Los Límites De La Disuasión Centrada En Israel Frente A Irán
La guerra entre Estados Unidos e Irán, que comenzó el 28 de febrero y se prepara para dejar atrás su quinto mes, se ha convertido, desde la perspectiva de Washington, no solo en un callejón sin salida estratégico, sino también en una prueba que ha puesto de manifiesto los límites del poder militar estadounidense. Hasta ahora, Estados Unidos había basado en gran medida su estrategia de equilibrio frente a Irán en el apoyo militar y político proporcionado a Israel, su principal aliado en la región. Sin embargo, la prolongación de la guerra y la capacidad de resistencia de Irán, superior a lo esperado, han puesto en tela de juicio la sostenibilidad de este enfoque de equilibrio.
El elevado nivel de preparación militar de Israel le proporciona una ventaja importante en la ecuación de disuasión frente a Irán. Sin embargo, esta capacidad no parece suficiente por sí sola debido al aislamiento regional del país, a las políticas que han deteriorado sus relaciones con los Estados vecinos y a la preocupación en materia de seguridad que su orientación revisionista genera entre los regímenes árabes vecinos. En una guerra prolongada, las limitaciones a las que Israel se enfrentaría en términos de legitimidad política, apoyo logístico y margen de maniobra diplomático dificultarían que el país pudiera traducir plenamente sus ventajas militares sobre el terreno. Este panorama obliga a Washington a superar el actual modelo de disuasión centrado en Israel y a construir una coalición equilibradora más amplia y dotada de una capacidad sostenible.
Las señales positivas procedentes de la cumbre de la OTAN en Ankara sobre el regreso de Türkiye al programa F-35 y el levantamiento de las sanciones de la CAATSA, junto con el acuerdo nuclear firmado a comienzos de esta semana entre Estados Unidos y Arabia Saudita, pueden interpretarse como los primeros indicios de esta nueva orientación. El objetivo de esta política parece ser la construcción, frente a Irán, de un mecanismo de equilibrio más amplio, centrado en Turquía y Arabia Saudita y que no dependa exclusivamente de Israel. Si este mecanismo pudiera evolucionar en el futuro hacia una estructura que también incluyera a Israel y transformarse en una arquitectura político-militar permanente, sería posible afirmar que se ha configurado una nueva arquitectura regional de seguridad en Oriente Medio.
De Nixon hasta la actualidad: delegación y reparto de cargas
Las raíces históricas de esta búsqueda se remontan a la conmoción estratégica que Estados Unidos experimentó tras la guerra de Vietnam. La percepción de superioridad militar estadounidense surgida después de la Segunda Guerra Mundial chocó con la realidad política sobre el terreno en Corea y, especialmente, en Vietnam. A pesar de sus enormes recursos, Washington tuvo dificultades para transformar en su favor las dinámicas sociales y políticas locales. La doctrina anunciada por Richard Nixon en Guam fue la expresión institucional de esta experiencia: en lugar de asumir toda la carga de las crisis regionales mediante intervenciones militares directas, Estados Unidos armaría a los Estados amigos y fortalecería sus capacidades de forma compatible con sus propios intereses.
En Oriente Medio, este enfoque se concretó durante un periodo en la estrategia de los «dos pilares», basada en Irán y Arabia Saudita. El Irán del sah se convirtió, mediante transferencias de armas, formación militar y protección política, en el principal garante de la seguridad del Golfo. La Revolución de 1979 derrumbó esta arquitectura; el principal socio regional de Washington se transformó rápidamente en uno de sus adversarios más duros. Posteriormente, la Doctrina Carter, la creación del CENTCOM y la infraestructura militar estadounidense en el Golfo marcaron el inicio de una nueva etapa en la que Estados Unidos asumió de forma más directa la responsabilidad de proteger las rutas energéticas y el orden regional.
Aun así, el modelo de intervención directa tampoco ofreció una solución permanente. Las guerras de Irak y Afganistán agotaron los recursos militares y financieros de Estados Unidos, al tiempo que profundizaron las fragilidades de la política regional. El vacío de poder surgido en Irak y el debilitamiento de la capacidad estatal abrieron espacios favorables para la expansión de la influencia iraní. De este modo, algunas políticas aplicadas por Washington con el objetivo de contener a Irán produjeron, paradójicamente, resultados que reforzaron las redes de aliados por delegación de Teherán, sus vínculos políticos y su capacidad de negociación. La búsqueda actual de un nuevo equilibrio se configura bajo la sombra de este legado histórico.
