No Existe Algo Llamado Estados Unidos

Una breve introducción sobre el colapso

Una famosa escena de la película Network (1976), de Sidney Lumet, se vuelve más esclarecedora con cada década que pasa. Arthur Jensen (Ned Beatty), presidente del consejo de administración de una corporación multinacional, llama a su despacho al presentador de televisión Howard Beale (Peter Finch), quien, tras sufrir una crisis nerviosa en directo, se ha convertido inesperadamente en portavoz de la verdad, y pronuncia quizá el monólogo más determinante de la historia del cine político del siglo XX. Aunque la Guerra Fría todavía determina el horizonte de la película, Jensen habla desde el universo ideológico que poco después cristalizará en la globalización neoliberal. Su voz es la voz del capital mismo, convertido en una necesidad histórica y revestido de la autoridad de una religión secular:

«Has interferido con las fuerzas primordiales de la naturaleza, señor Beale, ¡y no lo permitiré! … Los árabes han sacado miles de millones de dólares de este país y ahora tienen que volver a ponerlos dentro. ¡Es el movimiento de las mareas; es la fuerza de atracción creada por las mareas! ¡Es el equilibrio ecológico! Tú eres un hombre viejo que piensa en términos de naciones y pueblos. No existen las naciones. No existen los pueblos… Solo existe un único y holístico sistema de sistemas, inmenso y gigantesco, entrelazado, interactivo, multivariable y multinacional: un dominio del dólar…. Es el sistema monetario internacional el que determina la totalidad de la vida en este planeta. Este es el orden natural de hoy. ¡Esta es su estructura atómica, subatómica y galáctica! … Tú sales en esa diminuta pantalla de veintiún pulgadas y aúllas sobre América y la democracia. No existe América. No existe la democracia. Solo existen IBM, ITT, AT&T, DuPont, Dow, Union Carbide y Exxon. Estas son las naciones del mundo actual. ¿Crees que los rusos hablan de Karl Marx en sus consejos de Estado? Sacan sus tablas de programación lineal, sus teorías de decisión estadística, sus soluciones minimax y, al igual que nosotros, calculan las probabilidades de coste y precio de sus operaciones e inversiones. Ya no vivimos en un mundo de naciones e ideologías, señor Beale. El mundo es una corporación de corporaciones, inexorablemente determinada por las inmutables leyes de los negocios. El mundo es un negocio, señor Beale. Y así ha sido desde que el hombre salió arrastrándose del barro. Y nuestros hijos, señor Beale, verán ese mundo perfecto en el que no habrá guerras ni hambrunas, ni opresión ni brutalidad; ese vasto y universal holding en el que todos trabajarán por un beneficio común, todos poseerán acciones, todas las necesidades estarán satisfechas, todas las ansiedades calmadas y todo el aburrimiento eliminado».

Como todo texto ideológico, el discurso de Jensen es simultáneamente verdadero y falso. Capta la tendencia histórica del capital a disolver las fronteras políticas y someter a los Estados a las exigencias de la acumulación. Pero, al mismo tiempo, presenta este proceso histórico como una ley de la naturaleza, como si el eclipse de la soberanía democrática por el poder corporativo fuera simplemente una exigencia del destino. Este es el genio particular de la ideología: revela la realidad convirtiendo en misteriosas las fuerzas que la producen.

Una generación más tarde, la película Killing Them Softly (2012), de Andrew Dominik, vuelve sobre el mismo tema, pero esta vez despojada de la gran retórica metafísica que todavía daba vitalidad al discurso de Jensen. La película termina con una escena en la que Jackie Cogan (Brad Pitt) observa en la pantalla de un bar el discurso de victoria electoral de Barack Obama. Obama recurre al conocido discurso del excepcionalismo estadounidense: «recuperar el sueño americano… y alcanzar la unidad a partir de la diversidad». El breve monólogo de Cogan produce un efecto estremecedor por el pesimismo que contiene:

«Amigo, Thomas Jefferson es un santo estadounidense porque escribió: “Todos los hombres son creados iguales”, aunque evidentemente él mismo no lo creía, porque permitió que sus propios hijos vivieran como esclavos. Era un rico y estirado blanco que estaba harto de pagar impuestos a los británicos. Así que eso fue lo que hizo: escribió bonitas palabras y enardeció a la chusma; ellos fueron y murieron por esas palabras mientras él se sentaba, bebía su vino y se follaba a su esclava. ¿Y este hombre quiere decirme que vivimos en una comunidad? No me hagan reír. Yo vivo en América y en América cada uno está por su cuenta. América no es un país. Solo es un negocio. Ahora dame mi maldito dinero».

