Las Élites Débiles Están Aumentando La İnestabilidad Sistémica En Occidente

Las democracias occidentales por fin están comprendiendo que una gran guerra capaz de transformar el sistema internacional podría estallar en un futuro cercano. Mientras los equilibrios regionales de poder en Europa, Oriente Medio, la península de Corea y el Indo-Pacífico se enfrentan al riesgo de desmoronarse, las capitales occidentales están incrementando sus presupuestos de defensa para corregir años de abandono. La administración Trump propuso un presupuesto de defensa de 1,5 billones de dólares, acompañado de una asignación adicional de 67.100 millones de dólares destinada a financiar los costes de la guerra contra Irán y aumentar la producción de armas y municiones de alta demanda. En la Cumbre de Ankara, los aliados de la OTAN se comprometieron a aplicar el Compromiso de La Haya, que prevé destinar cada año el 5 % del PIB a la defensa y a inversiones relacionadas con ella. Al mismo tiempo, las industrias de defensa de Estados Unidos y Europa están ampliando su capacidad de producción para satisfacer la creciente demanda de armamento y municiones. Todos estos son pasos positivos que contribuirán a reforzar la capacidad de disuasión y defensa de la OTAN.

Sin embargo, la disuasión no consiste únicamente en acumular armas o fortalecer las capacidades militares. Depende también de la voluntad política de los líderes nacionales y de que la población esté preparada para asumir las consecuencias en caso de que la disuasión fracase y estalle una guerra. No son los ejércitos los que van a la guerra, sino las naciones; y para prevalecer necesitan mantener una sólida cohesión social y una gran capacidad de resistencia. A pesar de las claras señales de que un conflicto de gran escala podría producirse en los próximos años, las sociedades occidentales están cada vez más divididas y son menos resilientes. El problema no radica simplemente en la falta de dinero o de armamento. La causa fundamental es que los dirigentes de las democracias no han logrado unir a sus naciones frente a la crisis que se aproxima.

Un pueblo libre, unido y movilizado en torno a un propósito común es prácticamente imparable en un conflicto, porque ninguna dictadura puede igualar la dedicación y la resiliencia de ciudadanos que luchan voluntariamente por su patria. Pero para movilizar a una nación libre, los líderes deben hablar con honestidad sobre los desafíos que enfrentan y, sobre todo, generar confianza demostrando que la misión de las élites es servir y proteger a la nación, sin importar el costo personal. Si esperan que los ciudadanos los sigan y acepten sacrificios, primero deben ganarse el derecho a liderarlos.

Estados Unidos y Europa no están hoy preparados para una guerra de gran magnitud, porque una prolongada crisis de liderazgo ha debilitado su resiliencia nacional. En Estados Unidos, pese a la retórica grandilocuente, durante las últimas tres décadas las élites políticas y empresariales parecen haber olvidado el principio del liderazgo de servicio, según el cual quienes ejercen el poder deben su posición a los ciudadanos y su obligación primordial es servir a la nación. Tras treinta años de globalización y deslocalización industrial, la clase media estadounidense que durante mucho tiempo constituyó la columna vertebral del país— se siente abandonada y marginada. Si en la década de 1950 representaba aproximadamente el 65 % de la sociedad estadounidense, su peso cayó al 61 % a comienzos de los años setenta, al 56 % en los noventa y hoy apenas supera el 50 %. Mientras las corporaciones acumularon miles de millones de dólares durante las décadas posteriores a la Guerra Fría, la clase media experimentó un deterioro constante. Los estadounidenses están indignados y con razón porque cada vez les resulta más difícil mantener su nivel de vida y garantizar el bienestar de sus hijos.

La crisis de liderazgo se ha manifestado de formas distintas en Estados Unidos y en Europa. La democracia constituye un elemento fundacional de la identidad estadounidense; los ideales nacionales descansan sobre sólidos valores e instituciones democráticas que fueron incorporados desde el principio a la estructura constitucional del país. En Europa, por el contrario, la democracia surgió tras el colapso de las monarquías que dominaron el continente durante casi un milenio y, en muchos casos, evolucionó a través de sucesivas crisis nacionales. En Gran Bretaña, por ejemplo, la democracia se consolidó gradualmente mediante luchas por el poder, compromisos políticos y reformas jurídicas que ampliaron progresivamente la participación ciudadana. En Francia, en cambio, nació de una revolución sangrienta, de la guillotina y de las guerras napoleónicas. Mientras el modelo británico se construyó sobre el desarrollo constitucional gradual, el consenso político, las reformas progresivas y la expansión de la soberanía parlamentaria, la evolución democrática francesa estuvo marcada por convulsiones revolucionarias, violencia, conflictos internos y, finalmente, por la institucionalización democrática. La democracia alemana, por su parte, fue impuesta tras 1945, en el contexto de la derrota militar, la rendición incondicional, la ocupación aliada y un prolongado proceso de supervisión internacional. La Alemania Occidental no eligió inicialmente su arquitectura política de posguerra, aunque con el tiempo consolidó sus instituciones democráticas y, tras la reunificación, las extendió al territorio de la antigua Alemania Oriental.

