Las Opciones Nucleares De Europa
La cuestión nuclear ha regresado al centro de la política global. Aunque la amenaza de la proliferación nuclear nunca desapareció por completo, durante décadas permaneció contenida gracias a un orden internacional funcional y predecible, respaldado por una hegemonía estadounidense, una OTAN sólida y regímenes de control de armamentos relativamente fiables. Sin embargo, ese orden se encuentra hoy sometido a una presión sin precedentes, como demuestra la guerra que Estados Unidos e Israel mantienen contra Irán. La pregunta es inevitable: ¿cómo preservar las limitaciones nucleares en un mundo donde la arquitectura de la moderación se está desmoronando?
El inicio de la era nuclear provocó una transformación profunda del pensamiento estratégico. Hasta entonces, el poder militar se medía por la capacidad de ganar guerras, una capacidad que se ponía a prueba en el campo de batalla. Las armas nucleares, en cambio, no fueron concebidas para alcanzar la victoria, sino para generar disuasión.
Las armas nucleares no eliminaron los conflictos. La Guerra Fría siguió siendo un período violento, peligroso y moralmente problemático. Continuaron las guerras por delegación y millones de personas vivieron bajo la sombra del miedo. Lo que hicieron las armas nucleares fue elevar el coste del conflicto, contribuyendo a evitar una guerra directa entre las superpotencias mediante la lógica de la destrucción mutua asegurada (mutual assured destruction). La disuasión funcionó no porque los líderes se volvieran más virtuosos, sino porque la escalada equivalía al suicidio.
Esa lógica sombría sigue vigente, aunque el contexto ha cambiado. Mientras que la Guerra Fría fue esencialmente bipolar, el orden nuclear contemporáneo es multipolar. China está emergiendo como una gran potencia nuclear junto a Estados Unidos y Rusia. Aunque su arsenal sigue siendo menor, el Departamento de Defensa de Estados Unidos estima que Pekín podría disponer de más de 1.000 ojivas nucleares operativas para 2030.
El resultado de esta nueva configuración no será simplemente una versión ampliada de la Guerra Fría. La disuasión tripolar será inherentemente más inestable que la disuasión bipolar. Cada gran potencia deberá calcular no solo el equilibrio con sus rivales directos, sino también cómo sus acciones frente a uno de ellos afectarán a un tercero. El control de armamentos será más incierto y la gestión de crisis considerablemente más compleja.
La situación se vuelve aún más intrincada debido a la existencia de otras potencias nucleares como el Reino Unido, Francia, India, Israel, Corea del Norte y Pakistán, cada una con sus propias doctrinas estratégicas, realidades geográficas, temores y exigencias políticas. Sus arsenales pueden ser más reducidos, pero los riesgos que representan no son menores. Un conflicto nuclear en la península coreana o entre India y Pakistán no constituiría únicamente una tragedia regional; también alteraría alianzas, desestabilizaría mercados y cadenas de suministro globales y modificaría los cálculos estratégicos de las grandes potencias.
Sin embargo, quizá el factor más peligroso del orden nuclear emergente sean los Estados que se encuentran al borde de adquirir capacidades nucleares. El riesgo no radica únicamente en que más países construyan grandes arsenales, sino en que algunos lleguen a convencerse de que una capacidad nuclear limitada puede intimidar a sus vecinos, disuadir intervenciones extranjeras o evitar una derrota convencional. Incluso un pequeño número de armas nucleares podría ser suficiente para transformar una crisis regional en una crisis global.
Esto aumenta la importancia de las negociaciones destinadas a poner fin a la guerra en Irán. Un acuerdo que permita una reducción inmediata de las tensiones militares y garantice la reapertura del estrecho de Ormuz tendría un valor diplomático considerable. No obstante, si dicho acuerdo no incluye disposiciones claras sobre el programa nuclear iraní, la lección que muchos extraerán será que la proliferación nuclear constituye una estrategia racional. Esa conclusión podría extenderse no solo a Irán, sino también a Turquía, Arabia Saudí, Corea del Sur y Japón.