Si Jensen habla con la voz del capital global, Cogan habla con la voz de la subjetividad neoliberal. El primero proclama la disolución de las naciones en el mercado mundial; el segundo expresa su equivalente subjetivo: la disolución de la solidaridad en el darwinismo social. Entre ambos, queda completado el itinerario ideológico del último medio siglo: la política es sustituida por la gestión, la ciudadanía por la competencia; el propio vínculo social se convierte en nada más que una transacción de toma y daca.

La arquitectura del poder financiero

Estados Unidos mantiene hoy su posición como potencia dominante del mundo porque funciona como el centro político de un sistema financiero hegemónico a escala global, que se entrecruza tanto con el poder militar como con la infraestructura tecnológica. En este contexto, los políticos son administradores tecnocráticos de nivel intermedio que ejecutan decisiones cuyos coordenadas estratégicas no están determinadas por la deliberación democrática, sino por las exigencias de la liquidez, la gestión de la deuda y la preservación de los activos.

El regreso de Donald Trump al poder ofrece un ejemplo de manual de esta situación. Su campaña fue financiada por un grupo de multimillonarios convictos, brutales magnates corporativos y fondos soberanos: Elon Musk, Timothy Mellon, Miriam Adelson y las enormes cantidades de petrodólares que fluyen desde la región del Golfo. No compartían una filosofía común y coherente; solo tenían un único apetito: reestructurar el Estado estadounidense para hacerse aún más ricos. Trump nunca fue elegido por sus capacidades políticas porque no las tiene. Fue elegido sabiendo que su imprevisibilidad teatral podía convertirse fácilmente en un arma. En este sentido, es el rostro perfecto de una transición en la que un espectáculo desenfrenado finalmente ha devorado la estrategia y la política se ha convertido en una mera representación para un público compuesto por acreedores.

Aquí debemos tener cuidado de no cometer el error favorito de los liberales: poner a las marionetas en el lugar del titiritero. Sí, los multimillonarios compran políticos; esto no es ninguna novedad. Pero la putrefacción es mucho más profunda. El verdadero fundamento del poder financiero estadounidense reside en el privilegio exorbitante que poseen los bonos del Tesoro de Estados Unidos al ser considerados el activo de reserva «sin riesgo» del mundo; esto es un juego de confianza sobre el que se sostiene todo el orden posterior a Bretton Woods. La confianza en la deuda estadounidense en realidad, a menudo una confianza impuesta (la deuda pública de Estados Unidos se encuentra actualmente en un nivel récord de 39,4 billones de dólares, mientras que la relación entre deuda pública y PIB del Gobierno ronda el 122,6 %) permite a Washington gastar, librar guerras, violar el derecho internacional sin pagar un precio y inflar los activos financieros. Wall Street, la Reserva Federal y el aparato estatal vuelven a poner los dólares en circulación dentro de un ciclo autosostenido compuesto por creación de liquidez, inflación de activos, proyección del poder militar y hegemonía monetaria. Es un ciclo que se alimenta de su propio impulso, y pobre de aquel que se atreva a cuestionar su carácter sagrado.

Sin embargo, esta arquitectura cuidadosamente diseñada ya muestra signos visibles de tensión. El aumento de los rendimientos de los bonos del Tesoro y el consiguiente incremento de los costes de refinanciación, los déficits presupuestarios persistentes, los esfuerzos de desdolarización y la creciente disposición de las principales potencias comerciales a realizar sus transacciones energéticas en monedas distintas del dólar indican que el orden monetario posterior a 1971, basado en monedas fiduciarias desvinculadas del oro y sostenidas por el poder militar estadounidense, se está desintegrando gradualmente. Ninguno de estos acontecimientos apunta a un colapso inminente de la hegemonía estadounidense. Pero, considerados en conjunto, muestran que el aparato financiero que sostiene dicha hegemonía ha entrado en una etapa de inestabilidad estructural y decadencia interna.

