decenas de miles de vidas y se prolongaría durante más de cuatro décadas.

Las trayectorias posteriores a la guerra de ambos países volvieron a revelar contrastes notables. A finales de los años ochenta, Irán enfrentaba una profunda crisis democrática, simbolizada de manera más visible en la imposición obligatoria del velo para las mujeres. En Türkiye, durante la misma década, la vida política siguió estando determinada por la tutela militar, y una de las tensiones sociales más significativas se articuló en torno a la prohibición del uso del velo en las instituciones públicas; una medida que obligó a muchas mujeres a quitárselo para poder acceder a la educación superior o al servicio público.

Ambos Estados, cada uno a su manera, han luchado por reconciliar religión, autoridad y democracia. Este pasado no constituye únicamente una cronología de acontecimientos; se proyecta hasta el presente, modela la forma en que Türkiye interpreta sus crisis actuales y configura su visión geopolítica de cara al futuro inmediato.

Türkiye no puede ni podrá percibir a Irán de la misma manera que lo hacen los países del Golfo, Israel o el propio Occidente.

Punto De Inflexión

La invasión estadounidense de Irak en 2003 constituyó un punto de inflexión decisivo para ambos países. En Türkiye, el ascenso del Partido de la Justicia y el Desarrollo inauguró un período de crecimiento económico y la adopción de una política exterior más ambiciosa.

Para Irán, en cambio, el colapso del régimen de Saddam Hussein más allá de su frontera generó un vacío geopolítico que Teherán trató de llenar. Impulsado por los elevados precios del petróleo, Irán amplió su esfera de influencia, especialmente en Irak, apoyándose en redes sectarias y actores delegados.

A lo largo de la década de 2010, Ankara y Teherán se situaron en lados opuestos del desorden regional. Türkiye respaldó los movimientos de cambio político durante la Primavera Árabe, mientras que Irán, de forma más evidente en Siria, buscó preservar el orden existente.

El conflicto sirio se convirtió en el escenario más sangriento de esta rivalidad. Türkiye apoyó a la oposición; Irán, por su parte, intervino para sostener al régimen de Assad. Aunque tras años de devastación en Damasco se produjo finalmente un cambio político, el balance global fue desastroso: enormes pérdidas humanas y un paisaje regional profundamente fragmentado.

En medio de estas ruinas, Israel se volvió progresivamente más asertivo. El mapa estratégico de Oriente Medio se transformó, y el modelo de defensa avanzada de Irán basado en la proyección de influencia a través de actores no estatales regionales comenzó a enfrentarse a limitaciones estructurales.

Hoy, con Israel y Estados Unidos confrontando de manera más directa a Irán, la región se encuentra ante otro posible punto de inflexión.

La posibilidad de un colapso iraní evoca las consecuencias no deseadas de la invasión de Irak en 2003. Entonces, la caída de un régimen desencadenó una fragmentación étnica y sectaria que repercutió en toda la región.

En la actualidad, un Irán seriamente debilitado podría volver a activar dinámicas desestabilizadoras, aunque en un entorno aún más volátil. La expansión territorial de Israel podría acelerarse.

Cabe imaginar que Washington reconozca nuevas anexiones, como ya hizo en los Altos del Golán. En tal contexto, Israel podría reforzar su control sobre Cisjordania y Gaza mientras mantiene su presencia militar en Líbano y Siria.

Un Paisaje En Transformación

Para Türkiye, las consecuencias del debilitamiento de Irán serían inmediatas y tangibles. En primer lugar, la inestabilidad en Irak y Siria afectaría directamente tanto a su seguridad como a su comercio. Ningún otro actor regional está tan expuesto, en términos económicos y geográficos, a la evolución de estos espacios. La seguridad fronteriza, los flujos de refugiados y la militancia transfronteriza exigirán una atención constante.

En segundo lugar, la formalización de las anexiones israelíes transformaría el marco jurídico y estratégico de la región. La presencia militar de Israel en Palestina, Siria y Líbano ya constituye una fuente de inestabilidad; la institucionalización de su expansión territorial intensificaría la polarización y debilitaría las perspectivas de una solución negociada.

En tercer lugar, un Irán debilitado podría volver a generar condiciones propicias para el terrorismo transnacional. En periodos anteriores de fragmentación regional, las redes terroristas prosperaron en los vacíos de poder. La reactivación de estas dinámicas supondría riesgos no solo para Türkiye, sino también para el conjunto de la región y Europa.

En cuarto lugar, las relaciones turco-estadounidenses podrían entrar en una nueva fase de tensión. Tras la invasión de Irak en 2003, las divergencias en torno a Irak, Siria e Israel generaron una desconfianza persistente. En un escenario futuro moldeado por la expansión territorial de Israel y una reconfiguración regional, Ankara y Washington podrían volver a enfrentarse, especialmente si la política estadounidense es percibida como promotora de la inestabilidad.

Por último, las perspectivas geopolíticas competitivas entre Türkiye y los países del Golfo podrían transformarse en una divergencia estructural. Ankara sostiene que la estabilidad regional requiere un equilibrio entre los grandes actores. Un marco centrado exclusivamente en la primacía de Israel no sería compatible con los intereses estratégicos de Türkiye. En este contexto junto con Catar, aliado natural de Ankara, el rumbo que adopte Arabia Saudí será determinante.

En términos generales, el debilitamiento de Irán no generará automáticamente un equilibrio. Más bien, podría abrir un vacío en el que actores más asertivos amplíen sus esferas de influencia. El periodo posterior a 2003 demostró cuán rápidamente puede propagarse el caos cuando colapsan los equilibrios regionales.

Hoy, los riesgos son aún mayores. Las fracturas étnicas y sectarias persisten; las instituciones estatales son frágiles en numerosos países; y las potencias externas están profundamente arraigadas en la región. En un entorno de estas características, un colapso repentino de Irán podría desencadenar una cadena de inestabilidad en lugar de aportar claridad estratégica.

Türkiye entra en este periodo como uno de los actores estatales más competentes de la región, con experiencia militar y una intensa actividad diplomática en múltiples frentes. Sin embargo, la capacidad por sí sola no garantiza la estabilidad. Ankara debe adoptar una estrategia ambiciosa orientada no a la dominación, sino al equilibrio: contener el expansionismo territorial, limitar las guerras por delegación y reforzar la soberanía estatal siempre que sea posible.

La lección fundamental de las últimas dos décadas es clara: eliminar o debilitar a una gran potencia regional no elimina la competencia; la redistribuye. Si Irán se fragmenta o se transforma en un Estado colapsado, Oriente Medio no será menos conflictivo, sino más.

En los próximos años, la estabilidad regional dependerá de si es posible construir un nuevo equilibrio que limite el expansionismo y reduzca las alianzas de suma cero. De lo contrario, la región corre el riesgo de entrar en un nuevo ciclo prolongado de conflicto.