La brecha entre capacidad militar y legitimidad
El núcleo de la actual estrategia estadounidense frente a Irán está constituido por el apoyo militar y político brindado a Israel. La superioridad tecnológica de Israel, su capacidad de realizar ataques de precisión, sus sistemas de defensa aérea y su acumulación de inteligencia proporcionan a Washington importantes ventajas en términos de disuasión. Sin embargo, las necesidades de una guerra prolongada no pueden satisfacerse únicamente mediante alta tecnología. La sostenibilidad requiere líneas de suministro, libertad de maniobra diplomática, cooperación regional, aceptación política y una visión del orden posterior al conflicto.
El mayor dilema de Israel aparece precisamente aquí. En una parte importante de las sociedades de la región, Israel ha sido percibido, desde su fundación hasta la actualidad, como un actor apoyado desde el exterior, poco fiable y hostil debido a los conflictos históricos y contemporáneos. Esta percepción no limita necesariamente de forma directa la presencia militar israelí, pero dificulta la formación de una coalición regional amplia y voluntaria en torno a Israel. La opinión pública de los Estados vecinos, la cuestión palestina y las políticas de seguridad maximalistas de Israel hacen costoso para los gobiernos avanzar hacia una cooperación militar abierta con Tel Aviv. Por tanto, por elevada que sea la capacidad militar, el problema de generar legitimidad y alianzas limita el resultado estratégico de dicha capacidad.
Esta situación también agrava el problema de imagen de Estados Unidos. Una política iraní de Washington identificada con Israel alimenta, en muchas capitales regionales, la percepción de que la estrategia estadounidense está determinada más por las prioridades de Israel que por las necesidades locales de seguridad. Si la guerra hubiera sido breve, las municiones, la protección diplomática y la fuerza disuasoria proporcionadas por Estados Unidos podrían haber ocultado temporalmente esta brecha política. Sin embargo, un conflicto de baja intensidad que se prolonga durante meses ha incrementado los costes, ha hecho visibles las tensiones internas de las alianzas y ha profundizado la presión de la opinión pública. Por ello, la búsqueda de nuevas alianzas por parte de Washington, sin excluir a Israel pero dejando de convertirlo en su único pilar, debe considerarse una respuesta estratégica comprensible.
¿Türkiye y Arabia Saudita: los dos pilares del nuevo equilibrio?
Las evaluaciones según las cuales, tras la cumbre de Ankara, se han emitido señales positivas sobre el expediente de los F-35 y las sanciones de la CAATSA apuntan a una nueva etapa de negociación en las relaciones turco-estadounidenses. La exclusión de Türkiye del programa F-35 y las sanciones habían erosionado la confianza mutua en los últimos años. A pesar de ello, Türkiye mantiene una importancia estratégica difícil de sustituir para Washington debido a su pertenencia a la OTAN, su capacidad de defensa, su posición geográfica en el eje Mar Negro-Cáucaso-Oriente Medio y sus canales de contacto diplomático. La profundización simultánea de las crisis originadas por Irán y Rusia está incentivando a Estados Unidos a considerar a Ankara no solo como un socio con el que mantiene desacuerdos, sino también como un centro capaz de contribuir al equilibrio en múltiples frentes.
Arabia Saudita, por su parte, constituye el segundo elemento importante de esta ecuación debido a su peso económico en el Golfo, su papel en los mercados energéticos, sus recursos financieros y su influencia en el mundo árabe. Desde esta perspectiva, el acuerdo alcanzado entre Estados Unidos y Arabia Saudita sobre la cooperación nuclear con fines pacíficos no debería interpretarse únicamente como una cuestión de política energética, sino como el posible componente de una alianza más sólida. Las preocupaciones de Riad respecto a las actividades nucleares de Irán se combinan con su búsqueda de garantías de seguridad. El apoyo ofrecido por Washington en el ámbito de la energía nuclear debe considerarse parte de una política más amplia destinada a vincular más estrechamente a Arabia Saudita con las redes tecnológicas y de seguridad centradas en Estados Unidos.