Los conflictos geopolíticos contemporáneos se vuelven comprensibles sobre este trasfondo. No deben entenderse como luchas entre Estados soberanos que persiguen sus intereses nacionales, sino como momentos de tensión dentro de una reorganización más amplia del capital global y del orden monetario que lo ha sostenido durante medio siglo.

Por esta razón, el discurso de Jensen merece ser escuchado de nuevo, porque da una expresión ideológica a la fantasía más profunda y, al mismo tiempo, más engañosa del capitalismo: la fantasía de que la historia ha llegado a su fin y de que el dominio del capital global, con Estados Unidos en su centro, constituye la lógica natural, objetiva y eterna del mundo. Pero si Jensen habla con la voz de la necesidad, nuestra tarea consiste en redescubrir la contingencia. Debemos comprender que aquello que se presenta como la lógica inevitable de las finanzas, como una versión secular de lo que los antiguos llamaban destino, no es en realidad más que la sedimentación histórica de decisiones políticas, manipulaciones institucionales y poder de clase.

Riqueza sin valor

El análisis debe avanzar ahora un paso más; de lo contrario, corremos el riesgo de confundir la reconfiguración del equilibrio de poder con una transformación radical del propio sistema. Uno empieza a imaginar que una distribución más equilibrada de la influencia global podría estabilizar de algún modo el capitalismo; y esa es precisamente la ilusión a la que debemos oponernos. La multipolaridad, por sí sola, no es la solución a la globalización neoliberal. En la medida en que se niega a cuestionar las categorías constitutivas de la reproducción capitalista, no es más que la forma ideológica que adopta actualmente el «capitalismo de crisis».

Para comprender por qué esto es así, debemos recordar una distinción que rara vez se cuestiona y que la economía contemporánea ha olvidado casi por completo: la distinción entre riqueza y valor. Aunque el capitalismo acumula hoy cantidades extraordinarias de riqueza, al mismo tiempo debilita sistemáticamente la producción de valor. Los activos financieros se multiplican, las bolsas alcanzan niveles récord, las valoraciones inmobiliarias se inflan y las deudas públicas crecen. Desde el punto de vista monetario en términos de una masa de liquidez que se expande continuamente, el mundo parece más rico que nunca. Sin embargo, el valor socioeconómico no es dinero ni abundancia material. El valor es, bajo las condiciones capitalistas, una forma históricamente específica en la que el trabajo humano adquiere validez social. Y la esencia de este valor, que constituye la savia vital del propio capital, es el trabajo vivo empleado para producir mercancías.

El capital puede aumentar la riqueza sustituyendo a los trabajadores por máquinas, automatización e inteligencia artificial; pero solo produce valor mediante la explotación del trabajo vivo. Las máquinas transfieren valor; no crean valor. Por lo tanto, cada salto tecnológico, mientras fortalece la capacidad productiva del capitalismo, debilita simultáneamente la relación social sobre la que se sustenta la acumulación capitalista. Cuanto más productivo se vuelve el capital desde el punto de vista tecnológico, menor es su capacidad para crear valor como sustancia socioeconómica; y es precisamente esto lo que condena a las llamadas sociedades del trabajo a una miseria cada vez mayor.

Esta contradicción se encuentra en el centro de la modernidad. Lo que cambió con la revolución de la microelectrónica de la década de 1970 fue su escala histórica. Durante gran parte de la era moderna, la innovación tecnológica desplazaba a los trabajadores en un sector mientras creaba empleo en otros. Finalmente, la automatización comenzó a eliminar la fuerza de trabajo a una velocidad mayor de la que los mercados podían reabsorberla. A partir de ese momento, las finanzas dejaron de ser un elemento que simplemente acompañaba a la acumulación productiva y pasaron a convertirse en su sustituto. El crédito, el apalancamiento, la inflación de los activos y las finanzas especulativas ya no eran simplemente excesos del capitalismo. Se convirtieron en mecanismos compensatorios y, sin duda, extrañamente desmesurados, mediante los cuales el capitalismo posponía su confrontación con su propio límite interno.

