Oriente Medio En El Ajedrez Del Poder Global
Gran parte de los análisis sobre Oriente Medio después del 7 de octubre coinciden en que las contradicciones sectarias se han profundizado, existe una erosión marcada en el poder de ciertos actores regionales, la competencia estratégica se ha vuelto incontrolable y las tendencias revisionistas de Israel se han vuelto determinantes. Este marco no es erróneo; describe con acierto la cara visible de los acontecimientos. Sin embargo, este enfoque por sí solo es insuficiente para ofrecer una explicación integral de cómo las rupturas simultáneas han bloqueado la arquitectura de seguridad regional. Esto se debe a que dicha arquitectura no solo se nutre de dinámicas locales, sino también de la forma en que el equilibrio de poder global se refleja en la región. Cuando se ignora la dimensión global, la parte más crítica del cuadro el vacío de poder se vuelve invisible.
La fragilidad que presenciamos hoy es producto de un vacío estratégico creado por la «retirada de los actores globales» o, al menos, por su abstención de asumir los roles y responsabilidades esperados. Este vacío representa una erosión no solo en la distribución del poder, sino también en la disuasión, la capacidad de gestión de crisis, la validez de los compromisos de seguridad y, finalmente, en la voluntad de establecer o proteger el orden. En este contexto, el confinamiento de Rusia a su entorno cercano y la reticencia de China vista como un actor emergente a desempeñar su «papel esperado» en la seguridad regional, destacan como las dos fracturas principales que debilitan el equilibrio. En este entorno de desequilibrio, el espacio de maniobra se expande para aquellos actores que buscan rediseñar el orden mediante el uso abierto y agresivo del poder duro.
De la estrategia de «cabeza de puente» al repliegue ruso
Para Rusia, elevada a la categoría de superpotencia tras la Segunda Guerra Mundial, Oriente Medio era un campo con carácter de «cabeza de puente» en la gran competencia geopolítica, teopolítica y geoeconómica. Los recursos energéticos, las rutas comerciales y la capacidad de generar influencia internacional a través de las fallas religioso-políticas fueron factores clave que impulsaron a Moscú durante la Guerra Fría. Este interés no era solo una carrera por la influencia, sino también una capacidad para poner a prueba los límites del orden centrado en Washington.
Tras la Guerra Fría, este panorama cambió significativamente. Rusia comenzó a mostrar un interés estructuralmente más limitado. Su prioridad se desplazó gradualmente hacia su «entorno cercano» (near abroad). Las revoluciones de colores en su patio trasero y la inseguridad generada por la expansión de la OTAN y la UE agudizaron la percepción de amenaza de Moscú, vinculándola más estrechamente al antiguo espacio soviético. La Rusia de Putin, mientras buscaba respuestas a este cerco de seguridad, redefinió sus relaciones con Europa a través del ajedrez energético del petróleo y el gas natural. Este cambio de prioridad estratégica es uno de los elementos fundamentales que alimenta la sensación de «vacío de poder global» en Oriente Medio.
La cuestión crítica es que el perfil más bajo de Rusia no solo es una pérdida para Moscú, sino que debilita uno de los pilares equilibradores de la arquitectura de seguridad regional. Cuando este pilar se debilita, el espacio vacío no se llena automáticamente con estabilidad, sino con revisionismo y una tendencia a asumir más riesgos, ya que la incertidumbre sobre quién vigila el orden nubla los cálculos de costes y dificulta que los actores predigan dónde comienza el umbral de disuasión.
El ascenso de China y la expectativa fallida de un «proveedor de seguridad»
Desde principios de los años 2000, creció la expectativa de que una China en ascenso económico y militar desempeñaría un papel en la seguridad de Oriente Medio. Se esperaba que Pekín desafiara la hegemonía occidental o, al menos, ofreciera un enfoque de seguridad alternativo. Incluso algunos países de la región comenzaron a construir una «opción china» para diversificar su seguridad y reducir la dependencia de un solo centro.
Sin embargo, esta expectativa no se materializó en la práctica. China ha mostrado un perfil extremadamente cauteloso y «falto de coraje», evitando acuerdos de defensa que impliquen compromisos fuertes y permaneciendo en silencio durante las crisis. Su enfoque centrado en el «pragmatismo económico» hace dudosa su contribución a la estabilidad regional. Incluso cuando socios clave como Irán o Pakistán han estado bajo presión, el silencio de Pekín demuestra que prefiere ser un actor que evita riesgos y se enfoca en intereses comerciales antes que ser un proveedor de seguridad.
En consecuencia, el ascenso de China no se ha traducido automáticamente en un rol de «constructor de orden regional». Esto recuerda que, en una geografía donde la seguridad está intrínsecamente ligada al poder duro, la presencia económica por sí sola no basta para generar disuasión. La actitud de China de mirar la inestabilidad «desde lejos y con medida» no ha cerrado el vacío de poder global, sino que ha contribuido a su perpetuación.
¿Cómo genera inestabilidad el vacío de poder?
Aunque la inestabilidad en Oriente Medio suele explicarse por tensiones sectarias, el factor determinante de cómo estas dinámicas se transforman en violencia es el equilibrio de oportunidades y restricciones que ofrece el sistema internacional. El vacío de poder global rompe este equilibrio a través de tres canales:
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Debilitamiento de la disuasión: La disuasión depende de la previsibilidad. La retirada de las grandes potencias hace ambigua la pregunta: «¿Quién puede hacer qué y a qué coste?». Esta ambigüedad abre ventanas de oportunidad para actores revisionistas, aumentando su apetito de riesgo bajo el supuesto de que las respuestas internacionales serán fragmentadas.
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Reducción de la capacidad de gestión de crisis: Las crisis en la región solían controlarse mediante mecanismos de equilibrio externo (mediación, garantías, sanciones). Al debilitarse estos, las dinámicas de escalada se aceleran y los conflictos limitados pueden transformarse en reacciones en cadena regionales.
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Fomento del revisionismo: Si quienes protegen el orden parecen débiles o indiferentes, quienes desean cambiarlo expanden sus objetivos militares y políticos. Aquí es donde la política de Israel y EE. UU. se vuelve más visible y efectiva.
El eje Trump–Netanyahu y el uso del poder duro como «cambiador de orden»
Una de las dinámicas dominantes hoy es el uso del poder militar para cambiar el orden regional. El dúo Trump-Netanyahu simboliza esta línea que ve la agresión como un instrumento de política exterior. Este enfoque no se explica solo por estilos de liderazgo personales, sino por el entorno estructural que permite que tales estilos sean más efectivos y menos costosos.
Si los actores regionales no pueden generar un contrapeso y los actores globales (Rusia y China) evitan sus roles, las políticas que normalizan el poder duro se vuelven más aplicables. La preferencia agresiva de Trump y Netanyahu, combinada con las debilidades regionales y la indiferencia global, resulta en la imposición de una nueva jerarquía de poder.
Conclusión
Para entender el panorama tras el 7 de octubre se requiere una lectura en dos niveles: las fallas regionales (sectarismo, competencia) y el suelo global sobre el que se mueven (retirada de potencias equilibradoras, erosión de la disuasión).
Hoy, lo que desestabiliza la región no es solo quién pelea con quién, sino quiénes no muestran la voluntad de limitar esa pelea. Mientras el vacío de poder global persista, la inestabilidad dejará de ser una ola temporal para convertirse en una estructura permanente. La pregunta fundamental sigue siendo: ¿Cómo se llenará este vacío de poder y qué mecanismo evitará que el poder duro se convierta en la «nueva normalidad»?
[1] Doc. Dr., Jefe del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Mardin Artuklu.