Pensar China A Través De La “Ideografía” – II

Así como Derrida aborda la “historia de la escritura” como gramatología a través de una especie de “proceso” aunque sea cronológico, del mismo modo el paso de Freud hacia la “escritura” también se desarrolla dentro de un determinado “proceso”, aun cuando pudiera afirmarse que ambos expresan aproximadamente lo mismo mediante herramientas diferentes. Puede decirse que el “proceso” avanza desde la explicación fisiológica de lo psíquico considerado inicialmente más cercano a las ciencias naturales hacia contribuciones más profundas provenientes del propio método analítico del psicoanálisis. En ambos casos, el marco consiste fundamentalmente en intentar explicar la “memoria” (o “bellek”, término cada vez más utilizado en turco). Sin embargo, sin olvidar que ambos enfoques siguen siendo esencialmente biológicos, los conceptos fisiológicos van dejando gradualmente su lugar a conceptos más psicoanalíticos, y el cuadro resultante evoluciona desde lo fisiológico hacia lo psicoanalítico.

En este marco, Derrida, aunque regresa ocasionalmente a lo dicho sobre la interpretación de los sueños (en el sentido general de “escritura” que él mismo emplea), utiliza las explicaciones presentes en el texto de Freud de 1895 Proyecto de una psicología científica cuando el modo analítico propio del psicoanálisis aún no era plenamente visible junto con el texto de 1925 Nota sobre la pizarra mágica (en realidad un texto verdaderamente fascinante), y los relee desde una perspectiva centrada en la “escritura”.

El primer texto, cuyo objetivo Freud define como “proporcionar una psicología científica; es decir, representar los procesos psíquicos como estados cuantitativamente determinados de partículas materiales determinables y, por tanto, convertir estos procesos en algo claro y coherente” (p. 15), es extremadamente técnico para nuestros propósitos y, por ello, resumirlo aquí nos desviaría demasiado. Sin embargo, conviene recordar cómo Freud intenta transformar la psicología en una ciencia natural mediante sus conceptos: las “partículas materiales” mencionadas en la cita son las “neuronas”; y lo “cuantitativo” es aquello que, según una ley general del movimiento, distingue el estado “en reposo” del estado “activo”. A pesar de ello, el concepto central que articula este borrador de Freud es la “representación”; es decir, la determinación de aquello que las relaciones entre neuronas tomadas cuantitativamente representan psíquicamente, independientemente de su origen.

Para evitar este nivel técnico, intentaremos apoyarnos lo más posible en el uso que Derrida hace de Freud, señalando cuidadosamente dónde habla Freud y dónde interviene Derrida, así como la relación o ausencia de relación con la “escritura”.

En términos generales, Freud, partiendo de “observaciones clínicas patológicas”, intenta explicarlas cualitativamente representando la “actividad neuronal” claramente somática y biológica, ya provenga de estímulos internos o externos como si se desplazara por un “camino” (Bahn), otorgando una forma cuantitativa al estímulo según su “contacto” con dicho canal de transmisión. Algunas neuronas son fácilmente “facilitadoras” (Bahnung); sirven a la percepción y transmiten los estímulos sin resistencia, como si no existiera ningún obstáculo en sus contactos, de manera completamente permeable. Es decir, no retienen ningún “obstáculo” en el “camino” (o, en palabras de Derrida, ninguna huella o impresión). Otras neuronas, en cambio, poseen “barreras de contacto”; son impermeables y solo permiten el paso del estímulo “con dificultad o parcialmente”. Estas constituyen la memoria y, por esta vía, la psyche; no son solamente perceptivas o somáticas, sino también psíquicas, porque “tras cada excitación pueden pasar a un estado distinto del anterior y así posibilitar la representación de la memoria”. “Existen, por tanto, neuronas permeables al servicio de la percepción (que no ofrecen resistencia ni retienen nada) y neuronas impermeables (cargadas de resistencia y que conservan [la cantidad]) que median la memoria y probablemente los procesos psíquicos en general” (p. 19; cursivas en el original).

