Trump Habló En Nombre De Los Católicos Chinos – El Papa Guardó Silencio

Los días 14 y 15 de mayo se celebró en el Gran Salón del Pueblo de Pekín la primera cumbre bilateral entre los líderes de las dos potencias que hoy suelen considerarse superpotencias: los Estados Unidos de Donald Trump y la China de Xi Jinping. El encuentro evocó las cumbres de la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética representaba el polo opuesto a Occidente; sin embargo, aunque existen ciertas similitudes, muchas de las circunstancias actuales son radicalmente diferentes.

Entre estos elementos distintivos, resultan especialmente significativas las consecuencias que esta cumbre y quizá las futuras podría tener para el Vaticano: no solo en lo que respecta a sus relaciones con ambas potencias, sino, sobre todo, en relación con la percepción pública de la postura de la Santa Sede respecto a los derechos humanos.

Como es sabido, el Vaticano mantiene relaciones complejas con ambos polos del poder internacional. Por un lado, la tensión con Donald Trump alimentada por los ataques personales del mandatario al Papa a través de Truth Social y por las divergencias en torno a la necesidad de una intervención militar contra Irán forma parte de una fractura más profunda que se remonta, al menos, al pontificado de Francisco y que afecta al conjunto del modelo cultural y geopolítico estadounidense basado en el libre mercado y la primacía del individuo.

Por otro lado, persiste la ambigüedad en la relación con la China posmaoísta. El ejemplo más evidente son los controvertidos acuerdos secretos sobre el nombramiento de obispos: un “secreto a voces” que concede al Partido Comunista la facultad de seleccionar a los obispos, dejando al Vaticano únicamente un derecho de veto meramente formal. European Conservative ha reconstruido detalladamente los procesos y el contexto que condujeron a la firma de estos acuerdos entre China y la Santa Sede.

La Iglesia en China se Desangra

La posición del Vaticano entre estos dos extremos resulta extremadamente incómoda y comprometida. Aunque el Papa sostiene, a nivel discursivo, el derecho de la Iglesia a criticar y condenar las acciones políticas de cualquier figura poderosa de su tiempo, en la práctica esa voz se vuelve cada vez más tenue cuando se trata de defender a los católicos perseguidos en China, hasta terminar hundiéndose en un silencio embarazoso. Según las propias declaraciones de León XIV, no puede pronunciarse sobre la situación humanitaria de los católicos chinos.

A la luz de todo ello, resulta llamativo que, con motivo de la cumbre, Trump encontrara tiempo para hacer aquello que ni el Papa ni la diplomacia vaticana se atreven a hacer, en nombre del multilateralismo y de la estabilidad diplomática, valores tan apreciados dentro del Vaticano.

El presidente estadounidense abordó la cuestión de los derechos humanos de forma limitada e indirecta. Al referirse a los numerosos presos políticos del régimen chino, los describió como “personas inocentes”. Antes de reunirse con Xi Jinping, Trump también hizo referencia explícita al emblemático caso del editor católico Jimmy Lai, condenado en febrero de 2026. Según Reuters, Trump calificó la situación de Lai como “un asunto difícil”, sugiriendo con ello que lograr su liberación sería extremadamente complicado.

Aunque la Casa Blanca concedió mayor importancia a las cuestiones comerciales y geoestratégicas que a los derechos humanos durante las conversaciones con Pekín, el caso Lai funcionó como un mensaje político. Trump utilizó su nombre, junto con otros casos de presos y disidentes planteados durante los contactos previos a la cumbre, como un instrumento de presión humanitaria y diplomática.

Además, la reunión entre las dos superpotencias tuvo lugar apenas un mes después de que Human Rights Watch (HRW) publicara un informe denunciando una escalada sin precedentes de la represión contra los católicos en China. Según HRW, el gobierno chino ha intensificado la vigilancia, los controles ideológicos, las restricciones administrativas y las presiones destinadas a obligar a los católicos clandestinos a integrarse en la Iglesia Patriótica controlada por el Estado.

Entre estas prácticas figuran detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, torturas y prolongados arrestos domiciliarios contra sacerdotes y obispos que se niegan a “alinearse” con las exigencias oficiales.

Sin embargo, lo que parece especialmente grave es que el acuerdo secreto entre China y el Vaticano, lejos de limitar la capacidad del régimen chino para ejercer presión y violencia contra los católicos, habría contribuido a fortalecerla. HRW confirma así lo que ya era ampliamente conocido de manera informal acerca de la naturaleza de dichos acuerdos, señalando que, aunque el gobierno chino los ha violado en repetidas ocasiones, ni Francisco ni León han ejercido jamás el derecho de veto previsto en ellos.

Los testimonios recopilados son numerosos y devastadores: hablan de iglesias demolidas, cruces retiradas y creyentes amenazados. Lo que convierte esta situación en algo insostenible no es únicamente la violencia física ejercida contra los católicos chinos, sino también la humillación moral, así como el sentimiento de abandono y traición que estos fieles perseguidos perciben inevitablemente por parte de la Santa Sede.