En Estados Unidos y en Europa, el descontento popular se manifiesta de formas distintas. En Estados Unidos, la frustración por el fracaso de las élites a la hora de priorizar el bienestar de los ciudadanos ha impulsado una ola populista. En Europa, en cambio, ese malestar se canaliza principalmente a través del nacionalismo y se traduce en un desafío directo a las instituciones supranacionales de la Unión Europea. Del mismo modo, las diferentes trayectorias históricas de la democracia en ambos continentes han dado lugar a élites profundamente distintas. En Estados Unidos, las élites se han configurado en gran medida en torno a la acumulación de riqueza; sin embargo, en el pasado especialmente durante las grandes crisis sistémicas también se valoraban la virtud cívica y el carácter, bajo el principio de que «a quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá». En Europa, por el contrario, la aristocracia y la intelligentsia burguesa fueron perdiendo influencia tras la Segunda Guerra Mundial, dejando paso a una poderosa clase burocrática centrada en regular e incluso sobrerregular todos los aspectos de la vida de los ciudadanos. Esta tendencia se ha intensificado desde la transformación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en la Unión Europea. En esencia, refleja la persistencia de una antigua inclinación monárquica entre las élites europeas, aunque hoy sus directrices se expresen mediante un lenguaje institucional y democrático.

La nación estadounidense carece hoy de resiliencia porque sus élites casi han olvidado el principio del liderazgo de servicio, según el cual quienes tienen el privilegio de gobernar deben su posición a los ciudadanos a quienes están obligados a servir. Las naciones europeas también adolecen de una falta de resiliencia, en parte porque sus élites han transformado el liberalismo clásico en una ideología rígida que rechaza cualquier perspectiva alternativa. Quienes cuestionan esa visión son marginados, etiquetados como «populistas» o «extrema derecha» y prácticamente expulsados del espacio público. Esta falta de disposición para escuchar y buscar compromisos profundiza aún más las divisiones dentro de las sociedades europeas y reduce su capacidad de resistencia en tiempos de guerra.

En Estados Unidos, el debilitamiento del liderazgo de servicio ha llevado a una clase media cada vez más reducida a buscar alternativas. Cada día, los estadounidenses envían un mensaje claro a ambos partidos políticos: las élites deben reaprender cuáles son sus obligaciones hacia la ciudadanía y volver a centrar sus esfuerzos en la seguridad y la prosperidad de la nación. En Europa, por su parte, una creciente ola de descontento se refleja claramente en las encuestas de intención de voto. Este malestar electoral atraviesa todas las generaciones, aunque resulta especialmente visible entre los jóvenes, quienes, al igual que en Estados Unidos, observan cómo la inmigración descontrolada y determinadas políticas energéticas consumen cada vez más recursos mientras disminuyen sus oportunidades de alcanzar un nivel de vida próspero. Los movimientos políticos radicales están en ascenso: en el Reino Unido, el partido Reform UK alcanza alrededor del 24 % en las encuestas; en Francia, la Agrupación Nacional (RN) ronda el 35 %; y en Alemania, Alternativa para Alemania (AfD), con aproximadamente un 28 % del apoyo electoral, se ha convertido ya en la fuerza política más importante del país.

Tanto en Estados Unidos como en Europa, la creciente brecha entre las élites y los ciudadanos ha debilitado a las sociedades democráticas precisamente en un momento en el que deberían ser más fuertes y resilientes. En lugar de unirse para hacer frente a las amenazas externas, las sociedades se repliegan sobre sí mismas y se enfrentan internamente, mientras las fuerzas políticas extremas, tanto de izquierda como de derecha, ganan cada vez más influencia. Todo ello ocurre mientras Estados Unidos reduce de manera significativa su presencia militar en Europa, la situación de seguridad en el continente y en Oriente Medio continúa deteriorándose y el riesgo de un conflicto sistémico sigue siendo elevado.

Si no emergen líderes con vocación de servicio capaces de reemplazar a quienes hoy ejercen el poder, es muy probable que las naciones occidentales se enfrenten en un futuro cercano a una gran crisis comparable a Dunkerque o Pearl Harbor que las sacudirá hasta sus cimientos. Cuando llegue ese momento, nuestras democracias podrían descubrir que no estaban preparadas para afrontarlo, ni política ni psicológicamente.

* Andrew A. Michta es profesor de Estudios Estratégicos en la Hamilton School de la Universidad de Florida, investigador sénior no residente del Atlantic Council en Washington D. C. e investigador visitante de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford.

Fuente:https://www.realcleardefense.com/articles/2026/07/31/weak_elites_add_to_systemic_instability_in_the_west_1197599.html