Según Derrida, este cuadro obliga a situar a Freud en un lugar singular dentro de la historia metafísica y onto-teológica de la escritura, llamada también gramatología, precisamente porque los procesos psíquicos están siempre constituidos por una “diferencia”. Como señala en Freud y la escena de la escritura, puede afirmarse que “la cantidad se convierte en psychē y en mnēmē (recuerdo, memoria) mediante diferencias más que mediante totalidades”. Por otra parte, esta “diferencia” se asemeja también a un juego de fuerzas presente en Nietzsche (p. 270).

El resto de Proyecto de una psicología científica no nos interesa demasiado, salvo para recordar que Freud introduce un tercer tipo de neurona ni perceptiva ni simplemente memorística con el fin de resolver la dificultad de considerar la psyche, casi equivalente a la “memoria”, como un mero movimiento físico cuantitativo. Se trata de “un tercer sistema neuronal excitado junto con la percepción, pero no excitado por la reproducción [con ayuda de la memoria], y cuyos estados de excitación producen diferentes cualidades, es decir, sentimientos conscientes”. Así aparece la conciencia como espacio para la cualidad frente a la cuantificación exigida por una psicología científica acorde con las ciencias naturales. Freud construye así un verdadero dispositivo, una representación o imagen instrumental formada por esta triple estructura neuronal (pp. 29-31). Conviene señalar asimismo que Freud intentó coherenciar esta imagen mediante diversos gráficos es decir, dibujos que aún no son “escritura” para resolver las dificultades que surgen al añadir la cualidad al proceso cuantitativo.

Lo importante en el paso que Derrida identifica en Freud al construir esta “escena de la escritura” es lo siguiente: aunque Freud dé pasos audaces al ensamblar su aparato para superar esas dificultades, Derrida sostiene que, si dejamos de lado la explicación neurológica, la “escritura” empieza entonces verdaderamente a entrar en escena. En otras palabras, la “huella” de las neuronas se transforma en gramma, y el medio “facilitador” o “abridor de camino” se convierte en una “apertura cifrada”. El propio Freud da este paso decisivo en una carta dirigida a su amigo Fliess, cuando intenta transformar en una verdadera “máquina” todo el aparato pictórico derivado de sus explicaciones neuronales y cualitativas. Ya no se contenta con algunos diagramas; reconstruye todo su sistema o “máquina” de manera estratificada mediante una “conceptualidad gráfica” y empieza a operar con términos propios de la escritura como “signo”, “registro” y “transcripción” (p. 276).

Es precisamente en este tránsito de Freud hacia la “escritura” donde el “proceso” se dirige también hacia un lugar atravesado por la escritura china. Y esto, al mismo tiempo, pertenece y no pertenece a la “historia de la escritura” que Derrida construye como gramatología. Pertenece, porque la escritura china está aquí tejida a partir de elementos tomados de esa historia. Pero no pertenece del todo, porque aquí la “escritura” está en realidad inscrita en la psyche. Sin embargo, lo que Derrida, tan sensible a la “diferencia”, parece no advertir es que Freud ya representa las neuronas de un modo comparable tanto a los jeroglíficos como a la ideografía china. En Proyecto de una psicología científica, Freud designa la cantidad general mediante Q, la cantidad relativa a la fuerza entre neuronas mediante Qη, las neuronas permeables mediante Φ y las impermeables mediante Ψ (aunque no aplica un tratamiento semejante a la psyche o a la “memoria” como representación). Esto es fascinante y no puede considerarse simplemente un reflejo heredado de una psicología modelada sobre la física. Porque el mismo Freud recurrirá más tarde, en La interpretación de los sueños, tanto a los jeroglíficos como a la ideografía china como métodos de interpretación onírica. Sin embargo, Derrida, en lugar de detenerse en esta relación más elemental, prefiere desarrollar extensamente la idea de que el modelo presente en Proyecto de una psicología científica y el de La interpretación de los sueños, aunque sometidos a diferentes “discursos”, comparten una misma estructura instrumental.

