La Visita De Xi Jinping A Estados Unidos

China y Estados Unidos ante la disyuntiva entre la confrontación y la cooperación

El presidente de China, Xi Jinping, visitará Estados Unidos entre el 23 y el 25 de septiembre. Su visita debe entenderse como algo más que un encuentro entre dos jefes de Estado: constituye, en realidad, un punto de encuentro entre dos futuros posibles.

En uno de esos futuros, Estados Unidos impone a China una espiral de confrontación. Las disputas comerciales se endurecen hasta convertirse en una guerra económica; la guerra económica se intensifica y deriva en bloqueos tecnológicos; los bloqueos tecnológicos desembocan en un cerco militar; y, finalmente, ese cerco militar genera incidentes que corren el riesgo de transformarse en una guerra de consecuencias inimaginables.

En el otro futuro posible, ambos países reconocen que ninguno puede destruir al otro sin destruir, al mismo tiempo, una parte sustancial de la humanidad. Reconocen que la coexistencia no es una concesión generosa y que la cooperación tampoco constituye una claudicación. En este escenario, ambas son necesidades históricas.

Ahí reside precisamente la importancia de la decisión del presidente Xi de viajar a Estados Unidos. El Ministerio de Asuntos Exteriores chino ha señalado que la diplomacia entre jefes de Estado desempeña un papel «insustituible» a la hora de orientar las relaciones entre ambos países. La visita tendrá lugar después del viaje del presidente Donald Trump a China en mayo y en un contexto marcado por las negociaciones en curso sobre aranceles, comercio e inversiones. El presidente Xi viajará acompañado por una amplia delegación de empresarios chinos. Estos acontecimientos indican que Pekín pretende sacar la relación de un estado de crisis permanente y conducirla hacia una dinámica de compromiso práctico.

Sin embargo, la diplomacia entre China y Estados Unidos no puede reducirse a una mera oportunidad para una fotografía protocolaria. Tampoco debería entenderse como una negociación en la que una de las partes esté obligada a someterse a la otra. La diplomacia debe asentarse sobre una aceptación serena de la realidad o, más exactamente, de cuatro realidades fundamentales.

La primera realidad es que China no puede ser contenida mediante un cerco. China no es un país pequeño cuyo desarrollo pueda ser asfixiado mediante sanciones. Cuenta con una población superior a los 1.400 millones de habitantes, un vasto sistema industrial, una comunidad científica cada vez más avanzada y profundas relaciones comerciales en Asia, África, América Latina y Europa. Con independencia de la opinión que se tenga sobre China, resulta absurdo pensar que pueda ser simplemente excluida de la economía mundial.

El intento de contener a China ya ha producido un extraordinario catálogo de restricciones: aranceles, controles sobre semiconductores, prohibiciones de inversión, sanciones contra empresas chinas, patrullas navales a lo largo de las costas del país y la creación de nuevos dispositivos militares que se extienden desde el Pacífico hasta el océano Índico. Cada una de estas medidas se presenta individualmente como defensiva. Sin embargo, consideradas en conjunto, configuran una arquitectura de confrontación.

En Washington persiste la peligrosa ilusión de que la presión obligará a China a renunciar a su desarrollo. Ningún Gobierno chino podría aceptar semejante exigencia. Tras el denominado siglo de humillación desde las Guerras del Opio hasta la ocupación japonesa, la restauración de la soberanía nacional y la mejora de las condiciones de vida no constituyen cuestiones negociables para la sociedad china. Estados Unidos puede ralentizar determinados aspectos del desarrollo chino, pero no puede convencer a China de que regrese a la pobreza.

La segunda realidad es que el desacoplamiento económico no será un proceso sencillo ni indoloro. Estados Unidos y China continúan profundamente interconectados a través del comercio, la inversión, las cadenas de suministro, el conocimiento científico y los mercados de consumo.

Los agricultores estadounidenses dependen de los compradores chinos. Las empresas estadounidenses dependen de la producción manufacturera en China y de los consumidores chinos. China, por su parte, se beneficia del acceso a la tecnología, los productos agrícolas y el capital estadounidenses.

Los negociadores discuten actualmente reducciones arancelarias recíprocas y nuevos mecanismos para el comercio y la inversión. Aunque puedan parecer medidas modestas, ponen de relieve una realidad esencial: la guerra económica perjudica a ambos países.

Los aranceles se anuncian acompañados de discursos nacionalistas, pero sus costes aparecen silenciosamente en las facturas de los supermercados, en el cierre de fábricas, en la ruptura de las cadenas de suministro y en la pérdida de puestos de trabajo.

Los trabajadores estadounidenses no se benefician del debilitamiento de China. Sus dificultades proceden fundamentalmente de decisiones adoptadas durante décadas por sus propias élites económicas: la desindustrialización, el poder de las finanzas, los ataques contra los sindicatos, la privatización de los servicios públicos y la negativa a realizar inversiones sociales de gran alcance.

China no cerró las fábricas del Medio Oeste estadounidense; fueron las propias empresas estadounidenses las que las cerraron en busca de mayores beneficios. La respuesta a la desigualdad existente en ambos países no reside en el recurso de Estados Unidos al nacionalismo económico.

