Libia y Los Mandatos De La ONU: El Laboratorio Del Caos Congelado
Durante aproximadamente quince años, Libia ha funcionado como el laboratorio político más costoso y monótono del mundo. Desde la intervención de la OTAN en 2011 y el derrocamiento de Muamar Gadafi, la Misión de Apoyo de las Naciones Unidas en Libia (UNSMIL) ha operado dentro de un ciclo de mandatos y liderazgos en constante cambio. Con el nombramiento de Hanna Tetteh en enero de 2025 como la undécima representante especial en asumir el cargo, cada nueva dirección comienza con la promesa de una hoja de ruta definitiva hacia la estabilidad, solo para terminar atrapada en el mismo callejón sin salida ya conocido. Diseñado para facilitar la transición hacia un Estado soberano y democrático, este marco ha terminado institucionalizando un estado de “caos congelado”, en el que el propio proceso ha sustituido al progreso.
En este laboratorio, las “soluciones” producidas en Ginebra, Skhirat, Marruecos o Túnez suelen ignorar la cambiante química del terreno. El resultado es un país suspendido en una transitoriedad permanente: un frágil equilibrio en el que gobiernos rivales, aparatos de seguridad fragmentados e intervenciones externas se han asentado en un statu quo cínico pero cómodo. Mientras UNSMIL lidia con nuevas preocupaciones sobre divisiones constitucionales, la pregunta ya no es cuándo terminará la transición, sino si la comunidad internacional ha diseñado inadvertidamente un sistema que nunca conduce a un punto de llegada.
El experimento más reciente y probablemente el más destructivo de este laboratorio geopolítico es el proceso de “Diálogo Estructurado” facilitado por la ONU. Lanzada a finales de 2025 y aún en curso, esta iniciativa pretendía, en teoría, forjar una “visión nacional” amplia que allanara el camino hacia elecciones legislativas y presidenciales. En la práctica, sin embargo, se ha convertido en un catalizador de una fragmentación institucional aún más profunda. Al marginar los marcos jurídicos existentes en favor de un enfoque amorfo de “consulta”, este diálogo abrió sin querer la caja de Pandora de los fundamentos legales del Estado libio. Los saboteadores habituales de la política libia actores incrustados en las estructuras de los dos gobiernos rivales aprovecharon este vacío para iniciar una nueva fase de conflicto, esta vez centrada en el poder judicial. El último “tejido de obligatoriedad jurídica” que, aunque solo sobre el papel, mantenía unido al país, está ahora siendo deshilachado por reclamaciones contrapuestas de legitimidad constitucional, amenazando con convertir el estancamiento político en una división judicial permanente.
A medida que avanza el proceso de diálogo patrocinado por UNSMIL, su debilidad estructural se revela inscrita en su propio diseño: cada propuesta que produce carece tanto de fuerza jurídica vinculante como de un marco aplicable. Así, el proceso supuestamente “estructurado” ha derivado, de manera inadvertida, en un colapso estructural del sistema judicial. El capítulo de gobernanza que debía unificar al Estado proporcionó, en cambio, la fricción política necesaria para que la Cámara de Representantes pusiera en funcionamiento oficialmente en enero, en Bengasi, un Tribunal Constitucional Supremo alternativo. Este paso rechazó abiertamente la autoridad del Tribunal Supremo de larga data en Trípoli y, en la práctica, institucionalizó una “separación judicial”. Como resultado, Libia se ha convertido en un país sin una autoridad judicial común, indiscutida, capaz de resolver disputas legales. No se trata de un fallo técnico menor: la ausencia de un árbitro neutral que certifique resultados electorales o dirima impugnaciones constitucionales inevitables supone un golpe mortal a cualquier hoja de ruta electoral nacional, todo ello en un contexto en el que la Constitución aún no ha sido adaptada ni promulgada.