Europa observa atentamente estos acontecimientos. El artículo de defensa colectiva de la OTAN continúa siendo la piedra angular de la seguridad europea, pero no se activa automáticamente: depende de decisiones políticas. Cuanto más duden los miembros europeos de la Alianza de la disposición estadounidense a cumplir sus compromisos de defensa, mayor será la tentación de reforzar capacidades nacionales, buscar garantías bilaterales específicas o explorar formas alternativas de disuasión nuclear.
No se trata de una hipótesis abstracta. El expresidente polaco Andrzej Duda defendió el despliegue de armas nucleares estadounidenses en territorio polaco para reforzar la credibilidad del paraguas nuclear de Washington, mientras que el primer ministro Donald Tusk ha subrayado la importancia de una mayor autonomía estratégica en materia de disuasión. Asimismo, el canciller alemán Friedrich Merz ha alentado el debate sobre la creación de un paraguas nuclear europeo común, sustentado principalmente por Francia y el Reino Unido.
Francia parece mostrarse receptiva a esta idea. En marzo, el presidente Emmanuel Macron habló de una doctrina de «disuasión avanzada» que abarcaría también a los aliados europeos. Bélgica, Dinamarca, Alemania, Países Bajos, Grecia, Polonia, Suecia, Noruega y el Reino Unido aceptaron participar en esta estrategia, comprometiéndose a respaldar la disuasión nuclear francesa mediante sus propias fuerzas convencionales.
Sin embargo, el denominado paraguas nuclear francés (parapluie nucléaire) presenta limitaciones fundamentales. Es selectivo, depende de la soberanía nacional francesa y puede ser revocado. No cubre a todos los Estados miembros de la Unión Europea; deja a algunos países como España fuera del círculo central y mantiene íntegramente en manos de Francia la toma de decisiones nucleares. Más que representar el surgimiento de una auténtica disuasión nuclear europea, la propuesta de Macron parece un intento de reformular el reparto de cargas bajo el lenguaje de la autonomía estratégica.
En última instancia, no existe una alternativa capaz de sustituir plenamente la garantía de seguridad estadounidense. No obstante, Europa también debe asumir su parte de responsabilidad para garantizar que dicha garantía siga siendo políticamente sostenible. En este contexto, los líderes europeos deberían acudir a la próxima cumbre de la OTAN en Ankara no con una ansiedad disfrazada de indignación, sino con el compromiso de fortalecer el pilar europeo de la Alianza.
Ello implica ampliar las capacidades militares convencionales, reforzar los sistemas de defensa aérea y antimisiles, aumentar las reservas de armamento, mejorar las capacidades de inteligencia y vigilancia y contribuir más activamente a las formas de disuasión que permanecen por debajo del umbral nuclear. Cuanto mayores sean las capacidades convencionales europeas, menos dependerán los resultados de la disposición de Estados Unidos a asumir riesgos de escalada nuclear.
Más importante aún, este enfoque contribuiría a reducir las presiones hacia la proliferación nuclear, algo que también beneficiaría a Estados Unidos. Lo último que Washington debería desear es un mundo en el que cada aliado preocupado por su seguridad o cada potencia regional concluya que la única garantía efectiva de supervivencia consiste en desarrollar armas nucleares. Una cierta dosis de ambigüedad estratégica puede resultar útil; una retirada estadounidense, en cambio, introduciría una profunda inestabilidad en los cimientos del sistema internacional.
La era nuclear comenzó con la comprensión de que incluso la victoria podía significar una catástrofe. Ese riesgo sigue siendo hoy tan real como entonces. Lo que ha cambiado es que el marco institucional que contribuía a contenerlo se ha debilitado gravemente. La tarea fundamental consiste ahora en impedir que la búsqueda de la disuasión termine convirtiéndose en una nueva ola de proliferación nuclear. Para Europa, ello significa mantener a Estados Unidos comprometido con la seguridad transatlántica, reforzar las capacidades convencionales, preservar la credibilidad de la OTAN y sostener una política de moderación estratégica.
Ana Palacio fue ministra de Asuntos Exteriores de España, vicepresidenta sénior y asesora jurídica principal del Grupo del Banco Mundial, y actualmente se desempeña como profesora visitante en la Universidad de Georgetown.