Las finanzas capitalizan las expectativas de valorización futura. Y esas expectativas pueden, en teoría, multiplicarse indefinidamente. Todo tipo de flujo de ingresos esperado como el alquiler, los dividendos, los derechos de autor, los impuestos, los instrumentos de deuda, las acciones, los derivados y los contratos de seguros puede volver a empaquetarse como activos financieros y transformarse en riqueza susceptible de ser comprada y vendida instantáneamente. El resultado es un mar de derechos de crédito en constante expansión, construido sobre un trabajo que aún no se ha realizado y que, a la escala necesaria para respaldarlos, nunca llegará a realizarse. El capital ficticio no es una riqueza falsa. Es una apuesta sobre un valor futuro cuya posibilidad de realización disminuye día tras día.

Por eso la crisis actual no puede entenderse simplemente como otro ciclo de deuda o como otra transición geopolítica. Estos fenómenos son síntomas de una patología subyacente que puede resumirse de la siguiente manera: dado que la propia producción de valor ha entrado en un proceso de declive irreversible, el capital se ha vuelto estructuralmente dependiente de la expansión continua de derechos de crédito ficticios. Lo que aparece como dinamismo financiero es, en realidad, la gestión de la impotencia ciega y destructiva del sistema. El capital ya no reproduce las condiciones de su propia expansión socioeconómica; reproduce las condiciones de la catástrofe para posponer su propio colapso.

La financiarización de todo

La financiarización es la expansión de la forma-valor de activo a todos los rincones de la vida. Lo importante ya no es si algo satisface una necesidad social, sino si puede transformarse en un flujo de ingresos capaz de respaldar una valoración financiera. Allí donde pueden obtenerse ingresos previsibles, puede crearse un activo. Allí donde puede crearse un activo, puede emitirse deuda contra él. Allí donde existe deuda, pueden crearse nuevos instrumentos, comerciarse con ellos y utilizarlos como apalancamiento. El resultado es una arquitectura de capital ficticio que se autoexpande y cuyo crecimiento depende de la colonización constante de la vida cotidiana.

El mercado de la vivienda ofrece el ejemplo más evidente de esto. En otro tiempo, una casa era ante todo un lugar donde vivir; una institución social integrada en las comunidades y en la vida familiar. Hoy, sin embargo, se está convirtiendo cada vez más en un instrumento de inversión. Como aprendimos en 2008, las hipotecas se agrupan para ser titulizadas, se venden en los mercados globales y se utilizan como garantía dentro de ciclos de especulación mucho mayores. La propia vivienda se vuelve secundaria frente al activo financiero que genera. La tensión permanente entre la función social de la vivienda y el imperativo financiero de la revalorización no es un efecto secundario desafortunado del neoliberalismo. Es el principio organizador del capitalismo excesivamente financiarizado y basado en la deuda.

La misma lógica ha transformado también los servicios de salud. Lo que en otro tiempo se consideraba, aunque de manera imperfecta, un bien público o un servicio destinado al bienestar colectivo, se ha convertido en un campo de extracción financiera. Los hospitales son adquiridos por fondos de inversión, las empresas farmacéuticas se valoran de acuerdo con las expectativas de los accionistas, los sistemas de seguros se vuelven cada vez más complejos y el lenguaje de la atención al paciente es sustituido por el lenguaje de la rentabilidad de la inversión. Como deberíamos haber aprendido en 2020, los pacientes se convierten en flujos de ingresos y la enfermedad, en una clase de activo.

La educación sigue la misma trayectoria. Las universidades ya no producen principalmente conocimiento ni desarrollan la conciencia cívica. Producen sujetos endeudados. Los préstamos estudiantiles se transforman en productos financieros, se titulizan y se venden; la propia educación se evalúa no tanto por lo que enseña como por los flujos de ingresos que promete generar en el futuro. De este modo, el estudiante entra en la sociedad como portador de una deuda, con una parte de su trabajo futuro ya confiscada de antemano. Lo mismo ocurre en el otro extremo del ciclo vital: los fondos de pensiones también se convierten en instrumentos financieros y se empaquetan.