En realidad, intentar hacer aquí una evaluación aunque sea sumaria y esquemática de lo que Freud trataba de hacer en La interpretación de los sueños, publicada en 1900, sería tanto innecesario para nuestro propósito como extremadamente difícil de abordar si consideramos, además, lo que Freud había dicho previamente acerca de la “memoria” o la “conciencia”. Basta señalar, con ayuda de Derrida, un aspecto importante para nuestro contexto relacionado con la “escritura”: Derrida sostiene que inmediatamente después de Proyecto de una psicología científica, Freud pasa a algo que denomina estampe. Según el diccionario Kubbealtı, estampe designa una “imagen impresa sobre papel tras haber sido grabada en zinc, cobre o madera, o realizada mediante litografía”. En la traducción inglesa, el término francés original L’estampe fue traducido como print, probablemente porque “estampe” resultaría demasiado ajeno para el público angloparlante. Esto, por sí solo, bastaría para reescribir la historia de la imprenta.

Según Derrida, Freud posee un análisis representado como movimiento físico que, en esta forma, deja fuera de sí cualquier “origen” en el sentido de esencia, sustancia, ser, verdad o logos. Sin embargo aunque no percibe que ya existe una escritura activa en el uso de “letras” o “signos” como Q, Qη, Φ o Ψ dentro del sistema neuronal Derrida afirma que la entrada en escena del estampe exige introducir algo semejante a un origen, al menos como un “suplemento”. Porque, a partir de la frase de Freud en Proyecto de una psicología científica según la cual “los sueños siguen generalmente el camino de las antiguas facilitaciones”, Derrida sostiene que Freud gira hacia un “paisaje de escritura” (landscape en la traducción inglesa).

Esto significa que dicho “paisaje” no está constituido por “una escritura simplemente transcrita, ni por el eco petrificado de palabras mudas, sino por una litografía anterior a las palabras: metafonética, no lingüística, no lógica”. En otras palabras: la “escritura” todavía no existe plenamente, pero al mismo tiempo está allí como un “suplemento originario” sin ser un verdadero origen; simplemente aún no ha sido vertida en palabras. Derrida denomina esto una “metáfora de la escritura” y explica que, en Freud, hacia 1900, esta metáfora se apodera “tanto de la problemática del aparato psíquico en su estructura como de la problemática del texto en su tejido”. El “paisaje” de la interpretación de los sueños freudiana está guiado precisamente por esta apropiación (p. 277; traducción modificada).

Naturalmente, la interpretación de los sueños en Freud consiste en gran medida en relatos de sus propios sueños y observaciones clínicas: un saber interpretativo todavía no convertido y quizá imposible de convertir en una proposición lógica o verbal; un saber litográfico basado en imágenes. La litografía aún no se ha transformado en fonografía, o quizá nunca podrá hacerlo. Sin embargo, conviene recordar, contra Derrida, que cuando aparece China, ello no se relaciona únicamente con la “escritura china”. Por ejemplo, los pasajes sobre alcachofas en La interpretación de los sueños merecerían un estudio aparte. Freud, al analizar un sueño en el que veía una planta de ciclamen, relaciona la expresión “deshojar como una alcachofa” con “una frase que resuena constantemente en nuestros oídos acerca de la desintegración gradual del Imperio chino”. A través de una cadena asociativa que continúa como “ciclamen – flor favorita – comida favorita – alcachofa; deshojar como una alcachofa… – colección de hierbas secas – libro – gusanos que aman los libros como alimento”, Freud retrocede hasta un recuerdo infantil: “cuando tenía unos cinco años, mi padre me dio un libro ilustrado en colores para que lo rompiera” (La interpretación de los sueños I, pp. 285-286). Las plantas merecen un análisis específico; pero la asociación entre China y el “libro ilustrado en colores” resulta, sin duda, sugestiva.

