Rusia y Venezuela: ¿Hacia Una Nueva Yalta?
La reacción del Kremlin ante la destitución de Nicolás Maduro ha sido, hasta ahora, notablemente silenciosa. Más allá de las críticas formales del Ministerio de Asuntos Exteriores a las acciones de Estados Unidos y de las expresiones de solidaridad con el gobierno de la presidenta interina Delcy Rodríguez Gómez, ni Vladímir Putin ni su omnipresente portavoz Dmitri Peskov han dicho una sola palabra. Y ello pese a que Venezuela ha sido durante décadas un importante Estado cliente de Rusia y uno de los principales pilares de su influencia en América Latina. ¿Ve acaso Putin algún aspecto ventajoso para los intereses rusos en este último golpe aparentemente sufrido?
Putin ha elogiado el sistema de Yalta, en el que la Unión Soviética y Estados Unidos se repartieron el mundo, como modelo de orden internacional: “El sistema de Yalta nació en un proceso verdaderamente doloroso. Seamos justos: este sistema ayudó a la humanidad a superar los turbulentos y a veces dramáticos acontecimientos de los últimos setenta años. Salvó al mundo de grandes conmociones”. Putin comprende que la restauración del dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental permitiría a Rusia alcanzar dos objetivos fundamentales: reafirmar su derecho a restablecer la soberanía sobre su propia esfera de influencia algo que Estados Unidos ha tratado de impedir durante treinta años y reducir los incentivos para hacer concesiones en el asunto ucraniano.
Desde la llegada al poder de Hugo Chávez, Rusia ha visto a Venezuela como un Estado cliente clave en el “patio trasero” de Estados Unidos. Ha proporcionado apoyo de inteligencia, ha entrenado a las fuerzas de seguridad y ha vendido armas a Caracas. El director ejecutivo de Rosneft, Ígor Séchin, se convirtió en la figura clave de Rusia en Venezuela; concedió miles de millones de dólares en préstamos y, en asociación con PDVSA, intentó reactivar una industria petrolera en colapso. Tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia y la imposición de sanciones energéticas, Rosneft se vio obligada a retirarse, y actualmente Venezuela adeuda a Rusia más de 2.000 millones de dólares de un total de 6.000 millones una deuda que quizá nunca sea reembolsada.
El Kremlin también ayudó a Maduro a mantenerse en el poder tras las controvertidas elecciones de 2018, cuando la administración Trump reconoció a su rival Juan Guaidó como presidente legítimo. Después del intento de levantamiento en 2019 por fuerzas leales a Guaidó, Rusia disuadió a Maduro de abandonar el país y exiliarse.
Pese a décadas de inversiones en Venezuela, la reacción oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso ante la destitución de Maduro fue tibia: “Reafirmamos nuestra solidaridad con el pueblo venezolano y nuestro apoyo al rumbo seguido por el liderazgo bolivariano, orientado a proteger los intereses nacionales y la soberanía del país”. Tal vez esta respuesta contenida refleje el deseo de Putin de no irritar a Donald Trump, mientras continúan las negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania y Moscú intenta evitar nuevas medidas punitivas por parte de Estados Unidos.
Además, algunos rusos han expresado una mezcla de admiración y envidia ante el éxito estadounidense. Los Z-bloggers que apoyan con entusiasmo la guerra en Ucrania sostuvieron que Washington llevó a cabo una “operación militar especial” exitosa, mucho más eficaz que la rusa en Ucrania. Al fin y al cabo, lo que las fuerzas estadounidenses lograron en cuestión de horas, Rusia no lo consiguió en cuatro años y todavía no ha derrocado a Zelenski ni ganado la guerra. El mensaje implícito era: “Quizá ya sea hora de contratar a generales y planificadores estadounidenses para que sirvan a Rusia”. Otros argumentaron que, tras apuntar contra Maduro y mostrar su intención de apoderarse de los campos petroleros venezolanos, Washington ya no puede criticar las acciones de Rusia en Ucrania.
Aún es pronto para afirmar que Rusia haya perdido en Venezuela. El gobierno interino mantendrá buenas relaciones con Moscú y, mientras las mismas personas sigan ocupando puestos clave en el aparato de seguridad, la influencia rusa persistirá. No obstante, esta podría verse limitada si llega al poder un nuevo gobierno que no comparta la línea política de Maduro y que reforme las estructuras de seguridad chavistas.
Las acciones de Estados Unidos también abren nuevas expectativas para el Kremlin. En consonancia con las ideas expresadas en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump, la insistencia de Washington en su derecho a dominar el Hemisferio Occidental implica que otras grandes potencias también tendrían ese derecho en sus propias esferas de influencia, tal como ocurrió durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Putin ha sostenido que solo existen tres potencias verdaderamente soberanas Rusia, Estados Unidos y China y que todos los demás países poseen una soberanía limitada y deben someterse a la voluntad de sus hegemonías respectivas. Esta visión parece coincidir con la postura de la administración Trump. Si Estados Unidos puede destituir a líderes dentro de su esfera de influencia, Rusia también podría hacer lo mismo en la suya en los antiguos Estados soviéticos y en Europa Central y Oriental.
¿Podría Venezuela dar inicio a un nuevo sistema de Yalta? El Kremlin espera que así sea y cree que ello otorgaría a Moscú una mayor libertad de maniobra tanto en su entorno inmediato como más allá. Mientras la administración Trump intenta poner fin a la guerra lo antes posible, el Kremlin confía en que Trump acepte el derecho de someter a Ucrania.
Fuente: https://www.aei.org/foreign-and-defense-policy/russia-and-venezuela-toward-a-new-yalta/