Según el informe de HRW, los católicos chinos que se resisten a la “sinización” de la Biblia acusan abiertamente al Vaticano de promover la unión obligatoria con la Iglesia Patriótica. También se han documentado casos en los que las propias autoridades comunistas habrían ordenado a sacerdotes registrarse en la Iglesia oficial del régimen diciéndoles: “El Vaticano les ordena unirse a la Asociación Patriótica”.

El Nuevo Dogma del Multilateralismo

La dificultad del Vaticano para modificar su enfoque hacia China tiene, en gran medida, raíces ideológicas. Durante la Guerra Fría, especialmente con la llegada de Juan Pablo II, la Santa Sede adoptó una “doble política” frente al régimen soviético: dos estrategias diplomáticas profundamente distintas en su lógica, sus objetivos y sus instrumentos.

El pontífice polaco, que había experimentado personalmente primero la persecución nazi y después la soviética, adoptó una línea de Realpolitik, una política basada en la realidad más que en principios ideológicos abstractos. La Realpolitik implicaba aceptar la existencia de bloques, actuar de manera pragmática para preservar la propia esfera de influencia y ejercer presión sobre los regímenes adversarios mediante instrumentos de poder blando cultural, incluso mientras se mantenía el diálogo con ellos.

Juan Pablo II estaba convencido de que el bloque soviético terminaría derrumbándose inevitablemente frente a un elemento de la realidad que otros actores diplomáticos habían aprendido a ignorar: la dimensión espiritual de la naturaleza humana. A su juicio, el marxismo estaba condenado a colapsar desde dentro porque se basaba en una premisa errónea, constantemente desmentida por la propia naturaleza humana. El objetivo de Juan Pablo II no era administrar el comunismo, sino superarlo.

Al mismo tiempo, la Secretaría de Estado dirigida por el cardenal Agostino Casaroli seguía una estrategia diferente, conocida como Ostpolitik. Casaroli creía que, manteniendo un diálogo permanente con el régimen soviético, era posible obtener espacios graduales de libertad para las iglesias locales mediante compromisos, acuerdos bilaterales y negociaciones lentas; una estrategia que llegó a conocerse como la “política de los pequeños pasos”.

De este modo, el comunismo era considerado un interlocutor necesario e incluso una estructura de la que podía aprenderse algo para el desarrollo de la vida de la Iglesia. Se intentó así “gestionar” el sistema adversario sin pretender derrotarlo. La historia, sin embargo, demostró claramente que Juan Pablo II tenía razón.

No obstante, la línea de Casaroli terminó imponiéndose dentro del Vaticano. Benedicto XVI intentó adaptar la Realpolitik de Juan Pablo II a la realidad china y trasladar esa estrategia también a la Secretaría de Estado, pero no tuvo éxito. Francisco y León XIV siguieron el camino opuesto: llevaron, de hecho, la Ostpolitik de Casaroli y, en la actualidad, de Parolin, hasta la misma Cátedra de Pedro.

En realidad, León XIV ha ido incluso más allá de una simple adhesión al multilateralismo. En su nueva encíclica Magnifica Humanitas, lo eleva casi a la categoría de un “dogma”.

El multilateralismo es la adaptación de la Ostpolitik al contexto histórico posterior a la Guerra Fría, un contexto en el que ya no existen únicamente dos bloques, sino múltiples actores, incluidos organismos internacionales y supranacionales como las Naciones Unidas (ONU) y la Unión Europea (UE).

En su primera encíclica, León XIV sostiene que una de las causas de las numerosas guerras actuales es precisamente la “crisis del sistema multilateral”. El Papa reconoce explícitamente:

“A diferencia de la dinámica bipolar de la Guerra Fría, la proliferación de actores y escenarios de conflicto vuelve cada vez más frágil esta mentalidad [la mentalidad del realismo político y de la disuasión, nota del editor].”

Y añade:

“En la raíz de estos problemas se encuentra un falso realismo basado no solo en una determinada concepción del poder, sino también en la creencia cultural y antropológica de que la guerra constituye una parte inevitable de la naturaleza humana.”

Por ello, el multilateralismo es presentado como la única vía viable, la vía necesaria. Como afirma el Pontífice:

“Las instituciones internacionales, especialmente las Naciones Unidas, son instrumentos indispensables para promover la civilización del amor, porque pueden favorecer el diálogo entre las naciones, la resolución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de los más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación.”

Pero si la Iglesia queda reducida a un actor multilateral y a una simple garante de la convivencia internacional, ¿qué queda entonces de su voz profética acerca de la naturaleza humana y del destino eterno del hombre?

La Santa Sede intenta actuar como mediadora a costa de la verdad; sin embargo, el único resultado es reforzar las narrativas y los abusos de aquellos que se oponen activamente a esa misma verdad.

Si Trump habla allí donde el Papa guarda silencio, no se trata únicamente de un problema de comunicación.

Es una cuestión de identidad.

Gaetano Masciullo es un filósofo, escritor y periodista independiente italiano. El eje central de su trabajo consiste en analizar los fenómenos modernos que amenazan las raíces de la civilización cristiana occidental.

Fuente:https://europeanconservative.com/articles/commentary/trump-spoke-for-chinas-catholics-the-pope-stayed-silent/