¿Podría Irán Asumir Una Nueva “Misión Israelí” Para Occidente?
Las placas tectónicas cambiantes de Oriente Medio
La narrativa más dominante que ha moldeado la política de Oriente Medio durante el último medio siglo ha sido el conflicto ideológico y militar irreconciliable entre Occidente especialmente Estados Unidos e Irán. Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha sido presentado como la mayor amenaza para los intereses occidentales en la región, mientras que Israel ha sido posicionado como el guardián más fiel de esos intereses y del statu quo. Sin embargo, la regla más inmutable de la historia y la geopolítica no son las amistades o enemistades permanentes, sino los intereses permanentes.
Hoy, la espiral de violencia descontrolada intensificada por Israel en la región, su estrechamiento demográfico y la grave pérdida de legitimidad que enfrenta ante la opinión pública occidental plantean una cuestión estructural: si Occidente busca, a largo plazo, un nuevo ancla en Oriente Medio para garantizar la estabilidad y la seguridad de los corredores energéticos, ¿podría Irán asumir ese papel gracias a su fortaleza histórica y a su racionalidad estatal institucional?
Esta hipótesis radical debe analizarse a través del trasfondo histórico, las necesidades geopolíticas y las dinámicas profundas de la región.
1. El legado de la era del Sha: los códigos del “gendarme regional”
Que Irán establezca una asociación estratégica con Occidente y asuma una misión de construcción del orden regional no es un fenómeno nuevo en términos históricos. Antes de 1979, durante la dinastía Pahlavi, Irán desempeñaba precisamente el papel que hoy asume Israel: el de “guardián de los intereses occidentales” y “gendarme regional”. Como uno de los dos pilares de la Doctrina Nixon, Irán impedía entonces la expansión del comunismo hacia el sur y garantizaba la seguridad del Golfo Pérsico.
El aparato estatal iraní posee reflejos imperiales de 2.500 años y una profunda cultura estratégica. Aunque la retórica del “Eje de la Resistencia” utilizada hoy por Teherán constituye un revestimiento ideológico, en esencia representa la búsqueda iraní de crear áreas de influencia más allá de sus fronteras y obtener profundidad geopolítica. Cuando se retira esa capa ideológica, lo que permanece es una gigantesca estructura estatal, con continuidad institucional y capacidad de negociar con Occidente.
2. La erosión de la legitimidad de Israel y su costo para Occidente
Desde su fundación, Israel ha funcionado para Occidente como una “fortaleza regional” en Oriente Medio. Sin embargo, los acontecimientos recientes muestran que esta fortaleza está comenzando a superar el límite de lo sostenible para Occidente.
Dependencia militar y económica: Israel depende del apoyo militar, financiero y diplomático ininterrumpido de Occidente especialmente de Estados Unidos para garantizar su seguridad. Irán, por el contrario, a pesar de décadas de aislamiento, ha construido su propio complejo militar-industrial y se ha convertido en un actor regional y global. Para Occidente, Irán no es una carga que deba ser subvencionada, sino un centro de poder autosuficiente.
Crisis de legitimidad: La escalada militar descontrolada de Israel en Gaza y el Líbano ha sacudido profundamente la narrativa occidental del “orden internacional basado en reglas”. A medida que se profundiza la brecha entre el Sur Global y Occidente, las élites occidentales podrían verse obligadas a buscar asociaciones más sostenibles y menos costosas para proteger sus intereses estratégicos.
3. La geopolítica energética y el equilibrio de la “Franja y la Ruta”
Para que Occidente mantenga su hegemonía global, la estabilidad del Golfo Pérsico y del estrecho de Ormuz es vital. La creciente influencia económica de China en la región y sus esfuerzos por atraer a Irán a su órbita como el acuerdo estratégico de 25 años entre ambos países obligan a Occidente a tomar decisiones cruciales.
Excluir completamente a Irán significa empujarlo permanentemente hacia el eje chino-ruso. En cambio, un gran acuerdo estructural (Grand Bargain) con Irán abriría a Occidente las puertas de un enorme mercado energético y le permitiría rodear geopolíticamente a Rusia y China en Asia Central y el Cáucaso. Debido a su ubicación estratégica, Irán se encuentra en el corazón de las rutas comerciales Este-Oeste y Norte-Sur, lo que lo convierte en un centro geoeconómico que Israel jamás podría ofrecer.
Escenarios posibles y obstáculos
Que Irán se convierta en un nuevo “protector del statu quo” para Occidente una nueva misión israelí no es un proceso que vaya a materializarse de la noche a la mañana. Existen dos grandes obstáculos estructurales para esta transformación:
El bagaje ideológico de Teherán
La legitimidad del régimen iraní ha sido construida desde sus orígenes sobre el “anti-sionismo” y el “antiamericanismo”. Abandonar completamente esta retórica podría provocar una crisis interna de legitimidad. Sin embargo, la mediación entre China y Arabia Saudita o los pasos pragmáticos dados en las negociaciones nucleares demuestran que Teherán puede actuar, cuando lo considera necesario, según los principios de la Realpolitik.
El lobby israelí en Occidente
Resulta difícil que las estructuras militares-burocráticas y los lobbies establecidos en Washington y las capitales europeas transformen rápidamente su percepción sobre Irán.
No obstante, las proyecciones geopolíticas de largo plazo sugieren que un escenario en el que “Irán esté completamente integrado al sistema y gestione los equilibrios regionales como un actor racional” podría servir mejor a la visión global de Occidente que un Oriente Medio fragmentado e ingobernable.
Conclusión
Que Irán asuma una nueva misión israelí para Occidente significaría la victoria no de las ideologías, sino de la geografía y de la razón de Estado. A medida que se profundicen el vacío de seguridad y la inestabilidad creados por Israel en la región, el racionalismo occidental podría buscar nuevamente formas de sentarse a la mesa con el actor que posee la tradición estatal más arraigada de Oriente Medio. El Oriente Medio del futuro está gestando una ruptura sorprendente, pero plenamente coherente con la naturaleza de la geopolítica: un escenario en el que los enemigos de hoy se conviertan en los “constructores del orden” del mañana.
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