Las Relaciones Entre Türkiye y Estados Unidos Tras La Cumbre De La OTAN

¿Al borde de una transformación estructural?

La Cumbre de la OTAN celebrada en Ankara los días 7 y 8 de julio de 2026 constituye un punto de inflexión no solo en términos del gasto en defensa dentro de la Alianza y de la evolución de la guerra entre Rusia y Ucrania, sino también para el futuro de las relaciones bilaterales entre Türkiye y Estados Unidos. Presidida por el presidente Recep Tayyip Erdoğan, la cumbre ofreció un escenario tanto simbólico como estratégico en el que se materializaron varios de los objetivos que la política exterior turca perseguía desde hacía tiempo. En este contexto, las decisiones anunciadas durante la reunión el levantamiento de las sanciones impuestas en el marco de la CAATSA, las señales sobre el regreso de Türkiye al programa F-35, el suministro de motores para el proyecto KAAN y la convergencia de posiciones en Siria y Libia podrían interpretarse como indicios de un acercamiento de carácter estructural.

El significado simbólico y político de la cumbre

Ser el país anfitrión de la Cumbre de la OTAN representa uno de los momentos diplomáticos de mayor visibilidad en la trayectoria política de casi un cuarto de siglo del presidente Recep Tayyip Erdoğan. Veintidós años después de la Cumbre de Estambul de 2004, el hecho de que Türkiye acogiera por segunda vez una reunión de líderes de la OTAN no constituye únicamente un gesto protocolario, sino también una reafirmación del papel de Ankara dentro de la Alianza. Desde esta perspectiva, la cumbre puede interpretarse como una fuente de legitimidad y prestigio para Türkiye, tanto en el ámbito interno como en el internacional.

Al organizar una cumbre de la OTAN en un período especialmente delicado, Ankara proyectó la imagen de un actor capaz de reunir a los principales protagonistas del sistema internacional. Asimismo, transmitió el mensaje de que Türkiye sigue siendo un elemento indispensable para la negociación y el equilibrio frente a las crisis regionales, como la guerra en Gaza, la situación en Siria y las persistentes tensiones con Irán.

Más allá de este valor simbólico, los resultados concretos de la cumbre también merecen atención. Las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump antes y durante el encuentro en las que calificó al presidente Erdoğan como «un aliado leal» y destacó la sintonía existente entre ambos dirigentes apuntan a la existencia de una relación de cooperación al más alto nivel político. Si se tiene en cuenta la actitud crítica y, en ocasiones, imprevisible de la Administración Trump hacia otros miembros de la OTAN, este tono relativamente positivo hacia Türkiye puede interpretarse como una señal de que las relaciones bilaterales están evolucionando desde una diplomacia centrada en los líderes hacia una cooperación de carácter más institucional.

El contexto regional y global

Para comprender la actual evolución positiva de las relaciones entre Türkiye y Estados Unidos, es necesario analizar de manera integral el contexto regional y global en el que se inscriben. La entrada en el cuarto año de la guerra entre Rusia y Ucrania, la crisis humanitaria y política que se ha cronificado en Gaza a raíz de la ofensiva israelí, la fragilidad del proceso de transición en Siria y la confrontación de Estados Unidos con Irán, en estrecha coordinación con Israel, están llevando a Washington a redefinir sus prioridades estratégicas en la región. En este entorno de crisis multidimensional, Türkiye ocupa una posición difícilmente sustituible para Estados Unidos, tanto por disponer del segundo mayor ejército de la OTAN como por su ubicación geográfica estratégica.

En este contexto, los cuatro avances concretos surgidos tras la cumbre el levantamiento de las sanciones impuestas en el marco de la CAATSA, la posible reincorporación de Türkiye al programa F-35, el suministro de motores para el proyecto KAAN y la modernización de la flota de F-16 son relevantes por sí mismos. Sin embargo, considerados en conjunto, pueden interpretarse como elementos de un proceso mucho más amplio de normalización estructural. La resolución del contencioso en torno a los sistemas S-400 y el programa F-35, principal fuente de tensión bilateral desde 2019, supone la eliminación del mayor obstáculo jurídico y político para la cooperación en materia de industria de defensa.

No obstante, es sabido que estas decisiones todavía deben afrontar debates de aprobación en el Congreso de Estados Unidos y que algunos senadores republicanos mantienen sus reservas. Aun así, desde un punto de vista técnico, el presidente estadounidense dispone de mecanismos para levantar determinadas sanciones sin necesidad de una aprobación legislativa completa.