Incluso las rutinas ordinarias del consumo son absorbidas por esta lógica. Las deudas de las tarjetas de crédito, los préstamos para automóviles, la financiación al consumo y los préstamos de día de pago se convierten en materia prima para la titulización. El endeudamiento cotidiano se transforma en valores negociables que circulan en los mercados financieros; lo que significa que dichos mercados obtienen beneficios de la inseguridad social.

Por lo tanto, la financiarización convierte las propias relaciones sociales en activos. La vivienda, el cuerpo, la educación, la vejez, la atención, los datos y todas las conductas futuras esperadas se convierten en garantías para que la riqueza financiera acumulada en la cima pueda ser creada casi como si saliera de la chistera de un mago. Cada ámbito de la vida obtiene legitimidad en su existencia real únicamente en la medida en que puede transformarse en un derecho monetario abstracto sobre el futuro.

La guerra representa el punto culminante de esta lógica. Si la vivienda, la salud y la educación son ya activos financieros, la guerra constituye su expresión más dramática. Mientras el rearme se presenta a las masas como una respuesta política a un entorno geopolítico inestable, ante todo es un acontecimiento de liquidez de enormes proporciones para las finanzas globales. El programa SAFE (Acción de Seguridad para Europa) de la Unión Europea contempla por sí solo un endeudamiento conjunto de hasta 150.000 millones de euros para apoyar la adquisición de material de defensa; además, los fondos cotizados en bolsa (ETF) centrados en la defensa se encuentran entre los instrumentos de inversión de más rápido crecimiento en los mercados europeos. Esto significa que el gasto militar ya no genera beneficios principalmente a través de los fabricantes de armas o de los contratos públicos. En su lugar, crea productos financieros en los que se puede invertir. La propia destrucción se convierte en una oportunidad para diversificar las carteras de inversión.

El mercader de la muerte se ha trasladado de la planta de producción a la mesa de operaciones. Ciudades bombardeadas, poblaciones desplazadas, infraestructuras arrasadas e incluso un genocidio que dura ya 1.000 días desaparecen bajo la sombra de los códigos bursátiles, los instrumentos derivados, los fondos cotizados en bolsa y los informes trimestrales de resultados; porque, para el sujeto deshumanizado del mundo financiero, lo único que importa es el balance. La violencia está siendo sometida a la misma abstracción que las finanzas imponen sobre todas las demás dimensiones de la vida social. La guerra se está financiarizando: los ingresos potenciales se capitalizan de antemano, los contratos futuros se descuentan en los precios actuales de los activos y la destrucción que genera se convierte en una garantía que sostiene nuevas oleadas de especulación.

Este es el punto final hacia el que se dirige necesariamente el capital ficticio. Habiendo agotado el ámbito de la producción, este capital se alimenta directamente de las propias condiciones de la reproducción social. No queda nada fuera de la acumulación de capital. La vivienda, la salud, la educación, la seguridad, el conocimiento, el entorno natural y la violencia organizada se convierten en momentos intercambiables de una misma lógica que opera de manera caníbal.

La gestión destructiva de la quiebra sistémica

La Reserva Federal y, en términos más generales, las instituciones responsables de gestionar los flujos contemporáneos de capital se encuentran atrapadas en una contradicción que no tiene salida técnica. Se ven obligadas a elegir entre uno de dos venenos:

  1. Una política monetaria restrictiva tipos de interés más altos, que trae consigo la amenaza de la recesión, la inestabilidad financiera y una montaña de deuda pública y privada cada vez más impagable.
  2. Una política monetaria expansiva tipos de interés más bajos, que infla los precios de los activos, alimenta la especulación, erosiona el poder adquisitivo y profundiza la desigualdad social.

Ninguno de estos dos caminos resuelve la contradicción fundamental, porque ninguno aborda su causa.