Reunir a Türkiye y Arabia Saudita dentro de un mismo marco de seguridad ofrece a Estados Unidos una doble ventaja. En primer lugar, podría crear un elemento de equilibrio con un mayor grado de apropiación regional frente a la influencia iraní. En segundo lugar, Washington podría intentar limitar la orientación estratégica de las relaciones de Ankara y Riad con Rusia, China, los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái o canales alternativos de adquisición de defensa, sin exigirles necesariamente que rompan por completo dichos vínculos. La posibilidad de que Pakistán y Egipto se incorporen en el futuro podría aportar a la estructura capacidad militar, peso demográfico y una representación más amplia del mundo árabe e islámico.
La difícil ecuación de la coalición
Sin embargo, reunir a los actores regionales bajo el título de una amenaza común no significa dotarlos automáticamente de una estrategia común. Türkiye mantiene relaciones con Irán en los ámbitos del comercio, la energía y la seguridad fronteriza que deben preservarse. Ankara también coopera con Rusia al mismo tiempo que compite con ella. Desde hace tiempo, concede importancia a preservar un margen de acción independiente que incluya la autonomía estratégica. Arabia Saudita, aunque compita con Irán, debe calcular los costes económicos y políticos internos de verse arrastrada a una guerra directa. Las prioridades de seguridad de Pakistán, centradas en India, las vulnerabilidades económicas de Egipto y los diferentes límites que cada país establece en sus relaciones con Israel reducen el alcance de la asociación.
Estas dificultades demuestran que la alianza no puede construirse únicamente mediante presiones externas. Las garantías de seguridad, la tecnología de defensa o una mayor flexibilidad en materia de sanciones por parte de Estados Unidos pueden facilitar un acercamiento a corto plazo. Sin embargo, no serán suficientes para crear una definición común de la amenaza. Para Türkiye, Arabia Saudita y los demás posibles participantes, Irán no constituye una amenaza en la misma medida ni de la misma manera. Cada capital querrá mantener las tensiones con Teherán en niveles manejables, preservar abiertos los canales de negociación en lugar del conflicto y proteger las relaciones económicas regionales. Por ello, el objetivo de Washington no debería ser empujar a sus socios hacia una confrontación irreversible con Irán, sino establecer un sistema de disuasión que genere costes frente a comportamientos agresivos, pero que mantenga abierto el espacio para la diplomacia.
El asunto más difícil, sin embargo, es cuál será el lugar de Israel dentro de este sistema. Esta ha sido también la cuestión central de todos los intentos de construir arquitecturas de seguridad regionales en Oriente Medio desde el Pacto de Bagdad hasta la actualidad. Dejar completamente fuera a Israel provocaría una pérdida de capacidades militares y de inteligencia. Situarlo abiertamente en el centro, en cambio, elevaría la presión de la opinión pública y el coste político en Türkiye, Arabia Saudita, Pakistán y Egipto. El desafío que enfrenta Estados Unidos no consiste tanto en desgastar militarmente a Irán como en establecer un equilibrio regional aceptable capaz de gestionar la incertidumbre generada por una guerra prolongada. Un orden en el que Türkiye y Arabia Saudita ocupen un lugar destacado tendría el potencial de reducir el déficit de legitimidad de una estrategia centrada en Israel y de compartir la carga de Washington. Sin embargo, estos actores no son representantes de Estados Unidos: son potencias independientes con sus propias economías, opiniones públicas, memorias históricas y cálculos de política exterior multidimensionales.
Equilibrar a Irán con actores regionales como Türkiye y Arabia Saudita no consiste, por tanto, simplemente en reunir a más países alrededor de la misma mesa. El éxito no pasa por una política de bloques que obligue a romper relaciones con Irán, sino por una arquitectura flexible que ofrezca a las partes seguridad, beneficios económicos y margen de maniobra diplomático. Si Washington no logra establecer este equilibrio, la coalición será fuerte sobre el papel y, sin embargo, permanecerá fragmentada ante la primera gran crisis. Si lo consigue, la estructura resultante no llevará tanto a «derrotar» a Irán como a trasladar la región hacia un nuevo y prudente equilibrio en el que ninguna potencia pueda determinar por sí sola su rumbo.
[1] Profesor asociado, jefe del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de Mardin Artuklu, [email protected].