¿Por qué El Pacto De La Meca No Es Una OTAN Suní?
La historia de Oriente Medio está repleta de pactos de seguridad que, con el paso del tiempo, perdieron su razón de ser.
A finales de 2004, el rey Abdalá II de Jordania acuñó una expresión que terminaría definiendo la manera en que muchos percibieron la lucha por el poder que se estaba configurando en Oriente Medio. Tras el colapso del Irak de Sadam Husein, rival regional de Jordania, el monarca jordano advirtió sobre el creciente peso regional de Irán y alertó acerca de un «Creciente Chií» que se extendería desde Teherán, pasando por Bagdad y Damasco, hasta Beirut. Según su planteamiento, este corredor amenazaba con alterar un equilibrio de poder que llevaba largo tiempo establecido, aunque también podría argumentarse que dicho equilibrio había servido tanto a los intereses occidentales como a los de los países situados bajo el paraguas de seguridad estadounidense. Veinte años después, el panorama regional vuelve a encontrarse en plena transformación.
El 7 de agosto, Pakistán, Arabia Saudí y Türkiye firmaron un acuerdo de defensa mutua por el que se comprometieron a considerar un ataque contra cualquiera de los tres países como un ataque contra todos, en términos comparables al principio establecido en el Artículo 5 de la OTAN. Dado que el acuerdo fue firmado en La Meca, la ciudad más sagrada del islam, algunos comenzaron casi de inmediato a describirlo como el inicio de una «OTAN suní» o, de manera aún más provocadora, a recuperar el discurso de un nuevo «Creciente Suní». La comparación ofrece titulares impactantes, pero ¿estamos realmente ante un realineamiento sectario o ante algo mucho más pragmático?
Resulta significativo que ni Egipto ni Irak se hayan incorporado todavía a esta formación, mientras que, según se informa, Azerbaiyán, un país de mayoría chií, estaría considerando su adhesión. Una mirada más detenida a los tres países y a la historia de las alianzas precedentes revela que los elementos que unen a esta nueva alianza trilateral van mucho más allá de la religión.
La teoría de las relaciones internacionales ofrece una lente útil para analizar si esta alianza será duradera. Desde una perspectiva realista, en un entorno internacional caracterizado por la competencia, las preocupaciones fundamentales de seguridad terminan orientando la política exterior de un Estado. La perspectiva liberal-institucionalista, en cambio, se centra en la manera en que la cooperación y las organizaciones internacionales pueden contribuir a gestionar los conflictos mediante mecanismos de seguridad colectiva. Los constructivistas adoptan un enfoque diferente y sostienen que las ideas de competencia y cooperación son construcciones elaboradas por las élites políticas y las sociedades en función de la manera en que interpretan la realidad.
Durante las últimas dos décadas, por ejemplo, periodistas y analistas políticos occidentales han empleado de manera recurrente la expresión «Creciente Chií» al interpretar los conflictos en Irak, Siria, Líbano, Baréin y Yemen. Esta expresión enmarcó dichos conflictos como manifestaciones contemporáneas de un épico enfrentamiento sectario entre fuerzas suníes y chiíes. Algunos rechazaron, con razón, esta perspectiva por considerarla una forma de alarmismo. Las revueltas de la «Primavera Árabe» que sacudieron la región después de 2011 reforzaron aún más esta interpretación, y los conflictos que surgieron posteriormente fueron descritos como parte de una «Guerra Fría sectaria». Este tipo de lenguaje sugería que los conflictos confesionales eran antiguos, inevitables y estaban arraigados en una división irreconciliable entre suníes y chiíes.
Los constructivistas examinan críticamente estas identidades sectarias y sostienen que, en determinados contextos de crisis, son construcciones utilizadas por las élites para movilizar a los actores políticos. Desde esta perspectiva, este tipo de encuadramiento puede resultar erróneo y engañoso. El hecho de que Irán, por ejemplo, haya respaldado a la Armenia cristiana frente al Azerbaiyán de mayoría chií se cita con frecuencia como prueba de que la política exterior de Teherán no puede reducirse a la solidaridad sectaria.