Ya puede entenderse hacia dónde queremos llegar: detrás de la actividad de una “escritura” aún carente de “voz” o quizá incapaz de tenerla jamás en La interpretación de los sueños, existe precisamente esta concepción psíquica de la escritura. Freud se refiere a la “escritura china”, junto con los jeroglíficos, dentro de este contexto. Desde luego, debe tenerse presente que la interpretación de los sueños opera según una regla general como la siguiente: “Desde el punto de vista del sueño, aquello que es visual es algo susceptible de representación… Mientras el pensamiento onírico permanezca expresado en forma abstracta, es inutilizable; pero una vez traducido al lenguaje de las imágenes, las oposiciones e identificaciones necesarias para el trabajo del sueño pueden establecerse con mayor facilidad entre la nueva forma expresiva y el resto del material subyacente” (La interpretación de los sueños II, p. 82).

En el lenguaje onírico, el jeroglífico es decir, la escritura pictórica egipcia equivale a que “un elemento del contenido del sueño” pueda compararse con “los determinativos utilizados en la escritura jeroglífica que no se pronuncian y solo sirven para explicar otros signos”. En consecuencia, en la interpretación de los sueños, lo “no pronunciado”, aquello que no puede transformarse en palabra, funciona únicamente como un signo que remite a otro signo (La interpretación de los sueños II, p. 60). La “escritura china”, por su parte, opera como una especie de garantía del modo de significación en la interpretación científica de los sueños, en oposición a los antiguos manuales de interpretación basados en contenidos fijos o claves arbitrarias: “Las incertidumbres que todavía observamos en nuestra labor como intérpretes de sueños provienen en parte de lagunas de conocimiento que podrán colmarse con el progreso, y en parte de ciertas características de los símbolos oníricos. Estos símbolos poseen con frecuencia más de un significado y, como en la escritura china, la interpretación correcta solo puede deducirse del contexto” (La interpretación de los sueños II, p. 98).

En este sentido, aunque el jeroglífico remita de un signo a otro y la ideografía china permita interpretaciones múltiples según el contexto, ambos constituyen tipos de escritura añadidos a la psyche como suplementos de una escritura todavía carente de “voz”, puramente litográfica. Ambos son, evidentemente, escrituras “sin voz” y, por tanto, “sin alfabeto”.

Así, aunque Derrida intente presentar a Freud como alguien situado en el límite de un movimiento que busca escapar del logocentrismo metafísico, el propio Freud cae nuevamente en los prejuicios clásicos de la gramatología en el instante en que pasa de las neuronas representacionales a la “escritura”. Por ello, las palabras de Derrida, destinadas a empujar a Freud fuera del logocentrismo “No debe sorprendernos que Freud recurra constantemente a la escritura, a la escritura pictográfica, jeroglífica y en general a la escritura no fonética para poner de relieve la extrañeza de las relaciones lógico-temporales en los sueños. No se trata de stasis sino de synopsis; no de tabla sino de escena” (p. 289) deberían precisamente sorprendernos.

Porque aquí la “escritura”, sea del tipo que sea, aunque psíquica, sigue funcionando como un “suplemento” semejante a un origen y, por ello, continúa siendo etnocéntrica. Derrida, en cambio, convierta lo que convierta en visible, transforma el propio sueño sea jeroglífico o ideográfico en una escena pictográfico-escritural de carácter sinóptico.

Pero entonces, ¿no existe en Freud una “escritura” fonética? El texto de 1925 sobre el Wunderblock un objeto simple que en turco suele traducirse como “tablilla mágica de escritura” y al inglés como Mystic Writing-Pad puede ayudarnos a responder esta cuestión. El Wunderblock, cuyas versiones simplificadas todavía existen como juguete para evitar que los niños pequeños escriban con cualquier lápiz sobre cualquier superficie, impresionó profundamente a Freud. En él creyó encontrar una imagen de la “memoria” semejante tanto a sus teorías neuronales como a los esquemas desarrollados en La interpretación de los sueños. Su fascinación es tan notable que uno no puede evitar preguntarse qué habría ocurrido si Freud hubiese conocido la máquina de Turing.