Además, este enfoque oculta tanto como revela. Cuando los banqueros centrales hablan de inflación, se refieren al ritmo de aumento de los precios, es decir, a una abstracción estadística. Pero lo que experimenta la gente común no es simplemente la inflación, sino el poder adquisitivo: el nivel real de los precios en relación con sus ingresos. No son lo mismo. El poder adquisitivo puede colapsar incluso cuando la inflación se mantiene baja, porque los costes de la vivienda, la salud, la educación y la energía siguen aumentando sin cesar mientras los salarios permanecen estancados. La financiarización de la vida cotidiana ha hecho que las necesidades básicas indispensables para sobrevivir se revaloricen más rápidamente que los salarios necesarios para adquirirlas. Por lo tanto, la obsesión tecnocrática por contener la inflación pasa por alto por completo y deliberadamente la esencia del problema: el verdadero problema no es que los precios aumenten demasiado rápido, sino que la vida se vuelve inasequible para la gran mayoría mientras sigue siendo extraordinariamente rentable para una pequeña minoría.

Esta es la razón por la que el sistema ha entrado ya, históricamente, en su fase final. Ya no gestiona el crecimiento; gestiona la imposibilidad del crecimiento bajo las propias condiciones del capitalismo. Cada intervención es una solución temporal que solo sirve para posponer el problema; en lugar de abordar y resolver la crisis, la aplaza. Cada operación de rescate lleva la contradicción a un nivel superior de endeudamiento y dependencia financiera. Lo que se presenta como una gestión económica prudente es, en realidad, la administración permanente de la quiebra sistémica.

Aquí podemos ver cómo la aceleración se ha convertido en un principio de gestión. La deuda crece más rápido que la producción; la liquidez se expande más rápido que el valor; la innovación tecnológica avanza más rápido que el empleo. Cada solución aparente intensifica aún más la contradicción que pretende superar. Cuando llegue el próximo recorte de los tipos de interés, casi con toda seguridad será celebrado como otro exitoso «aterrizaje suave». Los mercados subirán, los comentaristas elogiarán la sabiduría de los banqueros centrales y otra capa de capital ficticio será añadida a un balance que ya resulta imposible de sostener.

En este sentido ampliado, la guerra abarca cada vez más la inflación, la austeridad, el endeudamiento, la vigilancia permanente, la movilización tecnológica y la propia financiarización de la destrucción. La coreografía algorítmica de los ataques contra Irán y las narrativas cuidadosamente fabricadas en torno al estrecho de Ormuz no son una excepción; son ahora el propio modelo. El gasto militar, la infraestructura digital, la inteligencia artificial, la gestión de los estados de excepción y la manipulación financiera forman ya un único dispositivo cuya función no consiste tanto en resolver las crisis como en administrarlas.

En este sentido ampliado, la propia guerra es el campo de batalla de la reproducción social. Cada estado de excepción legitima nuevos mecanismos de explotación; cada innovación tecnológica amplía las infraestructuras de vigilancia y control; cada operación de rescate financiero crea nuevas oportunidades de acumulación. El campo de batalla ya no es únicamente un escenario de operaciones distante. Es también la propia vida cotidiana, donde las necesidades indispensables para vivir son colonizadas, monetizadas y explotadas.

Esta situación revela también la ilusión ideológica fundamental de nuestra época. Cada vez se nos impulsa más a creer que la liberación reside en una reconfiguración geopolítica diferente: un orden multipolar, las monedas digitales, la inteligencia artificial o un nuevo equilibrio entre Oriente y Occidente. Las transformaciones en las que se intenta hacernos creer son reales; sin embargo, en sus formas actuales, no van más allá del horizonte que hemos venido siguiendo aquí. Un capitalismo multipolar sigue siendo capitalismo. El dinero digital continúa siendo la expresión monetaria del valor. Y la inteligencia artificial no puede reemplazar el trabajo vivo sobre el que, en última instancia, se sustenta el valor; por el contrario, lo destruye aún más.

El capitalismo no puede superar su crisis mortal actual y continuar existiendo. Nuestra única esperanza es que la irracionalidad catastrófica del sistema, expuesta ya ante los ojos de todos y en toda su desnudez, pueda generar una vía de escape, una estrategia de salida de la lógica que nos está consumiendo. El último obstáculo que se interpone en el camino de esta salida es nuestra propia adhesión ilusoria a este orden en descomposición.

*Fabio Vighi es un académico, escritor e intelectual público que trabaja en la intersección de la economía política, la crítica cultural y la teoría psicoanalítica.

Fuente:https://www.savageminds.co/p/there-is-no-america