Nuri al-Maliki: Un Viejo Desastre Con Nuevo Embalaje
Nuri al-Maliki nunca fue una solución para Irak. No lo fue durante sus ocho años en el poder. No lo fue en la década posterior a su salida del cargo. No lo fue durante el largo colapso del país desde 2003. Siempre fue parte del problema; nunca de la solución. Hoy, en medio de crecientes rumores sobre su posible regreso al cargo de primer ministro, Irak parece encaminarse deliberadamente de vuelta a la tragedia de la que ha intentado escapar durante los últimos 22 años. Como si dos décadas de fracaso, corrupción y descomposición institucional no hubieran sido suficientes para convencer a la clase política de que la destrucción es irreversible. El retorno de al-Maliki no es un acontecimiento político ordinario; es una regresión histórica que devuelve a Irak al punto cero al momento en que comenzaron todas las crisis: el sectarismo, la corrupción, el colapso del Estado y el ascenso del ISIS.
Esta semana revisé un estudio estadounidense de circulación limitada que expone de manera contundente y detallada el desastre que aguarda a Irak si Nuri al-Maliki vuelve al poder. El estudio afirma: “Al-Maliki ya no es tan influyente como antes, y sus alianzas actuales son producto de la presión iraní más que de su propia fuerza política.” Esta frase resume perfectamente la situación: al-Maliki regresa no porque sea competente, sino porque Irán y las milicias en Irak lo consideran necesario. No vuelve con una visión, sino como parte de un proyecto mayor. Es el eslabón más débil de la cadena de influencia iraní una figura elegida por Teherán no por su independencia, sino por su maleabilidad. Solo este hecho convierte su regreso en una receta suficiente para reavivar la inestabilidad. Irak no necesita hombres débiles movidos por el resentimiento sectario; necesita un Estado capaz de protegerse de ellos.
Incluso dentro del Marco de Coordinación la coalición de partidos y milicias proiraníes al-Maliki no es “el líder del momento”, sino el peso del pasado. El estudio señala: “El regreso de al-Maliki desencadenará protestas y tensiones dentro del campo chií, que podrían escalar hasta enfrentamientos armados.” No debe olvidarse que Muqtada al-Sadr mantiene un profundo rencor hacia al-Maliki: primero, por haberse enfrentado militarmente a él; segundo, por haberle impedido formar gobierno tras su victoria electoral. Esto define claramente la posición de al-Maliki incluso dentro de su propio bando: es el enemigo jurado del movimiento sadrista, el adversario principal de la generación de las protestas de Octubre y el símbolo de la corrupción y de la sumisión a Irán. Su retorno reactivará las fallas tectónicas dentro de la comunidad chií y convertirá Bagdad en un campo de batalla de grupos unidos solo por su mutua hostilidad. Al-Maliki no entiende algo fundamental: los chiíes de hoy no son los de ayer ya no son prisioneros de la mitología del poder sectario y la generación de Octubre no aceptará el regreso de un hombre que encarna los peores rasgos del sistema político iraquí.
Para los iraquíes, Nuri al-Maliki no es solo un político; es el símbolo de una época oscura. El estudio afirma: “Al-Maliki representa un Estado de venganza que aplicó políticas excluyentes bajo el pretexto de la desbaazificación y la criminalización de las comunidades suníes.” Esto no es solo un diagnóstico académico: describe una herida que nunca cerró. Su regreso reavivará la política de exclusión y el discurso sectario, generando la sensación de que el Estado pertenece a un solo grupo. Esto, por sí solo, empujará a los suníes hacia una de tres reacciones: retirada, boicot electoral o rebelión abierta. Las tres reproducen las condiciones de 2013–2014 que allanaron el camino para el ascenso del ISIS. Al-Maliki nunca entendió una verdad básica: la exclusión no construye un Estado; crea un monstruo latente bajo los escombros.
Los kurdos conocen a al-Maliki tan bien como los suníes. Están íntimamente familiarizados con su imprevisibilidad, sus promesas incumplidas y su enfoque confrontacional respecto al petróleo, el territorio y la autoridad federal. El estudio advierte: “El regreso de al-Maliki podría empujar nuevamente a los kurdos hacia la independencia.” Esto no es una exageración, sino una lectura fría de la historia. El mismo hombre que en 2014 provocó la crisis con Erbil y condujo a los kurdos al referéndum de 2017 tiene plena capacidad de reabrir esa herida. Al-Maliki aún no comprende que Irak no puede gobernarse mediante un centralismo autoritario y que los kurdos no volverán a someterse al chantaje político.
Los indicios actuales muestran que Irán no desea a al-Maliki porque sea fuerte, sino porque es lo suficientemente débil como para ser controlado. El estudio lo expresa así: “Irán solo impulsa a al-Maliki con la condición de que permanezca débil y bajo su control.” Por ello, su retorno no es una elección iraquí, sino parte del esfuerzo de Teherán por reajustar su influencia tras fracasos regionales. Para Irán, al-Maliki no es un líder, sino una herramienta: una figura utilizable para lograr lo que otros no pudieron y desechable cuando deje de ser útil. Este solo hecho basta para hacer peligroso su regreso; Irak no necesita un primer ministro que actúe como delegado político de otro Estado.
Si Nuri al-Maliki regresa, el precio lo pagará toda la región. El estudio advierte: “El retorno de al-Maliki llevará a Arabia Saudí y a los EAU a congelar inversiones, a Türkiye a una escalada militar y a Estados Unidos a imponer sanciones.” Esto significaría que Irak volvería a un ciclo de aislamiento regional e internacional, tal como ocurrió durante el mandato anterior de al-Maliki. Él aún no comprende que el mundo ha cambiado y que Irak no puede sobrevivir aislado. Ninguna economía puede crecer enfrentándose a todos los actores influyentes de la región y del mundo.
El estudio presenta cuatro escenarios posibles ante el regreso de al-Maliki, y todos son sombríos: un gobierno débil y sitiado que colapsa en dos años; un resurgimiento de la violencia sectaria, incluso entre chiíes y suníes; una reconciliación nacional imposible que contradice todo su historial político; o una falsa apariencia de consenso internacional que desemboque en un conflicto regional prolongado. Ninguno de estos escenarios es hipotético: son la continuación natural de su gobierno anterior. Al-Maliki no entiende que el tiempo no retrocede y que el Irak que dejó en 2014 no es el mismo al que hoy pretende regresar.
La conclusión es clara: el regreso de al-Maliki no es solo un error político, sino un pecado histórico. Significaría resucitar una etapa que dio origen al ISIS, fortaleció a las milicias, profundizó las fracturas sociales y llevó a Irak al borde del colapso. Lo que Irak necesita hoy no es un hombre atrapado en las mentiras que él mismo creó, sino un Estado. No un líder que actúe contra la mayoría de su propio pueblo impulsado por el odio sectario, sino un proyecto nacional. Irak necesita un futuro, no la repetición de los acontecimientos que una vez lo condujeron a la ruina. El retorno de al-Maliki no es una opción: es un paso atrás; un regreso a la tragedia que los iraquíes creían haber dejado atrás, pero esta vez de una forma más frágil, más peligrosa y más explosiva.
Fuente:https://www.middleeastmonitor.com/20260125-nouri-al-maliki-the-old-disaster-in-a-new-wrapper/