Sin embargo, resulta igualmente interesante que la relación entre “memoria” y “escritura” aparezca aquí bajo una forma claramente platónica. Freud sostiene que la relación entre ambas puede explicarse mediante dos métodos distintos. En uno de ellos, la “escritura” funciona como una extensión auxiliar de la “memoria” cuando esta no es considerada fiable; es decir, como “una parte materializada del aparato mnémico” destinada a “completar y garantizar el funcionamiento de la memoria”, que de otro modo permanecería invisible (A Note Upon the Mystic Writing-Pad, p. 227).

El primero de estos métodos es la escritura con tinta sobre papel. Este método posee la ventaja de dejar una “huella mnémica permanente”, pero, debido a la limitación de la superficie de inscripción, requiere siempre nuevas hojas de papel. Además, con el paso del tiempo, esas huellas pueden dejar de ser interesantes y perder su valor.

El segundo método es la escritura con tiza sobre una pizarra. A diferencia del papel, ofrece una superficie prácticamente ilimitada. Cuando lo escrito deja de interesar, puede borrarse y volver a escribirse sobre ella, lo que parece convertirla en un método más útil. Pero se diferencia del primero precisamente porque no deja una “huella mnémica permanente”. Para escribir algo nuevo que sea útil a la memoria, lo anterior debe ser borrado. Freud concluye así que los dispositivos externos que ayudan a la memoria requieren siempre “la renovación de la superficie receptora o el borrado de la inscripción”.

Precisamente por contener simultáneamente estas dos propiedades opuestas, el Wunderblock atrae el interés de Freud. En él, la superficie receptora puede renovarse y las notas pueden borrarse; pero, gracias a la capa de cera situada debajo, las inscripciones dejan rastros que, aunque invisibles a simple vista, pueden volver a leerse si se observan cuidadosamente. Sin entrar demasiado en detalles aunque conviene recordar que esos detalles se relacionan de algún modo con el “proceso” iniciado por Freud a partir de las neuronas, puede decirse que Freud termina concibiendo todo el aparato psíquico como una especie de “máquina”, incluso si se trata de una máquina tan elemental como el Wunderblock. Y el hecho de que este dispositivo no pueda funcionar sin intervención externa es interpretado por Freud como una forma de funcionamiento intermitente. De ahí que llegue a afirmar que “esta modalidad discontinua de funcionamiento se encuentra en la base de la formación del concepto de tiempo” (p. 232).

Así, los procesos psíquicos quedan transformados en una “máquina” que opera de manera intermitente gracias a intervenciones externas. Aquí la “escritura” vuelve a ser simplemente una “huella” y no posee ninguna cualidad intrínseca. Sobre el Wunderblock puede escribirse tanto con alfabeto latino como mediante jeroglíficos o ideogramas.

Pero el problema consiste precisamente en que, en este caso, la “escritura” es, por así decirlo, una escritura sin “sujeto”, aun si no excluimos la posibilidad de pensar la “máquina” como metáfora. La escritura no se produce para ser leída; solo sirve como apoyo al funcionamiento de la “memoria”. Y la “memoria”, a su vez, no está realmente abierta al “entendimiento” o, más ampliamente, a la actividad mental consciente; trabaja siempre en segundo plano. Más aún: opera de manera “inconsciente”. Se trata de una “representación” pictórica que necesita de elementos que la reactiven para poder convertirse en algo sobre lo cual reflexionar. Y lo más interesante es que, como ocurre en la interpretación de los sueños aunque esta requiera ser transmitida verbalmente, dicha representación posee un carácter jeroglífico o ideográfico.

Entonces, ¿es realmente la “escritura china” deconstructiva por naturaleza? Desde luego, si es posible relegar a China a una topografía de lo inconsciente, podría decirse que sí es deconstructiva. ¿Acaso no significa exactamente lo mismo afirmar que carece de “voz” y de “alfabeto”?

Foto: Un juguete de “tablilla de escritura” similar al Wunderblock de Freud.