Del mismo modo, también se han producido conflictos entre actores árabes suníes, como ocurrió entre Arabia Saudí y Catar y, posteriormente, entre los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. La misma distinción resulta aplicable al analizar el Pacto de La Meca. Pakistán, Arabia Saudí y Türkiye pueden ser países de mayoría suní, pero la religión, por sí sola, no explica ni garantiza la durabilidad de la alianza.
Desde una perspectiva realista, el comportamiento de los tres países resulta más comprensible si se analiza en términos de intereses que de identidad o confesión religiosa. Arabia Saudí busca garantías de seguridad fiables después de años de guerras regionales, mientras que los ataques contra infraestructuras del Golfo han suscitado dudas acerca de la fiabilidad de los paraguas de seguridad estadounidenses.
Turquía alberga dudas sobre si sus aliados de la OTAN acudirían realmente en su defensa en caso de una crisis grave. Pakistán aporta un ejército numeroso y experimentado, incluido un arsenal nuclear, además de vínculos de defensa con Pekín y Riad y conexiones estratégicas en todo el Golfo. Türkiye, por su parte, contribuye con su pertenencia a la OTAN, una capacidad militar considerable, una industria de defensa en expansión y sus propias aspiraciones de desempeñar un papel regional de mayor alcance.
Estos intereses nacionales pueden converger sin necesidad de reducirse a una solidaridad sectaria. Por ello, cualquier discurso sobre un nuevo «Eje Suní» resulta, cuando menos, prematuro.
Pakistán, que mantiene desde hace décadas vínculos con Irán, ha insistido en que el acuerdo es «puramente defensivo», mientras que Türkiye también ha dejado claro que no está dirigido contra Teherán. Ninguno de los tres países signatarios busca enfrentarse a Irán ni pretende establecer una política de contención contra la República Islámica.
Pakistán y Türkiye mantienen importantes vínculos políticos, económicos y de seguridad con Teherán, mientras que Arabia Saudí restableció sus relaciones diplomáticas con Irán en 2023 gracias a la mediación de China.
El hecho de que los tres Estados integrantes del Pacto de La Meca cuenten también con importantes poblaciones chiíes complica todavía más cualquier intento de presentar el acuerdo como un mecanismo suní de equilibrio directo frente a Irán.
Ninguno de los tres países apoyó la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán; Pakistán, además, envió a su primer ministro al funeral del Líder Supremo iraní.
Lo que emerge, por tanto, es un movimiento de equilibrio de riesgos hedging por parte de tres potencias que ya no dan por sentado que la seguridad regional pueda depender exclusivamente de un único garante externo.
Existe un contraste evidente entre el Pacto de La Meca y los Acuerdos de Abraham. Estos últimos constituyen otro ejemplo de constructivismo, en la medida en que recurren a las tradiciones abrahámicas para configurar una alianza de carácter político. Los Acuerdos de Abraham pretendían transformar Asia Occidental mediante la normalización diplomática con Israel y abrir nuevos canales de comercio, inversión y cooperación en materia de seguridad. El Pacto de La Meca, en cambio, sigue un camino diferente: construye una relación de seguridad basada en la defensa mutua entre tres potencias musulmanas.
Mientras los Acuerdos de Abraham representan una determinada visión de un nuevo orden regional, el Pacto de La Meca encarna otra. La diferencia radica, en última instancia, en dos enfoques distintos de la alineación regional: uno se centra en la normalización con Israel; el otro, en la cooperación colectiva en materia de seguridad entre países musulmanes.
La escuela del liberalismo institucional pone el énfasis en el papel de las organizaciones internacionales, como las Naciones Unidas, la Unión Europea y la OTAN. Un precedente histórico ofrece, sin embargo, una advertencia a la hora de calificar el Pacto de La Meca como una «OTAN suní».