Este posible colapso del sistema jurídico es un subproducto inevitable de tratar a toda una nación como un laboratorio sometido a experimentos impulsados desde el exterior. Desde la crisis de 2011, Libia se ha convertido en un terreno donde “hojas de ruta” y “diálogos” se repiten una y otra vez: modelos teóricos de resolución de conflictos se ensayan sobre el terreno, fracasan y luego se relanzan bajo un nuevo rótulo. Hasta la fecha, el único logro significativo ha sido, de forma sorprendente, el alto el fuego de 2020, que sigue vigente pero carece de propósito y no va más allá de una paz vacía. En este entorno de laboratorio, las Naciones Unidas actúan como un técnico principal, gestionando una serie de experimentos controlados que priorizan la preservación del proceso por encima de la soberanía. Al institucionalizar diálogos temporales y no vinculantes, la comunidad internacional ha creado sin querer un entorno “congelado” en el que los actores políticos son incentivados a permanecer en una transición perpetua. En este ecosistema artificial, el progreso no se mide por la estabilidad alcanzada, sino por el número de reuniones celebradas, mientras las bases reales del Estado libio se erosionan bajo el peso de este régimen de ensayo y error impulsado desde el exterior, y se afianza una cultura que podría denominarse “dependencia del mandato”.
El verdadero peligro de este laboratorio no reside solo en el fracaso de los experimentos, sino en que sirve como una cortina de humo para una forma más profunda y cínica de “estabilidad”. Mientras la atención internacional se concentra en los interminables comités del Diálogo Estructurado sobre “gobernanza” y “derechos humanos”, el funcionamiento real del Estado la explotación sistemática de enormes recursos energéticos continúa en una realidad paralela. El histórico acuerdo petrolero de 20.000 millones de dólares y 25 años firmado recientemente entre la Corporación Nacional del Petróleo (NOC) y TotalEnergies y ConocoPhillips es un ejemplo elocuente. Este hecho expone la paradoja final del “caos congelado”: los actores internacionales no dudan en firmar contratos de un cuarto de siglo con una administración con sede en Trípoli cuya legitimidad legal es ampliamente cuestionada y que está siendo activamente desmantelada por el tribunal rival en Bengasi. En este laboratorio, el concepto de “estabilidad” ha sido redefinido desde su raíz: ya no significa un Estado unificado, un sistema judicial funcional o una autoridad constitucional, sino simplemente la creación de un perímetro de control seguro alrededor de los campos petroleros. Al reducir a Libia a una estructura fragmentada de recursos en lugar de reconocerla como una nación soberana, la comunidad internacional revela con claridad que el llamado “proceso político” no es más que una representación escenificada para gestionar un vacío administrado.
La ironía final del laboratorio libio es la emergencia de lo que solo puede describirse como una “diplomacia zombi”. Mientras la undécima representante especial, Hanna Tetteh, viaja entre Trípoli, Bengasi y diversas capitales extranjeras para promover el Diálogo Estructurado, el comportamiento real de la comunidad internacional demuestra un alejamiento del multilateralismo y su sustitución por un pragmatismo crudo. El ejemplo más evidente se observa en la diplomacia de alto nivel de actores como el enviado estadounidense Massad Boulos, que recientemente mantuvo contactos simultáneos tanto con el gobierno reconocido por la ONU en Trípoli como con el liderazgo del LNA en Bengasi. Este enfoque de “doble vía” envía un mensaje inequívoco a los actores políticos libios: mientras el mandato de la ONU ofrece solo un escenario formal para la construcción de la paz, las verdaderas claves de la legitimidad siguen residiendo en el control del territorio, las armas y los ingresos. Al tratar a herederos militares y actores no electos como interlocutores principales, la comunidad internacional está, de hecho, avalando el bloqueo de la hoja de ruta que dice apoyar. Esta es la fase terminal del experimento: el “laboratorio” ya no busca producir un Estado funcional, sino gestionar un conjunto de feudos fragmentados, lo suficientemente estables para mantener el flujo de petróleo, pero demasiado divididos para consolidar una soberanía real.
En conclusión, mientras Libia no logre convertirse en un Estado soberano y unificado, dotado de un espíritu jurídico común, y siga siendo tratada como un laboratorio sometido a procesos internacionales de ensayo y error, el “Diálogo Estructurado” de la ONU continuará siendo un diálogo de sordos y no hará más que reproducir el mismo “caos congelado” que, en apariencia, pretende descongelar.
Fuente:https://www.middleeastmonitor.com/20260129-libya-and-the-un-mandates-a-laboratory-of-frozen-chaos/