La tercera realidad es que la humanidad se enfrenta a problemas que ninguno de los dos países puede resolver actuando por separado.

La catástrofe climática no tiene pasaporte. El carbono emitido en un país calienta la atmósfera de todo el planeta. Estados Unidos dispone de extraordinarios recursos científicos y financieros, mientras que China ha desarrollado una inmensa capacidad productiva en paneles solares, baterías, vehículos eléctricos, transporte público e infraestructuras de energías renovables.

La cooperación entre ambos países podría acelerar una transición energética de alcance mundial. La confrontación, por el contrario, retrasaría precisamente esa transformación en un momento histórico en el que el mundo ya no puede permitirse más demoras.

Lo mismo ocurre con la salud pública. La pandemia de COVID-19 mostró el coste humano del secretismo, la competencia y el nacionalismo de las vacunas.

La inteligencia artificial constituye otro ámbito urgente para la cooperación. Estas tecnologías no pueden gestionarse adecuadamente ni mediante doctrinas militares rivales ni dejándolas exclusivamente en manos de empresas privadas orientadas hacia la maximización del beneficio.

Ambos países deben desarrollar salvaguardias comunes frente a las armas autónomas, los ciberataques desestabilizadores, la vigilancia masiva y la utilización de la inteligencia artificial como instrumento para profundizar las desigualdades sociales.

La cuarta y última realidad concierne directamente a la guerra.

China y Estados Unidos son potencias dotadas de armas nucleares. Cualquier enfrentamiento militar directo entre ambas tendría consecuencias incalculables. Por esta razón, no debería permitirse que provocaciones, ventas de armas o gestos concebidos para obtener réditos en la política interna terminen vaciando de contenido el marco de una sola China y los entendimientos diplomáticos existentes.

La paz exige moderación por ambas partes. Sin embargo, la moderación no puede significar que Estados Unidos rodee a China con bases militares y buques de guerra para, acto seguido, exigir únicamente a Pekín que mantenga la calma. La seguridad no puede construirse sobre la inseguridad permanente de otro país.

Naturalmente, existirán desacuerdos. La cooperación no exige coincidir en todas las cuestiones políticas, del mismo modo que la coexistencia tampoco obliga a guardar silencio ante las diferencias. Pero esas divergencias deberían gestionarse no mediante sanciones, amenazas o maniobras militares, sino a través de la diplomacia, el derecho internacional y las instituciones de las Naciones Unidas.

Los países del Sur Global tienen un interés particular en el éxito de esta visita. No quieren recibir instrucciones para elegir entre China y Estados Unidos. Tampoco desean que sus puertos, sus minas, sus sistemas de telecomunicaciones y sus instituciones políticas se conviertan en campos de batalla de una nueva Guerra Fría.

Quieren acceso a financiación, tecnología, medicamentos y mercados sin quedar sometidos a nuevas formas de dependencia política. Quieren desarrollo, no ser incorporados a bloques militares rivales.

Por ello, la visita de Xi Jinping entraña una responsabilidad que se extiende mucho más allá de Washington y Pekín. Lo que el mundo necesita no es simplemente un acuerdo destinado a repartir mercados entre empresas chinas y estadounidenses.

El mundo necesita un compromiso para reducir el peligro de guerra, eliminar las medidas coercitivas unilaterales, restablecer relaciones económicas normales, cooperar frente al cambio climático y los desafíos de la salud pública y fortalecer los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

La importancia de esta visita no reside en el ceremonial que la acompañe, sino en las posibilidades que encierra. Ofrece a ambos países la oportunidad de alejarse del borde del precipicio.

Estados Unidos debe abandonar la ilusión de que puede preservar su supremacía impidiendo el desarrollo de China. China, por su parte, ha declarado reiteradamente que no pretende sustituir a Estados Unidos como potencia hegemónica.

Ese principio debería convertirse en la base de una relación duradera:

sin cerco, sin dominación, sin guerra.

Entre las grandes potencias existe una antigua tendencia a interpretar el compromiso y la búsqueda de acuerdos como signos de debilidad. Sin embargo, en la era nuclear ocurre precisamente lo contrario. Enviar un buque de guerra más a unas aguas en disputa no requiere valentía. Lo que verdaderamente exige coraje político es reconocer que el adversario también posee intereses legítimos, que la coexistencia requiere reciprocidad y que la supervivencia de la humanidad es más importante que la arrogancia de imponer la propia supremacía.

Por consiguiente, esta visita debería transmitir desde Washington un mensaje sencillo al mundo: la cooperación no es capitulación, la diplomacia no es debilidad y la paz tampoco es un concepto abstracto.

La confrontación no ofrece un futuro a nadie.

La cooperación, en cambio, ofrece al mundo una oportunidad.

Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es miembro del equipo editorial y corresponsal jefe de Globetrotter, editor jefe de LeftWord Books y director de Tricontinental: Institute for Social Research.

Fuente:https://www.savageminds.co/p/xi-jinpings-us-visit