Si se recuerdan las crisis que marcaron la última década la compra por parte de Türkiye de los sistemas S-400 de fabricación rusa, el apoyo estadounidense al PYD/YPG en Siria o el caso Halkbank, resulta inevitable preguntarse si el actual acercamiento será suficiente para superar definitivamente esos problemas estructurales. Asimismo, la ausencia de una política estadounidense que responda plenamente a las preocupaciones de seguridad de Türkiye respecto a FETÖ sigue siendo uno de los principales puntos de fricción en la relación bilateral.

Aunque la resolución de estas cuestiones estructurales requerirá tiempo, el contexto actual ofrece condiciones más favorables que en etapas anteriores. Los intereses compartidos entre ambos países se han ampliado considerablemente y ya no se limitan únicamente al ámbito bilateral. Su convergencia resulta visible también en terceros escenarios, especialmente en Siria y Libia.

Siria, el proceso del PKK y una posible convergencia en Libia

Uno de los indicadores más claros del acercamiento entre Türkiye y Estados Unidos es la creciente convergencia observada en la política hacia Siria. La disposición de Washington a reducir su apoyo a los grupos vinculados al PKK en territorio sirio responde, en cierta medida, a las preocupaciones de seguridad que Ankara ha expresado durante años.

Al mismo tiempo, Türkiye desarrolla una estrategia multidimensional en Siria. Desde la acogida de millones de refugiados y el envío de ayuda humanitaria hasta las operaciones militares, la formación de grupos armados opositores y el establecimiento de relaciones diplomáticas con las nuevas autoridades, Ankara se ha convertido en el actor regional que más recursos ha destinado al proceso de transformación política en Siria.

Los esfuerzos dirigidos a poner fin a la presencia operativa del PKK en territorio sirio, el papel desempeñado por Turquía durante el colapso del régimen de Bashar al-Asad y su respaldo a las nuevas autoridades han situado a Ankara como un actor central que actúa de manera coordinada con Washington respecto al futuro de Siria.

Esta convergencia trasciende el ámbito estrictamente militar. El apoyo turco al proceso de integración del nuevo gobierno sirio en el sistema internacional, su contribución al reconocimiento político de la administración encabezada por Ahmed al-Sharaa y su implicación en la reconstrucción del país fortalecen la cooperación entre Türkiye y Estados Unidos. Dado que la estabilidad de Siria constituye un elemento esencial para la nueva arquitectura de seguridad regional, el grado de coordinación alcanzado en este escenario influye directamente en la evolución general de las relaciones bilaterales.

En este sentido, las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump durante la Cumbre de Ankara, tras reunirse con el presidente sirio Ahmed al-Sharaa y anunciar que Siria sería retirada de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, pueden interpretarse como una manifestación de esa nueva etapa de cooperación.

Paralelamente a esta convergencia en política exterior, el inicio del proceso de desarme del PKK dentro de Türkiye posee el potencial de modificar de forma estructural el equilibrio de seguridad regional. La coincidencia entre esta evolución interna y los cambios observados en Siria sugiere que Ankara está desarrollando una estrategia integral destinada a resolver la cuestión del PKK tanto dentro de sus fronteras como en el escenario sirio. La consolidación de este proceso dependerá no solo de la dinámica política interna de Türkiye, sino también de la coherencia que mantenga la política estadounidense hacia Siria.

Una convergencia similar comienza a observarse también en Libia. La creciente coincidencia entre las posiciones de Türkiye y Estados Unidos respecto al futuro del país indica que una estrategia coordinada podría producir resultados concretos en un escenario caracterizado por la fragmentación institucional y la competencia entre múltiples actores internacionales. En este contexto, una línea política común entre Ankara y Washington podría convertirse en un instrumento estratégico capaz de contribuir a la reducción de la inestabilidad.

En conjunto, la Cumbre de la OTAN celebrada en Ankara representa un punto de inflexión tanto simbólico como estructural en las relaciones entre Türkiye y Estados Unidos. El compromiso de levantar las sanciones de la CAATSA, los avances en materia de cooperación industrial de defensa como el posible regreso al programa F-35 y el suministro de motores para el proyecto KAAN, la coordinación respecto al desmantelamiento del PKK en Siria y la integración internacional del nuevo gobierno sirio, el inicio del proceso de desarme del PKK y la posibilidad de desarrollar una política conjunta en Libia constituyen elementos que, considerados en su conjunto, apuntan a una transformación de la relación bilateral. Todo ello sugiere que ambos países podrían estar dejando atrás una etapa dominada por crisis puntuales para avanzar hacia una asociación multidimensional basada en intereses estratégicos compartidos.