Egipto, que en otro tiempo fue considerado el líder del mundo árabe, constituía la columna vertebral de la Liga Árabe, fundada en 1945 y compuesta por los 22 Estados de habla árabe. A pesar de ello, no se incorporó al Pacto de La Meca, y no precisamente porque «no hubiera sido invitado».
El Pacto de Bagdad de 1955 reunió a Irak, Türkiye, Irán, Pakistán y el Reino Unido en el marco de una arquitectura de seguridad respaldada por Occidente, con el objetivo de impedir la expansión de la influencia soviética hacia Oriente Medio. Sobre el papel, parecía extraordinariamente sólido. En la práctica, sin embargo, los intereses divergentes, la oposición nacionalista y un entorno regional que cambiaba rápidamente fueron debilitándolo, mientras que la revolución iraquí de 1958 terminó por eliminar, de facto, la base política original del pacto.
El Pacto de La Meca no está necesariamente condenado a seguir el mismo camino, pero conviene recordar que las alianzas construidas en torno a una amenaza común pueden resultar menos duraderas que aquellas sustentadas en intereses verdaderamente compartidos.
El Pacto de La Meca también se diferencia del Pacto de Bagdad por no constituir un mecanismo de contención respaldado por Occidente, sino un intento de las propias potencias regionales por construir su arquitectura colectiva de seguridad.
No obstante, la experiencia del Pacto de Bagdad aconseja no proclamar prematuramente el nacimiento de un nuevo eje antes de que las instituciones, los mecanismos de coordinación militar y los compromisos políticos del acuerdo hayan sido puestos a prueba.
Las guerras y crisis en Gaza, Irán, Siria, Yemen y otros escenarios han puesto en cuestión la premisa de que la seguridad regional pueda delegarse indefinidamente en Washington. Arabia Saudí, Pakistán y Türkiye no están necesariamente abandonando sus relaciones con Estados Unidos; lo que buscan es evitar una dependencia excesiva de un único garante externo.
Calificar el Pacto de La Meca como un «Eje Suní» resulta, por tanto, excesivamente reduccionista. El pacto forma parte de una tendencia más amplia hacia un orden regional más plural, flexible y autosuficiente, en el que las potencias de la región procuran construir sus propios mecanismos de seguridad en lugar de depender exclusivamente de una arquitectura dominada por Estados Unidos.
Los tres países signatarios poseen intereses nacionales diferentes, mantienen relaciones complejas y matizadas tanto con Irán como con Estados Unidos y persiguen objetivos distintos respecto al futuro de la región. El acuerdo podría terminar convirtiéndose en una nueva y sólida arquitectura de seguridad. Pero también podría acabar siendo otra nota a pie de página de la historia, como ocurrió con el Pacto de Bagdad.
La perdurabilidad del acuerdo dependerá, en última instancia, de que Arabia Saudí, Pakistán y Türkiye sean capaces de transformar una percepción compartida de inseguridad en intereses estratégicos comunes.
*Tanya Goudsouzian es una periodista canadiense que lleva más de dos décadas siguiendo la evolución de Afganistán y Oriente Medio. Ha desempeñado cargos editoriales de alto nivel en importantes medios de comunicación internacionales, entre ellos el de editora de opinión de Al Jazeera English. Sus trabajos también han sido publicados en The National Interest, Responsible Statecraft, War on the Rocks, The New Arab y Engelsberg Ideas.
**Ibrahim al-Marashi es profesor asociado de Historia de Oriente Medio en California State University, miembro del consejo directivo del programa International Security and Conflict Resolution (ISCOR) de San Diego State University y profesor visitante en el Departamento de Relaciones Internacionales de The American College of the Mediterranean y de Central European University. Entre sus publicaciones figuran Iraq’s Armed Forces: An Analytical History (2008), The Modern History of Iraq (2017) y A Concise History of the Middle East (2024).
Fuente:https://nationalinterest.org/blog/middle-east-watch/why-the-mecca-pact-is-not-a-sunni-nato